Juan Gracia Armendáriz: diario de una intimidad compartida

por Rafael Narbona

Diario del hombre pálido
Juan Gracia Armendáriz
Madrid, Demipage, 2010. 255 p.

Solo conozco de forma virtual al escritor navarro Juan Gracia Armendáriz. Hemos intercambiado algunos correos, pero no hemos tenido la oportunidad de estrecharnos la mano o fundirnos en un abrazo. Por las fotografías que circulan en la red y el tono de sus mensajes, siempre cálidos e inteligentes, sé que es un tipo simpático y muy humano. En un par de imágenes, posa con un trabuco. Con su melena romántica y su rostro de héroe de folletín decimonónico, la estampa evoca a los duelistas de Joseph Conrad, esos soldados napoleónicos que deambulaban por Europa tras ser desmovilizados, incapaces de adaptarse a una época sin épica ni grandeza. Me gustaría que el escritor navarro se sintiera un hombre del siglo XIX –es lo que me sucede a mí-, pero no sé si coincidimos en eso. Siempre proyectamos en las personas que nos agradan nuestros vicios y predilecciones. En una fotografía, Gracia Armendáriz apunta a un espejo, como si se batiera con su pasado. En otra, se apunta a la sien. No es un gesto nihilista, sino una saludable invitación a no tomarse a uno mismo demasiado en serio. Hay otra imagen simpática, donde aparece con un perrito entre los brazos, sonriendo relajado. Las tres fotografías componen una galería –o quizás una especie de radiografía espiritual- que nos habla de un hombre bueno, inteligente y con sentido del humor. Esa impresión se convierte en una certeza cuando te aventuras en sus libros y descubres que en ellos reinan la compasión, la delicadeza, la suave ironía, la intuición poética y una introspección sin tremendismos ni autocomplacencia. 

Desconocía la obra de Juan Gracia Armendáriz hasta que Francisco Javier Irazoki me recomendó sus libros. Irazoki es uno de los mejores lectores que conozco. Su criterio nunca es arbitrario o partidista. Solo le guía la ecuanimidad y el asombro. Es un gran poeta y un ser humano excepcional, pero nunca ha incurrido en el pecado capital de los escritores: la vanidad. Su humildad le permite reconocer el talento ajeno con una precisión matemática. Por eso sabía que su invitación a leer a Gracia Armendáriz era un pasaporte seguro hacia una obra estimable. La acumulación de compromisos me impidió seguir su recomendación hasta hace una semana, cuando al fin pude empezar su Diario del hombre pálido. Solo necesité unas páginas para comprobar que me había adentrado en una escritura tan limpia y elegante como profunda y necesaria. Las ciento sesenta jornadas que componen este diario son la crónica de un hombre que lucha contra una insuficiencia renal, soportando con estoicismo las sesiones de diálisis y la larga e incierta espera de un trasplante de riñón. Lejos de caer en el lamento, Gracia Armendáriz disecciona su experiencia con enorme lucidez, aprovechando la enfermedad para desplegar una mirada compasiva sobre el sufrimiento psíquico y físico. La palabra «humanista» está cuestionada desde que Foucault y Althusser negaron la existencia del hombre como sujeto del proceso histórico, pero para muchos sigue conservando una connotación altamente positiva y es sinónimo de fineza, suavidad, cortesía, apertura, tolerancia, hondura, compromiso, sentido ético. Todas esas cualidades circulan por el Diario del hombre pálido, elaborando una sinfonía con notas trágicas, pero con una melodía de fondo que destila esperanza, sensibilidad, humor y benevolencia.

Juan Gracia Armendáriz

Juan Gracia Armendáriz comienza aclarando que «la enfermedad, como la escritura, llega impuesta». Yo no sé si es un destino o una fatalidad. En mi caso, ambas sobrevinieron como algo ineludible, pues yo también tengo mis goteras. Obvio mis patologías, pero quiero mencionar que mi encuentro con los libros se pareció a una descarga eléctrica. Tras leer a los dieciséis años Crimen y castigo, mi mirada cambió. Había descubierto un territorio nuevo o, mejor dicho, una galaxia de una vastedad inconmensurable. Diario del hombre pálido pertenece a ese dominio. Sus palabras exceden el simple acto de comunicación para transformarse en un prodigio estético. Gracia Armendáriz medita sobre el desprestigio de la ficción, que ha conducido al «silencio místico» o al «racionalismo miope». Si fuéramos capaces de prescindir de la ficción, nos relacionaríamos con la realidad con esa autenticidad de la que hablaba Heidegger como meta última de una vida sin imposturas. Nuestras existencias experimentarían un «permanente asombro», sin necesidad de «las palabras y sus disfraces». Hasta entonces, la poesía será necesaria, pues solo ella nos revela que la fiebre es «un latigazo» o quizás «una medusa helada». Esos arrebatos de lirismo del escritor navarro no son meros artificios, sino visiones o intuiciones que trascienden lo inmediato y fungible. Expresan una profunda comprensión del hecho literario y poseen una honda densidad metafórica.

Gracia Armendáriz nos recuerda que el dolor «nos jibariza, nos devuelve a nuestro severos límites». Nos hace saber que somos carne mortal, biología a la deriva. El contacto con la naturaleza puede restituir nuestra capacidad de soñar. En un monte, los verdes, los azules y los grises, las lejanías incendiadas por un crepúsculo naranja y sanguinolento, los árboles que se amontonan en una ladera como animales hambrientos y ateridos, nos permiten trascender nuestro desamparo. Quizás de una forma fugaz, pero esos pequeños momentos de plenitud son verdaderos absolutos, éxtasis al alcance de la mano. Podemos experimentar lo mismo con el arte. Cuando muere Antonio Vega, Gracia Armendáriz escucha su tema «Esperando nada» y la tristeza muda en serenidad. La muerte quizás solo es el vuelo de un ave migratoria que regresa a sus nidos de antaño, abandonando una intemperie inhóspita.

El libro es un espejo, nos dice el escritor navarro. Los rostros de los otros se reflejan en sus páginas. Escritor y lector dialogan sin término, abriendo un hueco en su interior para acoger la alteridad. La escritura siempre es una distorsión, una deformidad, pero en medio de esas contorsiones a veces «se derrama una gota de oro líquido, que es la verdad (literaria)». Quizás una de las páginas más conmovedoras del Diario del hombre pálido es la que relata la tristeza de un anciano sin piernas y «del color de un huevo de codorniz». Acomodado sobre un flotador para aliviar el dolor causado por las llagas de sus nalgas, manifiesta que «echa de menos a su perrita». En la ficción, toleramos lo que apenas podemos soportar en la vida real. En el claroscuro de una sala de diálisis con una ventilación deficiente, el dolor de un anciano sin piernas que añora el calor de su perrita incita a cerrar el puño y «agitarlo hacia el cielo». Los hospitales deshumanizados del sur de Madrid solo acentúan esa ira. Médicos y enfermeras no cultivan el hábito de la sonrisa. Para ellos, el paciente «es un enemigo al que hay que mantener a raya».

Gracia Armendáriz sigue desbrozando la selva del lenguaje entre sesión y sesión de diálisis. Sus relatos, apuntes y reflexiones exploran la naturaleza humana. La enfermedad no es una «herida dichosa», pero obliga a meditar. A veces surgen hallazgos inesperados, como descubrir que una narración puede implicar la «abolición del sentido». La enfermedad clarifica, dando relieve a las diferencias. No solo esclarece y deslinda. También transforma. Una mirada o un saludo pueden adquirir el valor de «una gota de oro».

Gracia Armendáriz alcanza cotas muy altas de emotividad, pero nunca cae en el sentimentalismo pueril. Su estilo es lírico y preciso, como una breve despedida. Durante su lucha contra la enfermedad, su principal temor es que se eclipse su clarividencia y el dolor le reduzca al estado de un animal moribundo. Contemplar el sufrimiento ajeno le revela que no hay vidas indignas de ser vividas. El anciano «roto y abandonado» que echa de menos a su perrita pone de manifiesto que en la fragilidad hay vida y una inequívoca dignidad. Gracia Armendáriz rescata una cita de Camus y la convierte en un «programa de vida»: «Es preciso ser fuerte y feliz para ayudar a la gente desdichada». Los propósitos éticos no excluyen el humor. Gracia Armendáriz conserva las cartas de los escritores que han rechazado sus manuscritos. Mario Muchnick declina publicar sus diarios, pese a reconocer su excelencia, alegando que se trata de un género con pocas salidas comerciales. Poco después, en unas declaraciones a la prensa, Muchnick afirma que los buenos editores apuestan por el riesgo, precisando: «Yo considero cultura todo lo que no es rentable».

Gracia Armendáriz habla de su hija Alejandra, mostrando esa cualidad que yo considero el rasgo moral más esencial: el instinto de cuidar, la postergación de las necesidades propias para atender al otro, especialmente cuando se encuentra en una situación de fragilidad, como es el caso de un niño o un amigo enfermo. Durante una caminata por el monte, «una memoria de bosques y ardillas rojas» se cuela en los pulmones de Alejandra, orgullosa de haber pisado la cima de una peña, jadeando por el esfuerzo pero con «agilidad de indio». De noche, cuando llega la hora de acostarse, padre e hija hablan de las incidencias del día, rezan juntos y, tras un breve silencio, la niña se duerme en el acto, con un sueño «insondable e inocente». Alejandra pasó sus primeros once meses de vida en un orfanato chino. De ese lugar desapacible se trajo «una mirada antigua y pétrea». Sus ojos no expresaban afecto ni ternura, sino desconfianza. Rechazaba el contacto físico. «Era un guerrero de terracota […] con una máscara desafiante». Cuando creció y se transformó en una niña esbelta, alegre y de complexión atlética, una amiguita repipi le comentó con cierto desdén que era adoptada. Alejandra no contestó. Esa noche, su padre le dijo que la próxima vez respondiera con munición de alto calibre: «Sí, soy adoptada porque mis padres me quieren tanto, tanto, tanto, que se fueron hasta China a buscarme… ¿Y los tuyos?».

Durante su largo peregrinaje por hospitales, Gracia Armendáriz se encuentra con enfermeras que «han hecho de su vocación una alegría permanente»; descubre que a los verdaderos amigos no se los conoce en el infortunio, sino en el éxito; que los diarios se alimentan de conflictos y reveses. Las decepciones son «el motor de la escritura». El escritor navarro no pretende explicar nada, sino «dar cuenta de algo. Escribir es un acto de afirmación». No le mueve la solidaridad, sino sacar a la luz una región desconocida para los otros. El ofrecimiento de un amigo que se muestra dispuesto a donarle uno de sus riñones le revela que «la valentía es una virtud de las personas buenas». Que su amigo insista en que no mencione su nombre solo corrobora esa deducción. Durante las jornadas de diálisis, los gestos éticos conviven con las fantasías. Gracia Armendáriz a veces piensa que la sangre purificada por las máquinas se utiliza como energía limpia y no contaminante. Es un secreto muy bien guardado, pero que explica las interminables sesiones con hileras de hombres y mujeres enganchados a una máquina. Otras veces, se imagina que vuela como un milano. Esas piruetas de la imaginación intentan eludir que la muerte es una simple desconexión. «Ni náuseas sartrianas, ni angustias unamunianas». Solo una interrupción brutal de la conciencia.

Nacido en Pamplona en 1965, Gracia Armendáriz ha conocido la violencia de ETA. Mientras participaba en una de las primeras manifestaciones contra la banda terrorista, sufrió el acoso de una multitud que lanzaba insultos y monedas. La cólera de los imbéciles es inagotable. Frente a su estridencia, la poesía emerge como un ejercicio espiritual. El poema es una plegaria. Ignoro si esta reflexión está sostenida por la fe, pero yo creo que apunta más bien hacia una mirada abierta a lo maravilloso. El lenguaje poético no es un lujo, una bagatela exquisita, sino un enunciado performativo. Poetizar significa dilatar la realidad y todo el que poetiza piensa en lo eterno, en la perduración de la belleza alumbrada.

Gracia Armendáriz se pronuncia en contra de la eutanasia. Los que afirman que hay vidas que no merecen la pena, olvidan que un viejecito en una sala de diálisis restaura y erige su dignidad apenas recibe «la medicina más potente que existe: el afecto». Por eso hay que permanecer vigilantes y no permitir que el dolor ajeno deje de conmovernos. En Diario del hombre pálido, no hay ajuste de cuentas, sino una «intimidad compartida» que fluye limpiamente. Ni sermones, ni autocompasión, ni frases solemnes y huecas. Solo una prosa de altísima calidad animada por una inteligencia impregnada de bonhomía. Celebro que haya puntos de discrepancia. A mí no me gustan ni la caza ni los toros, dos actividades que me producen perplejidad y tristeza, pues acarrean un dolor que considero innecesario. La admiración no significa concordancia total. Convertir un libro en un catecismo es asignarle un triste destino. Su misión no es adoctrinar, sino ejercitar la mente y tonificar el espíritu con retos y desafíos. Solo me cabe agradecer a Gracia Armendáriz que haya ampliado mi mirada, incorporando a mi existencia un territorio que finaliza con un canto a la esperanza. «El sol sale para todos», recuerda el cartel de un comercio que saluda al escritor cuando llega a Madrid. «Y es verdad», admite, con la dicha del que ha vuelto al hogar. La luz siempre prevalece sobre la oscuridad.

09/03/2021

 

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