Agosto 2018
Revista de Libros
Descansamos durante el mes de agosto. Volvemos en septiembre.
¡Felices vacaciones!
La cuestión catalana
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

José Ortega y Gasset apoyó el Estatuto de Autonomía Cataluña de 1932, pero apuntó que el independentismo catalán, lejos de ser un sentimiento responsable, se inspiraba en planteamientos utópicos. No era una observación irrelevante, sino una advertencia trágica: «La utopía es mortal, porque la vida es hallarse inexorablemente en una circunstancia determinada, en un sitio y en un lugar, y la palabra utopía significa, en cambio, no hallarse en parte alguna, lo que puede servir muy bien para definir la muerte». Las utopías no prosperan sin la confrontación con un enemigo real o imaginario. No es posible crear una nación o sostener una ideología sin un espíritu de beligerancia contra algo. ¿Cuál es el «enemigo» de Cataluña? España, lo español, el centralismo castellano, imperialista, despótico y vetusto. Para los independentistas catalanes, España es sinónimo de opresión, intolerancia, represión, atraso. España no es un país democrático, sino un vástago de la Santa Inquisición y la monarquía absoluta. España es Torquemada, Fernando VII y el general Franco.
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Ortega y Unamuno ante el paisaje
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Ortega y Unamuno disfrutan de la consideración de clásicos de la literatura en lengua castellana, pero los escritores que empezaron a publicar poco después de acabar la dictadura franquista han mostrado escaso interés por su obra, buscando la inspiración en autores con un estilo y unas preocupaciones completamente distintas. La idea de España, la exaltación de Castilla, las inquietudes espirituales, el amor por el paisaje o la necesidad de una regeneración cultural se consideran temas de otro tiempo con un sesgo elitista o regresivo. Algunos celebrarán que los escritores de las últimas décadas se hayan sacudido el polvo de una tradición presuntamente apolillada, pero otros nos preguntamos si esa ruptura no explica la actual mediocridad de nuestras letras, incapaces de producir figuras de la talla de Ortega y Unamuno. Ortega no alumbró textos de creación, pero su prosa es altamente literaria.
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Patriotismo español
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

El periodista, escritor e historiador berlinés Raimund Pretzel se opuso al régimen nazi desde la primera hora, manifestando su repulsa hacia una ideología que exaltaba con retórica hueca la grandeza de la cultura alemana. A diferencia de otros ensayistas y literatos, no se dejó seducir por fantasías telúricas y elaboraciones románticas que pretendían ubicar la tradición germánica en el territorio de los mitos, rescatando un clasicismo de cartón piedra. En 1938, se exilió en Reino Unido, adoptando el seudónimo de Sebastian Haffner, inspirado en el sobrenombre de la Sinfonía núm. 35 en Re mayor, K. 385, de Wolfgang Amadeus Mozart. De este modo, pretendía proteger a su familia, que aún residía en Alemania, y manifestar su amor por su cultura natal, expropiada con fines ideológicos por los nuevos bárbaros, meros oportunistas caracterizados por su desprecio a la inteligencia y a la diversidad. Nada le horrorizaba tanto como la posibilidad de un porvenir donde se asociara a Mozart, Beethoven o Goethe con los crímenes del Tercer Reich, arrojando sobre las nuevas generaciones una sombra de culpabilidad por disfrutar de su legado cultural. 
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Valle-Inclán en la picota
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

No descubro nada si apunto que las letras españolas no atraviesan su mejor momento. Espero que los autores contemporáneos no se sientan ofendidos, pero me temo que sería inútil buscar algo semejante a Galdós, Unamuno, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez o Valle-Inclán. Nos separan más de trescientos años de nuestro Siglo de Oro, pero nuestra Edad de Plata es un fenómeno relativamente cercano. La catástrofe política, moral, social y cultural que representó la sublevación militar de 1936 frustró la continuidad de uno de los períodos más fecundos de nuestra historia literaria, artística y musical. Incomprensiblemente, un revisionismo intempestivo cuestiona el mérito de algunos escritores de esa hornada, atribuyéndoles una excesiva autocomplacencia –que en algunos casos devino en egolatría−, una deplorable torpeza –que bordeó el desaliño− o una imaginación insuficiente –que alentó cierto provincianismo, incompatible con las tendencias más renovadoras de la cultura europea. 
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Simone Weil, la virgen roja
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Simone Weil ha pasado a la historia como una revolucionaria desencantada y una mística que se quedó voluntariamente en el umbral de la Iglesia católica, rechazando el sacramento del bautismo. De origen judío, su escepticismo religioso se convirtió en amor a Dios en 1937, poco después de trabajar en una fábrica, donde la desdicha ajena penetró en su carne y en su alma. Durante su breve y polémica carrera como profesora de filosofía, le acompañó el apodo que le habían asignado sus compañeros de universidad: la «virgen roja». Su estilo de vida coincidía con las reglas de un ascetismo severo: alimentación frugal, pobreza relativa y abstinencia sexual. Su austeridad en lo material y carnal convivía con el compromiso político con la clase trabajadora. Su identificación con el comunismo se resquebrajó cuando descubrió que la Unión Soviética se había convertido en un régimen totalitario, donde se pisoteaban las libertades y una elite burocrática acumulaba bienes y privilegios. Sobrevivió su simpatía hacia los sindicatos como respuesta necesaria a los abusos de un sistema económico que sólo reparaba en los beneficios.
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Recuerdo de Trujillo
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

No he olvidado su aspecto ni su voz, pero no recuerdo sus nombres. Él era alto, con los ojos azules y una calvicie aliviada por una hilera de pelo blanco que corría por su nuca. Su voz era grave y solemne, casi de barítono. A medio camino entre los cuarenta y los cincuenta, su altura descomunal le obligaba a inclinarse para mantener una conversación, acentuando su aspecto de gigante tranquilo. Más tarde averigüé que participaba en las procesiones de Semana Santa con hábito de nazareno, rompiendo la simetría de su cofradía con un capuchón puntiagudo que sobresalía como un viejo ciprés plantado tras la pequeña tapia de un cementerio. Desde lejos, el cirio que portaba casi parecía un faro en mitad de un mar cárdeno, rojo y blanco. Ella era morena, con los ojos castaños y con una estatura mediana que se encogía cuando caminaba al paso de su marido, lento y ceremonioso. 
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Maestro Cañizares, sanador de libros
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Algunos pueblos de Toledo parecen enemistados con el tiempo. Aún es posible pasear por sus plazas y cruzarse con un grupo de mujeres enlutadas, charlando a la entrada de sus casas, mientras cosen el bajo de un pantalón o fabrican jabón en un barreño. De vez en cuando, aparece un vecino con la piel tostada, la mirada huraña, una gorra de visera y tres o cuatro galgos agrupados por una traílla. El pueblo donde vive el maestro Cañizares es uno de sus pueblos. En su pequeña plaza, una iglesia de estilo mudéjar ofrece su sombra a los parroquianos, que ocupan sus bancos con la tranquilidad de quien vive lejos del bullicio y la confusión de las grandes aglomeraciones urbanas. A veces, una pareja de la Guardia Civil charla con el párroco, un viejecito diminuto con alzacuellos y una chaqueta de lana. La estampa evoca algo arcaico, un tiempo de arraigo, resignación y quietud. 
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El western, mitología de una nación
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

La historia de los pueblos es la historia de sus libros. A veces, de un solo libro. Es difícil imaginar Grecia sin pensar en la Ilíada o en la Europa medieval sin reparar en la Divina Comedia. El pueblo judío es el pueblo del Libro, y España, la tierra de un loco que se bate con molinos de viento. En el caso de los Estados Unidos, ninguna obra desempeña un papel semejante. Walt Whitman exaltó la democracia y el individualismo, pero sus arrebatos místicos y su desinhibida forma de hablar de la sexualidad escandalizaron a una sociedad profundamente puritana, que lo consideró un poeta maldito, un poeta de vagabundos. La joven América no es un pueblo de libros, sino de imágenes que se plasmaron en el celuloide durante los años de esplendor del western. Sería injusto rebajar el western a espectáculo o a una suerte del folclore, pues sus obras reflejan fielmente el espíritu de una nación que nunca ha renunciado al sueño de alcanzar la última frontera, casi un límite irreal, pero necesario, para mantener la ficción de un mundo con tierras vírgenes en sus lejanos confines.
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El joven Lincoln según John Ford
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Cuando se estrenó El joven Lincoln (Young Mr. Lincoln, John Ford, 1939), algunos críticos señalaron la influencia de F. W. Murnau en la caracterización del carismático decimosexto presidente de los Estados Unidos, señalando analogías con el aspecto de Max Schreck en su papel de Nosferatu. Al igual que Schreck, Henry Fonda mostraba un rostro afilado y repleto de sombras. Su sombrero de copa acentuaba su altura, imprimiendo a su silueta un aire espectral, casi sobrenatural. Su mirada enfebrecida, la seriedad de su semblante y su pausada forma de andar evocaban vagamente las fantasmales apariciones de Nosferatu, sobrenombre del conde Orlok. John Ford siempre escatimó los elogios. Su malhumor a veces desembocaba en la violencia física y verbal, adquiriendo tintes de crueldad. Se dice que su temperamento se parecía al del Doc Holliday de Pasión de los fuertes (My Darling Clementine, 1946), interpretado por Victor Mature, con su alcoholismo, sus arrebatos de cólera, sus reacciones imprevisibles y su inestabilidad neurótica. 
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Yo confieso: Hitchcock y la pasión del padre Logan
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

El cine de Hitchcock suele asociarse al suspense, pero la habilidad para tejer una intriga es una virtud efímera, que se desdibuja después de pasar unas horas en vilo, atrapado por la tensión de un desenlace imprevisible. Sin embargo, el cine del británico es algo más que una trama milimétricamente urdida, con objetos recurrentes (el famoso MacGuffin) que empujan el argumento, creando cesuras y puntos de inflexión. Por eso, volvemos una y otra vez a sus películas, con el mismo fervor que experimentamos ante una sinfonía con un enorme caudal de sugestiones y un inacabable poder de renovación. Esta actitud se debe a que Hitchcock plantea algo más que un misterio. Cada película posee una atmósfera intensa y singular, que nos emociona y sacude con sus encuadres y diálogos, desbordando la pueril incógnita policíaca. La resolución siempre nos parece infinitamente menor que el problema expuesto. De hecho, muchas veces la conclusión sólo es un paréntesis, que nos sitúa al pie de un nuevo abismo, como sucede en Vértigo (1958), cuyo final nos deja sobrecogidos y perplejos.
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