Francisco Pizarro: el poder y la gloria

por Rafael Narbona

Es difícil contar la historia de Francisco Pizarro y no sentir «el rumor augusto de la Historia», según las palabras del «feo, católico y sentimental» marqués de Bradomín. En la Sonata de estío (1903), el célebre personaje de Valle-Inclán sortea el Atlántico a bordo de la fragata Dalila y fondea en las aguas de Veracruz, la ciudad fundada por Hernán Cortés. Sus palabras son deliciosamente anacrónicas: «Como no es posible renunciar a la patria, yo, español y caballero, sentía el corazón henchido de entusiasmo, y poblada de visiones gloriosas la mente, y la memoria llena de recuerdos históricos. La imaginación exaltada me fingía al aventurero extremeño poniendo fuego a sus naves, y a sus hombres esparcidos por la arena, atisbándole de través, los mostachos enhiestos al antiguo uso marcial, y sombríos los rostros varoniles, curtidos y con pátina, como las figuras de los cuadros viejos». Esta descripción puede resultar ofensiva para los territorios colonizados y devastados, pero el imperio azteca y el imperio inca, que apenas lograron oponer resistencia a las picas y los arcabuces de la España de Carlos V, habían actuado con idéntica fiereza con los pueblos vecinos, reduciéndolos a la esclavitud y sofocando con enorme crueldad cualquier forma de rebelión.

Francisco Pizarro y Hernán Cortés no eran demonios, sino aventureros con los valores y la mentalidad de una época violenta y con grandes desigualdades. Habían leído u oído las hazañas del Amadís de Gaula y soñaban con emularlas, consiguiendo el oro y la fama que les habían escatimado sus orígenes humildes. «Estos hombres –escribe John H. Elliott– eran luchadores consagrados, recios, decididos, menospreciadores del peligro, arrogantes y quisquillosos, extravagantes e imposibles, ejemplos todos ellos, quizás en grado superior a la medida común, de la clase de hombres creada por la sociedad nómada y guerrera que pobló la árida meseta de la Castilla medieval» (La España Imperial, 1469-1716, trad. de Joan-Lluís Marfany, Barcelona, Vicens-Vives, 1965).

Hernán Cortés y Francisco Pizarro eran extremeños y primos segundos. Cortés era el hijo único y legítimo de un hidalgo. Nacido en Medellín (Badajoz), estudió Leyes en Salamanca, pero no tardó en cambiar los libros por la espada. Hijo bastardo, Francisco Pizarro nació cerca de Trujillo hacia 1475. Aunque en su niñez frecuentó la casa del abuelo paterno –hidalgo pobre, pero con letras–, nadie se ocupó de su educación y nunca llegó a saber leer ni escribir. Su padre, el capitán Gonzalo Pizarro, al que sus hombres llamaban El Largo o El Romano, engendró once hijos con cinco mujeres distintas. Cinco de sus vástagos –Francisco, Hernando, Gonzalo, Martín y Juan– se distinguirían por su ambición y audacia, participando en la destrucción del imperio inca, donde adquirieron propiedades y títulos. Para algunos, sólo fueron mercenarios al servicio de la Corona española; para otros, conquistadores con hambre de gloria, que combinaron ingenio y coraje para derrotar a un enemigo infinitamente superior. Salvo Hernando, todos murieron de forma violenta. Circunspecto, templado, valiente, más hábil como infante que como jinete y uno de los fundadores de Cuzco, Juan Pizarro recibió una pedrada en la cabeza mientras defendía la fortaleza de Sacsayhuamán, un enorme santuario de piedra que los españoles habían arrebatado a los incas.

Agonizó durante catorce días, sin atemorizarse ante la perspectiva de la muerte. Según el Inca Garcilaso, Gonzalo Pizarro era afable y cercano, casi un hermano con sus hombres. Encabezó la rebelión de los encomenderos contra las Leyes Nuevas dictadas por Carlos V, que atendió a los ruegos de los frailes dominicos Bartolomé de las Casas y Francisco de Vitoria, pidiendo que finalizara la esclavitud de los indios, explotados y maltratados con el pretexto de la evangelización. Derrotado por Pedro Lagasca, El Pacificador, Gonzalo Pizarro fue decapitado y su cabeza expuesta en una jaula en la Plaza Mayor de Lima, donde permaneció hasta 1653, cuando un desconocido robó su calavera y la de otros rebeldes. Francisco Pizarro murió de una estocada en el cuello el 26 de junio de 1541, luchando contra una partida de doce hombres, que deseaban vengar la muerte de Diego Almagro, estrangulado y decapitado por orden de Hernando Pizarro. Con sesenta y tres años, varias hernias discales y aquejado de artrosis y artritis, Francisco se defendió bravamente, pese a que no podía cabalgar y caminaba con dificultad. «¡Vamos, fiel espada, compañera de todas mis hazañas!», exclamó al inicio de la reyerta. Antes de ser abatido, recibió veinte heridas de arma blanca, una de las cuales le vació el ojo izquierdo. Cuando se hallaba en el suelo, dibujó una cruz con su propia sangre y la besó humildemente. Al igual que sus hermanos, sabía que morir formaba parte de su oficio y aceptó ese destino con entereza. Francisco Martín de Alcántara murió unos segundos antes, intentando defender a su hermanastro. Durante su vida, había sido su principal y más estrecho asesor.

Francisco, el mayor de los hermanos Pizarro, era hijo de una dama de compañía de Beatriz Pizarro, tía de Gonzalo El Largo. Dado que el niño nunca mostró interés por los estudios, su madre lo puso a trabajar en las tareas del campo, incluida la cría y el cuidado de cerdos. Dicen que se fugó de casa a los quince años, huyendo de los palos que le esperaban por extraviar parte de la piara, pero es más probable que su verdadera motivación fuera escapar de la pobreza. Durante un tiempo vagabundeó, quizá pensando en probar suerte como bandolero. No sabemos nada de esa época, pero no es temerario presuponer que sufrió incontables fatigas, sin ninguna pizca de heroísmo y tal vez con grandes dosis de picaresca. A los veinte años aparece en Sevilla. Se alista en las tropas bajo el mando de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, luchando en la campaña de Nápoles. Sabía que se hallaba en un lugar privilegiado para aprender el arte de la guerra. El genio del Gran Capitán sería la fuente de inspiración de los temibles Tercios, que dominaron los campos de batalla europeos durante los siglos posteriores. Asimilando las lecciones de las antiguas legiones romanas (ejercicio físico, trabajo de fortificación, sentido de la disciplina), el Gran Capitán creó una nueva táctica de combate, basada en distribuir las fuerzas en tres cuerpos: arcabuceros, rodeleros (soldados con armadura ligera, espadas cortas, jabalinas y rodelas, el típico escudo musulmán) y piqueros, por lo general lansquenetes, mercenarios alemanes. El Gran Capitán enseñó a sus tropas a rehuir la confrontación directa, atacando por los flancos con maniobras envolventes. Las picas y las armas de fuego frenaban a la caballería mientras los rodeleros se abrían paso, causando infinidad de bajas en unas tropas diezmadas por los disparos de arcabuces, mosquetes y espingardas. Aunque no hay muchos datos sobre el papel de Francisco Pizarro en la campaña de Nápoles, es indudable que la experiencia fortaleció su carácter y lo preparó para asumir el mando militar.

En 1502, Francisco viajó a las Indias, estableciéndose en La Española. A las órdenes de Vasco Núñez de Balboa, participó en el descubrimiento del Pacífico en 1513. Con un puñado de hombres, defendió la Fortaleza de San Sebastián de Urabá, asediada por los nativos. Alonso de Ojeda, comandante de la plaza, recibió un flechazo en una pierna y necesitó ser trasladado, confiando antes el mando a Pizarro, que contaba treinta y dos años y nunca había asumido una responsabilidad de esa envergadura. Ojeda prometió que regresaría con refuerzos, pero las circunstancias se lo impidieron. Francisco soportó cincuenta días de asaltos continuos, con escasez de alimentos y un clima insalubre, que propagaba toda clase de plagas. Alto y corpulento, no enfermó ni un solo día y jamás perdió la calma. Cuando se acabaron las provisiones, ordenó sacrificar a los caballos, algo insólito en un momento en que las monturas representaban una insuperable ventaja táctica en el Nuevo Mundo, donde nunca se habían visto animales semejantes. Al comprender que no acudirían a rescatarlos, decidió evacuar la plaza, pero los dos bergantines disponibles carecían de espacio para los setenta hombres del fuerte. Pizarro aplazó la salida hasta que el hambre, las enfermedades y las escaramuzas redujeron el contingente. Se trató de una medida trágica, pero más humana que partir dejando atrás a quienes no podían valerse por sí mismos. Después de seis meses en Urabá, Pizarro se había transformado en un verdadero capitán, con indudables dotes de mando.

Poco después se estableció en Panamá, donde se enriqueció ejerciendo de alcalde, regidor y encomendero. Las historias que circulaban sobre Birú o Pirú, un reyezuelo que poseía un enorme tesoro, con abundancia de oro y perlas, le hizo asociarse con Diego de Almagro y el clérigo Hernando Luque para crear la Compañía del Levante y conquistar nuevos territorios, internándose más allá de los límites conocidos. En 1524 partió una primera expedición, con dos barcos viejos y destartalados. A bordo viajaban ciento doce hombres, cuatro caballos y un perro de guerra. El viaje fue un fracaso, pero dos años después Pizarro lo intentó de nuevo, con la misma escasez de medios. Aunque consiguieron un apreciable botín después de arrebatar a unos indígenas una barcaza cargada de piedras preciosas, la situación se hizo insoportable cuando se adentraron en la selva y empezaron a producirse bajas por culpa del hambre, la sed y las enfermedades. La Isla del Gallo les proporcionó un descanso temporal. Los supervivientes manifestaron su desánimo y su deseo de retroceder. Pizarro desenvainó su espada y dibujó una línea en la arena de la playa: «Por este lado se va a Panamá, a ser pobres; por este otro al Perú, a ser ricos: escoja el que fuere buen castellano lo que más bien le estuviere». Tan solo un puñado de hombres cruzó la línea, convirtiéndose en «Los Trece de la Fama». Se trasladaron a la Isla de la Gorgona y aguantaron siete meses, hasta que el gobernador Pedro de los Ríos les envió una nave de socorro. Pizarro consiguió convencer al capitán del barco para continuar la exploración y se adentraron trescientas millas hacia el sur, realizando una pequeña parada en la ciudad de Tumbes, al norte del Perú. Después, recorrieron otras ochocientas millas y regresaron a Panamá. Pizarro intentó que el gobernador les proporcionara armas y hombres para una nueva expedición, pero no consiguió nada. Decidió entonces viajar a España para pedir ayuda a Carlos V.

El emperador no le prestó mucha atención. En ese momento, había volcado todas sus energías en la guerra con Francisco I de Francia. Cuando se firmó la paz, se marchó a Italia y dejó como regente a su esposa, Isabel de Portugal. La emperatriz concedió audiencia a Pizarro en Toledo y decidió apoyar la empresa, nombrándolo gobernador, adelantado y capital general del territorio inexplorado, unas doscientas leguas a orillas del río Santiago, que a partir de entonces se llamarían Nueva Castilla. Además, le concedió la hidalguía y el hábito de la Orden de Santiago. Diego Almagro tuvo que conformarse con el cargo de teniente de la ciudad de Tumbes y Hernando Luque con el de protector de los indios. Almagro recibió la noticia con despecho, pactando con Luque para apropiarse de las tierras situadas más allá del límite establecido por la emperatriz. Ese acuerdo inspiraría más adelante la penosa expedición hasta Chile. Pizarro no ignoró que se había ganado la enemistad de sus socios, pero no le inquietó. No era cobarde ni sentimental. En 1519 había arrestado a su antiguo capitán, Vasco Núñez de Balboa, cumpliendo órdenes del gobernador Pedro Arias Dávila, sin ignorar que se involucraba en una turbia traición. Núñez de Balboa fue decapitado, acusado falsamente de actuar contra los intereses de la Corona. Pizarro aceptó mandar la guardia que lo llevó hasta el patíbulo. Núñez de Balboa no fue menos inhumano, ordenando en 1513 que sus perros de presa despedazaran al cacique Pacra por su negativa a revelar el escondite de su oro. Es difícil encontrar un gesto de humanidad en esa época. Pizarro no pretendía evangelizar a los nativos, sino despojarles de sus riquezas, cobrándose una buena parte del botín.

En enero de 1531, Pizarro emprendió un tercer viaje, con tres naves, ciento ochenta hombres y treinta y siete caballos. Le acompañaban sus hermanos Juan y Gonzalo, y su hermanastro Martín. La presencia de las monturas reflejaba claramente un propósito de conquista y no de simple exploración. De hecho, los saqueos comenzaron apenas pisaron Tierra Firme, pero las ganancias fueron escasas. En Tumbes, no hallaron ni una onza de oro, pero Pizarro descubrió la existencia de una guerra civil entre Huáscar, Inca legítimo, y Atahualpa, hijo bastardo como él. Atahualpa había vencido a Huáscar y lo mantenía preso en Jauja, a veinte leguas al este de la futura Lima. Se había instalado con sus tropas en Cajamarca, esperando la sumisión incondicional de su hermanastro. Pizarro había acordado esperar a Almagro y sus tropas en Tumbes, pero decidió partir sin dilación, pues no quería perder la ventaja adquirida. Con cincuenta y siete años, habló a sus hombres –desmoralizados por la escasez del botín– para anunciarles que asaltarían la ciudad de Cajamarca, situada en la sierra norte. Se desconocía la distancia exacta, pero se sabía que era enorme y estaba llena de peligros. Pizarro señaló que eran pocos soldados, pero aseguró que darían sobradas «muestras de coraje como tenían costumbre como buenos españoles que eran».

El 15 de noviembre de 1532, los españoles llegaron a Cajamarca, una enorme ciudad de piedra habitada por cincuenta mil nativos, la mitad guerreros. Dejaban atrás un camino agotador, con selvas, barrancos, calor extremo y unas cumbres con volcanes que escupían fuego. Habían cruzado la cordillera de los Andes, con sus pesados equipos de campaña y ya nada les haría retroceder. Con la intención de intimidar, galoparon por las calles de Cajamarca, descubriendo que estaban desiertas. Los incas se habían replegado hasta poder averiguar sus intenciones. Sólo se toparon con un mensajero, que salió a su paso y les informó de que Atahualpa les recibiría en uno de sus palacios. Pizarro envió a su hermano Hernando, con orden de invitar al inca a cenar. No pretendía agasajarlo, sino secuestrarlo a traición. Cuando Atahualpa se encontró con los españoles, no se dejó impresionar por los caballos –encabritados por sus jinetes– ni por los arcabuces. Se comunicó con ellos por medio de un cortesano, aceptando la invitación, pero ni siquiera les miró a los ojos. Al igual que Francisco, pretendía aprovechar la ocasión para matar y esclavizar a sus oponentes. Hernando y sus soldados ni siquiera bajaron de sus monturas, pues temían ser atacados en cualquier momento. Atahualpa llegó al anochecer al campamento de los españoles, que habían ocupado la plaza principal de Cajamarca. Transportado en un sitial, llegó con un séquito compuesto por unas seis mil personas: músicos, bailarines, guerreros, criados. El fraile Vicente de Valverde se dirigió al inca y, con la ayuda de un traductor, le pidió que se convirtiera al cristianismo, repudiando a sus falsos dioses, y aceptara la protección del emperador Carlos V, cediéndole la administración de sus bienes. Después, le entregó un ejemplar de la Biblia. Atahualpa nunca había visto un libro. Lo agitó, esperando escuchar algo; lo abrió con descuido y, finalmente, lo lanzó al suelo con desdén, acusando a los españoles de vulgares ladrones. El gesto se interpretó como un desafío y una profanación. Pizarro se abalanzó sobre el inca y comenzó una sangrienta escaramuza. Los cincuenta jinetes españoles se lanzaron contra el séquito. Los cañones y los arcabuces comenzaron a disparar, sembrando el pánico. Atahualpa fue capturado y su guardia personal, aniquilada. La plaza se llenó de centenares de cadáveres. Algunos cronistas hablan de casi cuatro mil víctimas, muchas veces despedazadas. En el bando español no se produjo ninguna baja, gracias a las armaduras y las armas de fuego.

Pizarro encarceló a Atahualpa, exigiéndole un fabuloso rescate. El inca accedió, prometiendo llenar una estancia de oro, plata y piedras preciosas. La estancia medía siete metros de largo y cinco de ancho. Era un tamaño colosal que convertiría a Pizarro en un hombre fabulosamente rico. Durante el tiempo que necesitó para reunir el botín, Atahualpa disfrutó de una prisión relativamente benévola. Se hizo amigo de Francisco Pizarro y su hermano Hernando. Jugaba con ellos a la «taptana», un juego de mesa parecido al ajedrez y, según las crónicas, aprendió castellano en pocas semanas. Huáscar envió mensajeros a Pizarro para ofrecerle oro a cambio de su libertad, pues seguía encarcelado en Jauja sin saber qué destino le esperaba. Atahualpa descubrió la maniobra y ordenó el asesinato de su hermanastro a unos fieles criados, que recorrieron seiscientos kilómetros para ejecutar el crimen. Se dice que Pizarro acabó apreciando al inca después de varias semanas de convivencia, pero cuando al fin se reunió el rescate acordado, consideró más prudente acabar con su vida. Eso sí, le ofreció convertirse a la religión cristiana para librarse de morir en la hoguera como cualquier pagano. Atahualpa aceptó y fue agarrotado. Algunos afirman que Pizarro se conmovió y corrieron lágrimas por sus mejillas, pero cuesta trabajo creerlo, pues nadie ha señalado que en la decapitación de Núñez de Balboa mostrara signo alguno de pesar o remordimiento.

De inmediato surgieron focos de resistencia indígena y los conflictos entre los capitanes españoles se recrudecieron. La disputa por Cuzco alimentó una sublevación inca que hizo desaparecer temporalmente la gobernación española, pero la insurrección fracasó, lo cual no significó el fin de la violencia, pues los partidarios de Almagro y los de Pizarro se enzarzaron en una guerra civil. En la batalla de Abancay (12 de junio de 1537), los almagristas consiguieron la victoria e hicieron prisioneros a Hernando y Gonzalo Pizarro. Francisco entabló negociaciones y aceptó el destierro de sus hermanos, pero era tan solo una maniobra para frustrar la voluntad real de otorgar a Diego Almagro el control de Cuzco. Cuando logró la liberación de sus hermanos, Francisco incumplió una vez más sus promesas, confiando el mando de sus tropas a sus hermanos, que lanzaron una ofensiva contra un viejo y desprevenido Almagro. En la Batalla de las Salinas (abril de 1538), Almagro fue derrotado y enviado al patíbulo por Hernando, con el consentimiento de su hermano Francisco. Almagro suplicó inútilmente por su vida. Hernando no le ofreció la oportunidad de apelar al rey y le recriminó su miedo: «Sois caballero y tenéis un nombre ilustre; no mostréis flaqueza. Me maravillo que un hombre de vuestro ánimo tema tanto a la muerte. Confesaos, porque vuestra muerte no tiene remedio». Francisco Pizarro pagaría con su vida la ejecución de Almagro, pues sus partidarios asaltarían su casa años más tarde y le darían muerte. Sus restos descansan en la Catedral de Lima.

Maquiavelo consideraba que Fernando el Católico y César Borgia reunían las cualidades del buen gobernante, pues ambos entendieron que la ética no debía afectar a la política. Si hubiera conocido la trayectoria de Francisco Pizarro, probablemente habría identificado en sus actos el mismo talante. En sólo dos años, logró destruir el imperio inca con un puñado de hombres, abriendo la puerta a la exploración del continente en todas direcciones. Acostumbrado a las privaciones y el sacrificio, su gran confianza en sí mismo le proporcionó riquezas, honor y gloria. Desde la perspectiva de su época, emuló en cierto modo a los héroes de las novelas de caballería, exponiéndose a trabajos, fatigas y tormentos para ganar el renombre que justificara su ascenso social. Pasó de porquero a gran señor. Nadie lo recordará por su alma compasiva, pero su gesta le ha eximido del olvido que aguarda a la mayoría de los hombres. Tal vez Friedrich Nietzsche no se equivocaba y la voluntad de poder es la pasión más arraigada de la naturaleza humana o, al menos, la que escribe las principales páginas de la historia.

10/05/2019

 
COMENTARIOS

JAVIER A 13/05/19 20:15
El esplendor de la historia, su relato, es enriquecedor y alienta, en tiempos de desconocimiento y confusión, sumergirse en las aventuras de aquellos implacables descubridores.

Una vez más, tan ameno y erudito en tus cortas e intensas "criaturas escritas".

Un fuerte abrazo Rafael.

jJOSE MARIA ALBELLA MARTIN 22/06/19 19:21
Interesante el comentario final sobre uno de los principios de Maquivales, según el cual " la ética no debía afectar a la política", indicando que se podría aplicar a Francisco Pizarro. Salvando las distancias, pienso que este primcipio tembién podria aplicarse a los políticos actuales, para los cuales el poder y la gloria están por encima de todo.

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