Agosto 2020
Revista de Libros
REVISTA DE LIBROS DESCANSARÁ POR VACACIONES HASTA EL MES DE SEPTIEMBRE
Joana. Diálogo con Joan Margarit
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Conocí a Joan Margarit en la librería Rafael Alberti durante un recital celebrado en un pequeño y acogedor entresuelo, donde los humanos compartían espacio con los libros, fundidos en una deliciosa promiscuidad. El escenario, nada grandilocuente, invitaba a la cercanía y el diálogo. Fue el diez de abril de 2002. Recuerdo la fecha porque Margarit me dedicó su libro más hermoso, Joana. Las palabras que escribió para mí hablaban de la trágica muerte de su hija y de la prematura pérdida de mi padre, que le comenté durante una breve conversación. Cuando observé la fotografía de su hija en el interior del libro, pensé de inmediato en mi hermana Rosa, ambas maltratadas por los caprichos de la biología. Se trata de una imagen en blanco y negro de escasa calidad. Joana apoya la cabeza sobre el hombro de su padre. Sonríe con aparente despreocupación, pero se advierte su fragilidad.
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Inconsolable: diálogo con Javier Gomá
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

La muerte del padre siempre produce una herida, pero su extensión y profundidad depende del momento en que acontezca. Perder al padre en la madurez nos recuerda la propia finitud y nos hace experimentar un inesperado desamparo. Nuestra vida ya ha rodado un buen trecho y los años que nos quedan serán el escenario de nuevas pérdidas. Los seres queridos que nos han acompañado durante años nos dejarán un día, quizás no muy lejano. Nos espera la última vuelta del camino y, después, la oscuridad. Quizás exista algo más, pero se esconde a nuestra mirada. La nada parece ser la estación final. Yo pasé mi niñez y juventud en el barrio de Argüelles. Desde el balcón de mi casa, contemplaba cada mañana los árboles de la Casa de Campo, desfilando hacia el horizonte.
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Sucederá la flor: diálogo con Jesús Montiel
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Twitter, escenario de tantas confrontaciones estériles y vergonzosas, se ha convertido para mí en un espacio de encuentro y felices hallazgos. Desde mi retiro en las afueras de un pueblo castellano, Twitter es una ventana al mundo, con todo su bullicio, riqueza y -¡ay!- miseria. Enamorado del silencio y la soledad, los libros son mis ángeles custodios, los amigos que nunca defraudan mis expectativas de belleza, sabiduría y serenidad. Salvo excepciones, leo poco a mis contemporáneos, pero de vez en cuando me asomo al caudal de novedades que inunda las librerías. No había leído nada de Jesús Montiel hasta que comentó una de mis publicaciones en Twitter, un artículo –o, para ser más exacto, un testimonio- sobre los últimos años de mi madre.
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El destino se llama Olga Merino
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Nunca he creído en el destino. Siempre he contemplado con escepticismo la posibilidad de una trama fatal que dirija nuestras vidas. Sin embargo, el encuentro —hasta ahora virtual— con Olga Merino ha sido providencial. No había leído ninguno de sus libros, pero un artículo sobre La forastera, su última novela, llamó poderosamente mi atención. Ambientada en lo que se ha llamado «el triángulo de los suicidios», un paraje situado entre los pueblos de Lucena, Rute e Iznájar, provincia de Córdoba, narra la historia de Ángela, una mujer de mediana edad con un pasado bohemio y prolijo en excesos. Hija de unos humildes emigrantes andaluces, vuelve al pueblo de sus padres, donde poco a poco descubre que es el último fruto de un linaje salpicado de suicidios. No necesité leer más para experimentar una honda conmoción. Mi padre era de Córdoba y el suicidio también formaba parte de su historia familiar. La última víctima había sido mi hermano Juan Luis. Un suicidio no es una muerte más. Cuando algún ser querido se quita la vida, abre una herida que nunca se cierra del todo.
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Retorno a Brideshead: la sombra del edén
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Siempre es jactancioso hablar en nombre de una generación, pero creo no equivocarme al afirmar que Retorno a Brideshead fue algo más que una serie televisiva para los que nacimos alrededor de 1960. Yo la vi mientras estudiaba primero de filosofía y creía advertir en ella la sombra del Edén. Corría el año 1982 y la Movida reinaba en la noche de Madrid. En esas fechas, escuchaba complacido a Nacha Pop, Los Secretos y Los Elegantes. Me parecían los grupos más cercanos al movimiento mod, una subcultura que amaba el ska jamaicano, el garage rock, los scooter y exhibía al mismo tiempo cierto dandismo. Solía llevar americanas de cuatro botones, corbatas estrechas y gafas de sol, incluso cuando era de noche. Sin embargo, sentía admiración por la moda inglesa y fantaseaba con tener el aspecto de un profesor de Oxford en los años veinte. Cuando descubrí Retorno a Brideshead, emitida en un horario estelar, decidí cambiar de imagen. Lo primero que hice fue comprarme una americana de tweed con coderas, una corbata de rayas y unos zapatos Oxford de cordones, lo cual provocó el estupor de mis amigos. Con ese aspecto, sentía que estaba más cerca de la sombra del Edén, cuando la belleza aún era un imperativo moral y la elegancia un gesto de gratitud hacia la vida.
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Tintín en el Congo: un boy-scout en el corazón de las tinieblas
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Los universos que se expanden no alcanzan su esplendor hasta que se consolidan y desarrollan todas las fuerzas que participan en su devenir. Después de Tintín en el país de los soviets, Hergé mejoró su estilo y adquirió más pericia narrativa, pero aún era un principiante que pulía su talento, dibujando una página semanal. Todavía no era capaz de crear una trama compleja con personajes de irrepetible humanidad. Católico y conservador, sus prejuicios lastraban su trabajo. En aquellos años, Roma aún se movía en una perspectiva sumamente tradicionalista y se mostraba reacia a las libertades democráticas. La influencia del autoritario padre Wallez, antisemita y simpatizante del fascismo italiano, frenaba el proceso de maduración del joven Georges Remi, abocándole a repetir tópicos y estereotipos. Su visión de otras naciones o territorios surgía de valores que hoy nos parecen inadmisibles: la superioridad de la civilización europea sobre el resto de las culturas, el miedo al progreso y los cambios sociales, la hegemonía del hombre sobre la naturaleza. Tintín en el Congo atenta contra el igualitarismo democrático y la moderna sensibilidad ecológica.
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Irazoki y las gotas contadas
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Las aberraciones de la historia merman nuestra fe en el hombre, pero cada vez que surge la voz de un poeta fieramente humano se restablece nuestra confianza, revelándonos que la ternura y la inteligencia hacen retroceder a las pasiones más indignas. Francisco Javier Irazoki (Lesaka, 1954) es un hombre bueno y eso se transparenta en su poesía, luminosa, humilde y esperanzadora. La excelencia moral no es siempre garantía de excelencia artística, pero cuando ambas virtudes convergen el resultado es altamente inspirador. El contador de gotas es la última entrega de una trilogía que comenzó con Los hombres intermitentes y continuó con Orquesta de desaparecidos. Se trata de un tríptico autobiográfico, donde una suave melancolía convive con un acendrado optimismo vital. Irazoki nunca ha caído en la trampa del pesimismo. Conoce el dolor, pues ha sufrido accidentes y pérdidas, pero nada le ha hecho repudiar la vida. Su concepto de la existencia excluye lo sobrenatural. No hay ninguna referencia a Dios. Nunca deplora la finitud. Como diría su entrañable amigo Fernando Aramburu, «un paseo por la vida es suficiente». Irazoki es un poeta intimista y con grandes dotes de introspección, pero nunca le ha dado la espalda a  la realidad. Su voz se ha alzado contra el terrorismo de ETA, cuidando la memoria de las víctimas. Su coraje cívico nunca se ha oscurecido con sentimientos de rencor o revancha. Simplemente, se ha distanciado de los corazones endurecidos que han bañado de sangre su tierra natal, escarneciendo su tradicional espíritu de paz y acogida.
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Tintín en el país de los soviets
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Hergé describió Tintín en el país de los soviets como «una transgresión de juventud». Durante mucho tiempo se opuso a su reedición y cuando al fin salió de nuevo a la luz —principalmente para contrarrestar las ediciones piratas de mediocre calidad que circulaban a precios astronómicos—, afirmó que el álbum debía leerse como «un juego» y no como una obra de creación, pues aún se hallaba muy lejos su madurez artística. A diferencia de otras aventuras, Tintín en el país de los soviets nunca se reelaboró ni coloreó. Solo hace un año apareció una edición en color en el ámbito franco-belga. He visto algunas planchas y no me desagradan. Es el único álbum que leí ya de adulto. Conocí su existencia durante los años de la universidad, pero su fama de tebeo reaccionario me disuadió, si bien no apagó mi lealtad hacia el joven reportero que tan buenos momentos me había proporcionado durante mi niñez y adolescencia. Aún recuerdo emocionado los días en que mi madre aparecía con un nuevo álbum, pidiéndome que lo empezara después de acabar los deberes. Para mí, la felicidad era tumbarme de espaldas en una alfombra, con la cabeza apoyada en Tristán, mi pastor alemán, y con una aventura de Tintín en las manos, mientras escuchaba a los Beatles en un rudimentario tocadiscos y satisfacía mi apetito con unas esponjosas magdalenas bañadas en leche caliente.
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Las ensoñaciones de un gourmet solitario: de paseo con Jiro Taniguchi y Masayuki Kusumi
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Nunca había pensado en mis primeros veinticinco años de vida desde el punto de vista de la gastronomía. Pasé ese tiempo en el barrio de Argüelles, una zona de Madrid bendecida por el Parque del Oeste y con vistas a la Casa de Campo. Miguel Delibes decía que era «un hombre de fidelidades». Yo podría decir que soy «un hombre de manías». Una de mis manías es la nostalgia. Miro constantemente hacia atrás. No aborrezco el presente, pero nada me produce más satisfacción que recordar. Vuelvo una y otra vez a los escenarios de mi niñez y adolescencia. En el barrio de Argüelles, acontecieron algunas de mis experiencias más queridas: mis primeros tebeos, mis primeros indios de plástico, mis primeros helados, mis primeros libros de Jules Verne y Enid Blyton, mis primeros álbumes de Tintín. En la esquina de Rosales y Marqués de Urquijo se hallaba la heladería Bruin, donde preparaban helados de todos los sabores acompañados de crujientes barquillos. Yo sentía debilidad por los helados de fresa, chocolate y yogur. Sin embargo, no soportaba los helados de coco. A veces pedía uno de vainilla, pero siempre me arrepentía. El sabor a fresa me recordaba el mundo de Disney, con sus delicias y sus perversiones. El chocolate me hacía pensar en Moulinsart, con Tintín y Haddock contemplando el jardín desde un salón salpicado de adornos marineros, como anclas, catalejos, brújulas, sextantes y veleros en miniatura. El yogurt me traía a la mente las aventuras de los Cinco, siempre en busca de tesoros escondidos. La lectura de El gourmet solitario, del ilustrador Jirō Taniguchi y el guionista Masayuki Kusumi, ha desencadenado en mi memoria un efecto parecido al de la magdalena de Proust, si bien el proceso ha sido distinto, pues algo desconocido ha rescatado viejos recuerdos adormecidos. Por primera vez, me he asomado a mi juventud desde la perspectiva de los sabores, comprendiendo que hay una conexión directa entre el cerebro, taller de las ideas, y el estómago, inesperado laboratorio de recuerdos.
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Mitos de celuloide
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

El cine es el Olimpo del siglo XX. Sus grandes estrellas son algo más que actores. Encarnan actitudes existenciales, anhelos y sueños, miedos y deseos. Son el eco de las fantasías que se agitan en el inconsciente colectivo, arquetipos que han sobrevivido al paso del tiempo, expresando nuestro concepto de la integridad, la belleza o el mal. Para muchas generaciones, el Atticus Finch de Gregory Peck (Matar a un ruiseñor, 1962) simboliza la honestidad en su forma más hermosa. Atticus transmite dignidad en cada fotograma, con su conducta ecuánime y serena. Por el contrario, el Norman Bates de Anthony Perkins (Psicosis, 1960) constituye la personificación de lo más terrorífico y perverso. Norman es tímido y vulnerable, quizás por eso resulta más perturbador. A veces el mito y el actor se superponen, como sucedió con Marilyn Monroe, quintaesencia de la sensualidad y criatura herida por las pérdidas y los fracasos. Superficialmente, la Monroe es un mito sexual, pero solo hay que escarbar un poco para advertir su trágica fragilidad. 
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