Diciembre 2020
Revista de Libros

Tecnología, productividad y renta universal (I)

por José Antonio Herce / Miguel Ángel Herce

En la entrada inaugural de este blog, y en la que le sigue, destacamos cómo el pensamiento y la obra de Walter Lippmann (periodista y pensador estadounidense muy influyente en la primera mitad del siglo XX) subyacería a muchas de las ideas y conclusiones que pensábamos presentar en Una buena sociedad. De hecho, medio prometimos elaborar aspectos del pensamiento y obra de Lippmann con más detenimiento en posteriores entradas. Y no creemos haber faltado del todo a nuestra palabra. Sin embargo, después de habernos ido por numerosas ramas durante los meses transcurridos desde entonces, queremos ser, en esta y la próxima entrada, más explícitos. Vamos a hablar en torno a la tecnología y la productividad, por un lado, y la distribución de lo producido entre las clases sociales, por otro lado; una cuestión que tuvo gran importancia para Lippmann … y para Carlos Marx.

Dado que la cantidad de comentaristas sobre tecnología, productividad o distribución (sin que las conecten necesariamente) es abundante desde Marx a Lippmann e innumerable desde los años finales de la tercera década del pasado siglo hasta hoy (la obra de Lippmann The Good Society fue publicada en 1937Walter Lippmann, An Inquiry into the Principles of the Good Society. New Brunswick and London: Transaction Publishers, 2005, publicado originalmente en 1937.), nuestra intención en esta entrada es presentar una conexión entre tecnología, productividad y renta universal (una de las posibles expresiones de la distribución) capaz de intrigar a nuestros lectores sin que tengamos que dejar la vida o, por lo menos, la salud en el empeño. Vamos a intentar ofrecerles, como diría nuestro paisano Marco Fabio Quintiliano, multum in parvo.

Describiremos en primer lugar cómo Lippmann considera que la desconexión entre la división del trabajo y la productividad, por una parte, y el sistema de instituciones legales y sociales, por la otra, es un proceso intelectual que lleva desde la Economía Política de los “old-time liberals” al Laissez faire, por una parte, y a Carlos Marx, por otra. A continuación, destacaremos cómo el avance tecnológico y la división del trabajo han ido reencontrándose con la distribución de la renta y la riqueza, y en especial con la noción de la renta universal, desde sus días hasta hoy. Y presentaremos nuestra descripción en la entrada de hoy y en la que le seguirá.

Desde la Economía Política al Laissez faire y a Marx

En términos muy generales, la productividad es fruto del sistema de división y organización del trabajo que se manifiesta en un contexto de normas legales e instituciones sociales con el que aquél interacciona y en el que se desarrolla. Pensadores desde David Hume (el intercambio es más que un juego de suma cero, en el sentido de ser mutuamente beneficioso) y Adam Smith (la división del trabajo, ni que decir tiene), hasta John Stuart Mill (algo más complicado, no cabe entre paréntesisDe John Stuart Mill dice Lippmann que, aun siendo un proponente del Laissez faire mal entendido (es decir, desconectado del contexto legal y social en que la división del trabajo se desarrolla), encontró numerosas excepciones en que lo deseable es que no operase sin trabas. Sin embargo, según Lippmann, Mill no fue capaz de sistematizar sus reflexiones en una teoría coherente. Lippmann establece una clara diferencia entre Mill (“a sensitive man in touch with practical affairs”) y Herbert Spencer (“a secluded doctrinaire”), para quien las trabas al Laissez Faire apenas tenían justificación. The Good Society, páginas 184-192.), a quienes Lippmann se refiere como los old-time liberals, entendían que lo técnico/económico y lo legal/social eran, por utilizar una metáfora particularmente afortunada en este caso, las dos caras de una misma moneda, a saber, el aumento progresivo de la riqueza.

Walter Lipman considera que, bajo la influencia de los economistas ingleses David Ricardo y John Stuart Mill (que publicaron sus respectivos tratados de economía política en 1817 y 1848), hasta 1930, en que Lippmann escribe The Good Society, la economía política de los old-time liberals pasa de considerar el aumento de la riqueza por medio de la tecnología productiva y su distribución en el contexto legal y social como partes de una disciplina única, a concentrarse casi exclusivamente en el análisis de la distribución, ya sea por medio de las “leyes naturales” de un malentendido Laissez faire, ya por las teorías de Marx, las cuales, todo hay que decirlo, arrancan del callejón sin salida que es la teoría del valor-trabajo de RicardoVéanse en especial los capítulos IX (The Great Revolution and the Rise of the Great Society) y X (The Debacle of Liberalism). La teoría del valor-trabajo postula, en su esencia, que el valor de cambio de los bienes se determina en proporción a la cantidad (horas) de trabajo que se necesita para producirlos. Por ejemplo, una capa de lana que requiere 20 horas de trabajo vale el doble que una silla que requiere 10 horas. Gérmenes de la teoría del valor-trabajo pueden encontrarse, según como se mire, en Aristóteles, Santo Tomás y los escolásticos, y, definitivamente, en Adam Smith y David Ricardo. Adam Smith entendía claramente que solo en economías primitivas podría tener sentido hablar del valor-trabajo, ya que en esas economías no se tienen en cuenta otros factores de la producción. Por su parte, y tras considerables esfuerzos para justificar la lógica de la teoría del valor-trabajo, David Ricardo llegó a la conclusión de que reducir la evidente heterogeneidad del trabajo a un común denominador era, a fin de cuentas, fútil. Los economistas que sucedieron a Ricardo (Wilfredo Pareto, León Walras y Alfred Marshall, entre otros) abandonaron la teoría del valor-trabajo como explicación del valor de cambio de los bienes, en favor de la teoría de los precios determinados por la oferta y demanda, y solo Carlos Marx y sus seguidores perseveraron en la teoría de que el trabajo, directa o indirectamente, era la medida del valor de cambio de los bienes y servicios producidos en una economía capitalista.. Podemos resumir así esta transición:

Los pensadores y economistas políticos que Lippmann considera old-time liberals (Hume y Smith) entienden que el aumento de la riqueza y su distribución están relacionados y que ambos aspectos requieren un sistema legal y social coherente en el que prosperar, pero no llegan a describir aquellas características de los sistemas legal y social que son coherentes con el aumento de la riqueza y su distribución entre las clases de la sociedad. David Ricardo, escribiendo en la segunda década del S. XIX, considera que el problema de aumentar la riqueza está resuelto y que solamente su distribución es relevante en el estudio de la naciente ciencia económica, ignorando el contexto legal y social, que considera exógenamente dado.

Los economistas políticos que siguen a Ricardo, desde John Stuart Mill a los denominados economistas neoclásicos (Stanley Jevons, John Marshall, León Walras y Wilfredo Pareto entre otros), van progresivamente refinando los conceptos de oferta y demanda de bienes como determinantes del sistema de precios que regula la asignación de los factores productivos, resultando en una “teoría natural” de la distribución según la cual las leyes de la demanda y oferta determinan la retribución de cada factor de la producciónNo estamos tratando de ser ni cínicos ni perversos. Creemos ser economistas cabales y reconocemos que, además del edificio formal de las teorías del equilibrio parcial y general en mercados de competencia perfecta, y sus implicaciones para la distribución de la renta y la riqueza, desarrolladas por los economistas neoclásicos, se produjeron, durante los años que median entre las dos guerras mundiales, el desarrollo de la Teoría General de John M. Keynes (1936), la teoría de la competencia imperfecta de Joan Robinson (1933) y muchos otros avances que demuestran la variedad y riqueza de la ciencia económica..

La emergencia de esta nueva teoría económica considera los sistemas legales y político sociales como exógenos al estudio de la economía, reforzando una noción elemental del Laissez faire, y conlleva la simplificación de los conceptos de productor (oferta) y consumidor (demanda), que se convierten en agentes anónimos y representativos interaccionando en mercados competitivos que funcionan sin fricción alguna gracias a la perfecta movilidad de factores productivos (capital y trabajo). A su vez, la perfecta movilidad de factores permite el ajuste de un equilibrio a otro cuando se producen cambios en la demanda o en la tecnología, que también se consideran exógenosEl modelo de agentes representativos con movilidad sin trabas de los factores en mercados perfectamente competitivos ocupó una posición prominente hasta la crisis generalizada de la Gran Depresión de 1929 y aún después de ella, hasta finales del S.XX y principios del XXI. Solamente tras la Gran Depresión, se comienzan a poner en cuestión de forma sistemática los fundamentos de esta teoría de la competencia perfecta y sin fricciones, y se abre la puerta a la intervención por parte del estado por medio de políticas económicas (Keynes, 1936). Y hasta los comienzos de la segunda mitad del S. XX no se construye una teoría del crecimiento económico propiamente dicha..

Por su parte, Marx volvió la cuestión de la distribución patas arriba al fijarse exclusivamente en los títulos de propiedad, mencionando de pasada, aunque con admiración, la enorme energía productiva del sistema de mercado, pero sin dar una sola muestra de que la entendía o de que tenía soluciones prácticas para guiar el ejercicio histórico que acabaría siendo el comunismo soviético.

No sabemos si existe un resumen del sistema marxiano, tal y como lo expone Walter Lippmann, como el que acabamos de hacer, y del que nos sentimos muy satisfechos (¿no es así, admirado gemelo?); creemos que no. Pero suspendan el juicio; no es culpa de Walter Lippmann. La razón es que una exposición más detallada no es necesaria para lo que queremos argumentar a continuación, en que sí nos detendremos con cierta pausa en algunas ideas sobre la redistribución de la renta, con apellidos tecnológicos y marxianos, generadas desde los 1930 hasta nuestros días.

Desde la tecnología a la renta universal

Durante los años en que Walter Lippmann estaba desarrollando las ideas que plasmaría en The Good Society, el intelectual de la tecnología Lewis Mumford venía preconizando la noción de “comunismo básico” (basic communism)Lewis Mumford, Technics and Civilization, A Harbinger Book, 1962, capítulo VIII.7, páginas 400-406. La primera edición se publicó en 1934. La reimpresión que manejamos es de 1962.. En sus elementos esenciales, la noción de comunismo básico de Mumford se basa en su creencia de que (1) la tecnología (the machine system) había llegado al extremo de poder garantizar una “oferta vital de consumo” (es decir, una parte reducida, pero indeterminada, de la producción total) en condiciones de perfecta igualdad para todos los individuos, y (2) de que el sistema capitalista necesitaba de los ajustes del comunismo básico para seguir siendo el modo de producción predominanteTechnics and Civilization, páginas 405-406. Mumford expresa las condiciones de igualdad como igualdad completa de renta (“with regards to the basic commodities, there would be complete equality of income”), pero también parece referirse a completa igualdad en la cantidad y calidad de los bienes incluidos en su oferta vital de consumo. El optimismo de Mumford sobre el poder de la tecnología (y los expertos) le hizo creer, además, que muchas tecnologías, como por ejemplo la imprenta o la telefonía, habían llegado a un extremo de perfección tal, que no evolucionarían más (véase su discusión en la sección VIII.11, con el título “The Diminution of the Machine”). Tal miopía no sería destacable de no venir de uno de los observadores de la tecnología más destacados de los cincuenta años intermedios del siglo XX. En su introducción a la reimpresión de 1962, Lewis Mumford afirma que, a pesar del progreso tecnológico desde la publicación original en 1934, sus ideas y conclusiones seguían intactas, concluyendo: ¡Nihil Obstat! En los años transcurridos desde que Lippmann y Mumford publicaran las obras que citamos, el desarrollo tecnológico ha seguido sorprendiendo y confundiendo a economistas e intelectuales. Destacaremos una serie de artículos que Paul Krugman, premio Nobel de economía y agudo columnista, publicó en 1996 y 1997, en que manifestaba serias dudas sobre los esperados impactos de la revolución digital que se estaba desatando por entonces, incluida su predicción en 1996 de que Deep Blue (el supercomputador de IBM que se enfrentó al campeón de ajedrez Gary Kasparov) nunca ganaría a Kasparov. Kasparov ganó en 1996 y perdió, con muy mal humor, en mayo de 1997, pocos meses después. Una historia fascinante, que supuso el nacimiento oficial de lo que hoy se denomina Artificial Intelligence (AI). Paul Krugman, “Wonders of technology, not so wondrous”, USA Today, December 12, 1996, 15A. https://www.nytimes.com/1996/09/29/magazine/white-collars-turn-blue.htmlhttps://web.archive.org/web/19980610100009/http://www.redherring.com/mag/issue55/economics.html.

Hemos de entender que, tras la Gran Depresión y el descrédito de los economistas clásicos con su insistencia en la inevitable recuperación del sistema de mercado, el progreso tecnológico ofreció a intelectuales como Lewis Mumford tentadoras visiones de progreso. En su crítica a Lewis Mumford, Lippmann utiliza el término “basic money income” para referirse al comunismo básico, al que considera como una renta universal avant la lettre facilitada por el progreso tecnológico que, sin llevar a la colectivización soviética en los Estados Unidos y en Europa, permitiera evitar el conflicto de clases que los efectos prácticos del malentendido Laissez faire y las crisis del sistema capitalista habían ayudado a generar. La crítica de Lippmann, y hay que entenderla en el contexto de los planes quinquenales de la Unión Soviética del momento, se centra en la imposibilidad de una planificación civil de un sector de la economía, incluso si este se limita a la producción de tan solo los bienes y servicios que formarían parte del comunismo básicoThe Good Society, Sección VI.7 (Civilian Planning), páginas 96-101..

Mutatis mutandis, hoy parecemos estar en un terreno intelectual similar, en lo que respecta a la promesa y la amenaza de la tecnología, al del comunismo básico de Lewis Mumford, entendido como Walter Lippmann proponía; es decir, como una renta universal facilitada por la revolución digital, y que serviría para rescatar al sistema de mercado de sus peores instintosVéase nuestra entrada del pasado 5 de junio, https://www.revistadelibros.com/blogs/una-buena-sociedad/que-base-para-legitimar-una-renta-basicarn..

¿Sabemos cómo entender las promesas, para realizarlas, y las amenazas, para evitarlas o minimizarlas, del cambio tecnológico en inteligencia artificial (AI, por sus siglas en inglés)? Las condiciones sociales y políticas hoy no son las de 1937, ni mucho menos, pero la crisis actual del sistema de bienestar surgido del consenso posterior a la segunda guerra mundial, los riesgos globales del cambio climático y, de su mano, la movilidad del factor humano en busca de seguridad y trabajo (movilidad muy cercana hoy, en su fluidez, a lo que los economistas clásicos imaginaron), son, todas ellas, tendencias que llevan décadas avisándonos; décadas que pueden convertirse, súbitamente, en años y que un chispazo tan descomunal como una pandemia puede condensar en meses. En nuestra próxima entrada, desarrollaremos las conexiones entre la tecnología y las varias nociones de renta universal que hoy vienen debatiéndose. Pero les dejamos este anticipo:

¿Hemos superado la ingenuidad y claridad de impacto del escritor checoslovaco Karel Kapek, quien escribió “R.U.R. (Robots Universales Rossum)” unos años antes de la Gran Depresión, en una época de optimismo, y cuya obra introdujo por primera vez la palabra “robot”? Les recordamos la frase final que el jefe de talleres Alquist, humano (pero no tanto) derrotado por los sentimientos mutuos de estos, dirige a los robots Primus y Helena: “Go, Adam, go, Eve. The world is yours Ve, Adam; ve, Eva. El mundo es vuestro”. R.U.R. es accesible en: http://preprints.readingroo.ms/RUR/rur.pdf..

28/10/2020

 
COMENTARIOS

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