David Miller: Los valientes andan solos

por Rafael Narbona

Un cowboy en mitad del desierto evoca la libertad de un tiempo sin muros, vallas ni fronteras. Cuando se rodó Los valientes andan solos (Lonely Are the Brave, 1962), el viejo Oeste ya sólo era un tímido recuerdo, pero aún quedaban cowboys que sobrevivían conduciendo rebaños o participando en rodeos. Su existencia ambulante cada vez despertaba más recelos, pues se asociaba a un individualismo irreductible que solía desembocar en reyertas y conductas asociales. John W. «Jack» Burns, interpretado por un sobresaliente Kirk Douglas, pertenece a esa clase de hombres. No tiene domicilio ni un simple papel que acredite su identidad. Profundamente apegado a su caballo «Whiskey», duerme al raso y ha descartado formar una familia. Sólo se siente a gusto en campo abierto, sin otro techo que el sol y las estrellas. Quizá por eso Los valientes andan solos comienza con un plano general del desierto. Se trata de un espacio salvaje y casi ilimitado, sin vestigios de la civilización humana. A pesar de su dureza, puede confundirse con el paraíso. Poco a poco, la cámara se mueve y nos muestra la figura de «Jack»: primero, sus botas de cowboy, con dibujos de fantasía; después, sus pantalones vaqueros, su chaqueta y, finalmente, su sombrero, que le cubre la cara. Tiene la cabeza apoyada en su silla de montar. Se descubre para mirar al cielo y observar dos aviones que viajan a velocidad supersónica, dibujando estelas paralelas, casi perfectas. «Jack» sonríe y dirige la mirada a su caballo, feliz de permanecer al margen del progreso.

«Whiskey» no es una simple montura, sino una yegua tan salvaje y vulnerable como él. No es un medio de transporte, impersonal y anónimo, sino un compañero o, más exactamente, una compañera con la que el cowboy mantiene una relación de complicidad y ternura. El vínculo que los mantiene unidos podría describirse como una soledad compartida. «Jack» admite que no sabría cuidar a una esposa y unos hijos. Es un vagabundo, un inadaptado. Su sino es meterse en líos, pues –al igual que «Whiskey»‒ se resiste a ser domado y le gusta dormir cada día en un lugar diferente. Se enorgullece de su desarraigo y no le preocupa infringir la ley si es por una causa justa. Cuando se cruza con una valla que delimita una propiedad privada, saca sus alicates y corta el alambre. Si un amigo tiene problemas, acude en su ayuda, dispuesto a hacer lo que sea. De hecho, se ha enterado de que su viejo compañero de andanzas Paul Bondi (Michael Kane) se encuentra en la cárcel por prestar ayuda a inmigrantes mexicanos ilegales y ha decidido ayudarle a fugarse. No puede respetar unas leyes que prohíben socorrer a personas en apuros o que simplemente buscan una vida mejor. Odia los muros y las prisiones. Piensa que el ser humano debería aprender de la naturaleza, donde no hay barreras, salvo las que surgen accidentalmente por la acción de los elementos. La naturaleza no es perfecta, pero sí libre y hermosa. El hombre no cesa de alterar su curso, construyendo carreteras y edificios. La civilización prospera a costa de la belleza y la libertad, creando odiosas servidumbres y aniquilando todo lo que se opone a sus designios. «Jack» está en guerra con la historia y el progreso. Sabe que no puede triunfar, pero eso no le hace perder su sonrisa, ni enfría su carácter independiente y luchador.

Aunque David Miller (Amor en conserva, 1949; Miedo súbito, 1952; La historia de Esther Costello, 1957) dirigió Los valientes andan solos, el espíritu de la película pertenece a Kirk Douglas, que hizo de productor, escogiendo cuidadosamente al equipo técnico. Impresionado por la segunda novela de Edward Abbey, The Brave Cowboy (1956), Douglas encargó el guion a Dalton Trumbo, uno de los «Diez de Hollywood». Víctima del macartismo, Trumbo había pasado casi un año en la cárcel por negarse a colaborador con el infame Comité de Actividades Antiestadounidenses. Exiliado en México, con el tiempo volvió a trabajar en Hollywood, pero utilizando pseudónimos. Escribió guiones tan brillantes como El demonio de las armas (Gun Crazy, 1950) y Vacaciones en Roma (Roman Holiday, 1953), premiado con un Oscar. Gracias a Kirk Douglas, pudo salir a la luz de nuevo, firmando con su nombre el guion de Espartaco (1960), casi un manifiesto contra la censura y la opresión de cualquier tipo. Su inconformismo y su rebeldía también se reflejan en el guion de Los valientes andan solos, repleto de escenas emotivas y magníficos diálogos. La poética y contenida banda sonora de sonora Jerry Goldsmith (El planeta de los simios, 1967; Patton, 1970; Chinatown, 1974; La profecía, 1976) y la fotografía de Philip H. Lathrop, cuidadosa en la iluminación y precisa en la posición de la cámara, completan el trabajo de Trumbo, logrando crear una atmósfera marcada por el lirismo y la fatalidad.

El contraste entre naturaleza y civilización recorre toda la película. Las panorámicas de «Jack» cabalgando sobre «Whiskey» contrastan con los planos generales de las carreteras que cruzan los miserables pueblos de Nuevo México. El jinete parece compenetrado con el paisaje, moviéndose con agilidad entre los cactus, las rocas y los matorrales. Su presencia no produce disonancias. «Jack» y «Whiskey» no son intrusos, sino un aspecto más de la vida del desierto o las montañas. Esa sensación de armonía no se aprecia en los coches y camiones que ruedan estruendosamente por el asfalto, casi como si huyeran de algo o no comprendieran que han invadido un espacio ajeno. Desde el principio, un camión cargado de inodoros de la marca ACME devora kilómetros, impaciente por finalizar su ruta. Su conductor es un hombre tímido y afable, que ignora el dramático papel que le reserva el destino. ACME es una empresa ficticia que aparece recurrentemente en Looney Tunes, la serie de dibujos animados creada en 1930 por la compañía Warner Bros. Este guiño parece expresar que lo trágico casi siempre convive con lo grotesco. Frente a la inocencia de «Jack» y «Whiskey», el camión encarna la paradoja del progreso, que proporciona medios pero no fines. «Jack» es un cowboy alegre y vitalista. «Whiskey» es una yegua algo testaruda, pero de espíritu noble. Ambos saben claramente lo que quieren: espacio, libertad, independencia. Materialmente, son pobres, pero su existencia posee un sentido muy claro. En cambio, el progreso no produce sentido, sino hastío y frustración. Su carrera hacia ninguna parte se parece a los productos ACME, tan espectaculares como inútiles y ridículos.

«Jack» no ignora que se pierde cosas importantes. Cuando aparece por sorpresa en casa de su amigo Paul Bondi, le recibe con afecto su esposa Jerry, una magnífica Gena Rowlands. Durante unas horas, disfrutará del calor de un hogar: comerá algo caliente, podrá ducharse y se cambiará de ropa. Entrará en el cuarto del único hijo de sus amigos, contemplando sonriente sus cosas. El niño está en el colegio y, por desgracia, no puede abrazarlo. Es evidente que a «Jack» le gustan los niños, pero no la responsabilidad de educarlos. No es egoísta, sino ferozmente individualista. Cálido y leal, se implicará en una reyerta de bar para ser encarcelado y poder reunirse con su amigo Paul. La policía está a punto de dejarlo en libertad sin cargos, pues se ha limitado a alborotar un poco, enredándose en una pelea con un conocido camorrista. Su contrincante, un excombatiente que perdió un brazo en Okinawa, le ha vapuleado a conciencia. «Jack», también excombatiente, no quería pelear con él, pero su adversario le ha provocado hasta hacerle estallar, exigiéndole que luche con un solo brazo. La riña ha sido injusta y desigual, pues «Jack» ha aceptado el reto, desconociendo que un muñón, utilizado con habilidad, puede ser mortífero. Cuando la policía le comunica que puede marcharse, golpea a un agente. Tras ser reducido, le informan que ahora tendrá que responder por un delito penado con un año de prisión. Demasiado tiempo para un hombre acostumbrado a los grandes espacios abiertos. Encerrado en una enorme celda común con dos docenas de detenidos, se encontrará al fin con su amigo Paul. Después de intercambiar un abrazo, le explicará que ha forzado su detención para fugarse juntos. Paul rechaza la propuesta. Las fugas se castigan con cinco años de prisión. Cumplirá los dos años que le han impuesto y volverá con su mujer y su hijo. «Jack» no se lo reprochará. Entiende su decisión. Su amigo ha cambiado, convirtiéndose en un padre de familia.

«Jack» se fugará cortando un barrote con una sierra escondida en sus botas. Durante las pocas horas que pasa encerrado, sufrirá la violencia del agente Gutiérrez (George Kennedy), que le pegará a escondidas con los puños, causándole magulladuras y la pérdida de una muela. Gutiérrez es un sádico que acosa a Paul por ayudar a los mexicanos. «Jack» se enfrentará a él para defender a su amigo. El sheriff Morey Johnson (Walther Matthau) no es un mal hombre. Aficionado al chicle y a observar desde la ventana de su despacho la rutina diaria de un perro vagabundo que marca su paso con gotitas de orina, perseguirá a «Jack» con tenacidad, pero no le molestará que sus hombres no logren cazarlo. Su sombrero blanco de sheriff recuerda que también es un cowboy sin demasiado aprecio por el progreso. Escéptico, enérgico e irónico, acepta la colaboración de un helicóptero enviado por el ejército, pero cuando «Jack» lo inutiliza disparando al rotor de cola, experimenta cierta satisfacción. Un cowboy aún puede hacer frente a un aparato sofisticado. El valor y el ingenio son más valiosos que la alta tecnología. El hombre tiene corazón, creatividad, iniciativa. En cambio, una máquina siempre es estúpida y previsible.

La perspectiva ecológica y humanista impregna toda la película. «Jack» se divierte observando a una ardilla mientras descansa en su huida por las montañas. Al notar que busca comida, le arroja un piñón y contempla con simpatía cómo se lo come. Poco antes, ha aparecido un jaguar en lo alto de una roca. Se han cruzado sus miradas y ninguno ha mostrado temor, malestar o desconfianza. El cowboy no es un extraño en la naturaleza. Su estilo de vida es tan majestuoso como el vuelo de un águila. «Jack» no es arrogante. Siempre está al lado del que sufre o ha caído en una trampa. En una de las primeras escenas, poco después de sortear a duras penas el tráfico de una carretera, avanza a pie con «Whiskey» de las riendas. En un momento, la cámara incluye en el plano a una viuda mexicana con sus hijos pequeños, llevando flores a un humilde cementerio. No es una casualidad. «Jack» está cerca de esa pobre mujer y sus hijos, como también lo está de los dos navajos que comparten su celda y se fugan poco antes que él, aprovechando la vía de escape que ha abierto tras serrar un barrote. «Jack» es un sentimental, un corazón generoso y sensible. Podría huir fácilmente por una pendiente escarpada, burlando a sus perseguidores, pero no será capaz de abandonar a «Whiskey». La escena en que el cowboy se despide de su caballo y comienza a trepar por una roca desprende un intenso patetismo. «Jack» no ha querido formar una familia para no estar atado, pero su amistad con Paul lo ha convertido en un prófugo. Y su afecto a «Whiskey» le complicará aún más las cosas. Un plano picado del caballo, mirándole con sus enormes ojos negros, le impide alejarse. Tras unos instantes de titubeo, vuelve sobre sus pasos y recoge a su yegua, emprendiendo una lucha titánica contra la pendiente. Un plano general picado mostrará la pugna del hombre y el animal contra una ladera insalvable. Las piedras ruedan hacia abajo, los perseguidores disparan, le piden con un megáfono que se entregue. Los fugitivos resbalan una y otra vez, pero al final logran su objetivo. Al igual que el águila, han subido hasta las alturas. No saben que les aguarda una carretera y el camión de la Corporación ACME, que avanza ciegamente hacia una cita fatal.

El desenlace se produce algo más tarde, cuando una lluvia intensa ha convertido el asfalto en una pista de patinaje. «Whiskey» se queda paralizado ante las luces de los coches. Se escucha un frenazo, y caballo y jinete acaban en la cuneta. El conductor del camión se detiene y auxilia al herido. Otros automovilistas siguen su ejemplo. Poco después, aparece el sheriff Morey Johnson. Su ayudante mata de un disparo a «Whiskey», que agonizaba lastimeramente. «Jack» aún está consciente y su cara se contrae de pena y espanto al escuchar la detonación. Un policía pregunta al sheriff si se trata del hombre que buscaban. «No lo sé», contesta. «Nunca había logrado estar tan cerca. No conozco su rostro». Su mirada expresa la consternación del que reconoce en el otro sus propios rasgos. En fin de cuentas, él es un cowboy y podría haber seguido el mismo camino, pero ha preferido integrarse en la sociedad y evitar los problemas, lo cual no cesa de producirle un vago sentimiento de culpabilidad. La película finaliza con un plano de la ambulancia trasladando a «Jack», quizás hacia la muerte. El vehículo se aleja por la carretera mientras una lluvia intensa desdibuja las formas, acentuando la oscuridad. Un final desesperanzador para una historia que ha comenzado con un plano luminoso del desierto.

Los valientes andan solos es un grito de libertad contra una civilización que condena a los seres humanos a vivir entre barreras. El desenlace trágico parece una concesión al pesimismo, pero cuando recordamos la imagen de «Jack» sobre «Whiskey», que alza las patas delanteras con brío incontenible mientras el helicóptero los persigue, comprendemos por qué se habla muchas veces de la grandeza de los perdedores. El cowboy ha sido derrotado por la historia y el progreso, pero ahora ocupa del lugar de los mitos, alimentando nuestros sueños.
 

05/10/2018

 
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