Radiografía del patriota

por Manuel Arias Maldonado

Durante la reciente conmemoración del fin de la Gran Guerra, que congregó en París a líderes de todo el mundo, no faltó quien recordase ‒en la consabida pieza periodística sobre las películas dedicadas al conflicto‒ el retrato de la guerra de trincheras que hiciese Stanley Kubrick en Senderos de gloria (1957): un título lleno de ironía, pues esos caminos sólo conducían a la muerte de unos soldados que combatían sin esperanza. Menos citada es Rey y patria (1964), de Joseph Losey, que se ocupa, no obstante, del mismo problema cuando relata el juicio por alta traición contra un soldado que ha desertado de su regimiento. En ambos casos se plantean preguntas incómodas sobre el patriotismo y su relación con el nacionalismo: ¿es un buen patriota quien entrega su vida a la nación al margen de las circunstancias o, por el contrario, lo será quien sepa elevarse por encima de esas circunstancias para exigir a su patria lealtad a los ideales democráticos o el más elemental respeto a la dignidad humana?

Se trata de preguntas que hasta hace bien poco pasaban por excéntricas, tan ajenos nos parecían esos apegos feroces e inmediatos. Nos habíamos acostumbrado a razonar sobre los valores democráticos o la naturaleza de la justicia distributiva en términos universalistas con objeto de alcanzar así la máxima imparcialidad posible. Acaso el ejemplo más depurado de esta técnica racionalista sea el célebre «velo de ignorancia» ideado por John Rawls para neutralizar el efecto que nuestras características personales habrían de tener sobre la negociación del contrato social. Pero ya no es el caso: la crisis económica ha modificado bruscamente el estado de ánimo de las sociedades occidentales y han regresado con fuerza las vinculaciones nacionales. Hasta cierto punto, es una sorpresa; creíamos haber aprendido algo del intenso siglo XX. Pero quizá no habíamos aprendido lo más importante, a saber: que los conflictos causados por el sentimiento de pertenencia no desaparecerán jamás.

De ahí, pues, el resurgimiento de un nacionalismo al que se oponen dos alternativas. Por un lado, el cosmopolitismo que no quiere saber nada de contingencias y se aferra al universalismo moral. Y por otro, un «buen» patriotismo que se orienta hacia el amor constructivo por lo nuestro sin por ello levantar el pie del acelerador ilustrado. Pero que la distinción entre patriotismo y nacionalismo es difícil de trazar quedó demostrado tras los festejos parisienses, cuando el presidente francés y el norteamericano se enzarzaron en un intercambio de reproches. Macron había dicho durante su discurso oficial que el patriotismo se opone al nacionalismo, que éste es la traición de aquél, por cuanto anteponer los intereses propios ‒America First‒ supone «borrar lo que una nación tiene de más precioso [...] sus valores morales». Ni corto ni perezoso, Trump le replicó en Twitter que su problema es la falta de popularidad y que su idea de un ejército europeo no es más que un intento por cambiar de tema, añadiendo: «Por cierto, no hay un país más nacionalista que Francia, gente muy orgullosa ¡y hacen bien! ¡HAGAMOS A FRANCIA GRANDE DE NUEVO!». Tal como señalaba Marc Bassets en un artículo sobre la trifulca, Macron se apoyaba en una frase conocida en Francia, debida al novelista Romain Gary, según el cual patriotismo es amor de los propios y nacionalismo el odio a los demás. Pero no hace falta votar a Donald Trump para comprender que el amor a lo propio puede desembocar fácilmente en el odio a los demás. Sin embargo, de alguna manera habrá que canalizar el hecho de que la mayoría de los ciudadanos experimentan un vínculo especialmente fuerte hacia su país, que replica, a otra escala, el que mantienen con su familia o sus amigos: su destino nos importa más que el de los desconocidos. ¿Qué hacemos con esto?

En un libro reciente sobre el concepto de patriotismo, los teóricos políticos canadienses ‒que no quebequeses‒ Charles Jones y Richard Vernon proporcionan un mapa con el que orientarnos en el laberinto patriótico. O, si se quiere, en la complicada tarea de decidir cuál es el «valor moral de las comunidades contingentes», en expresión de Bernard Yack: nuestra pertenencia enteramente azarosa, debida al nacimiento, a una sociedad política y no a otra. Para Jones y Vernon, el patriotismo puede definirse como el amor y la lealtad hacia el país propio, que van acompañados de la especial atención al bienestar de nuestros compatriotas. Por supuesto, una idea así formulada se presta a múltiples usos y ha sido celebrada y denigrada a partes iguales. Todo, o casi todo, depende de la patria de la que uno es patriota: no es lo mismo la Alemania nazi que la Alemania de Merkel. Pero la disyuntiva no siempre es tan elemental. A modo de ilustración, Jones y Vernon presentan tres ejemplos históricos que sirven como muestra de tres concepciones distintas del patriotismo.

El primero es un texto de Richard Price, miembro de los radicales británicos que, en el año de la Revolución Francesa, publicó un discurso sobre el amor al propio país. Se apoyaba en dos tradiciones: la estoica, de acuerdo con la cual haber nacido en un sitio es arbitrario, pero no podemos evitar sentirnos más concernidos por él, y la republicana, que predica un compromiso más intenso con nuestro país dirigido a proteger sus instituciones políticas libres. Si nuestro país no tiene instituciones políticas libres, podemos ser patriotas en cierto sentido, pero lo seremos de manera «ciega» y nuestro apego carecerá de todo valor moral.

Distinto es el caso del Manual de patriotismo publicado por el Estado de Nueva York en 1900, momento en el que Estados Unidos recibía una ingente cantidad de inmigrantes procedentes del mundo entero. El propósito de esta obra era fomentar la adhesión de los recién llegados a un símbolo político susceptible de asimilar a individuos procedentes de distintas culturas. Aquí el énfasis no recae en un ideal constitucional, sino en una historia nacional de carácter épico: se trata de un patriotismo celebratorio que posee los rasgos propios de una religión civil, con sus rituales y textos sagrados. Los aspectos menos edificantes de esa historia nacional, como el exterminio de los nativos americanos o la esclavitud, se dejan discretamente a un lado.

Finalmente, los autores se fijan en un texto más reciente del filósofo comunitarista ‒y escocés‒ Alasdair MacIntyre, quien se preguntaba en 1984 si el patriotismo es o no una virtud. Para MacIntyre, no podemos concebir un país como simple contenedor contingente de creencias o valores universales, ya que eso supone perder de vista la tradición que uno hereda cuando viene al mundo en una comunidad política dada, tradición que da forma a nuestra visión de la realidad. La patria sería entonces la fuente de nuestro desarrollo moral, aunque eso no implica que el patriotismo haya de ser ciego: el verdadero patriota alemán se habría opuesto al nazismo. Con todo, MacIntyre apunta que uno debe estar dispuesto a ir a la guerra para defender su comunidad, en caso de resultar necesario.

La teoría comunitarista en la que se inscribe MacIntyre vivió su apogeo durante la década de los noventa, si bien muchos de sus representantes siguen en la brecha y alguno de ellos ‒pienso sobre todo en Michael Sandel‒ ha redefinido astutamente la crítica comunitarista como crítica contra el mercado capitalista. Para McIntyre, el amor a la patria es el amor a una comunidad intergeneracional de la que somos parte y que constituye nuestro punto de partida moral: no podemos entendernos como individuos sin situarnos en el interior del relato histórico de nuestra comunidad. Sandel, por su parte, afirma que la realidad de nuestra experiencia moral exige que nos veamos a nosotros mismos como miembros de comunidades concretas, de la familia a la nación. Sin embargo, esta relación unidireccional entre comunidad e identidad no parece ni deseable ni realista: ni las comunidades humanas están libres de conflictos de valor, ni los sujetos que pertenecen a ellas se limitan a «descubrir» su destino moral sin ejercer capacidad alguna de elección ni recurrir a otras fuentes de valor. Y ello sin entrar a considerar el modo en que esas comunidades de origen pueden resultar sofocantes o represivas para el individuo. Si por los comunitaristas fuera, deberíamos vivir para siempre en Innisfree.

Sea como fuere, MacIntyre nos señala el núcleo del problema. A su juicio, sólo podemos ser «patriotas» de lo que es nuestro. Pero cualquier defensa fuerte del patriotismo se enfrenta a una pregunta difícil: ¿por qué es más apropiado reconocer los logros pasados de nuestro país que los logros pasados de cualquier otro? ¿Es que somos mejores? ¿O simplemente valoramos lo nuestro porque es nuestro?

Para que un patriotismo sea defendible, es necesario que concurran dos componentes que no se concilian fácilmente: ciertos valores reflexivos que nos impidan caer en un patriotismo ciego y la atribución de valor moral al hecho de la pertenencia. No está claro que sea posible, puesto que el apego contamina fácilmente nuestra reflexión valorativa. Esto puede comprobarse en el concepto de «lealtad», cuyas connotaciones positivas pueden ser inmerecidas: difícilmente puede ser tomada como una virtud si no prestamos atención a aquello a lo que somos leales. Recordemos a los personajes de El tercer hombre: la defensa que Anna hace de su examante Harry Lime difícilmente puede sostenerse cuando tenemos noticia del daño infligido a tantos vieneses por la penicilina adulterada con que traficaba aquél. De nuevo, el valor del patriotismo dependerá de los valores de la patria. Y estos valores ‒desde la justicia a la libertad‒ no son valores nacionales, sino valores universales que conocen encarnaciones particulares.

Ahora bien, distinguir entre patriotismos ‒incluido el nuestro‒ exige de imparcialidad. ¿Y puede un patriota ser imparcial? Para MacIntyre, el acento en la «lealtad patriótica» se pone sobre la patria: lo que cuenta es que se trata de mi país, no de que tenga tales o cuales rasgos. Es lo que Edmund Burke respondía a Price cuando se refería a los «sentimientos naturales» que posee la mayoría: una «sabiduría irreflexiva» que les inclina hacia el amor por su país. Sólo lo local nos motiva, venía a decir el pensador inglés; porque es concreto y no abstracto. Ahora bien: William Hazlitt ya señaló a comienzos del siglo XVIII que el patriotismo moderno no es local, pues las patrias modernas no son exactamente puebluchos. Más bien nos sentimos apegados a un país cuya existencia abstracta reconocemos; experimentamos un «afecto general» por la comunidad imaginada y no un amor visceral por una tradición tangible. Y, con todo, la imparcialidad ha recibido persuasivas críticas filosóficas sobre la base de que siempre juzgamos desde algún sitio; no existe un punto de vista «no situado». Es cierto: el sesgo es inevitable. Pero creer que nuestro país es el mejor no impide que nos demos cuenta de que un extranjero puede sentir lo mismo. En otras palabras: podemos esforzarnos por ser imparciales una vez que constatamos que nuestra «situación» carece de todo privilegio moral. La imparcialidad funcionaría entonces como un límite a nuestros juicios más bombásticos.

Pero, ¿qué relación guardan entre sí patriotismo y nacionalismo? ¿Tiene razón Trump o la tiene Macron? Para MacIntyre, el patriotismo es lealtad a una nación particular; otros pensadores, en cambio, se esfuerzan por distinguirlos. A los efectos de lograr un patriotismo «bueno», vale decir reflexivo y democrático, el nacionalismo presenta evidentes dificultades que Ernest Renan ya identificase en su momento: nos quedamos con lo bueno y nos olvidamos de lo malo. Algo que la psicología contemporánea ha ratificado al identificar el sesgo de confirmación, que se manifiesta aquí en el deseo de que nuestra nación salga guapa en el retrato. Charles Jones y Richard Vernon se preguntan si el nacionalismo conduce necesariamente al abrazo de las falsas creencias, o si sólo contiene el potencial de hacerlo. A su juicio, no hay una respuesta unívoca: los procesos de construcción nacional sugieren que el ocultamiento de la verdad y la represión de la diferencia están en el origen de la mayoría de las naciones; el revisionismo histórico posterior, con el reconocimiento de errores que se incorporan al relato nacional, apunta hacia la posibilidad de un nacionalismo con matices. Aunque quizás esto sea demasiado optimista.

Como es sabido, un camino intermedio es el que representa el patriotismo constitucional de ascendencia alemana. Para nuestros autores, el concepto es prometedor si no lo entendemos como adhesión a principios políticos universales, sino a un proyecto democrático concreto al que contribuimos como ciudadanos. Y no se aleja demasiado de esta idea la alternativa republicana que invoca una tradición que precede al nacimiento de las naciones. Desde este punto de vista, el patriotismo sería la creencia en el valor fundamental de las instituciones políticas libres. Se trataría de un amor a la libertad común y no a una cultura o tradición o etnicidad concretas; a su vez, no sería un amor abstracto, sino uno volcado sobre una república específica. Claro que, ¿por qué la práctica local habría de contar más que el principio universal que en ella se expresa? La respuesta sería, en el fondo, burkeana: necesitamos el amor hacia lo particular, sugiere Charles Taylor, para defender unas instituciones que, de otro modo, nos resultarían demasiado abstractas. Si no queremos incurrir en el particularismo nacionalista, la defensa de la libertad ha de ser la defensa de un valor universal. Y no está claro que de eso se pueda ser patriota.

Pero tampoco parece haber muchas otras posibilidades y quizá la motivación (local) no importe demasiado si los valores (universales) son dignos de aprecio. De ahí el valor que Jones y Vernon conceden al «patriotismo cívico» que Pauline Kleingeld construye a partir de la teoría kantiana: un patriotismo cívico que no se apoya en la historia o las tradiciones compartidas (como hace el nacionalismo), ni se alimenta del orgullo por los logros particulares de una nación concreta. En el patriotismo cívico estamos obligados a promover un orden político concreto, que es aquel que promueve la libertad democrática de todos. Bien mirado, viene a ser lo que Richard Price sostenía en su sermón de 1789, con la salvedad de que Kleingeld no cree que tengamos especiales deberes hacia nuestros compatriotas.

Por suerte o por desgracia, existen otros deberes que pueden colisionar con los promovidos por este republicanismo cívico. En caso de conflicto, ¿cuál debe prevalecer? ¿Y cuál prevalece de facto? No parece que el patriotismo cívico resuelva la principal dificultad que presenta el concepto, a saber: la coexistencia del hecho de la pertenencia y el valor que fundamenta las distintas versiones del patriotismo. Jones y Vernon tratan de superar este obstáculo empleando el concepto de subsidiariedad. Ya hemos visto que una de las soluciones consiste en atribuir valor instrumental al aspecto contingente del patriotismo: los deberes locales expresarían un compromiso con valores universales. La asociación es específica, pero el criterio para evaluar su validez es general: uno sólo defendería a su país si tiene razón. Pero, ¿amamos entonces nuestro país, como nos preguntábamos antes, o tan solo el valor universal que en él se encarna? Este «dilema reduccionista», como lo llama Samuel Scheffler, podría resolverse si restamos importancia al problema de la motivación y lo que termina contando es la presencia de la motivación misma: que los valores democráticos resulten promovidos sean cuales sean, subsidiariamente, los apegos que nos empujan a defenderlos. En otras palabras, el patriotismo tendrá valor si aquello que defiende puede también ser defendido desde un punto de vista más amplio.

No es la peor de las respuestas. O, si se quiere, estamos ante la única forma aceptable de patriotismo: aquella que condiciona el amor a la patria a la naturaleza de esa patria. Uno puede sospechar que ese amor será siempre peligroso y que sería deseable que el conjunto de los individuos trascendiese el particularismo y abrazase valores cosmopolitas o reflexivos. ¡Diógenes todos! Pero dado que eso no va a suceder mañana, por razones que tienen que ver con el proceso de socialización humano y el carácter de nuestra psicología, mejor retratar al patriota como demócrata y hacer de los valores liberal-republicanos el fundamento del único patriotismo aceptable: aquellos que uno querría ver realizados en su comunidad política para poder hacer de ella una patria. Por amor a ella, por amor a esos valores o por amor a ambos: tanto da. Y, por tanto, con el menor énfasis posible en los relatos nacionales y las identidades culturales: no sea que la patria termine por convertirse en una jaula.

28/11/2018

 
ENVÍA UN COMENTARIO
Nombre *
Correo electrónico *
Su comentario *
 
 
 
 

Normas de uso
Los comentarios en esta página pueden estar moderados. En este caso no aparecerán inmediatamente en la página al ser enviados. Evita las descalificaciones personales, los insultos y los comentarios que no tengan que ver con el tema que se trata. Los comentarios que incumplan estas normas básicas serán eliminados.

 
Deseo mostrar mi email públicamente
 
He leído y acepto la cláusula de privacidad.
 
 
 
Por favor, para evitar el spam necesitamos que resuelvas la siguiente operación matemática:
9 - 6  =  
ENVIAR
 
 

 

BÚSQUEDA AVANZADA

Te animamos a bucear en el archivo de Revista de Libros. Puedes realizar tus búsquedas utilizando los siguientes criterios.

Todas las palabras
Cualquiera
Coincidencia
ENVIAR


Apúntate al boletín de Revista de Libros
ENSAYOS ANTERIORES
Revista de libros en Papel 199
RESEÑAS
 
  Apúntate a RdL
BLOGS
 
  Archivo RdL
 
Patrocinadores RDL

Esta web utiliza cookies para obtener datos estadísticos de la navegación de sus usuarios. Si continúas navegando consideramos que aceptas su uso.
Más información ACEPTAR