John Ford: La taberna del irlandés

por Rafael Narbona

Después de rebasar los cincuenta años, resulta más fácil apreciar la grandeza de las obras menores. A esa edad, las palabras solemnes y los argumentos pretenciosos pierden su discutible encanto, revelándose como simple y huero artificio. 2001: una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968) tiene la apariencia de una obra maestra y deslumbra sin mucho esfuerzo a una mente adolescente, pero cuando pasa el tiempo y examinas su metraje con más atención, sólo adviertes una insoportable pedantería disfrazada de discurso filosófico. En cambio, el tiempo ha sentado muy bien a La taberna del irlandés (Donovan’s Reef). Se trata de una deliciosa comedia de John Ford ambientada en una paradisíaca isla de la Polinesia francesa. Se estrenó en 1968, cosechando críticas desiguales. Por esas fechas, Ford ya soportaba la absurda acusación de ser un reaccionario con un estilo caduco y previsible. La taberna del irlandés rebate esas objeciones, evidenciando que el verdadero cine necesita pocos recursos para contar una buena historia. Una inspirada obra menor siempre es más atractiva que una película de tesis.

Con su ironía habitual, Ford comentó que habría sido un loco si hubiera desaprovechado la oportunidad de rodar en los Mares del Sur, utilizando su famoso yate «Araner» como un elemento más de una trama fresca, sencilla y simpática. En la ficción, el «Araner» pertenece al exmarine Michael «Guns» Donovan, propietario de una pequeña compañía naviera y de una modesta taberna. Con esas características, no cabe extrañarse de que el personaje fuera interpretado por John Wayne. En esas fechas, Marion «Duke» Morrison tenía cincuenta y seis años, pero conservaba su encanto de galán duro, rudo y sentimental. Ya había demostrado de sobra su talento en Río Rojo (Howard Hawks, 1948), El hombre tranquilo (1952), Centauros del desierto (1956) y El hombre que mató a Liberty Valance (1962), las tres últimas dirigidas por John Ford. Sus dotes interpretativas resultaban tan convincentes tanto en el drama como en la comedia, pudiendo expresar indistintamente sentimientos de odio, ternura, frustración, tristeza, cólera o alegría. En La taberna del irlandés, no necesitó recurrir a los sombríos registros que le habían permitido encarnar a Ethan Edwars y Tom Doniphon, dos héroes solitarios condenados a llevar una existencia nómada y sin afectos. Donovan es «todo un hombre», según las palabras de Amelia Dedham (Elizabeth Allen), la atractiva y reprimida solterona de oro que dirige una poderosa compañía naviera de Boston, cuya actual respetabilidad contrasta con el espíritu filibustero de sus fundadores, verdaderos corsarios que cambiaron el parche de pirata por el sombrero de copa de los pioneros. Cordial, franco e íntegro, Donovan sólo pierde los papeles el día de su cumpleaños, cuando Aloysius «Boats» Gilhooley (un magnífico Lee Marvin) se acerca a su isla para pelearse a puñetazo limpio con él. Desde hace quince años, repiten la reyerta, que ya es una leyenda. Antiguos camaradas del cuerpo de marines, sus disputas tienen un carácter festivo, pese a su brutalidad.

Gilhooley es un hombre errante, que vive de trabajos ocasionales, casi siempre como marinero. No se sabe por qué se pelea con Donovan. Los dos cumplen años el mismo día y ninguno recuerda con certeza qué provocó el primer enfrentamiento, pero eso no parece importar demasiado. Una buena pelea entre dos viejos amigos siempre constituye un acontecimiento alegre y festivo, al menos en el cine de John Ford. Donovan y Gilhooley son dos ogros de buen corazón, no dos matones. Donovan dona dinero a la iglesia del padre Cluzeot (Marcel Dalio) para reparar el techo, cuida de los tres hijos del Dr. Dedham (Jack Warden) y humaniza a la estirada Amelia Dedham, que ha viajado hasta la isla para conocer a su padre. Gilhooley se disfraza de rey mago –o, más exactamente de improbable «rey de los Estados Unidos»‒ para celebrar la Navidad en la humilde parroquia de la isla, se deja agasajar por las mujeres ‒que le roban besos, le cuelgan coronas de flores o le piden que se case con ellas‒ y, finalmente, olvida sus pequeños egoísmos hipnotizado por un tren de juguete, regalo de Amelia Dedham. Su primera aparición en escena es sumamente violenta. A bordo de un barco, le rompe un palo de fregona en la cabeza a un marinero que intenta impedir su huida para pelearse con Donovan, pero su agresividad de cartón piedra es tan inocua como los puñetazos de Victor McLaglen en La legión invencible (She Wore a Yellow Ribbon, 1949) o El hombre tranquilo (The Quiet Man, 1952). Sólo es un hombre que ha decidido quedarse en la niñez, ignorando las reglas de los adultos. Su inocencia es tan grande como su picaresca. Cuando los hijos del Dr. Dedham se mudan temporalmente a casa de Donovan, sólo carga con la banqueta del piano, mientras mastica un puro. En cambio, Donovan transporta media docena de maletas, pues su grado de responsabilidad es mucho mayor. De hecho, educa a la arrogante Amelia, que tiene un «endiablado genio irlandés», moderando sus rabietas con unos paternales azotes en el trasero. Ford repite la fórmula empleada en El hombre tranquilo, con John Wayne arrastrando por el suelo a Maureen O’Hara, con una brusquedad incompatible con la actual dictadura de lo políticamente correcto. Conviene aclarar que no contemplamos escenas de maltrato, sino farsas sumamente jocosas, donde los adultos se comportan como niños y los niños contemplan con ojos divertidos a sus mayores, actuando como mocosos malcriados.

La taberna del irlandés es una comedia que celebra el placer de vivir y se muestra indulgente con las flaquezas humanas. Alguno podría pensar que Ford se retrata en el personaje de Wayne, pero lo cierto es que se parece más bien a Gilhooley. De hecho, le adjudica como nombre de pila su nombre de confirmación: Aloysius. No está de más recordar que John Ford sólo es un nombre artístico. El nombre real completo era John Aloysius Feeney. Para sus amigos, «Jack». Y como director, «Pappy». En sus años universitarios, cuando jugaba al rugby, sus placajes eran tan violentos que lo apodaban «Toro» o la «Apisonadora humana». «Duke» no era tan implacable. Ford se parece mucho más al salvaje Gilhooley, capaz de propinar un formidable puñetazo a un buen amigo simplemente para iniciar una juerga, donde vuelen botellas, mesas, sillas y, si es posible, hasta un piano.

En La taberna del irlandés, el humor no se limita al terreno de las trifulcas multitudinarias. Todos los personajes están retratados desde una perspectiva cómica, pero no esperpéntica o degradante. Elizabeth Allen es puritana y distante. Intenta conservar su dignidad en todo momento, pero confunde babor con estribor y cae al mar mientras Donovan intentaba ayudarla a bajar del barco que la ha llevado hasta la isla. Cuando practica esquí acuático, se enfunda en un ridículo bañador de aspecto decimonónico, con falda y gorrito. Sin embargo, cuando se desprende de él para nadar hasta la costa, aparece una mujer escultural, con una belleza nada vulgar. El marqués André de Lage (Cesar Romero) es un arribista sin escrúpulos, pero su malicia siempre fracasa de la forma más pueril. Gobernador de la isla, sus dotes como villano son bastante mediocres. Su imperturbable elegancia ayuda a perdonar sus defectos y conjunta perfectamente con el paisaje. Mr. Eu (Jon Fong), su astuto criado chino, nunca se separa de un enorme paraguas rojo y sueña con Miami y Hollywood. El sargento Menkowicz (Mike Mazurki) abre las cervezas con la boca y no interviene en peleas, pues entiende que proporcionan color a la isla y no afectan al orden público. Miss Lafleur (Dorothy Lamour) es una mujer de vida alegre, ya algo mayor, con aspecto de vieja estrella de cine. Su presencia en la película introduce un toque de sofisticación. Lo mismo sucede con el padre Cluzeot, que desliza en la trama la fe católica de John Ford. Una fe que no implica intransigencia, pues en el cementerio de la iglesia las cruces cristianas conviven con una estrella judía. La princesa Lelani (Jacqueline Malouf) cree en el Dios de su padre, el cristiano Dr. Dedham, pero reza a dioses y diosas, pues respeta las tradiciones de su pueblo.

Dedham no cuidó de su hija Amelia, pero no fue por razones egoístas, sino por su incapacidad para soportar el ambiente puritano de Boston. En el fondo, su hija Amelia también es una inadaptada. De hecho, decide casarse con Donovan y no volver a Estados Unidos. En Boston, opinan que unirse en matrimonio con una princesa polinesia constituye un escándalo, pero ella se alegra profundamente de tener tres hermanos y considera irrelevante el color de su piel. En la película, los términos «nativo» y «mestizo» sólo producen incomodidad y rechazo. Ford era un patriota estadounidense, pero consideraba que la mezcla racial, lejos de ser una desgracia, había forjado la grandeza de su país. En fin de cuentas, él era irlandés y, en el pasado, los yanquis trataban a los irlandeses casi con el mismo desprecio que a los judíos y los negros. Se ha dicho que los chinos que juegan obsesivamente a la máquina tragaperras de la taberna de Donovan aparecen retratados desde una perspectiva ofensiva, como si fueran irremediablemente estúpidos, pero Gilhooley hace lo mismo y su insistencia sólo concita nuestra simpatía. Sucede lo mismo con Donovan cuando conduce por la isla un todoterreno que lanza pequeñas explosiones por el tubo de escape, o  con las monjitas del hospital del Dr. Dedham, que se comportan como bondadosas hadas de un cuento infantil. La ingenuidad de los personajes no es un defecto, sino una concesión a las fantasías utópicas. Somos muchos los que desearíamos vivir en esa isla, sin soportar el estrépito y las complicaciones de las grandes ciudades.

La taberna del irlandés es un ejemplo de libertad creadora que no pretende aturdir al espectador con tesis floridas, sino seducirlo con la sabiduría de la madurez, cuando se descubre definitivamente el valor de la familia, la amistad y la comunidad. Se estrenó en 1963, la misma fecha en que yo nací. Aunque carezco de talento pugilístico, no me importaría recibir la visita de Gilhooley el día de mis cumpleaños para intercambiar unos cuantos mamporros. Prefiero un buen chichón a una nueva sesión de 2001: una odisea del espacio. Pido perdón a quienes se sientan ofendidos.

06/04/2018

 
COMENTARIOS

Agustín 06/04/18 19:54
Perdonado. Pero es necesario establecer esa comparación para valorar la obra de Ford? No creo que autores y obras tan distintas sean incompatibles a la hora de disfrutar.

Genaro García Mingo 11/04/18 13:03
Estos artículos, que utilizando un título literario cinematográfico en inglés podríamos llamar "Ford revisited", son estupendos. Pero a Ford no le hubiera gustado, con lo alérgico que era a pose artística o intelectual. La que adopta cualquier pelagatos cuando le entrevistan por haber emborronado una pared o ensuciado cualquier cosa, previo cobro de la preceptiva subvención. Así que es mucho mejor como títula usted, con el nombre del director seguido de la película que comenta. Coincido con usted plenamente y creo que no es necesario insistir en todo lo que tan acertadamente usted destaca. Tengo verdadera predilección por el cine de este hombre que supo contar historias como nadie y plasmar en el cine y en sus personajes mucho de lo que personalmente se le escapó en vida. Los puñetazos si, pero siempre un lirismo y una sutileza que resultan sobrecogedores. Lo más extradordinario, entre lo mucho, es todo lo que llegamos a saber de sus personajes y con que rapidez: como son, como sienten, que les pasa, como evolucionan, lo que representan. Esto se logra a menudo con un diálogo breve, o sin apenas palabras. Me acuerdo ahora, en Río Grande, del momento en que cenan juntos John Wayne y Maureen O’Hara, toda la vida del matrimonio y todos los sentimientos de ambos están ahí, contados al espectador, con las miradas, algunas palabras, un esplédido blanco y negro al servicio de dos actores de los que Ford saca lo mejor. La escena culmina con la serenata que les da un pequeño coro de soldados, con una canción irlandesa claro. En la Taberna del Irlandés, tan distinta, están muchos de los rasgos apuntados: conocemos a los personajes como usted los describe y el lirismo surgirá alrededor del sacerdote católico y de su iglesia con goteras. Voleveré a verla esta semana. Muchas gracias por este paseo magnífico por la obra de Ford.
Genaro García Mingo.

Rafael Narbona Monteagudo 12/04/18 14:04
Muchas gracias, Genaro. Mi intención es comentar todas sus películas en este blog. Dentro de poco, aparecerá en la sección de ensayos de esta misma revista un extenso trabajo sobre John Ford. Espero que le guste.

Un cordial saludo

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