Libertad, pero, ¿cómo?

por Manuel Arias Maldonado

Hace unos días, gracias a la excelente labor que el Cine Albéniz lleva a cabo en la ciudad de Málaga, tuve ocasión de volver a ver El intendente Sansho. Se trata de una de las películas más emblemáticas de Kenji Mizoguchi (aunque ahora hay que escribirlo al revés: Mizoguchi Kenji), en excelente versión restaurada bajo el impulso –entre otros– de ese incansable fijador de esplendores clásicos que es Martin Scorsese. Estrenada en 1954, la película toma astutamente su título de un personaje secundario pero decisivo en la desgraciada biografía de sus protagonistas: el señor feudal que mantiene en condiciones de esclavitud a dos jóvenes que años atrás habían sido separados de su madre, también miembro de una noble familia y forzada, por su parte, a prostituirse en la isla de Sado. Mizoguchi nos presenta sin ambages un mundo brutal donde el refinamiento cultural de las elites coexiste con la opresión de las clases populares, privadas de libertad y sometidas a toda clase de violencias en el interior de dominios feudales tolerados por la autoridad imperial. En una escena conmovedora, un anciano trata de huir de la hacienda de Sansho arguyendo que lleva en ella toda su vida y querría morir en libertad: será castigado con la marca de un tizón ardiente. Tras muchas tribulaciones, Sansho habrá de exiliarse y madre e hijo lograrán reunirse, pero nada sugiere que esa excepción pueda convertirse en norma. Es notorio que la organización feudal de la sociedad japonesa sobrevive hasta el siglo xix y cabe pensar que cuando Mizoguchi hace esta película en los años de la posguerra está advirtiendo a sus conciudadanos contra cualquier nostalgia imperial. Es una sugerencia que reverbera también en nuestros tiempos, tan inclinados a la exaltación nacional y el uso político del pasado remoto.

Sea como fuere, una de las cosas que me interesaron de la película es lo que nos dice sobre la libertad. Y lo que nos dice es muy sencillo: no podemos darla por supuesta. Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, la libertad ha sido un lujo al alcance de pocos y a menudo se ha asentado sobre la subordinación de muchos. De ahí que la lectura del último libro de Cass Sunstein, On Freedom, arroje una conclusión inmediata: el debate contemporáneo sobre la libertad se ocupa de los aspectos más intrincados de su ejercicio. La distancia que nos separa del mundo de Sansho es extraordinaria, de ahí que no haga falta leer a Steven Pinker para refutar a los negadores del progreso. Esto no supone que hayamos de conformarnos con la sencilla comparación entre feudalismo y democracia constitucional, sólo que no está de más recordarla de cuando en cuando. Tal como veremos enseguida, la discusión del problema de la libertad que encontramos en Sunstein es muy sofisticada y conecta, aunque sea de manera indirecta, con preguntas que venimos haciéndonos desde Marx y repite ahora sin descanso el feminismo: ¿sabemos lo que queremos? ¿De dónde vienen nuestras preferencias? ¿Somos de verdad libres cuando decidimos, o decide alguien por nosotros en la sombra?

El prolífico profesor norteamericano retoma aquí un hilo del que lleva tirando varios años, dando una forma más sintética a su reflexión y abordando de manera directa algunos aspectos particulares del problema de la libre decisión. En particular, el texto recoge la Holberg Lecture impartida en la espléndida ciudad noruega de Bergen en junio del año pasado: se trata de un breve ensayo que da buena cuenta de la índole de las preocupaciones de Sunstein, agudo inquisidor del sentido de la libertad en la era de la psicología social. Sus preguntas iniciales marcan el tono del libro:

¿Promueve la libertad de elección el bienestar humano? Mucha gente así lo cree. [...] Pero, ¿y si la gente no sabe encontrar su camino? ¿Y si no tiene ni idea al respecto?

Se deriva de aquí el concepto más novedoso del libro, al menos en lo que a los trabajos de Sunstein sobre el tema se refieren: el de «navegabilidad». Cuando la vida es difícil de navegar y no podemos orientarnos eficazmente en ella, advierte nuestro autor, las personas son menos libres. Y la vida moderna, que es la vida en sociedades complejas saturadas de información, puede ser muy difícil de navegar. Para Sunstein, los obstáculos a la navegabilidad son la mayor fuente de falta de libertad en la vida humana y constituyen el punto ciego de la tradición filosófica occidental; quizá, podemos añadir, porque la navegabilidad de las vidas occidentales ha ido dificultándose de manera paulatina. Al problema de la navegabilidad se añade otro, que Sunstein ha tratado por extenso anteriormente: el relativo a la «arquitectura decisional». Es decir, el hecho de que nuestras decisiones no se toman en el vacío, sino en el marco de un entorno social que nos influye. Esto nos hace volver la mirada sobre la forma de ese contexto: ¿habríamos de modificarlo para mejorar nuestras decisiones? ¿Y cómo? Esta pregunta resulta especialmente peliaguda en aquellos casos en que un individuo está satisfecho con su decisión sea cual sea, pues resulta más difícil discriminar entre los distintos estímulos que podrían introducirse en su contexto decisional.

En cualquier caso, no podemos eliminar la arquitectura decisional. Siempre actuaremos en el marco creado por una: como los peces que se preguntan qué es el agua en la conocida fábula de David Foster Wallace. Y el diseño de esa arquitectura, sea cual sea, incide sobre las decisiones individuales. Por ejemplo, preferimos los números más bajos en el mando a distancia, lo que beneficia a las cadenas televisivas que los tienen asignados; la disposición de los productos en el supermercado o las páginas web tampoco es caprichosa. Como es sabido, Sunstein ha promovido –junto con el economista Richard Thaler– el uso de nudges, o «empujoncitos», destinados a mejorar la calidad de nuestras decisiones sin por ello reducir nuestra autonomía para decidir lo que queremos. Son ejemplos proverbiales la explicitación del número de calorías que tiene la magdalena de chocolate, la foto de los pulmones ennegrecidos en la cajetilla de tabaco o la fijación de las opciones más favorables para el consumidor en las páginas web de las compañías de seguro médico. A su juicio, los nudges hacen la vida más navegable: reducen la complejidad, ofrecen información relevante. Y aunque se ha objetado su empleo por parte del poder público, el reproche pierde fuerza si tenemos en cuenta que cualquier arquitectura decisional contiene nudges: nunca decidimos sin ellos y a menudo son los actores privados los que tratan de influirnos, explotando nuestros sesgos en beneficio de sus intereses. Si los nudges públicos respetan los derechos individuales y están sometidos a constricciones democráticas, no deberían ser filosóficamente problemáticos.

Acaso el aspecto más interesante del problema discutido en este librito sea el criterio de la autonomía decisional. Muchos nudges tienen por objeto aumentar la probabilidad de que las decisiones de la gente mejoren su bienestar o, lo que es igual, que «beneficien a los decisores de acuerdo con su propio juicio». Pero nuestro juicio puede verse afectado por la manipulación o engaño a manos de otros; puede inducírsenos a actuar de manera moralmente objetable (ser racista o sexista, por ejemplo); y podemos ser conducidos a un estado de falta de libertad del que no somos conscientes (formar parte de una secta). Sunstein deduce de aquí que el juicio propio no es un criterio suficiente que nos permita santificar, en todo caso, una decisión individual. Y hace un esfuerzo clasificatorio mediante el que distingue tres categorías: 1) casos en los que el decisor tiene preferencias previas claras (adelgazar, llevar una vida saludable, ahorrar) y los nudges le ayudan a satisfacerlas; 2) aquellos en los que el decisor padece un problema de autocontrol (es adicto al tabaco o al uso del móvil) y los nudges le ayudan a superarlo; y 3) casos en los que el decisor estaría contento con varios resultados o desarrolla preferencias nuevas como consecuencia del empujón decisional recibido. Esta taxonomía se conecta con el problema de la navegabilidad: incluso si conservamos la capacidad de decidir, nuestra libertad puede reducirse si nos encontramos con obstáculos. Y quienes padecen mayores problemas de navegabilidad, dicho sea de paso, son las personas más pobres.

Sunstein presenta una estructura básica que puede advertirse en las decisiones adoptadas por quienes padecen un problema de autocontrol, que le sirve para discutir el criterio del juicio propio. A saber: el decisor tiene una preferencia en el Momento 1; toma una decisión en el Momento 2; se arrepiente en el Momento 3. Cuando el decisor tiene un problema de autocontrol que él mismo reconoce y el nudge le permite superarlo, evitando la mala decisión en el Momento 2, el asunto es sencillo: un programa destinado a controlar el consumo de alcohol, por ejemplo, promoverá la libertad del adicto, y no al revés. En otros casos, el análisis de la libertad es más complicado. Imaginemos que un decisor no tiene una preferencia formada en el Momento 1, decide algo en el Momento 2 y se arrepiente en el Momento 3. Por ejemplo: una mujer casada en viaje de negocios conoce a un hombre y tienen un romance, pero se arrepiente de haberlo tenido al volver a casa. Aquí, los decisores deciden libremente, pero se arrepienten. Se diría que el planificador que ellos podrían haber sido sabe más que el decisor que fueron: que si fueran preguntados después de la decisión sobre cómo querrían actuar, resolverían no decidir lo que decidieron. En este ejemplo, fidelidad en lugar de romance. Pero esto, advierte Sunstein, es demasiado simplista. ¿Por qué otorgamos autoridad a alguien situado en el Momento 3 y no en los Momentos 1 o 2? Sí: el decisor no apreció los efectos de su decisión en el Momento 2 y exportó costes a su futuro yo, algo de lo que se da cuenta en el Momento 3. Se diría entonces que el decisor en el Momento 1 es como un planificador social que padece un déficit de información. Pero lo mismo puede afirmarse del arrepentido del Momento 3, que quizá no esté dando el peso suficiente a la experiencia derivada de la decisión tomada en el Momento 2.

Para Sunstein, no está claro que ninguno de esos «yoes» merezca prioridad sobre el resto. Y me atrevería a añadir que el arrepentimiento es también una función de la secuencia temporal en que se inserta la decisión: la experiencia vivida ha terminado y lo que quedan son sus consecuencias. La cuestión es que el criterio según el cual hemos de aceptar una decisión tomada de acuerdo con nuestro «juicio propio» presenta un problema en casos así: ¿juzgados cuándo? Bien podemos tener una impresión de las cosas en enero y otra en junio. Nuestro autor sostiene que, en estos casos, no hay más alternativa que recurrir a un estándar externo que nos indique qué hace mejor la vida del decisor: una evaluación moral sobre el bienestar de las personas. Si pensamos distinto en distintos momentos, ¿qué pensamiento es mejor? No en vano, la libertad de elección no nos dice por sí misma qué elección es preferible.

Distinto es que el decisor no tenga preferencias y termine satisfecho con aquella que el nudge ha producido: una preferencia endógena que abre interrogantes acerca de la libertad de elección. Un ejemplo: alguien tiene un seguro médico más barato, pero menos completo que otros, y acaba igual de contento tanto si permanece con él como si es automáticamente transferido a una versión premium. Estos mundos paralelos, anota Sunstein, enfatizan el poder que la contingencia posee en nuestras vidas. Pero lo que interesa aquí es el problema específico de que lo que a la gente termina gustándole es un efecto del nudge. ¿Dónde queda la autonomía individual en estos casos? ¿De qué forma habríamos de evaluar estos nudges transformadores? Sunstein plantea dos opciones: que los diseñadores de nudges públicos sigan a los decisores menos influidos por los estímulos externos; o que se pregunten por las decisiones que promueven en mayor medida el bienestar individual «adecuadamente definido». Esto último complica el diseño, pues exige elaborar juicios normativos empíricamente informados. Sunstein observa que los decisores más constantes pueden asimismo equivocarse: los que eligen la comida más sabrosa pero menos sana en una cafetería universitaria, por ejemplo, sea cual sea el modo en que se disponen en ella los productos. De ahí que se incline por la segunda opción, en el bien entendido de que el nudge no suprime la capacidad individual de decisión. Aquellos estímulos que aumentan la capacidad del individuo para decidir por sí mismos con mayor autoconciencia e información son, a estos efectos, los mejores.

Finalmente, Sunstein se pregunta por la coerción. ¿Podemos impedir a la gente que tome ciertas decisiones? ¿Puede nuestra libertad de elección ir en contra de la promoción de nuestro bienestar? La respuesta es que sí: pensemos en el uso del cinturón de seguridad de los automóviles. Si nos preguntamos si los juicios anteriores de los individuos poseen siempre una autoridad indiscutible, hay que concluir que no. Pero si la pregunta se refiere al juicio posterior, la respuesta es más complicada. Es, sin duda, relevante que rechacemos un mandato o prohibición; hemos de presumir que el individuo autónomo decide felizmente en una sociedad libre. Pero –¡y es un pero significativo!– si el asunto en cuestión implica la producción de un daño serio y las pruebas empíricas son claras, habremos de abandonar el criterio que da prioridad al juicio propio a pesar de nuestras reticencias. Si alguien que no quería ponerse el cinturón sigue rechazando esta exigencia después de haber circulado con el cinturón puesto, por tanto, su juicio no bastará para levantar la prohibición de conducir sin él: los daños potenciales son serios y la evidencia empírica resulta abrumadora.

Sunstein termina su ensayo señalando que en el futuro vamos a necesitar un análisis más cuidadoso de los componentes del bienestar, informado por la teoría y los datos, con la ayuda de disciplinas varias: las humanidades, la ciencia social, el derecho, la teología. De otro modo, no podremos orientarnos el laberinto de la autonomía. Su breve libro, escrito con admirable claridad, será de ayuda para quien se interese por el problema central de la navegabilidad de la vida social. Es expresión de una sofisticación intelectual que problematiza de manera gradual e incesante la manera en que percibimos el contenido y las condiciones de la libertad, así como testimonio del progreso moral de la humanidad: ya no nos conformamos con mandar al exilio al intendente Sansho. Y hacemos bien.

10/04/2019

 
COMENTARIOS

David Canales Perea 11/04/19 04:39
Para entender a Morí Ogai recomiendo la lectura de Kitaro Nishida (Escuela de Kioto). Interpretación del período Meiji y el código Bushido desde Husserl y la teología negativa (medioevo). Gran esfuerzo sincrético. La mística de la nada. Actualmente en vigencia con Ernst Tugendhat. En resumen propio: la justificación de la otredad en beneficio de la autenticidad existencial.

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