John Ford: Fort Apache

por Rafael Narbona

Hay victorias amargas y derrotas épicas. Según los historiadores, el tribuno romano Escipión Emiliano lloró sobre las ruinas de Cartago mientras citaba un verso de la Ilíada que profetizaba la destrucción de Troya. No pensaba en Troya, sino en Roma, cuya caída presentía en un momento indeterminado –pero quizá no muy lejano− del porvenir. Su triunfo no le había nublado la vista hasta el extremo de olvidar la fragilidad de todas obras humanas, incluidas las más colosales. George Armstrong Custer, teniente coronel del Séptimo Regimiento de Caballería de los Estados Unidos, careció de esa clarividencia, que deja abierta la puerta al fatalismo. Pensó que derrotaría con facilidad a las tribus acampadas en Black Hills, añadiendo un nuevo hito en la historia de un genocidio. Su arrogancia le costó la vida y la aniquilación de su destacamento. Sólo un caballo, «Comanche», sobreviviría a la masacre. Caballo Loco y Jefe Gall desplegaron una enorme habilidad táctica, dirigiendo eficazmente a sus guerreros contra unas tropas que sucumbieron al pánico apenas descubrieron su inferioridad numérica y la incompetencia estratégica de sus oficiales. La derrota sufrida por los blancos cerca de Little Bighorn, un pequeño río de Montana, adquirió de inmediato una dimensión épica.

La pintura y, más tarde, el cine, nos acostumbraron a una estampa heroica, con Custer en pie junto a sus últimos hombres, disparando con un revólver a los indios que lo han acorralado. La realidad no se corresponde con esa imagen. Algunos historiadores apuntan que «Cabellos Largos», el sobrenombre que le asignaron los indios, murió enseguida de un disparo en el pecho. Otros especulan que tal vez se suicidó, pues tenía un tiro en la sien izquierda. El resto del destacamento no compuso un círculo para resistir junto a la bandera del regimiento. Huyó a la desbandada, a veces arrojando las armas, hasta que una flecha, una lanza o un tomahawk puso fin a su carrera. Sucedió entre el 25 y el 26 de junio de 1876.

John Ford recrea este acontecimiento en Fort Apache, la primera entrega de la trilogía dedicada a la Caballería de Estados Unidos. Estrenada en 1948, vulnera uno de los principios fundamentales de la poética fordiana: imprimir la leyenda aunque se aparte de la realidad. El cineasta de origen irlandés cambia los nombres y los escenarios, pero es evidente que se refiere a Custer y a Little Bighorn, ofreciendo una perspectiva desmitificadora de los hechos. Es algo especialmente meritorio, pues en esas fechas aún no habían comenzado a circular las tesis revisionistas sobre las Guerras Indias, un conflicto que costó la vida a trescientos setenta mil nativos y veinte mil blancos. Aún se hallaba muy reciente Murieron con las botas puestas (They Died with their Boots On), dirigida por Raoul Walsh en 1941, con Errol Flynn en el papel de Custer. Walsh se había mantenido fiel al mito, atribuyendo al polémico comandante del Séptimo de Caballería una personalidad heroica y romántica. Era imposible no simpatizar con un militar que cortejaba galantemente a Olivia de Havilland, cuidaba su aspecto con la extravagancia de un dandi y cantaba con alegría contagiosa «Garry Owen», sin otro anhelo que conquistar la gloria. En cambio, John Ford elabora una versión de Custer completamente diferente.

El teniente coronel Owen Thursday, brillantemente interpretado por Henry Fonda (quizás el actor que mejor sabía caminar ante una cámara), es frío, intransigente y egocéntrico. Destinado a Fort Apache en el desierto de Arizona, ha perdido el grado de general obtenido durante la Guerra de Secesión. Se siente postergado, humillado, tal como le sucedió a Custer en la vida real. Su resentimiento ahoga las emociones más humanas, como la ternura, el humor, la amistad o, incluso, el afecto filial. Nada le parece tan importante como su carrera militar, ni siquiera Philadelphia (Shirley Temple), su única hija. Aunque resulta antipático desde el principio, a veces inspira cierta compasión. No se parece en nada al Custer de Errol Flynn. Serio, austero, casi ascético, apenas sabe relacionarse con los demás. Se le nota sumamente incómodo durante los bailes que se celebran en Fort Apache. Si pudiera elegir, permanecería al margen de las celebraciones, pero como comandante en jefe tiene que respetar ciertas convenciones, como bailar con Mrs. O’Rourke (Irene Rich), esposa del sargento mayor (Ward Bond). Su carácter lo condena a la soledad y, en muchas ocasiones, al ridículo. Cuando su hija amuebla su casa con la ayuda de Mrs. O’Rourke y Mrs. Collingwood (Anna Lee), que le proporcionan muebles, cuadros, lámparas, cortinas e incluso una criada mexicana llamada Guadalupe (Movita Castaneda), se enciende un puro, examina la tarjeta de visita del teniente Michael Shannon O’Rourke (John Agar) y se sienta en una vieja butaca colocada junto a una chimenea. La butaca no soporta su peso y se hunde con él, dejándolo atrapado en una posición grotesca. Necesitará la ayuda de Philadelphia y Guadalupe para ponerse en pie. Con un pequeño incidente, John Ford ha logrado humanizar a su personaje, mostrando que su soberbia no le hace parecer más respetable, sino más cómico en las situaciones embarazosas.

John Ford se basó en «Masacre», un relato de James Warner Bellah, un excombatiente de la Gran Guerra, donde sirvió como piloto de la Royal Flying Corps de Reino Unido, y de la Segunda Guerra Mundial, en la que llegó a coronel del Cuerpo de Marines de Estados Unidos. Warner Bellah se convirtió en un prolífico escritor de cuentos y novelas del Oeste. Fue un autor popular, escasamente preocupado por el estilo y con unas ideas sumamente conservadoras. Frank S. Nugent, implacable crítico cinematográfico y, más tarde, guionista habitual de John Ford, realizó una magnífica adaptación del relato, rebajando el maniqueísmo de Bellah, que exaltaba sin matices a la Caballería y denigraba sin límites a los indios. Fort Apache no es una película revisionista. Desde el primer fotograma, la Caballería mantiene un perfil heroico. La primera imagen muestra la silueta de un corneta a caballo, recortándose contra el paisaje de Monument Valley. Su estampa contrasta con las filas de indios que desfilan amenazadoramente por el desierto, con la piel estragada por el sol y la mirada afilada por una ferocidad innata. Más adelante, su violencia ya no será un presentimiento, sino un hecho, cuando Philadelphia y el teniente O’Rourke descubran los cuerpos carbonizados de dos soldados atados a las ruedas de un carromato.

Sin embargo, Ford no atribuye a los apaches una violencia gratuita. Cochise (Miguel Inclán) no es un salvaje. Cuando el capitán Kirby York (John Wayne) y el sargento Beaufort (Pedro Armendáriz) cruzan río Grande y se entrevistan con él en México, adoptan un comportamiento ceremonioso, mostrando claramente que lo consideran un gran jefe guerrero. Por el contrario, cuando el teniente coronel Thursday le tiende una trampa, fingiendo que está dispuesto a negociar una paz honrosa, prescinde de cualquier formalidad y, aunque sabe que Cochise no miente al quejarse de los abusos cometidos contra los apaches por Meachum, el agente indio (Grant Withers), le acusa de ser un bandido hostil al gobierno de Estados Unidos, exigiéndole que se entregue de forma incondicional. Cochise derrotará al regimiento de Thursday, empleando la astucia, pero respetará la vida del capitán York y un pequeño grupo de soldados que se ha parapetado detrás de los carros, limitándose a clavar en el suelo el banderín arrebatado a los hombres que han caído.

Thursday conocía los métodos de Meachum. De hecho, pudo comprobar que había alterado su báscula de pesar carne para estafar a los apaches. También sabía que les vendía rifles y güisqui. Su cinismo había llegado al extremo de esconder las armas y el alcohol en cajas que presuntamente contenían biblias. En una escena memorable, le pedirá al sargento Mulcahy (Victor McLaglen) que le escancie unos versículos y dé su opinión sobre una bebida infernal que –a su juicio– parece azufre líquido. Mulcahy dará dos tragos y, con los ojos húmedos, mascullará con dificultad, casi como si no pudiera respirar: «Es preferible que no tener nada». Nada de eso le impedirá engañar a Cochise, tendiéndole una ignominiosa trampa. No le importará que el capitán York haya comprometido su palabra. Cuando éste le recrimina su actitud, responde displicente que entre un oficial y «un salvaje, un analfabeto, un asesino sin civilizar» no se aplican las reglas del honor. Thursday ha preparado su celada, estudiando los ensayos sobre estrategia militar del general sudista Robert E. Lee, pero el «salvaje» y «analfabeto» Cochise no necesita ningún estudio teórico para derrotar a un enemigo que carga desplegado a toque de trompeta, cometiendo la imprudencia de internarse en un desfiladero. El capitán York le advierte que comete una gravísima imprudencia, pero Thursday le acusa de ser un cobarde, ignorando sus palabras. Sin embargo, Kirby acudirá a su rescate cuando se queda indefenso y sin montura. Hace poco le ha desafiado, arrojando un guante al suelo por dudar de su valor, pero es su comandante en jefe y el sentido del deber le obliga a socorrerlo. Thursday, que no es un cobarde, aprovecha su gesto para reunirse con los últimos hombres de la columna atacante, refugiados en una depresión del terreno. Sabe que va a morir y no le importa. Admite que se ha equivocado, pero la cobardía no es uno de sus defectos.

La interpretación de Henry Fonda es impecable: sobrio, contenido, elegante, creíble. Sus movimientos son cine en estado puro. Cuando saluda, dispara o, muy a su pesar, baila. El trabajo de John Wayne no es menos notable. John Ford aún se resistía a convertirlo en el protagonista de sus películas, pero ese mismo año Howard Hawks le permitirá demostrar su talento en Río Rojo (Red River), encarnando al duro e inflexible Thomas Dunson. Impresionado por su actuación, Ford le cederá el protagonismo en las dos películas restantes de la trilogía dedicada a la Caballería de Estados Unidos: La legión invencible (She Wore a Yellow Ribbon, 1949) y Río Grande (1950). El capitán York no se parece a Dunson. Es atento, comprensivo, afable. Un excelente compañero de velada, como se aprecia en casa de los Collingwood, donde se celebran a menudo reuniones informales. El capitán Sam Collingwood (George O’Brien) fue compañero de Owen, pero cometió un error. No sabemos cuál, pero todo apunta hacia un acto de cobardía durante la Guerra de Secesión. Su mujer, Emily, era la mejor amiga de la madre de Philadelphia. Thursday no es sentimental y no tendrá en cuenta esa circunstancia. Cuando se reencuentra con Sam en Fort Apache, se niega a estrecharle la mano.

Como siempre, Ford cuida los personajes secundarios. El matrimonio O’Rourke, padres del joven Michael, encarnan las mejores virtudes de la tradición militar: entereza, serenidad, coraje, estoicismo, capacidad de sacrificio y sentido de la lealtad. Pese a ello, Thursday se opone al noviazgo entre su hija Philadelphia y el joven teniente. Aunque éste es oficial, sus padres pertenecen a una clase social inferior. Michael estudió en West Point por decreto presidencial. Adquirió ese derecho por ser hijo de un suboficial condecorado con la Medalla de Honor, pero esa proeza no impresiona al altivo Owen, que, además, no simpatiza con los irlandeses. Victor McLaglen se interpreta una vez más a sí mismo. Algunos no soportan sus tics; otros adoramos sus gestos de gigantón bondadoso, borrachín y pendenciero. Hank Worden no es menos adorable como recluta yanqui y excombatiente sudista. Sus reiterados apretones de manos con el sargento Beaufort, que también sirvió en el ejército de la Confederación, evidencian el talento de John Ford para la comedia. El capitán médico Wilkens (Guy Kibbe) también estrecha la mano repetidas veces al director de la pequeña orquesta que pone música a los bailes de oficiales y suboficiales. Lo hace porque abusa de la bebida, especialmente del oporto. En general, todos los personajes beben en abundancia. John Ford era un alcohólico sin mala conciencia que desconfiaba de los abstemios. De hecho, Thursday apenas bebe, pues no le gusta perder el control. En cambio, Collingwood bebe demasiado, pero su debilidad no inspira desprecio. El sargento Quincannon (Dick Foran) se pasa mucho tiempo en el calabozo, probablemente por sus borracheras, pero eso no le impide ser un excelente cantante que hace más agradables las noches más templadas, cuando las familias y sus invitados salen al porche. El clima del desierto de Arizona es implacable, pero una buena canción irlandesa convierte una tierra inhóspita en un lugar amable y acogedor.
 

Fort Apache es un western que aborda un capítulo de las guerras apaches. Es, por tanto, una película bélica, pero las escenas de violencia apenas ocupan espacio en el metraje. La persecución del carro que conduce una pequeña escuadra de la Caballería bajo el mando del teniente O’Rourke evoca claramente la famosa secuencia de La diligencia (Stagecoach, 1939), con la cámara moviéndose –algo poco frecuente en Ford− para captar la persecución en todo su dramatismo. La lona que se desprende poco a poco del carro introduce una nota de lirismo y un momento épico, pues el teniente O’Rourke desenvaina su sable para cortar el último hilo y desembarazarse de un lastre que les hacía temblar como un barco con las velas desplegadas en medio de un huracán. Sin embargo, Ford elude las escenas de combate, recurriendo a una nube de polvo que oculta el enfrentamiento entre el destacamento de Caballería que acude al rescate y la partida de apaches que hostigaba a la escuadra. Sucede lo mismo durante la carga final de Cochise sobre Thursday y sus hombres. Protegidos por un desnivel, desaparecen en el polvo cuando los apaches arrasan su posición. Ford busca la eficacia narrativa y sabe que la alusión siempre supera a lo explícito. La espectacularidad nunca es un acierto, pues resta autenticidad. Una pincelada siempre es más poética que un brochazo. Philadelphia pierde su elegante sombrero de Boston cuando huye por Monument Valley en compañía del teniente O’Rourke. Es el mismo sombrero que había fascinado a «Ma» (Mary Gordon), una sencilla mujer que había atendido a «Phil» y su padre durante una escala de la diligencia. «Ma» se lo había probado y se había observado en un espejo, mientras los cocheros celebraban su aspecto. El sombrero no es un detalle irrelevante, sino una prenda que muestra el contraste entre un territorio salvaje y el refinamiento de la ciudad. Simboliza la civilización, la armonía, el lujo, la sofisticación, la galantería. Por eso, el joven oficial retrocede unos metros para recuperarlo. Su gesto parece irracional, pero no carece de significado. Ford aprovecha la ocasión para filmar una extraordinaria panorámica de las mesas del desierto, alzándose sobre un paisaje con una dura belleza.

John Ford desmitifica la leyenda de Custer, pero no pretende desacreditar a la Caballería. Cuando las mujeres de los soldados contemplan al regimiento alejándose del fuerte para encontrarse con Cochise, presumen que tal vez sucederá algo terrible. Un soldado entrega a Mrs. Emily una carta que anuncia la concesión de su nuevo destino a su marido, pero ella prefiere guardársela. Collingwood lleva años soportando la sospecha de cobardía y por fin ha surgido la oportunidad de acabar con las habladurías. Quizás a un precio terrible, pero en el ejército la vida a veces es menos importante que el honor. Mrs. Emily observa partir al regimiento, intentando localizar a Sam con la mirada, pero no logra encontrarlo: «No puedo verlo –gime−. Sólo veo las banderas». Después del desastre, el capitán York asume el mando del fuerte. Un grupo de periodistas lo entrevistan, examinando con admiración un retrato de Thursday y su sable: «Debió de ser un gran hombre y un gran soldado», comenta uno. «Nadie murió con mayor coraje, y obtuvo más gloria para su regimiento», contesta York. Otro periodista habla con entusiasmo de la carga de Thursday, recreada en un célebre cuadro y señala que se ha convertido en el héroe de los escolares estadounidenses. York prefiere callar, preservando la leyenda. No beneficiaría a nadie contar que la famosa carga constituyó una gran irresponsabilidad. Cuando otro periodista lamenta que se recuerde a los Thursday, pero no a los Collingwood, Kirby afirma que todos los caídos siguen vivos en el regimiento. Su recuerdo perdurará más allá de sus penalidades cotidianas y su escasa paga, pues Thursday hizo que el regimiento se convirtiera en leyenda. Mientras habla, el rostro de York, que habla mirando por una ventana, se funde en el cristal con el reflejo de un destacamento preparado para combatir a los apaches. Inmediatamente después, se cala hasta los ojos un quepis como el que llevaba Thursday en vez su habitual sombrero blanco. Siempre es preferible el mito a la humillación de una derrota. York no cometerá la imprudencia de destruir una leyenda que infunde valor en los soldados y orgullo en la nación.

Fort Apache es una de las películas más completas de John Ford, pues combina eficazmente épica, tragedia y comedia. Como sucederá más adelante con El hombre que mató a Liberty Valance (The Man Who Shot Liberty Valance, 1962) exalta la leyenda como pilar de la historia de una nación, pero se reserva el derecho de narrar la verdad. Lo hace como un actor de teatro que monologa en un extremo del escenario, fingiendo que nadie le escucha. Sin embargo, sabe que todos le oyen. La realidad está ahí, ineludible, pero necesitamos los mitos para aguantar su carga de imperfecciones.

07/09/2018

 
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