El conservadurismo según Roger Scruton

por Rafael Narbona

«A las personas de izquierdas les resulta muy difícil llevarse bien con las personas de derechas porque creen que son malvadas –escribe Roger Scruton-. Mientras que yo no tengo problemas para llevarme bien con la gente de izquierdas porque simplemente creo que están equivocadas». En nuestros días, casi nadie se atreve a declarase conservador, especialmente en los círculos intelectuales y académicos, donde prevalece el pensamiento de izquierdas. Para muchos, el conservadurismo solo es la forma política del egoísmo y la insolidaridad. El filósofo y escritor británico Roger Scruton no se dejó intimidar por ese juicio, indudablemente injusto y esquemático. Lejos de adoptar un aire solemne y demagógico, intentó explicar con ingenio y buen humor en qué consistía ser conservador. Frente a la épica de la Revolución, que incita a la ruptura, el conservador entiende que «las cosas buenas son fáciles de destruir, pero no son fáciles de crear». La violencia revolucionaria es «rápida, fácil y euforizante». De ahí la fascinación que ejerce, particularmente sobre los jóvenes. Por el contrario, la obra de creación es «lenta, laboriosa y aburrida». Es el precio inevitable para crear vínculos duraderos entre las generaciones pasadas, presentes y futuras: «obligaciones de piedad […] que surgen de la gratitud natural hacia lo que se recibe».

La filosofía política de Scruton podría definirse como una «una filosofía del apego» asociada a la convicción de que algunas cosas poseen un valor intrínseco más allá de su utilidad instrumental. Scruton defiende «el derecho a vivir nuestra vida como queremos», algo que solo puede ser garantizado mediante una justicia imparcial, una prensa libre y una democracia parlamentaria. El conservadurismo rechaza tanto el colectivismo, que arrebata la iniciativa al individuo, como el relativismo, que no reconoce ninguna verdad moral. Cree en el individuo y en los valores adquiridos tras siglos de experiencia, como el matrimonio y el sentido nacional. «Es una cultura de afirmación –escribe Scruton-. Trata de las cosas que valoramos y de las cosas que deseamos defender».

El conservadurismo suele ir asociado al liberalismo, si bien algunos analistas cuestionan esta alianza, señalando notables discrepancias. El liberalismo es una lucha moral por la libertad individual. Por el contrario, el conservadurismo antepone ciertos valores a la libertad. Al margen de esta polémica, lo cierto es que en la realidad los liberales y los conservadores en la línea de Scruton abogan por una sociedad libre y abierta donde los acuerdos colectivos se adopten mediante el diálogo y el consenso. Esa vía evita la ruptura revolucionaria, estableciendo un vínculo con el pasado que garantiza la legitimidad del proceso político. Un ejemplo de esta forma de proceder es la injustamente denostada Transición española. Los liberales apuestan por la tolerancia y la diversidad, impulsando la autonomía personal. Piensan que -en el ámbito privado- no hay más límites que los establecidos por la ley. Cada uno puede administrar sus emociones y sus placeres conforme a sus preferencias, sin la intromisión del Estado. El conservadurismo opina que en nombre de los derechos individuales no se puede dar la espalda a la sociedad, que –según Edmund Burke, maestro de Scruton- incluye a los muertos, los vivos y los que están por nacer. Estas diferencias no impiden que conservadurismo y liberalismo converjan en la defensa de la economía libre de mercado, abogando por las condiciones que favorezcan la actividad empresarial y comercial. Ninguno se opone a una fiscalidad progresiva, pero aconsejan reducir la presión impositiva, pues puede estrangular la iniciativa de los agentes económicos. No cuestionan el Estado del bienestar, pero afirman que su coste no puede desbordar los recursos reales. Dado que vivimos en un mundo gobernado por la competencia y la escasez, hay que administrar con inteligencia los bienes disponibles.

El liberalismo y el conservadurismo se alejan cuando llega la hora de definir qué valores merece la pena exaltar y preservar. El liberalismo se limita a defender la libertad, la propiedad privada, la igualdad ante la ley, la tolerancia, la libertad de cultos, la convivencia pacífica y la separación de la Iglesia y el Estado. Más allá, considera que cada uno debe escoger sus valores, desechando establecer una jerarquía. En cambio, el conservadurismo –sin negar los valores citados- exalta la excelencia y la trascendencia. Scruton cita como ejemplos de excelencia el arte clásico y el urbanismo tradicional, donde resplandecen la belleza y la armonía. ¿Es posible no querer conservar las creaciones de Bach o Veermer? La música de Bach es un ejemplo de excelencia, pero –además- apunta hacia esa trascendencia sin la cual el ser humano se siente suspendido en el vacío. Si bien se muestra partidario del Estado laico, Scruton cree que es imprescindible preservar la dimensión espiritual. Gracias a ella, se elaboran ritos que nos permiten afrontar los momentos cruciales de la existencia con una perspectiva simbólica y redentora. Scruton no se refiere a la redención cristiana, sino a la catarsis que experimentamos mediante los sentimientos de piedad y terror suscitados por las grandes obras de arte, como las tragedias de Sófocles o las sinfonías de Beethoven. Pese a su reivindicación de la experiencia religiosa, Scruton se muestra escéptico en relación a la existencia de un más allá. En El anillo de la verdad, afirma que «ningún dios va a descender ya para rescatarnos. Si queremos elevarnos por encima de nuestro cinismo, de manera que podamos creer en la libertad y en la dignidad del ser humano, somos nosotros mismos quienes debemos acudir a nuestro propio rescate». Eso sí, aunque «vivamos en un mundo donde los dioses y los héroes han desaparecido, podemos, al imaginarlos, dramatizar las profundas verdades de nuestra condición, y renovar la fe en aquello que somos». Es lo que hace Richard Wagner en El Anillo del Nibelungo.

Scruton entiende que sin la religión y la familia, el ser humano cae en la angustia y el nihilismo existencial, dos sentimientos que a la larga se transforman en un cinismo disolvente. Una sociedad cínica es una sociedad invertebrada que propicia el desarraigo, la anomia y la disgregación. Dado que la familia y la religión han sido cuestionadas y parcialmente demolidas desde el Mayo del 68, la última revolución de Occidente, el conservador debe ser considerado «el eterno rebelde», por utilizar una expresión de Chesterton. Es un gravísimo error destruir las instituciones del pasado en nombre de un porvenir utópico. El conservador reclama su derecho a defender públicamente sus valores, sin ejercer ningún tipo de coacción y sin soportar ninguna forma de intimidación, como es el caso de los escraches, donde se priva al otro de la libertad de expresarse o de disfrutar de su domicilio en paz. Dado que el conservador respeta el pasado, Scruton no reniega de los aciertos de otras ideologías. El socialismo aportó la idea de una sociedad justa y equitativa, donde los trabajadores disfrutaran de salarios dignos y derechos sociales, como educación, sanidad, pensiones o una vivienda asequible. El multiculturalismo puso de manifiesto la necesidad de aprender a convivir con otras tradiciones. El ecologismo nos hizo comprender la importancia de preservar el medio ambiente para las próximas generaciones. El feminismo restauró la dignidad de la mujer, exigiendo la abolición de las discriminaciones que ha soportado durante siglos. Scruton no es un reaccionario. De hecho, siempre aboga por el justo medio. Critica a los socialistas por querer hipertrofiar el Estado, pero también a los liberales por planear reducirlo al mínimo. El justo medio siempre es el camino adecuado para preservar el equilibrio social. Muy crítico con la Europa de la burocracia y el relativismo cultural, Scruton firmó la Declaración de París de 2015, que pedía una Europa basada en las raíces clásicas y cristianas, y en la permanencia de los Estados-nación, amenazados por las tendencias separatistas de algunas regiones. Scruton fue un apasionado defensor del Brexit y mostró simpatía por Donald Trump, dos planteamientos que me suscitan perplejidad, pues están más cerca del populismo que del conservadurismo.

Roger Scruton vivió con nostalgia de un pasado donde el privilegio implicaba responsabilidad y sacrificio, y la cultura cumplía la doble función de estructurar la sociedad mediante ritos y crear una vía de ascenso social basada en el mérito y la excelencia. Mario Vargas Llosa afirma que ese «mundo jamás existió, salvo en la fantasía de Scruton». No está equivocado. Lo cierto es que ese pasado desempeña en el pensamiento del británico un papel mítico. Es la referencia que le permite abordar el porvenir desde una perspectiva sólida. Todas las ideologías funcionan con mitos. Algunos los sitúan en el pasado, como el tradicionalismo; otros en el futuro, como el marxismo. Que el modelo esgrimido por Scruton no se corresponda con una realidad histórica no invalida sus tesis. Vivimos en un tiempo donde se destruye con alegría y se ha roto el vínculo con el pasado. Se vive para el aquí y ahora, despreocupándose del legado de las generaciones anteriores y sin pensar demasiado en las venideras. Scruton nos recuerda la importancia de la excelencia o, si se prefiere, de los ejemplos, por emplear una fórmula de Javier Gomá. El culto a la innovación ha destruido la belleza de muchas ciudades y ha llevado a un callejón sin salida a la música y el arte. El desmantelamiento de la familia tradicional no ha alumbrado nuevas formas de convivencia, sino una desconexión entre las generaciones de consecuencias devastadoras. Cada vez hay más ancianos que envejecen y mueren solos, y más niños que crecen sin uno de sus padres, contemplando con perplejidad las parejas fugaces que desfilan por la vida de sus progenitores. La incapacidad de conciliar vida familiar y trabajo hace que esos mismos niños pasen la tarde solos, sin otro educador que la pantalla del ordenador o el móvil. El descrédito de la religión ha privado de esperanza a la mayoría de los seres humanos, cada vez más identificados con la idea sartreana de que el hombre es un ser para la nada.

Scruton vivió enamorado de una Inglaterra que nunca existió. Ese fue su mito. El mío se llama Innisfree y solo es posible encontrarlo en The Quiet Man, la famosa película de John Ford. Scruton era demasiado inteligente para no saber que se había enamorado de una ensoñación y, probablemente, anhelaba que algún día la realidad se pareciera a ella. He de admitir que yo experimento lo mismo y no me avergüenza. ¿Quién no desearía vivir en una pequeña comunidad donde los conflictos se resuelven con cómicas peleas que concluyen con una ronda de cervezas negras y unas canciones nostálgicas acompañadas por un acordeón?

19/01/2021

 

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