Agosto 2018
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John Ford: Cuna de héroes

por Rafael Narbona

Cuna de héroes (The Long Gray Line, 1955) es una de las películas más hermosas de John Ford. Ambientada en West Point, la mítica academia militar estadounidense, constituye un canto a la amistad, la familia, el honor y la vida en comunidad. Basada libremente en Bringing Up the Brass, la autobiografía del sargento y entrenador de atletismo Martin «Marty» Maher, sortea el riesgo de convertirse en simple propaganda, adoptando una perspectiva poco convencional. West Point es el centro del relato, pero es un centro que se hace visible mediante sus aspectos menores. La instrucción militar sólo aparece en su faceta deportiva, eludiendo la formación en cuestiones estratégicas, técnicas de combate, historia bélica y manejo de armas. «Marty», interpretado por Tyrone Power, es un joven inmigrante irlandés que consigue un empleo como camarero en la famosa academia. No tiene vocación castrense, ni un propósito claro en la vida. Quizás por eso le deslumbrará el sentido de la disciplina y la abnegación de los cadetes, dispuestos a realizar cualquier sacrificio para graduarse y ponerse al servicio de su país. Poco a poco se integrará en un mundo que al principio le parece incomprensible y algo ridículo («con un solo disparo, podría arrancarles a todos la nariz», comenta divertido al observar la perfecta alineación de una fila de cadetes), pero que acabará convirtiéndose en su hogar y en la justificación de su existencia. Pese a sus deseos de participar en la Primera Guerra Mundial, asumiendo los mismos riesgos que los cadetes recién licenciados, nunca llegará a combatir, pues sus superiores lo considerarán más útil en la academia, donde realizará una gran labor proporcionando afecto y consejo a unos jóvenes cuyo destino será lidiar con la muerte en el campo de batalla.

Cuna de héroes (quizás una traducción demasiado rimbombante de un título sencillo y más poético, La larga línea gris, que aún se emplea en la academia para referirse al color del uniforme de los graduados, con una característica línea lateral) comienza con los cadetes cantando y desfilando mientras se suceden los títulos de crédito. Los desfiles pueden interpretarse como una metáfora de la vida, pues, en fin de cuentas, vivir se parece a dar un paseo, fijando un rumbo. La nota dominante no es la solemnidad, sino el ambiente festivo, fraternal y colorista. Se advierten alegría y compañerismo, pero también apego a la tradición y orgullo por el pasado. Aunque el siglo XIX quedó atrás, los uniformes de los cadetes evocan la caballerosidad de las guerras decimonónicas, cuando los ejércitos aún protagonizaban teatrales ofensivas con las banderas desplegadas, el paso firme y las bandas de música interpretando piezas militares. Cuando rodó la película, John Ford no había perdido su rebeldía e inconformismo, que lo llevaron a enfrentarse con la «caza de brujas» del senador McCarthy, pero su participación en la Guerra del Pacífico había exacerbado su patriotismo y su visión romántica del ejército. No soportaba la autoridad. Era individualista e indisciplinado, pero entendía que la supervivencia de las naciones dependía de la capacidad de los ciudadanos de actuar conjuntamente, subordinando sus intereses a una digna meta colectiva. La historia de «Marty» se ajustaba perfectamente a esa filosofía y le permitía, una vez más, hablar de la familia, uno de sus temas favoritos. En realidad, no se trataba de temas distintos, sino complementarios, que incidían en la trascendencia de la comunidad.

«Marty» es un soldado ejemplar, aunque jamás haya pisado el frente, y un irlandés absolutamente leal a su clan familiar. Su sentido de la familia se extiende a los cadetes, a los que prodiga un afecto paternal que excede largamente las obligaciones fijadas por las ordenanzas. Eso explica que, al inicio de la película, el presidente Dwight D. Eisenhower, interpretado por Harry Carey Jr., acepte recibir a «Marty», que ha cumplido setenta años y se encuentra desolado por su inminente jubilación. Opina que aún puede ser de utilidad y no entiende por qué debe dejar su puesto. Eisenhower, que se graduó en West Point y disfrutó del cariño de «Marty», lo escucha complacido y le pide que no deje de fumar con su pipa, aunque se halle en el Despacho Oval. «No serías el mismo sin ella», asegura cordialmente. En sus años de cadete, Eisenhower luchaba contra la calvicie, utilizando una loción de inciertos resultados. «Marty» le animaba a insistir con las fricciones y, casi cincuenta años más tarde, le aconsejará que lo intente de nuevo, regalándole un bote de su vieja loción, pese a que el tiempo ha demostrado su inutilidad. John Ford logra infundir humanidad en sus personajes con esos pequeños detalles, que nos revelan aspectos esenciales de su carácter. Sin reparar en los años transcurridos, «Marty» repite las mismas palabras a Eisenhower («sale pelusilla, de veras, como si fuera piel de melocotón»), situándose por un instante en el plano intemporal de los mitos que contribuyen a forjar el espíritu de una nación.

El cineasta emplea el mismo procedimiento para abordar los grandes temas, como el amor, la amistad o la lealtad. La primera vez que aparece Mary O’Donnell, la futura esposa de «Marty», la pareja no intercambia ni una palabra. La situación no resulta embarazosa, sino cómica y poética. «Marty» acaba de boxear con el prusiano capitán Herman J. Koehler, que le ha propinado una buena paliza y después le ha estrechado la mano, ofreciéndole la plaza de instructor de atletismo. Conviene recordar que, en las películas de Ford, liarse a puñetazos es una excelente forma de empezar una buena amistad. «Marty» aún está aturdido, pero recobra la lucidez de inmediato cuando ve a Mary, una bellísima Maureen O’Hara, que acaba de ser contratada por el matrimonio Koehler para trabajar como cocinera. «Marty» intenta llamar su atención inútilmente, con una avalancha de elocuencia, pero Mary sólo reacciona cuando se le cae al suelo uno de sus guantes de boxeo. Sin decir nada, ni ladear la mirada, le propina una enérgica patada. El gesto de Mary parece absurdo, gratuito, pero marca el inicio de un cortejo que desembocará en un duradero y entrañable matrimonio.

John Ford emplea con enorme habilidad dramática varios objetos (las pipas de «Marty», la loción de Eisenhower, los guantes de boxeo), logrando crear una atmósfera densa y emotiva. Al igual que los seres humanos, los objetos cambian con los años, casi como si tuvieran vida. Ya en su vejez, «Marty» recibe como regalo de navidad una enorme y barroca pipa enviada desde Bélgica por el antiguo cadete Charles «Chuck» Dotson (Philip Carey), que se ha convertido en general de división después de una brillante carrera. La aparatosa pipa, tan distinta de sus pipas anteriores, constituye el epílogo de una larga peripecia que ha abarcado dos guerras mundiales. En cambio, las bolas de cañón que pintaba durante sus primeros años en el paseo de la academia no han cambiado de aspecto, pero parecen cada vez más anacrónicas. Aunque no se note, también cuentan una historia. Demasiado grandes para entrar en la boca de los cañones que adornan el paseo, su presencia constata la importancia de la tradición, cuya supervivencia no debería depender de criterios de utilidad. El respeto por el pasado es el ancla que nos permite navegar por el tiempo, sin experimentar la sensación de vagar sin rumbo hacia ninguna parte.

Tyrone Power realiza una interpretación aceptable. Sus dotes dramáticas son limitadas, pero el papel no le desborda. Cuando defiende la trayectoria de West Point ante un pomposo y pragmático gobernador que expresa su desdén hacia las viejas ‒y supuestamente inútiles‒ tradiciones de la academia, su indignación resulta contagiosa. No es menos convincente al exteriorizar su pena y frustración por la muerte de los cadetes en la Gran Guerra. «Casi eran niños. Esto es una guerra de verdad», exclama consternado el suboficial que cuelga en un tablón la lista de bajas. Después de leerla y comprobar que conocía a muchos de los caídos, «Marty» se plantea dejar el ejército: «La mejor juventud del mundo. Los traemos aquí, los instruimos, les hablamos del deber, del honor y la patria, y luego los enviamos al matadero». Sin embargo, volverá a reengancharse, impresionado por la dignidad de Kitty (Betsy Palmer), que se ha quedado viuda y con un hijo recién nacido después de perder en el frente europeo a su marido, un cadete recién licenciado y buen amigo de «Marty». Como en toda la obra de John Ford, las mujeres desempeñan un papel crucial en la trama, introduciendo orden, sensatez y compromiso.

Maureen O’Hara exhibe una vez más su gran talento como actriz. La escena de su muerte rebosa tragedia, poesía y delicadeza. Se despide del mundo desde el pequeño porche de su casa, reservando su última mirada para West Point. Aunque apenas tiene fuerzas, quiere presenciar una vez más la tradicional parada de los sábados, cuando los cadetes desfilan con sus mejores galas. Sentada en una butaca, su mano se descuelga por un lateral, tras acercase con timidez a su corazón herido. «Marty» se acerca y susurra su nombre. Su sencillo gesto evidencia la magnitud de su pérdida. A partir de ahora, caminará solo por «la larga línea gris». John Ford sitúa la cámara al fondo de un pasillo para mostrar desde atrás la figura de Mary, encuadrada en los marcos sucesivos de varias puertas abiertas. Se trata de un plano que revela humildad y grandeza moral. Ciertamente, su vida no ha sido en vano. Perdió a su bebé recién nacido y no pudo tener otros hijos, pero ha dejado una huella imborrable en los cadetes que han pasado por su casa, buscando comprensión y apoyo en los momentos de adversidad. Ahorró con paciencia y esfuerzo para pagar el pasaje desde Irlanda del padre (Donald Crisp) y el hermano de «Marty». Y cuando éste se planteó no reengancharse, lo animó a continuar, haciéndole comprender que habían echado raíces en West Point y que en otro lugar se sentirían perdidos. Mary ha sido una esposa leal, sensible y generosa, que nunca ha pensado en sí misma y a quien nadie olvidará con facilidad. Aun muerta, su presencia se hace palpable cuando una nueva generación de cadetes acompaña durante una noche de navidad a un «Marty» con el pelo blanco y las manos cada vez más torpes y lentas. La expectativa del matrimonio de hallar unos hijos en los estudiantes de West Point se ha cumplido plenamente, confirmando que la academia era su lugar en el mundo.

Donald Crisp encarna al patriarca de la familia de forma impecable. Serio, digno y ecuánime, enseguida se hace amigo de los oficiales, que le ceden un sitio entre sus asientos para asistir a los partidos de rugby, incluso cuando eso conlleva que alguno tenga que sentarse en el suelo. También se gana el aprecio del superintendente, con quien pasea a menudo por la academia como dos viejos compañeros de armas. Durante la Gran Guerra, intenta alistarse para combatir, pese a su avanzada edad. Su gesto no despierta burlas, sino gratitud y admiración. «Nadie podrá dudar del valor de los Maher», comenta el capitán Koehler. Católico devoto, el padre de «Marty» se resiste a los cambios del mundo moderno. Cuando su otro hijo triunfa en la construcción y aparece con un coche, no esconde su disgusto. Aficionado a rezar el rosario, no soporta la idea de un futuro donde los valores tradicionales sean reemplazados por nuevas costumbres. El capitán Koehler es menos sentimental, pero alberga sentimientos similares. Con su imponente apariencia física, Ward Bond imprime al personaje las dosis necesarias de autoridad y vigor. Su severidad no está reñida con el humor. De hecho, actúa casi como un adolescente cuando intenta enseñar a nadar a «Marty», zambulléndolo una y otra vez en el agua de una piscina.

Cuna de héroes finaliza con un desfile ante un anciano «Marty». La vida llega a su término, pero nada se acaba para siempre. Mary O’Donnell, Martin Maher, el capitán Koehler y algunos cadetes caídos en los campos de batalla europeos, aparecen sonrientes en un plano levemente contrapicado para dejar claro que han vencido a la muerte. El catolicismo de John Ford posibilita un final esperanzador que reúne a los vivos y a los muertos en una luminosa celebración de la existencia y los afectos. Aunque la fotografía se había oscurecido conforme avanzaba la película, la claridad se impone a las sombras, alejando la tentación del pesimismo. No entiendo la necesidad de justificar Cuna de héroes, argumentando que no es un homenaje a los valores de West Point. Ford no era belicista, pero se enorgullecía de sus heridas en la batalla de Midway y de sus galones de contralmirante de la Armada. Sus cuatro Oscar le parecían menos valiosos que su Corazón Púrpura. No amaba la guerra, pero sí admiraba a los hombres y mujeres que se sacrificaban por una buena causa. No es un punto de vista deleznable. Si los aliados no hubieran derrotado a las fuerzas del Eje, el mundo habría caído en un estado de esclavitud y barbarie. Es absurdo reinventar a un artista cuando sus ideas nos desagradan. Al igual que el marqués de Bradomín, John Ford era católico, feo y sentimental. Tenía mal carácter, amaba a su país y creía en la familia, el coraje y la lealtad. Yo amo a John Ford tal como es, lo cual no significa que comparta todas sus convicciones, pero no deseo cambiarlo, pues sé que, con otras ideas, su cine habría sido completamente distinto e indudablemente peor.

11/05/2018

 
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