Felipe VI, el rey cansado

por Rafael Narbona

Desde su subida al trono, Felipe VI ha soportado la hostilidad de los independentistas y de la izquierda más destemplada. Los ataques a la monarquía parlamentaria no se limitan a cuestionar la forma del Estado. Su objetivo último es acabar con el modelo político establecido por la Constitución de 1978, al que se acusa de ser una continuación maquillada de la dictadura franquista. Los independentistas catalanes se han mostrado especialmente beligerantes con el rey, abucheándolo cada vez que ha visitado Cataluña. La izquierda populista ha preferido optar por el desplante, prescindiendo de la cortesía más elemental. Felipe VI parece cansado. Sus gestos de prudencia o concordia no han producido frutos y sus iniciativas más firmes han acentuado la animadversión de sus antagonistas. Se le recrimina con dureza su discurso institucional del 3 de octubre de 2017, en el que pidió atajar la rebelión de las autoridades catalanas contra el Estado de Derecho. En esa ocasión, afirmó que el independentismo había dividido a la sociedad catalana, atentando contra la paz social y la armonía, lo cual es tristemente cierto. Se ha interpretado su discurso de Navidad de 2018 como una rectificación, pues llamó al diálogo y a la convivencia, pero no está de más señalar que también pidió respeto a las reglas democráticas y a la Constitución: «No es una realidad inerte, sino una realidad viva que ampara, protege y tutela nuestros derechos y libertades».

Algunos opinamos que el discurso del 3 de octubre de 2017 fue necesario, pues el desafío catalán había creado un clima de incertidumbre y desasosiego. La ruptura de un país siempre acarrea consecuencias traumáticas y, en el caso de Cataluña, no puede invocarse el derecho de autodeterminación, reservado a los pueblos que sufren una opresión real. Cataluña es próspera y libre. Disfruta de unas elevadas dosis de autogobierno y su lengua tiene carácter oficial. «Las comunidades autónomas españolas –escribe Joseph Pérez en su ya clásica Historia de España‒ tienen muchas más competencias que las regiones francesas. La estructura de España es, de hecho, la de un estado federal sin ese nombre». Los independentistas niegan esa realidad, asegurando que el franquismo sigue vigente. Esta afirmación no soporta el contraste con los hechos. Gracias a la injustamente denostada Transición, España es una democracia homologable a la de cualquier país avanzado. No habría sido posible sin la amplitud de miras de Juan Carlos I, la valentía de Adolfo Suárez, el aperturismo de una Iglesia católica inspirada por el Concilio Vaticano II y la responsabilidad de una izquierda que renunció a los planteamientos revolucionarios.

El 27 de noviembre de 1975, el cardenal Tarancón aprovechó la ceremonia de consagración de los reyes en la iglesia de San Jerónimo el Real para solicitar en su homilía «unas estructuras jurídico-políticas [que] ofrezcan a todos los ciudadanos la posibilidad de participar libre y activamente en la vida del país». El rey Juan Carlos ya había decidido impulsar un cambio en esa dirección. El 2 de junio de 1976 realizó un viaje oficial a Estados Unidos y habló ante el Congreso y el Senado. En su discurso, se comprometió a restablecer la democracia, respetando el pluralismo político y la soberanía popular. Adolfo Suárez sólo necesitó un año para liquidar el franquismo, ya moribundo. Con enorme audacia, decretó una amnistía política, autorizó la celebración de la Diada, legalizó el Partido Comunista y convocó unas elecciones libres. Juan Carlos I lo respaldó en todo momento, declarando su voluntad de ser el rey de todos los españoles. Para demostrarlo, visitó en México a la viuda de Manuel Azaña y habló en catalán, recibiendo a Josep Tarradellas. Santiago Carrillo no se mostró menos conciliador, posando ante las cámaras flanqueado por una bandera roja y otra roja y gualda. En definitiva, los españoles eligieron convivir, enterrando el rencor.

La monarquía parlamentaria es el símbolo que representa ese espíritu de paz y entendimiento. Por eso, sufre los ataques de quienes fantasean con rupturas y revoluciones. En nuestros días, sería absurdo crear nuevas dinastías, pero no sería menos descabellado eliminar a las casas reales que han asumido los valores democráticos, contribuyendo a la estabilidad. La monarquía desempeñó un papel esencial en la constitución de España como nación y fue una pieza esencial en la Transición. Felipe VI no ignora que la legitimidad de la Corona depende de su ejemplaridad. Es cierto que han surgido sombras en su entorno, pero el saldo general es positivo. Quizá la monarquía no sea necesaria en el futuro. El tiempo lo dirá, pero sí fue necesaria para transitar de la dictadura a la democracia, como apunta Paul Preston en su biografía del rey emérito (Juan Carlos I, El rey de un pueblo, 2011), y, actualmente, sostiene la existencia de España como nación. Si en este momento de nuestra historia la jefatura del Estado recayera en un político, las confrontaciones ideológicas se exacerbarían intolerablemente, propiciando una inestabilidad dañina para la convivencia y la economía.

En los años noventa, José Luis López Aranguren habló del desencanto que afligía a la sociedad española, desmoralizada por el paro, la corrupción y el terrorismo. Las expectativas sobre la democracia quizás habían sido excesivas, olvidándose que no hay sociedades perfectas. Felipe VI no es un gran líder carismático –el carisma suele ser un rasgo de sátrapas, iluminados y demagogos‒, pero sí un jefe de Estado que intenta ocupar el «justo medio», siguiendo el consejo de José Cadalso de buscar siempre la moderación y la ecuanimidad. No es una posición sencilla, pues suscita el encono de los radicales de distinto signo. No cesarán los ataques contra su figura, pero yo creo que su desaparición de la vida pública sólo favorecería a los intolerantes, exacerbando la actual atmósfera de crispación y populismo, donde ya casi nadie se atreve a defender la causa del consenso y la responsabilidad.

11/01/2019

 
COMENTARIOS

JAVIER A 11/01/19 09:55
Querido Rafael

¡Vaya giro de contenido!. Me parece perfecto, eres un auténtico ilustrado.

La Monarquía, junto al Poder Judicial y la sociedad civil son los pilares que han sostenido con firmeza la vigencia de la Constitución actual y la defensa del Estado de derecho, en respuesta al golpe de Estado perpetrado en Cataluña. Quizás la percepción que el ciudadano tiene en relación con la "crisis catalana", sea completamente distinta a la que la mayoría de medios de comunicación audiovisuales pretende.

La sociedad que trabaja, que estudia, que lee y se informa, que tiene inquietudes, que se esfuerza, que valora la democracia liberal, que disfruta de la libertad, se encuentra tan cansada como Felipe VI.

En estos difíciles momentos de nuestra historia, percibo que los ciudadanos españoles hemos ido madurando y adquiriendo un sentido de la responsabilidad en relación con nuestras obligaciones civiles. Hemos tomado conciencia de lo que nos estamos jugando y no estamos dispuestos a que los representantes de la soberanía nacional se enreden en demagogias ideológicas y debates estériles.

El discurso del su Majestad el Rey el día 3 de octubre de 2017, fue un hito histórico en la defensa de la Constitución. La manifestación ciudadana del 20 de octubre de 2017 en Barcelona, fue la respuesta de la sociedad en defensa de la Constitución. Y el juicio que se va a celebrar en el Tribunal Supremo a comienzos de este año 2019 para juzgar a los responsables por los delitos, de rebelión, sedición y malversación de caudales públicos, va a ser la confirmación del papel que el Poder Judicial ejerce de acuerdo con la Constitución en un Estado de Derecho.

Es el tiempo de la democracia liberal infinitamente más fuerte, sí los ciudadanos así lo entendemos y luchamos en su defensa, que cualquier brote supremacista o de pulsión totalitaria por muy estruendosa que pretenda ser.

Un fuerte abrazo.

Rafael Narbona Monteagudo 11/01/19 10:19
Querido Javier:

Magníficas palabras. Totalmente de acuerdo. Hace unos días, cenó en mi casa un joven alemán, estudiante de biología. Me comentó que en Alemania antes se hablaba de Barcelona como destino cultural, pero que ahora sólo se mencionan los disturbios públicos y casi nadie se plantea visitar la ciudad. Desde hace mucho tiempo, Cataluña se parece al País Vasco en los años de plomo, pero sin atentados mortales. Conviene recordar que ETA tardó más de una década en cometer el primera asesinato y que previamente se dedicó a la agitación política, con actos de sabotaje parecidos a los de los CDR.

Es cómico que los independentistas llamen fascistas a los que no piensan como ellos, cuando están haciendo todo lo posible por intimidar y enmudecer a sus adversarios políticos.

Lo buen de un blog es que te permite saltar de un tema a otro. Hasta ahora he hablado de cine, literatura, arte y política. Incluso le he dedicado un artículo a mi colección de Madelman. Seguiré en la misma línea. Me interesa todo. No soy capaz de especializarme en un sólo dominio. Me resulta agotador y, sobre todo, empobrecedor.

Te envío un abrazo y, como siempre, dejo mi email a la vista para facilitar la comunicación

Karina 11/01/19 19:23
Muy bueno el artículo. Me gusta mucho tu diversidad de pensamiento. Si se supiese el significado real de la palabra fascista, no se utilizaría tan a la ligera. Si no viviésemos en un país democrático, como muchos dicen, no podrían decir lo que dicen. Me chifla como escribes

Rafael Narbona Monteagudo 11/01/19 20:40
Muchas gracias, Karina. Eres muy amable.

Un abrazo

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