Frank Capra, o la locura de vivir
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Se acusa a Frank Capra (Bisacquino, Sicilia, 1897-La Quinta, California, 1991) de sentimentalismo e ingenuidad, pero Arsénico por compasión (Arsenic and Old Lace) es una comedia irreverente, chispeante y provocadora que escarnece los prejuicios y los convencionalismos de la América blanca, anglosajona y protestante. Basada en la obra teatral de Joseph Kesselring, que obtuvo un enorme éxito en Broadway, Arsénico por compasión relata la historia de dos encantadoras viejecitas que alquilan habitaciones a hombres mayores, melancólicos y solitarios, con la intención de envenenarlos. Aparentemente inofensivas, tía Abby (Josephine Hull) y tía Martha (Jean Adair) no se mueven por instinto homicida, sino por la piadosa intención de aliviar el sufrimiento de ancianos sin familia, que ya no esperan nada de la vida. Su sobrino Mortimer (Cary Grant) no sabe nada. De hecho, cree que sus tías son un ejemplo de bondad y ternura. Mortimer es un conocido crítico teatral, que se ha hecho famoso escribiendo libros contra el matrimonio, con títulos tan beligerantes como La Biblia del soltero y El matrimonio: fraude y fracaso. Su desafiante soltería se desvanecerá al casarse con la dulce y atractiva Elaine Harper (Priscilla Lane), sobrina de un pastor luterano que vive cerca de sus tías. 
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The Wire: «The game is the game»
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

No es un secreto que, en el cine de las cuatro últimas décadas, el negocio del entretenimiento se ha impuesto sobre el anhelo de creatividad. Salvo excepciones, las películas y las series televisivas descuidan los guiones, intentando apabullar al espectador con sofisticados efectos especiales. No es el caso de The Wire, la serie creada por David Simon y Ed Burns, que en sus sesenta episodios emitidos entre junio de 2002 y marzo de 2008 se esforzó en elaborar una historia compleja, inspirándose en muchas ocasiones en los mitos la Grecia clásica. Así lo reconoció David Simon, periodista de The Baltimore Sun durante más de una década: «Lo que me inspiró fue la tragedia griega, donde el destino ha condenado de antemano a dioses y humanos, sin reparar en su heroísmo, fuerza de voluntad o sentido ético». Ambientada en Baltimore, The Wire se divide en cinco temporadas. Aparentemente, es una serie policíaca que recrea el trabajo de investigación de un grupo de policías para detener a los principales responsables del tráfico ilegal de drogas. El planteamiento no parece excesivamente original, pero desde las primeras secuencias se hace evidente que la serie es un fresco social, donde se abordan los diferentes aspectos de las modernas sociedades capitalistas.
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Cine políticamente incorrecto
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

¿Podría rodarse hoy en día una película como El nido, de Jaime de Armiñán? Estrenada en 1980, narra el enamoramiento entre un director de orquesta viudo y sesentón, y una chica de trece años, hija de un guardia civil. Héctor Alterio interpreta al viudo y Ana Torrent a la niña. Aunque se trata de un amor platónico, lleno de fantasía, lirismo y ternura, el espectador actual reaccionaría con horror, acusando al director de componer una elegía de la pederastia. Leonor Izquierdo también era hija de un guardia civil y sólo tenía quince años cuando se casó con Antonio Machado, un profesor de francés de treinta y cuatro. El idilio había comenzado dos años atrás, cuando el poeta se alojó en la pensión que regentaban los tíos de Leonor. Acababa de llegar a Soria y era un hombre tímido, serio, taciturno y escasamente atractivo. El matrimonio no duró demasiado. La tuberculosis acabó con Leonor a los veinte años. No es un secreto que la pareja fue muy feliz, pues la joven esposa se identificó con la labor poética de su marido, compartiendo inquietudes, anhelos y proyectos. Antonio Machado nunca superó la pérdida.
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Dunkerque: la guerra desde dentro
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

La primera escena de Dunkerque (Christopher Nolan, 2017) sobrecoge con su silencio opresivo y sombrío, adelantando el estilo que se desplegará durante el resto de la película. No es una escena oscura o fatalista, sino luminosa y nítida, con unos colores hiperrealistas y unos perfiles limpios, abrumadores, casi hirientes. Rodada en 70 mm. y con tecnología fotoquímica, el grado de resolución equivale a 18K en digital. Aunque las características originales únicamente pueden apreciarse en una sala IMAX (en España, sólo hay una en Barcelona), la proyección en formato digital transmite unas sensaciones poderosas que recuerdan las explosiones de luz de la pintura impresionista. La imagen de un pequeño grupo de soldados británicos deambulando por el vacío de una Dunkerque apresuradamente evacuada evidencia la fragilidad de la vida humana en un contexto de violencia. La falta de agua, la escasez de comida, la privación de placeres sencillos, como fumar un cigarrillo o un dar un simple paseo, el anhelo de vivir libre de cualquier sombra de miedo o incertidumbre, crean una atmósfera de vulnerabilidad que adquiere una dimensión dramática con la lluvia de pasquines de las fuerzas alemanas, invitando a las tropas aliadas a rendirse para sobrevivir. 
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El instante más oscuro: Churchill en el metro
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

La sombra de Galípoli siempre persiguió a Winston Churchill. Su estrategia de abrir un segundo frente en Turquía durante la Gran Guerra se saldó con un estrepitoso fracaso. La batalla de los Dardanelos le costó doscientas cincuenta mil bajas al Imperio Británico. El eco de las ametralladoras otomanas aún se escuchaba el 10 de mayo de 1940, cuando Jorge VI, no sin grandes reservas, le encargó formar un nuevo gobierno tras la dimisión de Neville Chamberlain, cuyo pacto con Hitler en Múnich había despertado un airado y profético comentario del «carnicero de Galípoli»: «Os dieron a elegir entre el deshonor y la guerra. Elegisteis el deshonor, y tendréis la guerra». El director británico Joe Wright (Londres, 1972), que ya había explorado el escenario de la Segunda Guerra Mundial en Expiación (2007), escoge ese momento crítico para abordar la fascinante personalidad de Winston Churchill, interpretado por Gary Oldman. La elección de Gary Oldman no se ha basado en una inexistente semejanza física, sino en su tendencia a la sobreactuación, que refleja perfectamente el histrionismo del primer ministro británico. Oldman es un notable actor con una filmografía más bien mediocre. 
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La interminable caída de Walter White
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Sería absurdo realizar un juicio moral sobre Breaking Bad, la serie creada y producida por Vince Gilligan. Walter White (Bryan Cranston) no encaja en una fábula sobre el bien y el mal. Sólo es la encarnación del sueño del hombre corriente, abocado a una existencia mediocre y sin alicientes. Casi todos los que vivimos encadenados a una rutina, fantaseamos con ser otro. Cuando el horizonte está acotado por el pago de la hipoteca, las obligaciones laborales y una sexualidad mortecina, resulta tentador imaginarse en la piel de un gánster. Walter White es un pobre diablo, un profesor de química en un instituto de enseñanza media. Es el padre de Walter «Flynn» White, Jr. (RJ Mitte), un adolescente con parálisis cerebral, y está casado con Skyler (Anna Gunn), una mujer convencional y algo cursi que espera otro hijo y anhela triunfar como autora de cuentos infantiles. Skyler tiene una hermana, Marie, neurótica, obsesiva, chismosa, entrometida y cleptómana. Su marido Hank (Dean Norris) es un macarra desinhibido que trabaja en la DEA. White no es un profesor carismático y querido, sino un hombre cansado y desilusionado, que ejerce la función docente con los automatismos de un burócrata.
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¿Qué es una crítica de cine?
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Mi afición al cine procede de mi infancia. Sé que no es nada excepcional, pero no está de más señalar que –en mi caso‒ esa inclinación se gestó entre los años sesenta y setenta, cuando aún constituía un acontecimiento que cualquiera de los dos únicos canales de televisión incluyera en su programación películas de John Ford, Alfred Hitchcock o Billy Wilder. En esa época, Fort ApacheCon la muerte en los talones o Testigo de cargo no eran viejas reliquias reservadas a un puñado de cinéfilos que ya han superado los sesenta años y que cada vez viven más en el pasado, sino estupendas películas que concitaban el interés de la mayoría de los espectadores, cuya sensibilidad demandaba buenas historias, grandes actores, una fotografía seductora y un director capaz de combinar los distintos elementos que componen la ficción cinematográfica. Si la memoria no me falla, el vídeo no llegó hasta los años ochenta y, en esas fechas, mi pasión por el cine ya era algo firme e indestructible, con sus filias y sus fobias. A los catorce años, ya tenía muy claro qué me gustaba y qué me desagradaba. Desde entonces, mi criterio apenas se ha modificado.
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Sesión doble: Murieron con las botas puestas y Río Bravo
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

En los años ochenta aún había varios cines en el barrio de Argüelles, pero casi todos desaparecieron a la vez, incapaces de soportar la competencia del vídeo, que puso a disposición de las familias un creciente catálogo de clásicos y novedades a precios asequibles. Aunque todavía no habían aparecido las pantallas de grandes dimensiones, se impuso la comodidad de ver las películas en casa. Las generaciones que habían crecido con pequeños televisores de tubo en blanco y negro consideraron un lujo poseer una copia de CasablancaSolo ante el peligro o Testigo de cargo. Yo empecé una colección de cintas en VHS que creció hasta bordear el mágico número de mil películas. Cuando apareció el DVD y, algo más tarde, el Blu-ray, experimenté el mismo trauma que otros coleccionistas insaciables, pues de repente descubrí que había acumulado un formato condenado a extinguirse. Nos habían asegurado que las películas durarían siempre, que soportarían el paso del tiempo, pero el tiempo había pasado y se cobraba una vez más su tributo, evidenciando la irremediable caducidad de cualquier objeto o forma de vida. 
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Cicely, utopía en Alaska
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Doctor en Alaska (Northern Exposure) se emitió entre 1990 y 1995. Consta de ciento diez capítulos distribuidos en seis temporadas. Narra las peripecias de Joel Fleischman (Rob Morrow), un joven médico judío que ha crecido en Nueva York y ha realizado sus estudios en la prestigiosa Universidad Columbia. Ambicioso, neurótico, inteligente, republicano, aficionado al golf y el baloncesto, se costeó la carrera con una beca que le obligaba a prestar sus primeros cuatro años de ejercicio profesional en el Hospital General de Anchorage. Sin embargo, sus servicios no son necesarios en Anchorage y lo envían a Cicely, la Costa Azul de Alaska, donde no hay médico local. Cuando Joel llega a su inesperado destino, descubre que Cicely es un pequeño pueblo, cuya oferta comercial y cultural se reduce a un pequeño comercio, un bar y una rudimentaria sala de cine. Aunque está rodeado de naturaleza virgen, sólo es una calle por la que se pasean perros nórdicos, leñadores barbudos y nativos de rostro impasible. De vez en cuando, aparece un camión de gran tonelaje, con una carga de troncos recién talados y, raramente, un circo ambulante o un vendedor con una pequeña boutique sobre ruedas. 
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Levi’s 501
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

En la España de los sesenta del pasado siglo, los niños llevaban pantalones cortos hasta los nueve o diez años. Algunos se desprendían de ellos algo antes y otros un poco más tarde. Solía depender del desarrollo físico. Cuando el vello comenzaba a cubrir la piel, se imponía el pantalón largo por razones estéticas, pero también éticas. En esa época, el pudor era un criterio inapelable y, salvo en la playa, la piscina o el campo de fútbol, se consideraba moralmente recomendable no exhibir el cuerpo. Es cierto que algunos hombres mayores se atrevían con los pantalones cortos, especialmente en verano, pero no solía mirarse con buenos ojos, excepto cuando se pilotaba un barco de recreo o se pescaba en un espigón de una zona turística, donde las costumbres se relajaban gracias a la presencia creciente de extranjeros. Yo odiaba los pantalones cortos, como casi todos los niños, pues quería ser mayor y consideraba que el primer paso para avanzar en esa dirección consistía en deshacerse de una prenda tan ridícula como los peinados tipo tazón. No recuerdo exactamente cuándo estrené los anhelados pantalones largos, pero sí que experimenté cierta decepción. 
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