Akira Kurosawa: Rashomon
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

En su célebre ensayo sobre Luis Buñuel, Octavio Paz aseguraba que «La edad de oro [1930] y Un perro andaluz [1929] señalan la primera irrupción deliberada de la poesía en el arte cinematográfico». Creo que la afirmación no refleja fielmente la historia del cine, pues la poesía ya había aparecido en películas como El gabinete del Doctor Caligari (1920), Metrópolis (1927), Amanecer (1927) o Nosferatu (1922). Puede extenderse la misma consideración a El acorazado Potemkin (1925), cuyo mensaje político no pesa tanto como su belleza visual, trágica e intemporal. Serguéi M. Eisenstein logró con la famosa escena de la matanza en las escaleras de Odesa reproducir el mismo clima de impotencia y terror que plasmó Goya en El 3 de mayo en Madrid o «Los fusilamientos», con ese pelotón de ejecución tan implacable y deshumanizado como los soldados del zar. En ninguno de los casos vemos el rostro de los verdugos, lo cual sólo agrava el sentimiento de indefensión y espanto. No alargaré esta reflexión preliminar abordando la obra de D. W. Griffith, que incluye un prodigio lírico como Intolerancia (1916) y una paradoja moral como El nacimiento de una nación (1915), donde el mal no estorba a la perfección formal, pero aprovecharé la ocasión para apuntar que la poesía forma parte del cine desde sus comienzos.
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Portrait of Jennie: una fantasía romántica
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Dirigida por William Dieterle y producida por el intenso y siempre excesivo David O. Selznick, Portrait of Jennie (1948) sufrió toda clase de dificultades desde su gestación y rodaje. Basada en un peculiar relato de Robert Nathan, el prestigioso Ben Hecht (Luna nueva, 1940; Encadenados, 1946; Me siento rejuvenecer, 1952) se encargó inicialmente del guion, pero su aportación se limitó al prólogo, que incluía citas de Keats y Eurípides, y una interrogación pascaliana sobre el destino del hombre en el infinito universo. Selznick escogió para este preámbulo un cielo sombrío y turbulento, que respondía más a su estética neorromántica y algo grandilocuente que a la concepción de Dieterle o de los responsables de fotografía. Ben Hecht se apartó del proyecto y ocuparon su lugar Paul Osborn y Peter Berneis. Con la supervisión de Selznick, Osborn necesitó cinco semanas para reescribir el guion. El operador, Joseph H. August, impuesto por Dieterle, murió cuando la película se aproximaba al final. Tras realizar los preparativos de un travelling, entró en el despacho de Selznick y se acomodó en un sillón. «Creo que ya está, me siento satisfecho», exclamó con una sonrisa, antes de que le fulminara un infarto. Su muerte provocó la consternación de todos.
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Tequila, el rock de la Transición
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

No tengo nada contra el Dúo Dinámico, pero a los catorce años yo me enamoré de Tequila con un fervor adolescente que me hizo detestar la música española anterior. Ahora sé que había otros grupos, otros pioneros del pop-rock, pero en esa época yo asociaba el castellano a la canción melódica, donde prevalecía lo cursi y bobalicón. Conocía a Miguel Ríos, pero no me decía gran cosa. Su Himno a la alegría no estaba mal, pero no me parecía rock de verdad. No conocí a Burning hasta que la película de Fernando Colomo popularizó ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste? Me gustó la poderosa voz del solista Toño Martín y la guitarra de Pepe Risi, pero Matrícula de Honor (1978) me hizo pensar que perdía el tiempo con Emerson, Lake & Palmer, Yes y Genesis.
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La mala leche de los hombres bajitos
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Ser bajito no es una desgracia. Es una señal del destino que invita a seguir la estela de Alejandro Magno, Julio César o James Dean. No es cierto que todos los dictadores sean bajitos. Hitler medía un metro y setenta y dos centímetros, una estatura normal para su época. Idi Amin, dictador de Uganda y asesino de masas, superaba el metro y noventa. El general Ratko Mladić, Slobodan Milošević, Augusto Pinochet y Jorge Rafael Videla –cuatro nombres para la historia de la infamia‒ no eran precisamente bajitos. Hay criminales de todas las tallas, pero no está de más romper un falso estereotipo. Los hombres bajitos no tienen mala leche por ser bajitos. Los hombres bajitos tienen mala leche porque están hasta las narices de que les atribuyan un carácter irascible. En realidad, son como un valiente fox terrier. Si los dejas tranquilos, no te morderán y fingirán que no les molestan tus caricias, pero si les buscas las cosquillas, te atacarán con ferocidad. Conviene recordar que el fox terrier no es un perro de compañía. No es Milú, con su eterna alegría de perrito faldero e inofensivo.
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¿Por qué están tan locos los artistas?
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Desde el lamentable incidente entre Gauguin y Van Gogh, circula la idea de que los artistas son neuróticos incurables. Sus excentricidades no se contemplan como simples desviaciones de los convencionalismos sociales, sino como actos patológicos que vinculan la creatividad al desorden mental. Desde luego, no parece muy razonable cortarse con una navaja el lóbulo de una oreja para pedir excusas por una discusión sobre estilos pictóricos, pero habría que averiguar si se trata de un hecho excepcional o de algo relativamente común en la esfera del arte. Examinemos algunos casos. El 17 de junio de 2010 murió Sebastian Horsley, escritor y artista plástico. Según sus propias palabras, era «un dandi del inframundo». Se hizo crucificar en Filipinas para recrear uno de los iconos del arte mundial. Sobrevivió a la crucifixión, pero no a la heroína, que lo mató con cuarenta y siete años. En cierta ocasión, escribió sobre sí mismo: «Estoy tendido en la cama como una esvástica y me gusta Alemania. ¿Por qué no? Soy medio Byron, medio patán, medio chamán, medio showman, medio nazi y medio Liberace».
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John Ford: Cuna de héroes
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Cuna de héroes (The Long Gray Line, 1955) es una de las películas más hermosas de John Ford. Ambientada en West Point, la mítica academia militar estadounidense, constituye un canto a la amistad, la familia, el honor y la vida en comunidad. Basada libremente en Bringing Up the Brass, la autobiografía del sargento y entrenador de atletismo Martin «Marty» Maher, sortea el riesgo de convertirse en simple propaganda, adoptando una perspectiva poco convencional. West Point es el centro del relato, pero es un centro que se hace visible mediante sus aspectos menores. La instrucción militar sólo aparece en su faceta deportiva, eludiendo la formación en cuestiones estratégicas, técnicas de combate, historia bélica y manejo de armas. «Marty», interpretado por Tyrone Power, es un joven inmigrante irlandés que consigue un empleo como camarero en la famosa academia. No tiene vocación castrense, ni un propósito claro en la vida. Quizás por eso le deslumbrará el sentido de la disciplina y la abnegación de los cadetes, dispuestos a realizar cualquier sacrificio para graduarse y ponerse al servicio de su país.
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John Ford: El sol siempre brilla en Kentucky
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

El sol siempre brilla en Kentucky (The Sun Shines Bright) llegó a las salas de cine en 1953, un año después del estreno de El hombre tranquilo (The Quiet Man). Sin embargo, parece una película más antigua, casi de otra época. Su fotografía en blanco y negro, su aire de melodrama y la afectación de algunos actores, que interpretan sus papeles con autocomplaciente manierismo, recrean en cierta medida la atmósfera del cine mudo. Si reparamos en que la siguiente película de Ford fue Mogambo, la sensación de anacronismo se acentúa. Quizás el director quiso dejar claro que con El sol siembre brilla en Kentucky (una traducción poco inspirada del título original) retomaba el mundo de Judge Priest, un film de 1934 protagonizado por un magnífico Will Rogers, hoy casi olvidado. Ambas películas se basan en relatos breves de Irvin S. Cobb, cuyas tramas se despliegan en un Sur amable, fatalista y romántico. Sería inexacto hablar de secuela, pero hay una evidente continuidad temática. Con familiares en la judicatura, John Ford utilizó la figura del juez Priest para expresar su visión de la justicia y del sueño americano. 
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John Ford: El sargento negro
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Cuando en 1960 se estrena El sargento negro (Sergeant Rutledge) aún faltan cuatro años para que el presidente Lyndon B. Johnson apruebe la Ley de Derechos Civiles (Civil Rights Act) que pondrá fin a la segregación racial en escuelas, empresas, cargos públicos y comicios electorales. Sergeant Rutledge, un hermoso alegato a favor de la igualdad y la tolerancia, está ambientada en Arizona en 1881. Braxton Rutledge (Woody Strode) es sargento de primera del Noveno de Caballería, una unidad compuesta por soldados negros bajo el mando de oficiales blancos. Son los «Buffalo Soldiers» (Soldados Búfalo), de acuerdo con el nombre que les asignaron los indios tanto por el color de su piel como por los abrigos y sombreros de piel de búfalo que usaban en invierno. La mayoría procedía del IX y X Regimientos del Ejército de la Unión. Casi todos habían sido antiguos esclavos y habían luchado contra la Confederación, a veces después de fugarse de las plantaciones del Sur. Su experiencia en la guerra civil les ayudó en sus escaramuzas contra los indios. Su eficacia en combate alumbró la leyenda del «Captain Buffalo» (Capitán Búfalo), un imaginario soldado ejemplar con unos galones vetados en esas fechas a los afroamericanos, pues Washington había acordado que los soldados negros sólo podrían aspirar al grado de sargento.
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John Ford: Pasión de los fuertes
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Escueto, directo, sarcástico, Ford mentía descaradamente, pues era un verdadero artista que hizo del cine su vida y su vocación. Eso sí, acabó en Hollywood por casualidad. Su hermano mayor Frank había triunfado como actor y director durante la época del cine mudo. John –o, mejor «Jack», como le gustaba que lo llamaran‒ le pidió un empleó y consiguió que lo contratara para interpretar papeles menores con él u otros directores. Apareció en El nacimiento de una nación (D. W. Griffith, 1915) como hombre del Ku Klux Klan, apartándose la capucha mientras cruzaba un río cabalgando. Sería absurdo atribuirle simpatías hacia el Ku Klux Klan, pues Ford era católico. Simplemente, aprovechó la ocasión de meterse unos dólares en el bolsillo, trabajando como extra. Cuando logró su primera oportunidad como director, asumió que su trabajo consistiría en rodar buenas historias, empleando con esmero todos los recursos del lenguaje cinematográfico. Y, en la mayoría de las ocasiones, lo consiguió. Sin apenas mover la cámara, evitando las perspectivas insólitas, aberrantes o grandilocuentes. Nunca utilizaba la grúa. Su forma de narrar era sencilla, clásica, poética y elegante. Pasión de los fuertes (My Darling Clementine, 1946) es una de sus películas más perfectas, con una magnífica fotografía en blanco y negro, claramente influida por el expresionismo, y una acertada combinación de drama y comedia.
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John Ford: Pasaporte a la fama
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Se ha dicho que John Ford nunca rodó un film noir, pero Pasaporte a la fama (The Whole Town’s Talking, 1935) es una película parcialmente ambientada en el mundo del hampa. Un inspirado Edward G. Robinson interpreta a dos personajes completamente distintos, pero físicamente idénticos. Por un lado, es el inofensivo y dulce oficinista Arthur Ferguson Jones. Por otro, el sanguinario gánster «Killer» Mannion. Jones vive en un modesto piso de soltero, trabaja en una oficina como contable y come solo en una cafetería. No tiene amigos, ni familia. Sólo cuenta con el afecto de su tía Agatha, que lo visita de tarde en tarde. «Killer» Mannion se mueve en escenarios totalmente diferentes: el patio de la cárcel, sucios callejones, un sótano que sirve de refugio entre crimen y crimen. Jones tiene un canario y un gato, a los que cuida con ternura. Intenta escribir una novela, pero nunca pasa del primer párrafo. Está secretamente enamorado de la joven y atractiva señorita Clark (Jean Arthur), una mujer ingeniosa, mordaz e independiente. Todo en él es limpio y claro, pero también un poco triste. De «Killer» Mannion no sabemos gran cosa, salvo que vive de robar y asesinar, que no le importa disparar por la espalda y que sólo le interesan las mujeres para pasar un buen rato. Su vida es turbia, sucia y violenta. Se ríe a menudo, pero su sonrisa hiela la sangre.
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