Charles Chaplin: tres imágenes del siglo XX

por Rafael Narbona

¿Puede condensarse el siglo XX en tres imágenes? Parece una tarea imposible, pero el genio de Charles Chaplin lo consiguió en tres secuencias memorables, componiendo un retablo de celuloide sobre el Hambre, el Amor y la Libertad. La primera se encuentra en La quimera del oro (1925), cuando un Chaplin torturado por el hambre cocina una bota en una sartén. Atraído por la fiebre del oro, el famoso vagabundo ha buscado refugio en una casa ruinosa levantada en Klondike, una región del territorio del Yukón, en el noroeste de Canadá, cerca de la frontera con Alaska. En el exterior, una tormenta de nieve sopla sin cesar. La mala suerte ha querido que el inofensivo y pintoresco vagabundo se haya colado sin saberlo en la madriguera de un fornido asesino con aspecto de ogro. Con su dulzura habitual, el vagabundo prepara la cena en una sartén. Comprueba con el tenedor que la bota haya adquirido el punto ideal, limpia con mimo el plato que le extiende su siniestro acompañante, afila los cubiertos con habilidad de gourmet, extrae los cordones como si fueran dos espaguetis y divide en dos el manjar. Por un lado, la suela con sus clavos; por otro, el resto de la bota, que –por cierto‒ procede de su pie derecho. El facineroso declina la suela que le ofrece el vagabundo. Prefiere quedarse con el resto, tal vez porque su imaginación aventura que puede resultar menos repugnante. O incluso más apetitoso. El vagabundo mastica la suela con tímidos mordisquitos, menea el bigotito, se limpia los labios con una servilleta y chupa los clavos con fruición. 

Desde fuera, podría pensarse que come una langosta particularmente deliciosa. El asesino carece de ese refinamiento. Se limita a morder la boca con resignación. Su zafiedad contrasta con la elegancia del vagabundo, un dandi con chaleco y una fina corbata que evoca la adorable frivolidad de los años veinte.
En Tiempos modernos (1936), el vagabundo se ha emparejado con una audaz golfilla (Paulette Goddard). Sobreviven como pueden, fantaseando con una vida normal. Deambulan sin rumbo fijo, intentando no pensar demasiado en el futuro. Una mañana se detienen a descansar cerca de una casa baja, sentándose en la hierba. Del interior de la vivienda sale un matrimonio con la felicidad pintada en el rostro. Él se dirige a trabajar con la comida preparada en una pequeña maleta; ella le despide en delantal, dejando muy claro que es un ama de casa encantada con las tareas del hogar. La golfilla finge ser feliz con su vida errante, pero el vagabundo ‒más inconformista e inocente‒ le habla de lo que significaría vivir bajo un techo y disponer de dinero. Su mente se desboca, describiendo una rutina maravillosa, donde podrían desayunar un bistec, comer uvas y manzanas recogidas directamente de los árboles, y beber leche recién ordeñada de una vaca que se pararía a la puerta de su casa. No es la mejor secuencia de una película llena de escenas deslumbrantes (como la locura de la cadena de montaje, las peligrosas acrobacias de patinaje sobre ruedas en unos grandes almacenes o el número musical final, cuando el vagabundo canta por primera vez en un idioma imaginario), pero tal vez es el momento más emotivo, pues muestra el doloroso contraste entre la realidad y el deseo, la miseria y la prosperidad, la alegría y la desesperanza. El vagabundo crea una realidad alternativa con su prodigiosa imaginación, mostrando que el amor puede abrir nuevas perspectivas cuando ya no cabía esperar nada.

El gran dictador (1940) finaliza con un discurso que me pareció ingenuo la primera vez que lo escuché. A los trece años intenté ver la película acompañado por mi madre, pero no me dejaron entrar porque había sido prohibida para menores de catorce años. Corría el verano de 1976 y en octubre yo cumplía la edad requerida, pero era un niño bajito y parecía más pequeño. El acomodador se disculpó, afirmando que si fuera más corpulento y aparentara más edad no habría ningún problema. Aún recuerdo el sentimiento de frustración que experimenté. No recuerdo cuándo vi al fin la película. Creo que fue en la televisión varios años después, cuando la petulancia de la adolescencia desprecia todo lo claro y sencillo, especialmente si eres un lector voraz y has comenzado a acariciar la insensata idea de estudiar Filosofía. El discurso del falso Hynkel es un emotivo canto a la libertad, la vida y la fraternidad con un mensaje de validez universal. La humanidad no debe rendirse ante los dictadores. El odio es un sentimiento opuesto a la razón: «El camino de la vida puede ser libre y hermoso», sin matanzas ni esclavitudes. Las máquinas nos han hecho progresar, pero no han acabado con el hambre y la escasez. El progreso material no ha generado progreso moral: «Nuestro conocimiento nos ha hecho cínicos, nuestra inteligencia, duros y secos, pensamos demasiado y sentimos muy poco». Es posible un mundo nuevo, digno y noble. No hay que crear imperios, sino cultivar el bien y la dulzura, la paz y la tolerancia. A los diecisiete años, este discurso me pareció pura retórica lacrimógena. Casi cuarenta años después, me conmueve y me parece inequívocamente verdadero. El protagonista de El gran dictador no es el vagabundo que hizo famoso a Chaplin, sino un barbero de apariencia idéntica. Aunque se trate de dos personajes distintos, se aprecia el mismo espíritu imaginativo y entrañable. Dicen que Hitler copió el bigotito del vagabundo para concitar simpatía, recortándose el mostacho que había exhibido durante la Gran Guerra. Está claro que el hábito no hace al monje, pues su bigotito produce escalofríos, mientras que el de Chaplin –por cierto, postizo‒ invita a sonreír y a no tomarse la vida muy en serio.

En La quimera del Oro, Chaplin es un artista del hambre; en Tiempos modernos, un tímido enamorado que seduce con sus fantasías; en El gran dictador, un humanista que espanta a la muerte con una llamada a la concordia y la hermandad. El siglo XX cabe en esas tres imágenes, que muestran las penalidades y las alegrías de una era que acabó naufragando en el lodazal de la guerra y las políticas de exterminio. De las ruinas de las ciudades bombardeadas no surgió un mundo perfecto, pero sí humano y decente. Los demonios de la humanidad reinaron obscenamente en Auschwitz, Treblinka, Dachau y otros nombres para la infamia. Fueron derrotados por hombrecillos como el vagabundo de Chaplin, que se armaron de heroísmo y abnegación, pero también de humor y ternura. Si tuviera que escoger una imagen para encarar el siglo XXI con esperanza y optimismo, elegiría sin dudar el baile con dos panes y dos tenedores improvisado por el vagabundo en su cabaña de Tiempos modernos, oponiendo a la soledad y a la tristeza una pirueta de la imaginación. Lo mejor del ser humano nunca es altisonante o complejo, sino ligero, festivo y sencillo.

30/11/2018

 
COMENTARIOS

Rafael Serrano 05/12/18 16:12
Ciertamente el autor da en el clavo y de una forma magistral: sí, esas tres imágenes describen el siglo 20.

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