A vueltas con la cuestión animal
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

Se trata de un episodio característico de nuestro tiempo, lo que quiere decir también sintomático de las patologías que se incuban en el cuerpo social: el llamado Movimiento contra la Intolerancia ha denunciado a la Fiscalía al filósofo Ernesto Castro por establecer en Twitter una comparación entre la industria cárnica y la maquinaria nazi. Su alusión venía a cuento de la apertura en Binéfar (Huesca) de un matadero con capacidad para matar y procesar hasta treinta mil cerdos diarios. Para los denunciantes, asombrosamente, el símil es un menosprecio de las víctimas de la barbarie nazi y, por tanto, una muestra de antisemitismo. ¡Delito de odio! No importa que esa misma comparación fuera realizada en su momento por el literato judío de origen polaco Isaac Bashevis Singer y haya sido reiterada después por figuras tan reputadas como la del también premio Nobel, J. M. Coetzee. De hecho, se trata de un razonamiento de doble dirección, pues Theodor Adorno y Marguerite Yourcenar sugirieron que el exterminio metódico de los judíos en los campos nazis se habría hecho imaginable gracias a la existencia previa de los mataderos industriales. Salta a la vista que no hay en ello ni sombra de antisemitismo, sino tan solo una manera particular de razonar sobre un tema incómodo que demasiado a menudo se despacha con la simple afirmación –no sustanciada– de la superioridad humana sobre los animales. Que algo así pueda llevarse ante los tribunales es triste prueba de la facilidad con la que el sentimiento subjetivo de la ofensa funciona hoy como palo en las ruedas de la argumentación racional.
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Observación de la catástrofe
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

Tal como ya sucediera el año pasado, sólo que con un mes de antelación, la mayoría de los europeos está sufriendo una ola de calor que nos recuerda cuán ardua podría ser la existencia en este planeta si se vieran sustancialmente modificadas sus condiciones ambientales. No está claro que estos episodios climáticos produzcan algún efecto duradero sobre nuestra percepción de la realidad, aunque hay motivos para pensar que van dejando huella en la opinión pública: no es descabellado apreciar un nexo causal entre la proliferación de fenómenos climáticos extremos y el mayor número de ciudadanos, incluso en Estados Unidos, que aceptan la tesis de que el cambio climático en curso es de origen antropogénico y se requieren políticas públicas destinadas a atenuarlo.
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Ocasiones de la palabra
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

Para comprobar que las palabras importan, basta con atender a uno de los aspectos que más han centrado la atención de la opinión pública española desde que hace dos años se publicase la sentencia que condenó por abuso sexual a los miembros de La Manada cuya condena acaba de ser elevada por el Tribunal Supremo. Ha entendido éste que puede darse por probada la intimidación que sus colegas de la instancia inferior no llegaron a contemplar, al subsumir los hechos probados dentro del abuso por prevalimiento. Se trata de tecnicismos, claro: los que se espera que contenga el Código Penal de una sociedad avanzada que refina en la mayor medida posible la distinción –y el castigo– entre conductas. Pero lo interesante del caso es que ya desde las primeras manifestaciones públicas la protesta fue unánime: «¡No es abuso, es violación!» A pesar de que, como se esforzaron por explicar incontables penalistas, tanto el abuso como la agresión son variantes de la violación. De ahí que una de las exigencias que se plantean a los expertos que debaten la reforma del Código Penal «con perspectiva de género» es que se reintroduzca en éste, con todas las letras, el delito de violación, que había desaparecido del mismo con su última reforma progresista.
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El teatro de la diferencia
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

Nadie diría, paseando por El Corte Inglés una tarde cualquiera, que vivimos en sociedades heterogéneas, fragmentadas y polarizadas hasta lo indecible. Pero así es, a juzgar por la actual composición de los parlamentos, los títulos de los ensayos a la venta y los discursos de nuestros líderes. La diversidad habría alcanzado así un punto de no retorno que compromete la viabilidad del sistema democrático: el cuerpo político se ha desmembrado y no parece poder reensamblarse fácilmente. ¡Somos demasiado distintos!

Pero, ¿tiene la premisa de la atomización suficiente verosimilitud sociológica? En una de las entrevistas que ha concedido desde que publicó su andanada contra las políticas de la identidad en Norteamérica, el historiador de las ideas Mark Lilla ha puesto de manifiesto la paradoja de la diversidad: «Lo que me asombra es que la política de las identidades sea ahora tan potente, justo cuando la gente joven de todos sitios es tan parecida». 
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Chernóbil no se acaba nunca
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

Durante una discusión sobre el cambio climático en un reciente congreso académico, un colega sueco apuntó que, si la energía nuclear fuese descubierta hoy, sería saludada de inmediato con entusiasmo como la anhelada solución al problema de la provisión de energía en un planeta sometido a un proceso de calentamiento global por efecto de la concentración de CO2 en la atmósfera. Y tenía razón: imaginemos por un momento el hallazgo súbito de una fuente de energía limpia, abundante y razonablemente segura. Pero la energía nuclear no ha sido descubierta ahora, sino que posee una historia que la provee de asociaciones simbólicas y afectivas; por eso cerramos centrales nucleares, en lugar de abrirlas, cuando más necesitaríamos su contribución al mix energético global. No importa lo que digan científicos tan destacados como James Lovelock, el padre de la Hipótesis Gaia, en defensa de la opción nuclear: Chernóbil y Fukushima, aunque sobre todo Chernóbil, operan en el imaginario occidental como una advertencia sobre los riesgos que comporta jugar con el átomo.
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Tacones cercanos
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

Hace unos días se lanzaba el último single de ese arrollador fenómeno del pop que es Rosalía, formidable cantante barcelonesa que avanza con paso firme hacia el estrellato global de la mano del productor canario El Guincho. De nuevo, la canción va acompañada de un vídeo  que, como en los anteriores casos, cumple una función esencial a la hora de proyectar la imagen de la cantante por medio de una imaginería que combina elementos de distinta procedencia: los iconos de la moda global, la estética barriobajera, el llamado nail art o arte de las uñas postizas que sirve de leitmotiv para la narración, los guiños a Tarantino y la primera década de este siglo. Aute Cuture, con su intencionado desatino ortográfico, pone en imágenes la historia de unas manicuristas ambulantes que desembarcan en un barrio marginal dispuestas a mostrar a las vecinas el poder redentor de la beautificación, todo ello a golpe de beats dignos de Kanye West o Beyoncé como envoltorio para unos versos que Rosalía entona con su inconfundible dejo flamenco:
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Tocar la trompeta
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

Mucho se ha hablado a estas alturas de lo que podríamos denominar la mise-en-scène del juicio sobre el procés que se celebra en Madrid: las reprimendas del juez Marchena, la estolidez de la acusación popular, la marrullería de algunas de las defensas. Pero si hay un aspecto que a mí me fascina de esa inonografía procesal es –o era– la pegatina que el abogado Andreu Van den Eynde mantenía adosada durante las sesiones iniciales al envés de la pantalla de su ordenador portátil, de manera que resultara perfectamente visible para los demás en el curso de sus intervenciones. Allí, de manera en apariencia incongruente con el objeto del proceso, se reproducía el lema de un movimiento cívico norteamericano: Black Lives Matter. Esto es: «Las vidas de los negros importan». Se trata de un movimiento que, surgido en el seno de la comunidad afroamericana, denuncia el racismo sistemático de la policía estadounidense y que se hizo notorio entre 2013 y 2014 a raíz de algunos casos de brutalidad policial. Yo mismo pude ver esta pasada Semana Santa una ruidosa acción de algunos de sus activistas en el aparcamiento del Dome Entertainment Center de Los Ángeles, a un paso de los espléndidos ArcLight Cinemas. Sus ramificaciones internacionales han llegado, sin demasiada fuerza, a otros países anglosajones: Canadá, Australia o Reino Unido. En España, hasta donde yo sé, su repercusión ha sido escasa. Pero ahí estaba Van den Eynde.
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La gran ilusión
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

Acaba de estrenarse Long Shot, razonablemente presentada al público español como Casi imposible: una eficaz comedia norteamericana que narra las vicisitudes de la extraña pareja formada por una secretaria de Estado con ambiciones presidenciales y un periodista de Brooklyn dedicado a la crítica feroz del sistema. Pese a sus defectos, la película se las apaña para entregar un jocoso comentario sobre la construcción de los personajes políticos, organizada como está a partir del eje realidad/representación y del subsiguiente conflicto entre autenticidad y falsedad. Vemos así cómo los asesores de comunicación afean a la candidata su manera de mover el codo cuando saluda al público o la risa de repuesto que el primer ministro canadiense –presentado sin piedad como un artificio lleno de vanidad– se ve obligado a practicar a causa del deprimente efecto que produce la que le sale de manera natural, dialéctica que culmina con la liberación que experimenta la secretaria de Estado cuando sale de marcha por París con el atuendo de una asistente al Sónar. Esta tiranía de la apariencia produce las previsibles tensiones entre los protagonistas: así como uno se ve obligado a abandonar el absolutismo moral que le permite llevar siempre razón, la otra se ve forzada a elegir entre sus principios y sus ambiciones.
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Paradoja(s) de la democracia militante (y II)
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

Dejamos planteado aquí, la semana pasada, el problema de la llamada «democracia militante»: aquella que se mantiene alerta contra el peligro representado por movimientos o partidos a los que se atribuye la intención de liquidarla. La noción delata su origen histórico: la llegada de los nazis al poder en Alemania y la posterior liquidación del régimen de Weimar. Desde luego, no hay ejemplo más cumplido del uso de las herramientas formales de la democracia contra sí misma; por el contrario, los comunistas dieron un golpe de Estado en un régimen autoritario y los fascistas llegaron al poder andando (Italia) o como resultado de una sublevación armada (España). Desde los años treinta, cuando Karl Loewenstein formula por vez primera el concepto, nos inquieta que la semilla del autoritarismo germine en el suelo democrático y nuestra pasividad haya contribuido a ello. Ni que decir tiene que la dificultad consiste en evitar ese resultado manteniendo al mismo tiempo las garantías democráticas: no sea que la lucha de la democracia contra sus presuntos enemigos termine por devorarla. Bien es sabido que pocas cosas son tan peligrosas como un exceso de virtud.
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Paradoja(s) de la democracia militante (I)
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

Habría que excusar a cualquier observador imparcial que, recién llegado a nuestro país durante la última campaña electoral, hubiese intentado establecer equivalencias lógicas entre los discursos electorales y la realidad social: mientras los candidatos de algunos partidos padecían dificultades para moverse libremente en comunidades autónomas de donde quiere expulsárseles, la consigna dominante en el espacio público no parecía ser otra que la derrota del fascismo, representado a su vez simbólicamente por un partido ultraconservador de ámbito nacional cuyo apoyo en las urnas se quedó en torno al 10%. Este contraste singular, que sin duda podría formularse de otra manera, muestra hasta qué punto la democracia española se ha convertido en un caso interesantísimo para comprender las dificultades con que inevitablemente topa hoy eso que Karl Loewenstein llamara «democracia militante» en los años treinta. Es decir: la democracia que se defiende de los enemigos de la democracia. Algo que, como ya supo ver Raymond Aron, es mucho más fácil formular teóricamente que llevar a la práctica.
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