John Ford: La legión invencible

por Rafael Narbona

La legión invencible (She Wore a Yellow Ribbon, 1949) es un western, pero su trama se desliza en muchas ocasiones hacia la comedia y el melodrama. Segunda entrega de la trilogía de la Caballería, escoge como punto de partida el desenlace de Fort Apache (1948), donde el teniente coronel Owen Thursday (Henry Fonda), ávido de gloria, conduce a sus hombres a una masacre, atacando a los apaches de forma temeraria e irresponsable. Es evidente que la derrota de Thursday se inspira en la batalla de Little Bighorn, pero mientras que en Fort Apache se cuestiona el mito de un Custer heroico y abnegado, en La legión invencible se respeta el hito legendario, descartando cualquier atisbo de crítica. Eso sí, la épica acontece fuera de campo, creando la sensación de no pertenecer al mundo real, sino a esa mitología tan ilusoria como necesaria para forjar el espíritu de una nación.

La película comienza evocando el aniquilamiento de las cinco compañías del Séptimo Regimiento de Caballería. Una voz en off comenta que no es un simple revés bélico, sino una catástrofe que pone en peligro la colonización del Oeste y la supervivencia de la República. Indudablemente, se trata de una exageración. El impacto de la derrota fue simbólico, emocional, sin grandes consecuencias históricas o militares. John Ford sabe que se aparta de la realidad, pero no le importa, pues su objetivo es destacar el papel de la Caballería en la realización del Destino Manifiesto de Estados Unidos. De hecho, la película finaliza con un destacamento cruzando Monument Valley con las banderas desplegadas, mientras se escucha una voz que identifica los límites de la nación con la presencia del ejército, expresando sin complejos la voluntad de ampliar las fronteras hasta donde lo permita la fuerza de las armas.

En los primeros minutos de metraje, grandes hileras de nativos desfilan por la pantalla, exhibiendo sus plumas y sus pinturas de guerra. La muerte de Custer ha avivado en las distintas naciones indias la determinación de expulsar al invasor blanco, creando alianzas que dejen atrás las antiguas querellas tribales. John Ford introduce inmediatamente el paisaje de Monument Valley para mostrar a una diligencia con los caballos desbocados y el pescante vacío. Una patrulla de caballería persigue al vehículo hasta que consigue detenerlo. Al abrir la puerta, aparece el pagador del ejército, muerto por una flecha. El sargento Tyree (Ben Johnson) examina la flecha y comenta con sarcasmo que la nómina de los soldados volverá a retrasarse. Tyree es un antiguo soldado sudista que no oculta su apego sentimental por la causa del Sur, pero que sirve fielmente en la Caballería, honrando la bandera de la Unión y la casaca azul que en otro tiempo odió. Cuando le hacen una pregunta incómoda, responde que no le «pagan por pensar», pero lo cierto es que no le importa manifestar ante sus superiores su admiración por Robert Edward Lee, comandante en jefe del Ejército Confederado, o celebrar las exequias del soldado John Smith (Rudy Bowman), un antiguo general confederado abatido por los indios, con la bandera y el himno sudistas. Tyree es un inadaptado y un individualista, que suele explorar el terreno en solitario, aprovechando sus extraordinarias aptitudes como jinete y su gran conocimiento de las costumbres y tácticas de guerra de las tribus nativas. Cuando está a punto de ser atrapado por un grupo de indios, obliga a su caballo a saltar por encima de un barranco. Sus perseguidores no se atreven a seguirlo. Los inconformistas siempre logran hallar una salida, dejando atrás a los más tímidos.

John Ford conservó el nombre de Tyree para un personaje casi idéntico en Río Grande (1950), tercera entrega de la trilogía. A pesar de ser posterior en el tiempo, Río Grande está ambientada –aproximadamente‒ unos diez o quince años antes, cuando el capitán Kirby York (John Wayne) combate a los apaches en la frontera con México. Podría ser el Kirby York de Fort Apache, ascendido a teniente coronel tras la muerte de Owen Thursday, al que la prensa ha convertido en héroe nacional. No parece casual que Ford haya empleado dos veces el mismo nombre, pero envejeciendo al personaje y ensombreciendo su carácter. Interpretado nuevamente por Ben Johnson, el Tyree de Río Grande es un recluta procedente del Sur, que se distingue nuevamente por su valor, su iniciativa y su destreza como jinete. Su sentido de la amistad no le impide ser un individualista. Exhibe la típica inadaptación de héroes románticos, abocados a ignorar las leyes cuando consideran que lo exige el sentido de la justicia. Paradójicamente, su forma de ser encuentra un refugio en el ejército, donde el honor y la lealtad son más importantes que las convenciones sociales. No es un caso aislado. El capitán Nathan Brittles (John Wayne) también es un solitario, cuyo sentido del deber le ha salvado de sus demonios interiores. Aunque esta vez Ford ha cambiado el nombre del personaje, podría ser Kirby York en el final de su carrera, afrontando una jubilación no deseada. Si lanzamos una mirada de conjunto sobre las interpretaciones de John Wayne en la trilogía de la Caballería, comprobaremos que la sonrisa y la cordialidad del Kirby de Fort Apache se convierten en soledad y melancolía en La legión invencible, donde su nombre ha mutado en Nathan Brittles. En Río Grande, Kirby es un hombre amargado y huraño. La Guerra Civil lo ha separado de su esposa Kathleen (Maureen O’Hara), y de su hijo Jeff (Claude Jarman Jr.). Quemó la mansión y las plantaciones de su mujer, cumpliendo órdenes. Esa acción de guerra le costó el afecto de su familia, que se separó de él. No ha visto crecer a su hijo Jeff y ha perdido años de cariño al lado de Kathleen, a quien sigue amando desde la distancia. En La Legión invencible, Nathan Brittles es un viudo solitario que se enfrenta a un inminente retiro. Sólo le quedan diez días de servicio. Después, será un civil sin rumbo cierto, pues no sabe qué hacer con el último tramo de su vida.

Cuesta trabajo imaginar a Brittles sin su uniforme de capitán, que se ha convertido en su segunda piel. Entró en el ejército con catorce años. Acababa de marcharse de su hogar y sólo llevaba unos pantalones vaqueros. Semidesnudo, creció, maduró y templó su carácter en el ejército. Perdió a su esposa, Mary, y a sus dos hijos, Nathan y George, por culpa de la viruela. Su alojamiento en Fort Starke consiste en una pequeña habitación, con una estufa, una butaca, dos rifles colgados de la pared y un calendario con publicidad de un armero. Brittles tacha uno a uno los días que faltan para su retiro. Cuando la cuenta llegue al final, será un vagabundo, un inadaptado, un outsider. Tendrá que separarse incluso de las tumbas de su familia, que cuida con esmero, plantando flores y regándolas con una calabaza. Su última misión desembocará en el fracaso, pero no será por negligencia, sino por escoltar contra su voluntad a Abby Allshard (Mildred Natwick), esposa del mayor Allshard y comandante de Fort Starke (George O’Brien), y su sobrina Olivia Dandridge (Joanne Dru). Brittles es severo y estricto, pero en el fondo tiene un corazón compasivo. Se aprecia cuando lee en el despacho de su buen y viejo amigo el mayor Allshard la lista de bajas de la batalla de Little Bighorn ‒casi todos antiguos amigos‒, mientras, al otro lado del cristal, un cielo rojo desprende una luz dramática, casi mortuoria. Su emotividad se exacerba al hablar con su difunta esposa bajo un cielo violentamente rojo. Ford no se preocupa tanto de reflejar los tonos del crepúsculo como de transmitir nostalgia, melancolía y soledad, con un cromatismo exagerado, irreal, fovista. Aunque ha perdido a su familia, Brittles se encarga de educar a Flint Cohill (John Agar) y Ross Pennell (Harry Carey Jr.), dos tenientes enamorados de Olivia, que a veces se comportan como adolescentes. Gracias a la dura pedagogía de Brittles, los dos madurarán y su rivalidad se transformará en sólida amistad. Las escenas de celos entre los dos pretendientes reproducen con ingenio y frescura los códigos de la comedia, aliviando la tensión de los momentos más dramáticos, como el hallazgo de los cadáveres del matrimonio que regentaba el puesto de diligencias de Sudro’s Wells, cuyos dos hijos pequeños quedarán a cargo de la columna de Brittles.

Brittles también ayudará a madurar a Olivia. Con mano firme, pero sin aspereza. Atajará sus intromisiones y sus imprudencias, recordándole que deberá aprender a controlar sus emociones si realmente quiere convertirse en la esposa de un oficial. Olivia le corresponderá con afecto y admiración. Cuando se acerca a él mientras cuida la tumba de su esposa, su sombra se proyecta sobre la lápida, casi como si fuera una aparición. La escena pone de manifiesto el vínculo entre el pasado y el futuro. En el ejército, donde la tradición desempeña un papel esencial, los vivos y los muertos nunca cortan sus lazos. Mueren los individuos, pero los valores perviven y ese milagro permite que la recuperación del pasado sea algo real y no una simple remembranza. Gracias a la sombra de Olivia, la esposa de Brittles sale de las sombras y se hace presencia. Olivia no es una jovencita de paso, sino la mujer que garantiza la continuidad de un ciclo con vocación de perennidad. Cuando parte hacia Sudro’s Wells, Olivia se pone un lazo amarillo en el pelo. Es el color de la Caballería y el signo que expresa un estado de enamoramiento. Se ha puesto el lazo por Flint, pero no lo confiesa, simulando que lo lleva por Pennell. En realidad, ese lazo simboliza su desposorio con la Caballería. Quiere ser una de esas esposas que ayudan a sus maridos en el duro servicio de la milicia, compartiendo sus alegrías y sus penalidades.

Gran admirador de Franklin Delano Roosevelt, John Ford se hizo más conservador después de su participación como documentalista, director de cine y marino en la Segunda Guerra Mundial, donde obtuvo un Corazón Púrpura por las heridas sufridas durante la batalla de Midway. Al margen de su evolución política, Ford siempre se mantuvo fiel a los mismos valores: la familia, el amor a la patria, la lealtad a los amigos, el apego a la tierra, el sentido de la justicia, la vocación de servicio. Brittles encarna de forma ejemplar todos esos valores. Patriota sincero, esposo devoto, militar intachable, amigo leal. Su amistad con el sargento Quincannon (Victor McLaglen) es particularmente entrañable y divertida. Sabe que oculta una botella de güisqui en sus propias narices, pero finge ignorarlo. Conoce todos sus defectos. Es fanfarrón, rudo, camorrista e ignorante, pero también valiente, noble y leal. El día de su jubilación, Brittles le pide que se pruebe sus ropas de civil y se marche a la cantina a beber. Después, ordena que lo detengan por haberse quitado el uniforme y estar borracho. Quincannon se jubilará diez días más tarde y quiere que pase ese tiempo en el calabozo, pues teme que en su ausencia se meta en líos y eso repercuta en su hoja de servicios, menguando su pensión. Quincannon protagonizará una pelea «homérica» en la cantina atendida por Francis Ford, hermano de John, que interpretará una vez más su eterno papel de borrachín chiflado. Cinco soldados serán incapaces de reducir a Quincannon, que, entre puñetazo y puñetazo, impondrá una pausa para beber a la salud del capitán Nathan Brittles. El cantinero participará en la pelea, pegando escobazos desde detrás de la barra. Será necesario que intervenga Mrs. Allshard, esposa del comandante, para que Quincannon acepte ser arrestado sin ofrecer resistencia. Vapuleados a conciencia, los cinco soldados que no han conseguido arrestar al sargento aún tendrán que escuchar los reproches de Abby, acusándoles de brutalidad contra un pobre hombre inofensivo. Abby era el nombre de la madre de Ford. No se trata de una mera coincidencia, sino de un homenaje al papel de la mujer como pilar del clan familiar y sostén de los enfermos, heridos y desvalidos.

Maestro en la comedia, con escenas verdaderamente hilarantes, y algo menos hábil en el melodrama, John Ford construirá su película sobre una trama ínfima y escasas escenas de acción, aunque algunas de enorme crudeza. En España, la censura cortó una escena en la que un traficante de armas rueda una y otra vez por una hoguera, lanzando horribles alaridos. Es el castigo por haber exigido demasiado dinero a los indios por los Winchester que pretendía venderles de contrabando. No obstante, Ford no es maniqueo. Su simpatía por el jefe Pony-That-Walks, interpretado por el jefe indio John Big Tree, revela que no ha perdido su perspectiva humanista. El anciano jefe lamenta que los jóvenes sólo piensen en la guerra, especialmente tras la derrota de Custer y la reaparición de una gran manada de búfalos en las praderas. Después de ofrecerle sal y una pipa, Pony-That-Walks propone al capitán Brittles que se marchen juntos a cazar, pescar y fumar. Brittles no se resignará a permanecer al margen de los hechos, aceptando la fatalidad de una nueva guerra. Aprovechará sus últimas horas de servicio para espantar a los caballos de los indios y forzarles a regresar a la reserva a pie, consciente de que caminar los humilla. Durante la maniobra no se producirá ninguna baja. El ejército premiará su iniciativa, nombrándolo jefe de exploradores con el grado de coronel. Conservará el reloj de plata que le han comprado en Kansas City todos los soldados de la compañía para mostrarle su afecto, con una emotiva inscripción: «Para que no nos olvide». Brittles necesitó sus gafas de vista cansada para leer la dedicatoria. Se emocionó casi hasta las lágrimas, pero logró conservar la compostura. Después de cuarenta y tres años de servicio, considera al ejército su única familia viva. No sospecha entonces que su adiós era provisional. Brittles no es un oficial más, sino la quintaesencia de un estilo de vida, la clase de soldado que ha convertido a Estados Unidos en «la tierra de los hombres libres y el hogar de los valientes».

John Ford compró los derechos de dos relatos de James Warner Bellah, «War Party» y «Big Hunt», para desarrollar el guion. Bellah hizo una primera versión, que los guionistas Frank S. Nugent y Laurence Stallings pulieron y ajustaron, siempre bajo la estrecha vigilancia de Ford. Ford no se limitaba a observar, sino que participaba con ideas, frases y escenas, controlando todo el proceso. Laurence Stallings propuso como título She Wore a Yellow Ribbon, una de las canciones más populares de la Caballería. Además, añadió la intriga amorosa. De todas formas, como advirtió repetidas veces Frank S. Nugent, «la película definitivamente es siempre de Ford, jamás del guionista». Por ejemplo, la ocurrencia de las gafas de vista cansada, que muestra la vulnerabilidad de un Brittles envejecido, procedió del cineasta, así como la eliminación de algunas escenas que le parecieron demasiado explícitas y directas. La banda sonora de Richard Hageman contribuyó a crear una atmósfera de ensoñación romántica. Rodada en Technicolor, la fotografía de Winton C. Hoch obtuvo un Oscar. Es famoso el enfrentamiento que mantuvo con Ford durante el rodaje de una escena bajo una tormenta eléctrica. La columna avanza lentamente, mientras el doctor O’Laughlin (Arthur Shields) opera de urgencias en un carromato a un soldado herido, con la asistencia de Mrs. Allshard. Hoch consideraba que había muy poca luz y que la tormenta eléctrica producía sombras y contrastes indeseables, pero Ford le indicó que utilizara unos filtros y el resultado fue asombroso. Es una de las secuencias más hermosas de una película de enorme belleza plástica. El azul y el negro se confunden, propagando una tonalidad morada, casi litúrgica. Ford pretendía crear una estética visual que recreara el estilo de los grandes pintores del Oeste (Frederick Remington, Charles Marion Russell y Charles Schreyvogel), pero con una concepción del color extraída de la paleta impresionista.

El crítico cinematográfico Eduardo Torres Dulce destaca en su inspirado ensayo Jinetes en el cielo (Madrid, Notorius, 2011) el carácter físico de una película que en ningún momento parece un cuadro estático, sino un lienzo otoñal, dinámico e impresionista, en el que destacan los planos generales y aparecen los techos a menudo, ubicando a los personajes en un espacio teatral: «las entradas y salidas de los personajes en el encuadre general son de tal fisicidad que uno siente que existen antes y después de su interrupción, que en el decorado hay algo más que tramoya y falsedad». La legión invencible es una película que escenifica la ceremonia del adiós, la hora crepuscular en la vida de Nathan Brittles, pero al final la despedida se convierte en un reencuentro. Ataviado con una chaqueta de flecos semejante a la de Custer, el viejo capitán vuelve a Fort Starke con más galones. Han preparado un baile para celebrar su hazaña y su ascenso, pero el héroe, que ha cerrado la herida abierta por la derrota de Little Bighorn, se dirige primero a la tumba de su mujer y sus hijos para mostrar una vez más que los seres queridos arrebatados por la muerte siguen vivos en el corazón de quienes los amaron. Brittles nos deja una frase memorable: «No se disculpe. Es signo de debilidad». De joven, no me gustaba esa frase, pero ahora que tengo la edad de Brittles comienzo a pensar que no es una expresión de arrogancia, sino de elegancia y dignidad.

14/09/2018

 
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