Agosto 2018
Revista de Libros
Descansamos durante el mes de agosto. Volvemos en septiembre.
¡Felices vacaciones!
Tim Robbins: Dead Man Walking
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Cuando veo una película, intento prestar atención a los aspectos formales, como la dirección, la fotografía, el formato, la iluminación, los tipos de plano, los encuadres, el montaje, pero con Dead Man Walking (Tim Robbins, 1995) el relato me atrapa de tal manera que olvido la perspectiva crítica. Profundamente conmovido por la historia, sólo me quedo con en el dolor de las víctimas y sus familias, el coraje y la clarividencia de la monja católica Helen Prejean, la ofuscación moral del asesino y la cruel inutilidad de la pena de muerte. La hermana Prejean entiende que la mirada genuinamente cristiana no se fija tanto en el pecado como en el sufrimiento. El dolor es una experiencia individual, pero el grito de las víctimas nos incumbe a todos. En muchas ocasiones, la hermana Prejean ha aclarado que asiste a los reos condenados a la pena capital para ofrecerles compañía, consuelo, alivio, y no para aleccionarles o instigarles sentimientos de culpa: «Mi trabajo con los presos que están en el corredor de la muerte es acompañarles; no aconsejarles ni convencerles de que preparen su alma… No, es sólo acompañarles; como una hermana, como una amiga».
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Fritz Lang: The Big Heat
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Casi todas las películas contienen una escena memorable que compendia su espíritu: Scarlett O’Hara (Vivien Leigh) clamando al cielo para jurar que jamás volverá a pasar hambre en Lo que el viento se llevó; Ilsa Lund (Ingrid Bergman) pidiendo a Sam que toque otra vez «As Time Goes By» en Casablanca; el sheriff Will Kane (Gary Cooper) avanzando por una calle desierta con el rostro ensombrecido para enfrentarse con una cuadrilla de forajidos en Solo ante el peligro. Sería imposible escoger una sola escena de The Big Heat, que en España se tituló Los sobornados, pues abundan los momentos inolvidables que expresan su trágica visión del ser humano: las lágrimas contenidas de Dave Bannion (Glenn Ford) al contemplar la vivienda vacía donde compartió muchas horas de felicidad con su esposa asesinada; el rostro desfigurado por la ira de Vince Stone (Lee Marvin) poco antes de arrojar café hirviendo a la cara de su novia, la frívola e inmadura Debby Marsh (Gloria Grahame); la expresión risueña de Katie (Jocelyn Brando), la joven esposa de Bannion, al atrapar al vuelo las llaves del coche de la familia, sin sospechar que explotará una bomba al arrancar el motor.
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Kon Ichikawa: El arpa birmana
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

«Roja es la tierra de Birmania y rojas son sus rocas», leemos al comienzo de El arpa birmana, la película con la que Kon Ichikawa consiguió el premio San Giorgio del Festival de Venecia en 1956. De fondo, escuchamos la banda sonora de Akira Ifukube, llena de patetismo y melancolía. Aunque la película se rodó en blanco y negro, el plano frontal del yermo birmano que sirve de preludio transmite el dramatismo y la vitalidad de un color habitualmente asociado a la violencia de la guerra, pero también a la tenacidad de la vida. La fotografía de Minoru Yokoyama capta la tragedia de una bella y misteriosa tierra que apenas ha conocido la paz. El imperio británico necesitó tres guerras para someter al país. Cuando, en 1942, el imperio del Japón acabó con la dominación inglesa, la población nativa osciló entre la indiferencia, la resistencia y el colaboracionismo. Muchos opinaron que sólo habían cambiado de amo y se limitaron a observar los acontecimientos. Tres años después, los soldados japoneses regresaban a casa, vencidos y desmoralizados. El arpa birmana narra las penalidades de una compañía que intenta cruzar la frontera de Tailandia para huir del avance de los aliados. No es una compañía cualquiera, sino un grupo de hombres abatidos que se refugian en la música para no caer en la desesperación. 
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Pistoleros, samuráis y detectives
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Thomas Carlyle sostenía que la historia universal es la historia de los grandes hombres: «Su alma es el alma de la historia del mundo entero». Carlyle cita a Mahoma, Dante, Shakespeare, Lutero, Rousseau y Napoleón como forjadores de naciones, imperios, culturas, géneros literarios o religiones. Probablemente omite a Jesús porque su titubeante conciencia cristiana, lastrada por un invencible pesimismo, entendía que el nazareno no era un hombre, sino el hijo de Dios. Cuando el cine ha llevado la vida de los grandes hombres a la pantalla, no siempre ha logrado captar los rasgos, peculiaridades y azares que explican su excepcionalidad. Napoleón, de Abel Gance, estrenada en 1927, nos hace sentir la ambición ilimitada y el temperamento romántico del huraño y solitario corso. David Lean logra algo parecido con Lawrence de Arabia (1962), recreando con indudable acierto la torturada mente del arqueólogo y militar británico. Ambos proyectos desdeñan las teorías marxistas sobre la historia, destacando el papel de los grandes hombres en los cambios sociales y políticos. Ninguno incurre en la ingenuidad de presentar a sus protagonistas como almas limpias y honorables.
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Masaki Kobayashi: Harakiri
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

La traducción de los títulos originales de las películas pocas veces obedece a criterios de fidelidad y exactitud. Harakiri (o Haraquiri, según el Diccionario de la Real Academia), de Masaki Kobayashi, se titula en realidad Seppuku. En japonés, se considera vulgar la expresión harakiri para designar el suicidio ritual de los bushiBushi es el «caballero armado» que sigue el código del bushidō, «el camino del guerrero». El término samurái, «el que sirve», también se considera inapropiado, pues designa a una gran variedad de guerreros del antiguo Japón, algunos de castas inferiores. Es una distinción importante, pues el sentido de la jerarquía ha condicionado durante siglos la mentalidad japonesa y aún conserva vigencia. El orden jerárquico exige cuidar el lenguaje, preservando el significado de las palabras. Es una manera de recordar a cada individuo el lugar que le corresponde. El seppuku es un ritual sagrado que sólo puede ejecutar un bushi. Si lo llamamos harakiri, rebajamos su dignidad y desdibujamos las estrictas barreras entre castas. Según el bushidō, el seppuku no es un gesto de desesperación, sino una forma de salvaguardar el propio honor, oponiendo al descrédito de la vergüenza una muerte solemne y decorosa.
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Kenji Mizoguchi: Cuentos de la luna pálida
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

El triunfo de Rashomon en el Festival Internacional de Venecia de 1951, que premió a la película con el León de Oro, abrió las puertas de Occidente al cine japonés. Sin pretenderlo, Akira Kurosama se convirtió en la primera avanzadilla de un rico caudal cinematográfico que hasta entonces no había traspasado las fronteras de su país de origen. El público europeo y norteamericano comenzó a descubrir nombres como Yasujirō Ozu, Hiroshi Inagaki, Kon Ichikawa, Masaki Kobayashi, Mikio Naruse y Kenji Mizoguchi. La década de los cincuenta constituyó la «edad de oro» del cine japonés. Al examinarla retrospectivamente, puede hablarse sin lugar a dudas de «cine de autor», pero sin ignorar que una película siempre es un trabajo colectivo. De hecho, los directores de ese momento, de espléndida creatividad, recurrieron sistemáticamente a grandes maestros de la literatura (Mori Ōgai, Ueda Akinari, Ryūnosuke Akutagawa), la música (Fumio Hayasaka) y la fotografía (Kazuo Miyagawa) para realizar sus proyectos. La combinación de esfuerzos produjo películas tan memorables –cito sólo tres ejemplos- como Cuentos de Tokio (Yasujirō Ozu, 1953), El arpa birmana (Kon Ichikawa, 1956) o El intendente Sanshō (Kenji Mizoguchi, 1954).
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Akira Kurosawa: Rashomon
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

En su célebre ensayo sobre Luis Buñuel, Octavio Paz aseguraba que «La edad de oro [1930] y Un perro andaluz [1929] señalan la primera irrupción deliberada de la poesía en el arte cinematográfico». Creo que la afirmación no refleja fielmente la historia del cine, pues la poesía ya había aparecido en películas como El gabinete del Doctor Caligari (1920), Metrópolis (1927), Amanecer (1927) o Nosferatu (1922). Puede extenderse la misma consideración a El acorazado Potemkin (1925), cuyo mensaje político no pesa tanto como su belleza visual, trágica e intemporal. Serguéi M. Eisenstein logró con la famosa escena de la matanza en las escaleras de Odesa reproducir el mismo clima de impotencia y terror que plasmó Goya en El 3 de mayo en Madrid o «Los fusilamientos», con ese pelotón de ejecución tan implacable y deshumanizado como los soldados del zar. En ninguno de los casos vemos el rostro de los verdugos, lo cual sólo agrava el sentimiento de indefensión y espanto. No alargaré esta reflexión preliminar abordando la obra de D. W. Griffith, que incluye un prodigio lírico como Intolerancia (1916) y una paradoja moral como El nacimiento de una nación (1915), donde el mal no estorba a la perfección formal, pero aprovecharé la ocasión para apuntar que la poesía forma parte del cine desde sus comienzos.
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Portrait of Jennie: una fantasía romántica
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Dirigida por William Dieterle y producida por el intenso y siempre excesivo David O. Selznick, Portrait of Jennie (1948) sufrió toda clase de dificultades desde su gestación y rodaje. Basada en un peculiar relato de Robert Nathan, el prestigioso Ben Hecht (Luna nueva, 1940; Encadenados, 1946; Me siento rejuvenecer, 1952) se encargó inicialmente del guion, pero su aportación se limitó al prólogo, que incluía citas de Keats y Eurípides, y una interrogación pascaliana sobre el destino del hombre en el infinito universo. Selznick escogió para este preámbulo un cielo sombrío y turbulento, que respondía más a su estética neorromántica y algo grandilocuente que a la concepción de Dieterle o de los responsables de fotografía. Ben Hecht se apartó del proyecto y ocuparon su lugar Paul Osborn y Peter Berneis. Con la supervisión de Selznick, Osborn necesitó cinco semanas para reescribir el guion. El operador, Joseph H. August, impuesto por Dieterle, murió cuando la película se aproximaba al final. Tras realizar los preparativos de un travelling, entró en el despacho de Selznick y se acomodó en un sillón. «Creo que ya está, me siento satisfecho», exclamó con una sonrisa, antes de que le fulminara un infarto. Su muerte provocó la consternación de todos.
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Tequila, el rock de la Transición
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

No tengo nada contra el Dúo Dinámico, pero a los catorce años yo me enamoré de Tequila con un fervor adolescente que me hizo detestar la música española anterior. Ahora sé que había otros grupos, otros pioneros del pop-rock, pero en esa época yo asociaba el castellano a la canción melódica, donde prevalecía lo cursi y bobalicón. Conocía a Miguel Ríos, pero no me decía gran cosa. Su Himno a la alegría no estaba mal, pero no me parecía rock de verdad. No conocí a Burning hasta que la película de Fernando Colomo popularizó ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste? Me gustó la poderosa voz del solista Toño Martín y la guitarra de Pepe Risi, pero Matrícula de Honor (1978) me hizo pensar que perdía el tiempo con Emerson, Lake & Palmer, Yes y Genesis.
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La mala leche de los hombres bajitos
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Ser bajito no es una desgracia. Es una señal del destino que invita a seguir la estela de Alejandro Magno, Julio César o James Dean. No es cierto que todos los dictadores sean bajitos. Hitler medía un metro y setenta y dos centímetros, una estatura normal para su época. Idi Amin, dictador de Uganda y asesino de masas, superaba el metro y noventa. El general Ratko Mladić, Slobodan Milošević, Augusto Pinochet y Jorge Rafael Videla –cuatro nombres para la historia de la infamia‒ no eran precisamente bajitos. Hay criminales de todas las tallas, pero no está de más romper un falso estereotipo. Los hombres bajitos no tienen mala leche por ser bajitos. Los hombres bajitos tienen mala leche porque están hasta las narices de que les atribuyan un carácter irascible. En realidad, son como un valiente fox terrier. Si los dejas tranquilos, no te morderán y fingirán que no les molestan tus caricias, pero si les buscas las cosquillas, te atacarán con ferocidad. Conviene recordar que el fox terrier no es un perro de compañía. No es Milú, con su eterna alegría de perrito faldero e inofensivo.
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