Julián Marías: La perspectiva cristiana

por Rafael Narbona

En 1933, Julián Marías visitó Jerusalén. En esas fechas, ya tenía muy clara su vocación filosófica y sabía que no podía ser desligada de la inquietud teológica. Dos años después publicó su primer ensayo filosófico, «San Anselmo y el insensato», en el que afrontaba el reto de justificar racionalmente la fe. Católico practicante hasta el último de sus días, sus reflexiones sobre la experiencia religiosa nunca perdieron de vista dos frases que condensan el quehacer teológico de San Anselmo: Fides quaerens intellectum y Credo ut intelligam. Julián Marías no experimentó crisis de fe. Siempre se mantuvo fiel a la Iglesia católica. Apoyó con entusiasmo el espíritu renovador del Concilio Vaticano II y trabajó con el máximo rigor en el Consejo Internacional Pontificio para la Cultura, creado por Juan Pablo II. A finales de los años noventa, el Colegio Libre de Eméritos  le encargó un curso sobre el cristianismo, lo cual le permitió recapitular y pulir sus indagaciones sobre el tema. Más tarde, agrupó sus lecciones en un breve y esclarecedor libro que tituló La perspectiva cristiana. No es un título casual, sino una expresión clarificadora. El cristianismo es una religión y no debe ser utilizada con fines políticos o de índole puramente coyuntural. Sin embargo, no es sólo una religión. Además de sus creencias y dogmas, conlleva «una visión de la realidad enteramente original».

El cristianismo forjó la civilización occidental, pero su vocación es claramente universal. No es una doctrina abstracta, sino una verdad revelada abierta a todas las formas de ser hombre. La tradición griega le proporcionó espesor teológico, y la cultura romana, la posibilidad de su realización histórica. Si no se hubiera constituido como iglesia, no habría podido materializar su misión, sobreviviendo a los cambios de época. En San Pablo convergen la herencia judía, el milagro griego y el legado jurídico romano. La gran innovación del cristianismo es la resurrección, que imprime un sentido al hombre y a la historia. La naturaleza es una fuerza amorfa, donde no se aprecia ningún fin o propósito. Sucede lo mismo con la historia. Sólo el cristianismo aporta un telos, más allá de cualquier utopía social o política. Eso no significa que su trayectoria en el tiempo, condicionada por hombres con intereses mundanos, no incluya graves desviaciones de su esencia original. Las diversas inquisiciones y las guerras de religión son ejemplos de infidelidad al mensaje evangélico. Del mismo modo, «la aceptación de la esclavitud, la tortura judicial, la subordinación de la mujer, ha ido contra el sentido auténtico del cristianismo y ha significado la falta de resistencia a presiones sociales poderosas». La condición irrenunciable del cristianismo es la libertad; su verdadera consistencia, la misericordia. El Dios cristiano es Padre por su misericordia ilimitada. Si no fuera así, no se habría hecho hombre, aceptando las servidumbres de la existencia finita. La Encarnación representa la oportunidad de participar en la vida divina, pero sólo a partir de «una aceptación libre» y «rigurosamente personal». Definir a Dios como amor implica admitir que es una Persona. Sin la dimensión personal, no hay un vínculo afectivo. Siempre se ama a un «Tú», a una alteridad que nos permite trascender nuestra soledad.

El Dios cristiano es providente. A diferencia del dios aristotélico, ensimismado y escindido del cosmos y la historia, contempla la realidad desde «infinitas perspectivas». Dado que es padre, se ocupa de su creación en toda su diversidad: «Por ser infinito, su atención no se agota, puede dirigirse a toda realidad, a la totalidad de sus aspectos y posibilidades». La humanidad no está desamparada, sino acogida y resguardada por el amor. Un amor que establece «un vínculo radical» entre todos los hombres. El odio no es un sentimiento cristiano. «Toda hostilidad por parte del cristiano tiene que ser penúltima». La hostilidad no puede ser implacable, irreversible, definitiva. El encono debe ceder para abrir paso a la reconciliación. El Dios cristiano nos pide que amemos al prójimo. Su mandato tendría escasa credibilidad si procediera de un «Ser Supremo», como el postulado por el deísmo del siglo xviii. El Dios cristiano tiene alma, cuerpo, historia. Es «alguien con quien se pudo convivir, con quien se pudo hablar, a quien se puede imaginar, a quien se puede evocar e invocar». Se hizo pequeño y humilde para acercarse al hombre. No se trató de un contacto fugaz, sino de una aproximación permanente. Se ha interpretado la promesa de la inmortalidad como una fantasía concebida para salvar la existencia individual. Sin embargo, lo que está en juego no es la propia supervivencia, sino la del género humano. La resurrección repara las injusticias, restituyendo las vidas arrebatadas por el odio y la injusticia. Hay esperanza más allá de la muerte, más allá de todas las aberraciones políticas, más allá de todas las catástrofes naturales. El dolor de los inocentes no queda sin respuesta. Dios revive el cuerpo y el alma, es decir, la persona en toda su complejidad.

La resurrección no es un dato de experiencia, sujeto a verificación, sino una verdad revelada. Julián Marías destaca la incredulidad del apóstol Tomás, que necesitó tocar con sus manos la herida del costado de Jesús. Su actitud escéptica y racional debería haberle otorgado la condición de patrono de la filosofía. Los griegos habían especulado con la inmortalidad del alma. Presumían que la carne se corrompía sin remedio, pues representaba lo menos valioso del ser humano. De salvarse algo, sólo podría ser lo espiritual. Por el contrario, el cristianismo entiende que la carne resucita con el alma, pues de otro modo no sería posible garantizar la continuidad de la persona: «El hombre es personal y carnal. Esta doble condición es requerida si el hombre, sin dejar de serlo, ha de gozar de una vida perdurable». La inmortalidad «está más allá de la razón, pero no contra ella». Kant ya señaló que era un postulado de la razón práctica, no un fenómeno al alcance de nuestros sentidos. No podemos conocer la inmortalidad, pero sí pensarla. No sería posible hacerlo sin el cuerpo. El hombre es inimaginable sin su dimensión carnal. Despreciar al cuerpo es despreciar el mundo, devaluarlo, abolir su dignidad, y, en último término, subestimar la Encarnación, arrojando una sombra de duda y desdén sobre la Pasión de Cristo.

El cristianismo no menosprecia el mundo. A veces se ha confundido la exaltación de la humildad con aversión a la vida terrenal, pero se trata de un error. La existencia en el mundo físico no es un «trámite desdeñable». Muchas veces nos planteamos cómo sería la historia del hombre sin las limitaciones de la biología y los avatares políticos y sociales. No lo sabemos, pero sí sabemos que en otro mundo, en un contexto distinto, el hombre no sería hombre, sino algo completamente diferente. Vivir en el espacio y en el tiempo comporta servidumbres, pero es lo que hace posible que cada vida sea irrepetible. La inagotable diversidad de la existencia es la prueba inequívoca de su trascendencia. Y un indicio de cómo será la eternidad. La plenitud no puede consistir en suprimir toda esa riqueza. La eternidad no debe ser imaginada como la pervivencia de un residuo, sino como el enriquecimiento y desarrollo de lo singular. Dios glorifica e ilumina toda la realidad, preservando lo particular y peculiar. «El hombre ha acontecido de manera fecunda y complejísima sobre la tierra; no parece lícito entender su destino más alto como una simplificación». La eternidad no es algo estático, sino «una empresa infinita e inagotable» que sobrepasa todos los límites. La salvación de la persona no es la preservación de una esencia, sino la persistencia de su faceta «proyectiva, imaginativa, interpretativa, libre, dramática». Julián Marías aventura que la inmortalidad se «puede entender como la realización de las trayectorias auténticas que no se han cumplido, o sólo de modo deficiente, en la vida terrenal». Dado que nos sentimos llamados a hacer algo y a ser alguien, «nuestra realidad personal, inteligente, amorosa, carnal, ligada a formas históricas, hecha de proyectos de varia suerte, articulados en trayectorias de desigual autenticidad, es la que ha de perpetuarse, transfigurarse, salvarse. No puede imaginarse ninguna mutilación ni disminución».

Gracias a su infinitud, Dios puede conocernos a todos, velar por cada uno de nosotros y llamarnos por nuestro nombre. Cristo no murió por muchos, como se sostiene desde algunas exégesis discutibles, sino «por todos los hombres, pasados, presentes y futuros». Julián Marías considera una infidelidad al mensaje cristiano la insistencia obsesiva en el pecado y la postergación de la misericordia. El cristianismo es una buena nueva, un motivo de esperanza y alegría, no una invitación a la humillación y la mortificación. Se dirige a todos los hombres. No sólo a los que sufren pobreza y exclusión, sino también a los que padecen soledad, incomprensión o enfermedad. Nietzsche se equivocó cuando acusó al cristianismo de decir «no» a la vida. El Evangelio es un clamoroso «Sí» que repudia el pesimismo existencial. No en vano anuncia la resurrección, que simboliza la plenitud vital. Vivimos en una época que sonríe con escepticismo ante esa posibilidad. «Nuestros contemporáneos prefieren lo único de que se puede tener seguridad: la nada. Acaso la escasez de amor es un factor que entibia el deseo, la necesidad, de otra vida: si no se ama, ¿para qué?».

La inmortalidad no se postula como una experiencia individual, sino como una convivencia entre hermanos. El amor traspasa la muerte, preservando los lazos que nos unieron a otras personas. La eternidad se habita con los otros. Es la anhelada comunión con el Padre, donde la persona conserva su identidad y actualiza definitivamente su proyecto existencial. Negar esa perspectiva implica despersonalizar al ser humano, reducirlo a su mera dimensión biológica, abocándolo a su aniquilación. La cosificación del hombre conlleva la «insignificancia» del universo. El cosmos es un proceso regulado por leyes físicas y matemáticas, sin ninguna finalidad o meta. Nuestra especie es la única capaz de hacerse preguntas. Algunos consideran que esa capacidad constituye una desgracia. Pienso que son quienes verdaderamente dicen «no» a la vida, como Schopenhauer o Cioran. Otros opinan que el hombre debe ser menos racional y vivir más, preocupándose tan solo de suprimir los obstáculos que se oponen a su voluntad. Es el caso de Nietzsche. En las dos posturas se aprecia la ausencia del otro. Para el cristiano, ese punto de vista es inaceptable, pues la Casa del Padre acoge a todos los que se sienten llamados a su mesa.

En 1977, Julián perdió a su esposa, Dolores Franco. Muy unido a ella, sobrellevó la muerte de su compañera con la ayuda de la fe, convencido de que «volvería a verla y a estar con ella», pues «la persona que era Lolita no podía haberse destruido por un proceso corporal». El amor que sentía por ella exigía un mañana compartido: «En la medida en que se ama, se necesita seguir viviendo o volver a vivir después de la muerte, para seguir amando». La piedra angular del cristianismo es el amor. La fe no es una convicción filosófica, sino un fruto de un amor temerario a la vida y el mundo. Julián Marías experimentó ese amor y nos legó su perspectiva cristiana, invitándonos a compartir su esperanza en un Amor que nos salvará de ser polvo y olvido.

22/03/2019

 

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