Abril 2019
Revista de Libros
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Repudio y necesidad del centro (I)

por Manuel Arias Maldonado

Un blog tiene a veces la fortuna de encontrar eco en el exterior, y es lo que sucedió con éste la semana pasada: publicada la entrada sobre la Declaración de París, que reúne a un conjunto de intelectuales conservadores en defensa de una Europa de naciones soberanas, algunos comentaristas manifestaron su extrañeza ante la presencia en él de Pierre Manent, teórico político francés al que podríamos considerar heredero de Raymond Aron. Se lo tenía por liberal antes que por conservador y el manifiesto al que se adhiere es más conservador que liberal: de ahí la sorpresa. A modo de glosa, Claudio Ortega nos hizo llegar vía Twitter un ensayo de Manent que, publicado originalmente en un libro colectivo que apareció en Francia en 2012, fue después traducido al inglés para la revista American Affairs. Su título es combativo: «Demagogia populista y el fanatismo del centro». Y en él, ciertamente, encuentra la idea central que anima la Declaración de París; no hay, en cambio, rastro de la defensa que éste hace del cristianismo como base de la cultura europea. Pero, más que repetir lo que dice el manifiesto, Manent nos muestra el camino teórico que lleva a la conclusión de la que aquél arranca: que Europa sólo puede basarse en naciones soberanas y fuertes. Por el camino, hace interesantes consideraciones sobre la naturaleza del populismo y lo que denomina «fanatismo del centro». Es evidente, en fin, que Manent escribe sobre los temas cruciales de nuestra época: merece por ello nuestra atención.

Sorprende, empero, que su texto comience con una dudosa identificación conceptual. Para Manent, el empleo del término «populismo» es innecesario, al existir ya otro perfectamente adecuado para los fenómenos que se trataría de describir: el de «demagogia». A su juicio, la preferencia por el primero se debe a que mientras «demagogia» indica una manera o modalidad de discurso que puede afectar a todos los actores políticos, «populismo» designaría un contenido más específico: justamente aquel que no es aceptable y se denuncia como tal. Este populismo trasciende así la distinción entre izquierda y derecha, ya que puede aparecer tanto en la izquierda como en la derecha: Marine Le Pen y Jean-Luc Mélenchon serían, ambos, populistas. Para Manent, el hecho de que los dos líderes puedan figurar bajo una misma etiqueta oscurece el paisaje político hasta hacerlo incomprensible. Se da así la paradoja de que una noción indispensable para comprender el debate político contemporáneo no hace más que otorgarle una cualidad indescifrable.

Antes de ver adónde quiere llegar Manent por este camino, conviene apuntar que el término «demagogia» no puede sustituir al de «populismo»: por la sencilla razón de que designan cosas distintas. Nuestro autor necesita establecer una equivalencia entre ambos a fin de denunciar el uso espurio –a fuer de peyorativo– del segundo. Pero la demagogia, que es tan vieja como la vida pública e inevitable en la polis, carece de un contenido prefijado: uno puede hacer demagogia de muchas maneras, ya sea formulando promesas irrealizables o diciendo a los oyentes que tienen razón, pero para hacer populismo hace falta algo más. Es decir: hay que afirmar que la sociedad se organiza alrededor del conflicto entre una elite mala y un pueblo bueno. De donde resulta la necesidad de terminar con el secuestro de la democracia perpetrado por la elite en perjuicio del pueblo, convirtiendo la voluntad soberana de éste en criterio único para la toma de decisiones públicas. A este núcleo pueden añadirse elementos adjetivos: del liderazgo carismático a las malas maneras, pasando por el antiintelectualismo o la presentación del líder populista como outsider. Pero si aquella idea central no está presente, tendremos demagogia y no populismo. Cobardía del ejemplo: prometer el pleno empleo en cinco meses es demagogia sin ser populismo; añadir que los enemigos del pueblo han venido impidiendo que disminuyese el desempleo sería, en cambio, una idea populista. De ahí que podamos encontrar populistas a izquierda y derecha; por eso Le Pen y Mélenchon pueden ser ambos populistas sin abandonar la izquierda y la derecha del espectro político.

Para Manent, en cambio, se trata precisamente de eso: de reconstruir el paisaje político para que no se articule ya alrededor del eje izquierda-derecha, sino mediante la oposición entre el populismo y algo –dice– que no conocemos. Pero en la medida en que «populismo» es un término peyorativo que implica descrédito, habrá que concluir que su antónimo es la política «respetable» que puede hacerse sin ser objeto de reproche. Populismo contra política respetable: aquí está, según Manent, la nueva polaridad democrática; la política que unos hacen y no deberían estar haciendo frente a la política que puede hacerse legítimamente. Lo hemos visto en España: dejando a un lado al independentismo catalán, indigno de respeto por recurrir a formas de acción contrarias al orden constitucional y la legalidad penal, tanto Podemos como Vox representarían un populismo inaceptable al que –un poco según convenga– se opondría la política respetable de los demás partidos. Y aquí encuentra Manent una mutación del orden democrático: mientras que la polaridad izquierda/derecha atribuye una igual legitimidad a ambas partes, incluida una zona gris representada por los extremos de la izquierda y de la derecha, ahora sólo uno de los polos del espacio político es considerado legítimo: aquel que no es populista. Hablar de populismo sería una forma de exclusión; en la democracia sólo caben quienes renuncian a esa forma de hacer política.

Por eso puede plantearse sin escándalo la necesidad de establecer un «cordón sanitario» alrededor de esos agentes perturbadores. Salta a la vista que un aspecto crucial del conflicto político será entonces la identificación de los «populistas», pues quien se vea así etiquetado podrá –¡deberá!– en lo sucesivo ser aislado del resto: si no en la plaza pública, al menos en las instituciones de gobierno. En consecuencia, observa Manent, el nuevo orden democrático descansa en creciente medida sobre «el contraste entre opiniones legítimas y opiniones ilegítimas». No malas o desacertadas: ilegítimas. Se diría que este rasgo de la democracia contemporánea es el que causa mayor desasosiego a nuestro autor, quien no tiene claro que sigamos viviendo en el mundo que habíamos heredado. Por el contrario, en suma,

hemos empezado a transitar desde un orden construido a partir de la confrontación entre opiniones igualmente legítimas a otro que descansa sobre la confrontación entre opiniones legítimas y opiniones ilegítimas, entre la ortodoxia y la herejía políticas.

Desde este punto de vista, la moralización de la política no sería tanto la traducción al lenguaje político de argumentaciones morales que provienen de la esfera que les es propia, sino el empleo del lenguaje moral para desacreditar –excluir– determinadas posiciones políticas. Pero volveremos sobre esto; sigamos con Manent.

Tanto la izquierda como la derecha han solido descansar, señala, sobre una comunidad de referencia. Para la izquierda, era la clase social, en concreto la llamada clase trabajadora o classes populaires; para la derecha, la nación. Son dos versiones del «pueblo»: el pueblo nacional y el pueblo social. De aquí extrae Manent una conclusión llamativa: en el viejo orden, tanto la izquierda como la derecha eran igualmente «populistas». Ambas descansaban sobre una idea del pueblo, definida una con arreglo al eje izquierda/derecha y otra a partir del eje dentro/fuera. Ahora, advierte, tanto izquierda como derecha han abandonado sus populismos: se han agrupado en el centro. En ese proceso, el proyecto europeo desempeñaría un papel crucial, pues proporciona el techo común bajo el cual pueden cohabitar izquierda y derecha. Al final de este proceso –que se habría hecho visible en Francia de manera gráfica con ocasión del fenómeno Jean-Marie Le Pen– cualquier referencia al pueblo, ya sea la nación o la clase, «dejó de ser respetable y pasó a ser no sólo herético, sino potencialmente criminal». Ni el pueblo ni la clase pueden ya constituir el marco para la acción humana: «Las únicas realidades humanamente significativas, las únicas que pueden reclamar derechos incontestables, son los individuos, por un lado, y la humanidad, por otro». Es así, concluye Manent, como se ordena la relación de cada uno de nosotros con la totalidad, educándosenos por medio de la práctica –a menudo ascética– de la «globalización».

Podríamos decir: si un pensador francés cree que la nación ya no es una categoría activa en la visión ortodoxa del mundo, ¿qué podrán decir sobre la vigencia de esta categoría quienes piensan en otras latitudes? En cualquier caso, Manent escribe estas palabras en el año 2012; desde entonces, lo que hemos vivido es un regreso de la nación, que coexiste con el regreso de la clase social: ambas habrían sido por igual víctimas de esa globalización que Manent denuncia y cuyo cuestionamiento –que, de creer a los corresponsales económicos, habría alcanzado este año al mismísimo Foro de Davos – habría sido capaz de anticipar lúcidamente. En particular, su denuncia de la globalización tiene que ver con el hecho de que la nación ha sido desde sus orígenes modernos el lugar donde la igualdad y la democracia han podido realizarse: una nación soberana capaz de acabar con los cuerpos intermedios –como describiese Tocqueville para el caso francés– y de fusionar los distintos elementos de la vida civil en una sola entidad. Asimismo, el gobierno representativo encontraba su legitimidad en la necesidad, sentida a lo largo del siglo XVIII, de obtener consentimiento popular para la reforma social y política: formar parte de la nación era condición para la movilidad social. Por el contrario, esa legitimidad democrática no parece hoy necesaria e incluso, como sucedió con los referendos de ratificación de la fracasada Constitución Europea, rechazada, sin embargo, por franceses y holandeses, constituye un estorbo:

Hoy, la ciudadanía nacional y el gobierno representativo que la desarrolló parecen ser el principal obstáculo para esa movilidad social, la cual, como se ha enfatizado, asume un aura religiosa bajo el nombre de la globalización. [...] En el nuevo período que vivimos, en este despotismo ilustrado o Nouvel Ancien Régime que trato de caracterizar, el gobierno representativo y el consentimiento popular –es decir, el bloque democrático– forman el obstáculo para el movimiento de las cosas.

Tal como dejaba claro la Declaración de París, el problema para los nacionales europeos se encuentra –a estos efectos– en la Unión Europea, cuya legitimidad jurisdiccional y procedimental excluye la legitimidad democrática y es incompatible con ella. Por mucho que nos empeñemos, advierte Manent, la legitimidad política nacional jamás podrá ser reemplazada por la europea; más bien usaremos el prestigio de Europa para «aplastar la legitimidad nacional y dar aún más poderes despóticos a las reglas de la movilidad, de cosas tanto como de personas» ¡Manent enfurecido! A decir verdad, no se entiende bien la insistencia en la idea de una Europa antidemocrática, pues bajo las máscaras de los presuntos «burócratas de Bruselas» se esconden –como en El hombre que era jueves de Chesterton– los rostros de los presidentes democráticos de las naciones europeas, integrantes del Consejo donde se toman las decisiones relevantes sobre la Unión. Naturalmente, Alemania tiene en su interior más peso que Chipre, pero ese tipo de desequilibrios son inevitables y tampoco un Chipre soberano podría ir demasiado lejos. En todo caso, Manent tiene razón cuando apunta hacia el problema –difícilmente soluble– de la opinión pública europea: el problema de su ausencia o, si se quiere, de sus reducidas dimensiones, pues a ella sólo pertenecen propiamente aquellos que hablan varias lenguas y se interesan por los asuntos europeos. Por eso insiste:

Sólo el gobierno representativo de un pueblo constituido como nación es capaz de evaluar la validez de los criterios y de ajustar su obediencia a las normas. Por decirlo con el lenguaje de la ciencia política de los griegos, sólo un gobierno así puede equilibrar movimiento y descanso en una proporción justa o, cuando menos, tolerable.

La globalización sería precisamente lo contrario: una aceleración constante sobre cuyos límites no habríamos sido consultados. Y aunque Manent concede que la crítica de los gobiernos nacionales está a menudo justificada –no hay más que ver los niveles de endeudamiento público–, recuerda que la promesa globalizadora de un progreso sin marcha atrás no fue únicamente formulada por unos representantes incapaces de decir la verdad a los votantes. Junto a ellos se desplegó una ideología globalizadora que dio una nueva dimensión a la promesa tradicional de progreso e invitó a cada persona –aquí asoma el Manent conservador– a «ignorar los límites que antes imponían a sus deseos su época, las maneras de su entorno, los hábitos de su nación». Un cosmopolitismo disolvente ha venido sugiriendo, por el contrario, que el individuo libre carece de límites y puede actuar como quiera porque «se lo merece». Cuando el progreso es percibido como regresivo, en cambio, como pasó tras el estallido de la crisis en 2008, la ausencia de una instancia representativa reconocible se convierte en un problema. La conclusión de Manent adopta al final del texto –recordemos que fue publicado originalmente en 2012– tintes proféticos:

Uno puede así temer que naciones rechazadas, desacreditadas y castigadas sin pausa terminen por entregarse a algún tipo de nacionalismo desesperado. Si esto sucede, la demagogia de los populismos tendrá en ello mucha menos responsabilidad que la fanática globalización de los partidos del centro.

Tal es, por tanto, el fanatismo del centro que denuncia el pensador francés: el lugar desde donde se reparten carnets y se trazan cordones sanitarios. Es un centro que no ha representado la moderación, sino la apuesta por una universalización disolvente que ha dejado a los individuos sin referencias con arreglo a las cuales orientarse. Y un centro, en fin, cuya obstinación nos habría traído a Trump, el Brexit, los chalecos amarillos. Es un centro que descentra, pues lo que queda fuera de él ya no serían izquierdas y derechas, sino un populismo desacreditado moralmente e incapacitado para actuar como actor político. De ahí que Manent, como la Declaración de París, sólo encuentre una solución: una resoberanización nacional que devuelva el debate democrático a su lugar natural, situándolo en una escala inteligible para el ciudadano y haciendo posible que la comunidad política pueda arbitrar medidas defensivas contra la globalización. Esto implica, asimismo, la desaparición de la artificiosa distinción entre partidos respetables y partidos inaceptables, así como la oposición entre opiniones legítimas y opiniones ilegítimas. La democracia, en fin, volverá a ser lo que debe ser.

Hasta aquí, el repudio del centro según Pierre Manent, cuyos detalles tienen la virtud de aclarar su relación con la Declaración de París. Al ser esta última el fruto de un compromiso entre una docena de pensadores, las renuncias de cada uno de ellos en beneficio de un texto común son inevitables; cabe, pues, sospechar que habrá aspectos del manifiesto con los que Manent no comulgará. En todo caso, ¿acierta el pensador francés con su visión del populismo y su denuncia del «fanatismo del centro» que habría vaciado de contenido a las venerables democracias representativas nacionales? ¿Y son plausibles las soluciones que presenta? De intentar contestar a estas preguntas nos ocuparemos la semana que viene.

30/01/2019

 
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