Sobre la hipótesis socialista en el momento de su posible regreso

por Manuel Arias Maldonado

Decíamos la semana pasada que el apoyo al socialismo había experimentado un notable crecimiento en las encuestas de opinión tras la Gran Recesión, apoyo que ha encontrado también eco en una intelligentsia que aquí y allá expresa su deseo de desplazar el centro político hacia la izquierda. ¡Hasta Fukuyama pide el regreso del socialismo para combatir los excesos del turbocapitalismo globalizado! Lo cierto es que esta preferencia por el socialismo parece compatible con el ascenso global del populismo, que ha tenido en la victoria de Jair Bolsonaro en Brasil su último episodio. La coincidencia en el tiempo de ambos fenómenos debiera, en principio, sorprendernos. O quizá no tanto.

Si atendemos a las proclamas electorales de los líderes populistas, nada hay de extraño en esa coincidencia; al menos, a aquellas que se refieren a la necesidad de derribar al establishment y a poner en marcha medidas económicas proteccionistas. Ni «socialismo» ni «capitalismo» operan aquí como conceptos determinados, sino más bien como metáforas con las que se relacionan potentes estados afectivos: socialismo es algo así como seguridad económica, y capitalismo, lo contrario. Porque difícilmente pensará un joven británico que su preferencia por el socialismo frente al capitalismo pudiera implicar la nacionalización de Apple: el rechazo de los aspectos más disruptivos del capitalismo desempeña seguramente un papel más importante que el propósito de alcanzar la sociedad sin clases. Aunque este último sería, al decir de Michael Newman, uno de los tres rasgos comunes a las distintas tradiciones del socialismo, cuya crítica de las desigualdades que derivan del funcionamiento del capitalismo ha sido constante.

Más difícil es, en cambio, encontrar hoy los otros dos: la creencia en que es posible crear una sociedad igualitaria alternativa a la existente y la convicción de que ese objetivo puede alcanzarse a través de la acción humana. El recuerdo del fracaso comunista sigue vivo y de ahí que, como señala el propio Newman, la alternativa total al capitalismo haya caído en el descrédito. Por esa misma razón, la socialdemocracia ha gozado de una clara primacía electoral sobre el socialismo en las democracias occidentales y cabe pensar que su rotundo éxito histórico es la mejor explicación para su presente declive. Si entendemos por capitalismo −como hace James Fulcher− aquel sistema económico basado en la inversión para la obtención de un beneficio, que a la larga se traduce en un sistema social en el que la mayor parte de las actividades económicas operan bajo esa misma lógica, no cabe duda de que la socialdemocracia ha contribuido −junto con la democracia cristiana− a limitar sus efectos más negativos (sin dejar con ello de crear, inevitablemente, otros problemas distintos). Igualmente, parece razonable concluir que el tándem que forman globalización y digitalización ha desencadenado procesos de cambio global −algunos sin duda positivos− que resultan difíciles de digerir.

Cuestión distinta es que algo parecido al socialismo constituya la solución a ese problema, máxime cuando no termina de saberse muy bien en qué consiste exactamente y ha quedado probado que el llamado «socialismo de Estado» apenas contaba con el favor de sus más directos beneficiarios. Newman señala que el «socialismo de mercado» basado en la descentralización democrática sigue siendo una posibilidad inexplorada, pero basta comprobar lo que ha sucedido con la economía colaborativa −inicialmente elogiada como alternativa solidaria a la rapacidad de las grandes empresas− para entender que tampoco ese camino se presenta despejado. A su juicio, pese a que ni comunismo ni socialdemocracia cumplieron con la aspiración de dar forma a una sociedad igualitaria, «el socialismo se desarrolló a partir de la convicción de que el capitalismo no podía proporcionar ni estabilidad ni justicia social, y se trata de argumentos más persuasivos que nunca». La revuelta anti-establishment, a la que asistimos con una mezcla de perplejidad y vértigo, parecería en principio confirmar ese diagnóstico. Pero también es verdad que éste podría complicarse recurriendo a Thomas Hobbes (seguridad), Friedrich Nietzsche (resentimiento) o Mary Douglas (contaminación cultural).

Recordemos, no obstante, sin apartarnos del tema y en línea con lo que se apuntaba aquí sobre la «hiperdemocracia» hace unas semanas, que también Joseph Schumpeter creía que el capitalismo albergaba en su interior una tendencia autodestructiva. Su éxito, anunciaba el pensador austríaco, había de socavar las instituciones sociales que lo hacen posible; algo que, de manera inevitable, apuntaba hacia su sustitución por el socialismo. Es cierto que Schumpeter escribía esto en plena guerra mundial y, por tanto, bajo su influjo, realizando profecías tan fallidas como aquella según la cual una burocratización creciente del Estado y las empresas condenaría a la marginalidad a la figura −para él justamente decisiva− del emprendedor/innovador. No ha sido el caso, como atestigua la revolución digital; por el contrario, en las últimas dos o tres décadas se ha desarrollado un imperativo de innovación identificable en casi todas las esferas de valor: incluyendo la moral y la producción de formas de vida. ¡Innova o perece! Se comprueba así algo que también señalaba Schumpeter, a saber, que la actividad económica capitalista depende de la difusión de un cierto tipo de racionalidad que pivota alrededor del cuestionamiento de la tradición y de la capacidad para el pensamiento propio. Claro que si esta racionalidad antiautoritaria acabó en su momento con el feudalismo y ha servido después a los fines del capitalismo, ¿cómo podría servir de fundamento a una sociedad igualitaria? Para Schumpeter, la respuesta estaría en esa racionalización burocrática y en el descrédito de las ideas y relaciones sociales en que se fundamenta el capitalismo. En esta última tarea, el papel de los intelectuales malheureux sería, a su juicio, capital; en eso, no parece que se equivocara.

Lo que en ningún caso queda claro, pues, es la viabilidad del socialismo. Ya que no estamos hablando del Estado del bienestar, ni de un capitalismo atenuado a la escandinava, sino de una sociedad sin clases. Y, para entender por qué resulta interesante −a fin de no dejarnos contaminar más de la cuenta por la experiencia desgraciada del socialismo real−, fijarnos en las reflexiones que sobre la hipótesis comunista hiciera un pensador de probada honestidad intelectual antes de que los bolcheviques trataran de ponerla en práctica. Hablamos de John Stuart Mill, claro está, cuyos Capítulos sobre el socialismo aparecieron a título póstumo gracias al buen hacer de Helen Taylor, a la sazón hija de Harriet Taylor y colaboradora del filósofo después del fallecimiento de su esposa. De acuerdo con la nota introductoria que Helen escribe para la Fortnightly Review, donde aparece este texto entre febrero y abril de 1879, Mill tenía la idea de escribir un libro que contuviera sus consideraciones sobre el socialismo. Al filósofo le interesaban sobremanera unas ideas socialistas que circulaban entonces por Europa a toda velocidad y, además, tenía interés por saber si podían servir como fundamento para un nuevo modelo de administración pública. En la Autobiografía, Mill llega a escribir que él y Harriet Taylor habían evolucionado de tal forma que su adhesión a la democracia se había debilitado, abrazando ambos un ideal de progreso que «nos clasificaba decididamente bajo la denominación general del socialismo». Es también conocida su preferencia por una «economía estacionaria» que constituiría el estadio final de las sociedades ricas, incapaces de crecer pasado un determinado umbral y capaces, en cambio, de aprovechar esa circunstancia para garantizar un grado razonable de igualdad. Es así claro que en el ánimo de Mill existía una disposición favorable a la doctrina socialista, lo que, siendo él uno de los grandes campeones del pensamiento liberal, presta un indudable atractivo a sus reflexiones. Pues bien, ¿qué dice Mill sobre el socialismo, un socialismo que en su tiempo era ante todo una hipótesis aún no testada en laboratorio alguno?

Mill arranca del hecho sociológico más determinante de su tiempo: la aparición del proletariado industrial. Vaticinaba nuestro autor que la progresiva extensión del sufragio daría al proletariado una creciente influencia política y, por tanto, legislativa, novedad que convenía tomarse en serio. ¿Acaso no tienen las clases trabajadoras objetivos políticos propios, a su vez determinados en buena medida por doctrinas políticas definidas que es preciso conocer en detalle? Este examen, previene Mill, debe hacerse «sin prejuicio hostil alguno» y abriendo los ojos al hecho de que a pesar de los avances experimentados «unos pocos nacen a una vida de grandes riquezas y los más a una vida de penuria que se hace aún más irritante al compararla con aquella». En una sociedad que ya no cree en verdades reveladas ni estructuras inmutables, nadie podrá convencer a las clases trabajadoras que la distinción entre ricos y pobres está basada «en una necesidad más imperativa que la de esos otros viejos y bien enraizados hechos sociales que, habiendo sido abolidos, son ahora condenados incluso por quienes se beneficiaron de ellos». De ahí que esas clases tengan ahora derecho a exigir el reexamen de todas las instituciones sociales.

En este punto, curiosamente, Mill prefigura el famoso contrato social de John Rawls. Sostiene que no se trata de convencer a quienes «deben su bienestar e importancia al sistema presente», cuyo interés es obviamente mantenerlo, ni tampoco −aunque esto no lo explicita− a quienes se beneficiarían de un cambio en el mismo, sino a personas «que no tienen en el asunto más interés que el de la justicia abstracta y el bien de la comunidad». ¡Teoría del sesgo! Dice Mill:

El objetivo debería ser determinar qué instituciones de propiedad serán establecidas por un legislador libre de prejuicios, absolutamente imparcial entre quienes se declaran a favor del derecho a la propiedad, y quienes lo niegan; y defender y justificar tales instituciones con razones que realmente puedan influir en un legislador así, y no con otras que tengan el aspecto de haber sido producidas para defender el inexistente estado de cosas (la cursiva es mía).

En otras palabras, las decisiones fundamentales sobre la organización socioeconómica no podrán adoptarlas quienes tengan un interés directo en ellas, sino un sujeto imparcial capaz de ponderar las razones de unos y otros −o las razones en general− sin estar afectado por ellas. Por supuesto, la genialidad de Rawls consistió en no separar al sujeto decisor (sobre el contrato social) del sujeto afectado, creando, sin embargo, una situación hipotética (el «velo originario») en la que ese individuo desconoce cuál es su posición en la escala social o las cualidades personales que le adornan. Es, digamos, una imparcialidad forzosa cuyas consecuencias padece el propio decisor. Mill, no obstante la menor sofisticación de su planteamiento, apunta en la dirección correcta al subrayar la incongruencia de que sobre las instituciones de la propiedad decidan sus principales beneficiarios.

Para Mill, igual que para Marx, la clave política de su tiempo estriba en la pobreza de la clase trabajadora: los que más trabajan son los que menos reciben. Siendo así que el factor decisivo para la vida de un individuo es la familia en la que −involuntariamente− nace. Mill trata de ilustrar estos dos argumentos citando profusamente a los pensadores socialistas de su tiempo (Robert Owen, Louis Blanc, Charles Fourier) y pone de relieve otra de sus tesis: la de que la riqueza terminará por concentrarse en unas pocas personas o empresas con capacidad para reducir al resto de la comunidad a una situación de dependencia. A la hora de examinar las «objeciones socialistas al orden presente de la sociedad», sin embargo, Mill destaca cuán exagerados son los socialistas, incluidos «los más capaces y sinceros». Donde dice «exagerados» podemos también decir tremendistas, algo que Mill atribuye a su «ignorancia de los hechos económicos y de las causas por las que los fenómenos económicos de la sociedad, tal y como es, son de hecho producidos». Matiza entonces nuestro autor que no se conoce aún de ningún país civilizado en que los salarios bajen y destaca −es una observación que no ha perdido vigencia− cómo en aquellos casos en que unas ramas de la industria son sustituidas por otras, los salarios en las nuevas son transitoriamente bajos mientras la producción se acomoda a la demanda. A su juicio, el tremendismo es un malthusianismo que las evidencias empíricas no corroboran: la clase trabajadora vive cada vez mejor y no cada vez peor, aunque distara aún entonces de vivir lo bastante bien. También reprocha a los socialistas no comprender el funcionamiento de la libre competencia, exagerando la capacidad de las empresas «en los ramos ordinarios de la industria» para arruinar a sus rivales; admite, en cambio, que la competencia quizá no sea siempre garantía de calidad de los productos y que el espíritu de especulación es a menudo visible. Pero añade: «la sociedad no ha usado todavía los medios que ya posee para hacer frente a este mal». Su conclusión principal es clara:

El sistema de ahora no está llevándonos, como muchos socialistas creen, a un estado de indigencia y esclavitud generales, del que únicamente el socialismo puede salvarnos. [...] No hay abuso o injusticia prevaleciente en la organización de la sociedad actual, cuya abolición hiciese que la especie humana pasara del sufrimiento a la felicidad.

En cuanto a los medios de que pueda servirse el socialismo, Mill distingue con claridad entre los municipalistas o experimentalistas dominantes en las islas británicas (es decir, los utópicos, según el posterior relato del marxismo oficial) y los centralistas continentales (los marxistas revolucionarios). Si los primeros quieren ir probando a pequeña escala las posibles virtudes del socialismo, los segundos quieren sustituir de un golpe un régimen por otro de acuerdo con el influyente modelo de la Revolución francesa. Mill observa sardónicamente que el radicalismo es más popular que el gradualismo, pues «fomenta en los entusiastas la esperanza de que sus aspiraciones se vean realizadas en su propio tiempo y de un soplo». Su simpatía está con los municipalistas: el producto de una nación no puede administrarse por medio de una organización central, pero quizás «una asociación mixta de agricultura y manufacturas en una comunidad de dos a cuatro mil habitantes» pueda ser tan eficiente como la dirigida por el capital privado: se trata de comprobarlo. No obstante, Mill tiene serias dudas de que las «mentes directoras» posean los mismos incentivos para desempeñar sus cargos bajo un régimen socialista, al carecer de la expectativa de ver recompensado económicamente su rendimiento: el único incentivo, viene a decirnos, digno de tal nombre. De ahí que, en un sistema comunista, los más capaces gerentes se abstendrán de asumir su cargo; algo parecido puede decirse del trabajador, pues tampoco se recompensaría al más capaz o esforzado. Por añadidura, es desventaja inherente al sistema comunista decidir más o menos arbitrariamente cuestiones que en una economía de mercado «se deciden por sí mismas» de manera espontánea. ¡La mano invisible! En definitiva, Mill tiene serias dudas sobre la viabilidad del socialismo una vez llevado a la práctica, aunque formule sus objeciones desde la teoría.

En cualquier caso, la reserva principal de Mill tiene que ver con la dudosa relación entre socialismo y libertad. Tras apuntar que siempre habrá rivalidad por adquirir reputación y poder, pone en duda que pueda jamás alcanzarse el «cuadro atractivo de amor mutuo y unidad de propósito y sentimiento que los comunistas frecuentemente nos dicen que esperemos»; esa futura armonía no es más que un ardid publicitario. Pero, sobre todo, el problema clave estriba en la necesidad del principio comunista de decidir «por voz de la generalidad» cuestiones que los individuos deben decidir por sí mismos. Ya que

incluso las disensiones que pudieran esperarse serían un mal mucho menor para el porvenir de la humanidad que una engañosa unanimidad producida por la subordinación de todas las opiniones y deseos individuales al decreto de la mayoría.

Y es que no hay unanimidad sin coerción, como saben los revolucionarios de todas las épocas. El filósofo liberal que Mill nunca deja de ser otorga así prioridad a la libertad sobre la peculiar voluntad general comunista, que la suspende en nombre de la realización de un ideal abstracto.

No obstante, Mill deja abierta la interrogante comunista. Y acepta la premisa de que el éxito del socialismo depende del alto nivel intelectual y moral que requiere de todos los miembros de la comunidad. De manera que corresponderá al propio comunismo preparar a sus miembros mediante la experimentación práctica, si bien deja muy claro que imponer el comunismo a una población no preparada para ello conduciría a la decepción. Así fue: el comunismo soviético acaso constituya la mayor decepción política de la historia. Para Mill, al menos, no habría sido una sorpresa, y su clarividencia pone de manifiesto la necesidad de tener en cuenta sus argumentos ante cualquier forma que pueda adoptar en el futuro próximo −si es el caso− el ideal socialista cuyo retorno ahora se insinúa.

31/10/2018

 
COMENTARIOS

Francisco Muñoz de Escalona 03/11/18 19:59
"[La] clarividencia (de Mill) pone de manifiesto la necesidad de tener en cuenta sus argumentos ante cualquier forma que pueda adoptar en el futuro próximo −si es el caso− el ideal socialista cuyo retorno ahora se insinúa". Y es que Mill puede que sea el único profeta que acertó. Solo los ingenuos maliciantes pueden creer que el socialismo puede funcionar sin coacción

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