La guerra civil española en el cine
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

No soy un experto en las películas realizadas sobre la guerra civil española, pero sí puedo apuntar que el fin de la dictadura no acarreó una perspectiva ecuánime del acontecimiento más trágico de nuestra historia reciente. Quizá porque con la Transición llegó la hora de ajustar cuentas y mostrar otra versión de los hechos. Películas como Sin novedad en el Alcázar (Augusto Genina, 1940), Raza (José Luis Sáenz de Heredia, 1942) o Balarrasa (José Antonio Nieves Conde, 1951) ofrecían una visión caricaturesca del bando republicano, atribuyéndole toda clase de perversiones morales e ideológicas. Los «rojos» eran seres demoníacos con rasgos orientales, cuya meta era destruir la civilización occidental, perpetrando todas las atrocidades imaginables. Las películas del régimen ocultaban sistemáticamente el fondo de barbarie e intolerancia que había forjado el espíritu de los sublevados. Basta recordar algunas frases de los ideólogos de las políticas de exterminio para comprobar que nunca se buscó la paz, el diálogo o el entendimiento con el adversario. 
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Gene Kelly bajo la lluvia
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Cantando bajo la lluvia (Singin’ in the Rain) ha pasado a la historia como uno de los musicales más optimistas y luminosos de Hollywood, pero su rodaje constituyó un verdadero infierno, donde un perfeccionista Gene Kelly exigió esfuerzos sobrehumanos a Debbie Reynolds y Donald O’Connor, que años más tarde evocarían sus escenas como una de las experiencias más difíciles de sus vidas. O’Connor necesitó una semana de reposo después de sus célebres acrobacias en «Make ’em Laugh» y Reynolds acabó con los pies ensangrentados tras repetir hasta ocho veces la coreografía de «Good Morning».

Dirigida por Gene Kelly y Stanley Donen, Cantando bajo la lluvia narra las penalidades de un productor y un grupo de estrellas durante la transición del cine mudo al cine sonoro. Ambientada en Los Ángeles, la acción discurre en 1927, una época en la que Hollywood encarna el glamur y la vitalidad de los felices años veinte, rebosantes de ingenio, sofisticación y excesos. 
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Charles Chaplin: tres imágenes del siglo XX
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

¿Puede condensarse el siglo XX en tres imágenes? Parece una tarea imposible, pero el genio de Charles Chaplin lo consiguió en tres secuencias memorables, componiendo un retablo de celuloide sobre el Hambre, el Amor y la Libertad. La primera se encuentra en La quimera del oro (1925), cuando un Chaplin torturado por el hambre cocina una bota en una sartén. Atraído por la fiebre del oro, el famoso vagabundo ha buscado refugio en una casa ruinosa levantada en Klondike, una región del territorio del Yukón, en el noroeste de Canadá, cerca de la frontera con Alaska. En el exterior, una tormenta de nieve sopla sin cesar. La mala suerte ha querido que el inofensivo y pintoresco vagabundo se haya colado sin saberlo en la madriguera de un fornido asesino con aspecto de ogro. Con su dulzura habitual, el vagabundo prepara la cena en una sartén. Comprueba con el tenedor que la bota haya adquirido el punto ideal, limpia con mimo el plato que le extiende su siniestro acompañante, afila los cubiertos con habilidad de gourmet, extrae los cordones como si fueran dos espaguetis y divide en dos el manjar. 
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Buster Keaton: El héroe del río
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Cuando en Cantando bajo la lluvia (Gene Kelly-Stanley Donen, 1952) el productor R. F. Simpson (Millard Mitchell) proyecta en su mansión unos breves minutos de cine sonoro ‒un prodigio inesperado en un Hollywood con grandes estrellas que hasta entonces nunca se habían planteado el reto de añadir su voz a unas interpretaciones afectadas y barrocas‒, una actriz con aspecto de vampiresa exclama despechada: «¡Vulgar, insufriblemente vulgar!» Su aristocrático desdén no frenará el vertiginoso avance del cine sonoro, que expulsará a los grandes divos y divas de su paraíso de celuloide. De joven, no prestaba demasiada atención a esta escena, pues el cine mudo no me decía gran cosa. Ahora, en cambio, creo que la actriz tenía cierta razón. No puedo despreciar el cine sonoro, pues sus años dorados me han regalado –y siguen regalándome‒ momentos inolvidables, pero el cine mudo me parece más delicado, más poético. Hace unos días, volví a ver El héroe del río (Steamboat Bill, Jr., 1928), una película deliciosa interpretada y dirigida por Buster Keaton. 
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Malos de película
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

No me gustan los canallas del mundo real. Jamás he comprendido la fascinación que despertaba Charles Manson, con su mirada de trasgo maléfico y su esvástica tatuada en la frente. En cambio, me gustan los malos de película, particularmente cuando su perversidad roza lo grotesco e inverosímil. Me encanta Lee Marvin en Los sobornados (Fritz Lang, 1953), interpretando a Vince Stone, un gánster fanfarrón, sádico y hortera. La escena en que arroja café hirviendo sobre la cara de la hermosa Debby (Gloria Grahame) constituye uno de los momentos más sobrecogedores de la historia del cine negro. El talento y la sensibilidad de Lang nos ahorran el horror explícito. Sólo vemos la cara enloquecida del gánster, la cafetera hirviendo y, poco después, a Debby chillando, con el rostro enterrado en las manos. El instante en que se consuma la cobarde agresión acontece fuera de campo. Si Lang hubiera optado por lo explícito, el terror se habría mezclado con el asco, menoscabando el efecto dramático. 
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Finales de película
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Los finales perfectos sólo existen en el cine. Quizá dejan una huella tan duradera en la memoria colectiva porque nos hacen soñar con un mundo donde los buenos triunfan o, en el peor de los casos, fracasan con dignidad. ¿Quién no recuerda el final de ¡Qué bello es vivir! (It’s a Wonderful Life, Frank Capra, 1946), con George Bailey (James Stewart) leyendo la dedicatoria escrita por Clarence, su ángel de la guarda, en un viejo y gastado ejemplar de Tom Sawyer? Interpretado por el entrañable Henry Travers, Clarence le recuerda que los hombres con amigos nunca fracasan. Y es cierto. Al menos en la película, donde todos los amigos de George acuden a ayudarle en su hora más trágica, entonando la vieja canción escocesa «Auld Lang Syne», que celebra los lazos de afecto y comunidad. ¡Qué bello es vivir! es un cuento de hadas en el que la intervención de un ángel evita el suicidio de George, desesperado por la expectativa de la ruina, el escándalo y la cárcel. Su tío Billy (un magnífico Thomas Mitchell) ha extraviado ocho mil dólares de la pequeña compañía de empréstitos que dirige, casi una entidad filantrópica que presta dinero a bajo interés y construye viviendas sociales para familias de escasos recursos. 
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Roberto Rossellini: Francisco, juglar de Dios
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

«¿Sólo hay olvido, ni niebla de memoria / bajo las hierbas rústicas?», se pregunta José Jiménez Lozano. Francisco de Asís respondería que no. El amor imprime a la vida una dimensión última y profunda. La alegría y la fraternidad siempre perduran. Son la semilla del porvenir y no una niebla que se disipa lentamente en la memoria. Francisco de Asís no es un santo más, sino un modelo de humanidad que ha inspirado a creyentes y no creyentes. Su amor a la naturaleza constituye un ideal de armonía entre el hombre y el resto de los seres vivos. Unas flores silvestres son suficientes para experimentar la dicha y la plenitud que nos proporciona el sentimiento de comunión con las cosas. Comunión significa amor y el amor nunca puede ser tibio. Francisco amó ardientemente la vida, comprendiendo que nada es insignificante. Una bandada de golondrinas, ruidosa, alegre y aparentemente pueril, nos adentra en la eternidad, sin que apenas lo advirtamos. 
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Sam Peckinpah: Duelo en la alta sierra
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Duelo en la alta sierra es un western melancólico y sombrío que narra la decadencia del Viejo Oeste. Sus protagonistas, Steve Judd (Joel McCrea) y Gil Westrum (Randolph Scott) son dos hombres de acción que han superado los cincuenta años. Sin familia ni hogar, trabajaron juntos como agentes de la ley, pero ahora sobreviven malamente, vagabundeando sin rumbo fijo. Steve Judd presta sus servicios como escolta y guardia de seguridad. Serio, parco en palabras y levemente irónico, siempre actúa dentro de la ley. No es un mercenario ni un aventurero. Aunque su cabeza se ha cubierto de canas y necesita gafas de vista cansada para leer, todavía maneja con destreza el revólver y los puños. Su autoestima se basa en la fidelidad a la palabra dada y el trabajo bien hecho. Preferiría morir antes que traicionar a quienes han confiado en él. Westrum opina de otro modo. Disfrazado de Buffalo Bill, recorre los pueblos como feriante, desplumando a los ingenuos. Su caseta de tiro al blanco proporciona beneficios porque ha trucado las armas. Acompañado por el joven Heck Longtree (Ron Starr), que utiliza la velocidad de un camello en las distancias cortas para ganar en las carreras de caballos, tiene la moral del buscavidas: no perder ninguna oportunidad, ser astuto y prescindir de los escrúpulos.
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Richard Brooks: Los profesionales
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Los profesionales (The Professionals, 1966) contiene algunos de los mejores diálogos de la historia del cine: «¡Es usted un bastardo!», exclama Joe Grant (Ralph Bellamy), un poderoso hacendado que ha contratado a Henry «Rico» Fardan (Lee Marvin) y a otros tres especialistas para rescatar a su esposa María (Claudia Cardinale) de su presunto secuestrador, Jesús Raza (Jack Palance). Fardan contesta: «Sí, es cierto, pero en mi caso es un accidente de nacimiento. En cambio usted... Usted se ha hecho a sí mismo». Al principio, Raza era un revolucionario a las órdenes de Pancho Villa, pero ahora sólo es el jefe de una partida de guerrilleros que intenta sobrevivir de cualquier modo. Aunque sigue luchando contra las tropas oficiales en nombre de la revolución, no desperdicia la ocasión de desvalijar a todo el que se cruza en su camino, especialmente si se trata de un gringo. 
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David Miller: Los valientes andan solos
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Un cowboy en mitad del desierto evoca la libertad de un tiempo sin muros, vallas ni fronteras. Cuando se rodó Los valientes andan solos (Lonely Are the Brave, 1962), el viejo Oeste ya sólo era un tímido recuerdo, pero aún quedaban cowboys que sobrevivían conduciendo rebaños o participando en rodeos. Su existencia ambulante cada vez despertaba más recelos, pues se asociaba a un individualismo irreductible que solía desembocar en reyertas y conductas asociales. John W. «Jack» Burns, interpretado por un sobresaliente Kirk Douglas, pertenece a esa clase de hombres. No tiene domicilio ni un simple papel que acredite su identidad. Profundamente apegado a su caballo «Whiskey», duerme al raso y ha descartado formar una familia. Sólo se siente a gusto en campo abierto, sin otro techo que el sol y las estrellas. Quizá por eso Los valientes andan solos comienza con un plano general del desierto. Se trata de un espacio salvaje y casi ilimitado, sin vestigios de la civilización humana.
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