La moda paleolítica (y II)

por Manuel Arias Maldonado

Según veíamos la semana pasada, existe una corriente de pensamiento ‒o, cuando menos, un alineamiento de ideas‒ que emplea los hallazgos de la arqueología y la antropología más recientes para sostener una tesis que no tiene nada de novedosa: que la civilización ha empeorado nuestras vidas. Ya sostenía Rousseau que el derecho de propiedad con ella instaurado había dado origen a la desigualdad humana; el mito de la Arcadia, que glorificaba la vida pastoril, tiene un largo recorrido. La novedad es que el elogio de la vida paleolítica quiere justificarse científicamente y se pone en relación con parámetros sociales que nos son familiares: la desigualdad, la calidad de vida, la felicidad o incluso el fitness. Ya vimos cómo uno de nuestros más destacados paleontólogos señalaba que nuestros antecesores eran más delgados y más guapos. ¡Y sin pagar cuota de gimnasio ni gastar en cosméticos!

Una parte del ecologismo político ya venía apuntando en esta dirección. Durante la primera fase de su despliegue, menos reflexiva y también más romántica, el ecologismo se dedicó a localizar en la vida civilizada conocida el germen de la posterior crisis ecológica: un hilo nefando conectaba a Platón con Cicerón y a la escolástica con Descartes, hasta desembocar en el racionalismo kantiano y el prometeísmo marxista. Aunque las interpretaciones puedan variar, lo decisivo aquí es la afirmación de que la civilización ha alienado al ser humano de su medio natural, haciéndonos infelices a todos: a nosotros y al mundo no humano. Se trata de una enmienda a la totalidad que sólo posteriormente empezó a ser debidamente matizada. Entre los autores que han expresado con más firmeza su rechazo a la civilización ‒otros se fijan más en la modernidad o el capitalismo‒ se cuentan el antropólogo Marshall Sahlins, que identifica en los cazadores recolectores «la verdadera sociedad de la abundancia», el biorregionalista Kirkpatrick Sale, quien sostiene que el advenimiento de nuestra especie nos empuja hacia el ecocidio, y el anarcoprimitivista John Zerzan, que encuentra en el Paleolítico la dulzura de vivir. En otras palabras:

La vida antes de la domesticación se basaba principalmente en el ocio, la intimidad con la naturaleza, el disfrute de los sentidos, la igualdad sexual y la salud.

Es el mismo programa que a menudo defienden, con los matices correspondientes, los partidarios de una reducción de la escala social que ‒acompañada de una política de decrecimiento económico‒nos reubique en comunidades locales y autosuficientes. Allí seremos más felices, viviendo junto a nuestros seres queridos y realizando plenamente nuestro potencial personal tras haber renunciado a las pompas del consumo o los viajes de bajo coste. Así que, después del Edén, que es como Sale titula uno de sus libros, las cosas han empeorado considerablemente para todos: el individuo, la especie, el planeta. Pero si reparásemos en que la revolución neolítica fue una falsa revolución, abandonando lo que en términos marxistas llamaríamos «ideología neolítica», quizá entonces podamos cambiar nuestra forma de vida. En ello, además, nos va la vida.

Pero, ¿qué hay de verdad en ello? ¿Dicen los hallazgos arqueológicos lo que se dice que dicen? ¿Es el Neolítico el origen de nuestros males? ¿Tiene razón Yuval Noah Harari? ¿Nos han engañado? Hay razones para dudarlo. Y la primera de ellas es que la adopción de la agricultura quizá no fuera tan meditada como algunos sugieren y respondiera, por el contrario, a la más desnuda necesidad. En los años setenta, el arqueólogo Mark Cohen fue el primero en plantear esta idea a partir de datos provenientes del Creciente Fértil: el aumento de la población y un clima más seco habrían mermado la fauna disponible, convirtiendo el cultivo en una opción irrechazable. Algo parecido habría sucedido en el valle de Yangzi, en los Andes o el valle central de Nueva Guinea. Podríamos decir que el origen da igual, si el resultado no cambia: de acuerdo con el relato antineolítico, los primeros granjeros llevaron vidas menos saludables que los cazadores-recolectores. Faltos de proteínas y vitaminas, contraían fácilmente enfermedades contagiadas por los animales que habían domesticado; también conocieron la desigualdad intragrupal, que tiene su máxima expresión en el nacimiento de los primeros Estados y su continuidad en el feudalismo: la agricultura supuso, o así lo escribió Engels, la pérdida de la inocencia política. Pero tampoco esto está claro.

Para empezar, es discutible que el Homo del Paleolítico fuese tan pacífico como viene diciéndose. Los restos arqueológicos sugieren más bien que dos tercios de la población cazadora-recolectora, formada por tribus, se encontraba en un estado de guerra ‒o guerrilla‒ permanente. Se calcula que un 25%-30% de los varones adultos morían asesinados. El antropólogo Lawrence Keeley ha calculado una tasa de mortalidad del 0,5% anual, que equivale a la muerte de unos dos mil millones de personas en el siglo XX. Y aunque se pensaba que estos niveles de violencia eran una patología moderna, más bien parece lo contrario: un estado «natural» que la modernidad ha reprimido más o menos exitosamente. De acuerdo con el primatólogo Richard Wrangham, chimpancés y humanos son las únicas especies cuyos miembros cooperan para agredir a otros. Su colega en Harvard, el arqueólogo Steven LeBlanc, cree que los datos hablan por sí solos si uno está dispuesto a despojarse de la venda rousseauniana. En buena medida, la violencia servía para despejar el espacio vital de las tribus: mientras que éstas necesitan librarse de la competencia por la caza, los granjeros pueden vivir en el mismo territorio con una densidad poblacional cien veces mayor. Irónicamente, la violencia contribuye a explicar la buena forma exhibida por nuestros antepasados: los débiles ‒¡los feos!‒ no sobrevivían. La vida sedentaria trajo, a cambio, una mayor morbilidad.

Tampoco el equilibrio ecológico estaba asegurado. Hay pruebas sobradas de que el ser humano provocó la extinción de la megafauna en Norteamérica hace once mil años y en Australia hace cuarenta mil: mamuts y canguros gigantes nada podían hacer contra las perseverantes emboscadas de los grupos de cazadores. Sucedía lo mismo en Eurasia, como atestiguan las pinturas rupestres de cuevas como la de Chauvet, en el sur de Francia, admirablemente retratada por el cineasta alemán Werner Herzog en La cueva de los sueños olvidados, película-ensayo del año 2010. Por lo demás, que una población todavía exigua sólo podía infligir un daño ‒o causar una disrupción‒ limitada, resulta evidente. Pero decir que el humano del Paleolítico se conducía pacíficamente y que la rapacidad ecológica nace con el Neolítico es distinto a reconocer universalmente en el ser humano una tendencia natural a la adaptación agresiva cuyos resultados dependen de factores como la población o la tecnología. La primera tesis conduce a la nostalgia; la segunda, al realismo.

Por su parte, la extendida idea de que los cazadores-recolectores nadaban en la abundancia parece el fruto de un prolongado malentendido. Tal como ha señalado William Buckner, esta creencia debe mucho al trabajo que, allá por 1966, presentase el antropólogo Richard Lee en un simposio celebrado en la Universidad de Chicago. Tras estudiar a la tribu de los !Kung, radicada en el desierto de Kalahari, Lee refutaba la idea de que su vida fuese precaria o desagradable. Por el contrario, los aborígenes dedicaban apenas entre doce y diecinueve horas semanales a obtener la comida que necesitaban; el resto del tiempo podían dedicarlo a reunirse en torno al fuego, reforzar sus vínculos familiares o contemplar el crepúsculo. Este trabajo ha sido citado una y otra vez durante las décadas posteriores, pero el propio Lee hubo de admitir ‒tras las críticas recibidas‒ que su cómputo no incluía el tiempo necesario para el procesamiento de los alimentos, la elaboración de herramientas o el trabajo doméstico: si lo hubiera hecho, el resultado habría sido de unas cuarenta a cuarenta y cuatro horas semanales. No está mal si nuestras vidas son el término de comparación: nuestro tiempo de trabajo no incluye el desplazamiento ni el trabajo doméstico. Si salimos desventajados o no, empero, habría de decidirlo un prejubilado vasco o un estudiante universitario durante las vacaciones estivales. Y no deberíamos perder de vista la peligrosidad de las actividades paleolíticas, ni las tasas de mortalidad de aquellas comunidades: la oficina puede ser tediosa, pero al menos es segura.

Algunos críticos de Lee han llamado la atención sobre otros indicadores, que socavan también la tesis de la abundancia paleolítica. Por ejemplo, la proposición según la cual los !Kung se encontraban bien alimentados y no padecían estrés nutricional se ha atribuido al hecho de que 1964 ‒cuando Lee estuvo allí‒ fue un año inusualmente fructífero en el plano alimentario. Según señalara Nancy Howell, los miembros de la tribu se quejan a menudo del hambre que padecen; como han constatado otros estudios, carecen de recursos para superar los períodos de sequía. Hablar de una vida de abundancia es, por tanto, incurrir en una exageración. El propio Lee admitiría en trabajos posteriores que la mortalidad infantil es elevada entre los aborígenes; la propia Howell calcula que alrededor del 20% de los niños mueren antes de cumplir un año. Una tasa que, no obstante, es más elevada en otras poblaciones tribales: entre los casigurán de Filipinas alcanzaría el 34%.

Pero hay más. De acuerdo con la historiadora alimentaria Rachel Laudan, tampoco las tesis de James C. Scott ‒en las que se apoyaba John Lanchester‒ sobre la culpa histórica de los cereales resiste el escrutinio. Para Laudan, el consenso anticerealista forjado en los últimos años se basa en un infundado rechazo a las nociones de progreso y civilización. A su juicio, los presuntos «descubrimientos» en que se basa Scott (lo mismo podemos decir de David Graeber y David Wengrow) no son tales: conocemos desde hace tiempo los costes que trajo consigo la transición a la agricultura intensiva. Pero,

En el curso de la historia humana, los auténticos costes de las sociedades agrícolas, basadas en el cereal y organizadas alrededor de las ciudades, se han visto compensados por el hecho de que, a diferencia de las alternativas representadas por el nomadismo, la búsqueda de alimento o el cultivo de huertos a pequeña escala, las sociedades agrícolas han sido capaces, con el tiempo, de reducir la carga de trabajo y la desigualdad mientras, simultáneamente, incrementaban el acceso a una buena alimentación y la participación política.

Se trata de un progreso gradual, parcial, imperfecto, pero se trata de un progreso. Laudan rechaza asimismo la explicación que da Scott para la extensión del cultivo del cereal: no se trata de que el grano fuera «almacenable y tributable», sino de que permite usos muy variados y, con ello, la elaboración de un gran número de platos sabrosos y nutritivos. Cuestión distinta es que el grano sea, además, almacenable y tributable: un efecto colateral que no debe confundirse con una causa. Y, menos, con una causa mayor.

¿Y qué hay del igualitarismo paleolítico? Es indudable que los cazadores-recolectores comparten muchos de sus bienes, pero también lo es que los mejores cazadores poseen un mayor estatus y ‒como ha apuntado Michael Gurven‒ pueden quedarse con mayor cantidad de comida que los demás y gozar de un mayor éxito reproductivo. Hablamos, pues, de un igualitarismo moderado que resulta absurdo idealizar. De hecho, y dado que la escala y menor complejidad de estas sociedades hace posible una mayor igualdad, quizá lo significativo no sea que disfrutan de un notable igualitarismo, sino que, pese a ello, padecen una cierta desigualdad.

Por su parte, el procesamiento alimentario hacía recaer una mayor carga de trabajo sobre aquellos que se dedicaban a las tareas más ingratas o exigentes. Y, como señala Laudan, se trata de un aspecto de la organización social que no ha hecho sino mejorar: si la proporción de la población necesaria para moler los granos más duros ya bajó de entre uno a cinco con el uso del mástil de piedra [saddle stone], de entre uno a veinte con el molino de mano, o de uno a mil con los molinos de agua, los hallazgos industriales aumentan la productividad de manera exponencial, de manera que ciudades habitadas por millones de personas pueden ser aprovisionadas con el trabajo de un número reducido de granjeros y maquinaria. Viene a la memoria el campesino con que charla Agnes Varda en su última película, Caras y lugares, que se manejaba cómodamente con ayuda de su maquinaria en un terreno de cierta amplitud y no mostraba el menor signo de estrés cuando departía con la veterana cineasta. Es irónico, dice Laudan, que Scott y otros académicos como él arremetan contra el grano, cuyo empleo intensivo permite que dediquen su tiempo a escribir libros y artículos.

Ya vimos que, para algunos comentaristas, el problema es que no estamos representando de manera adecuada el pasado profundo de la especie. Por esa razón, dejaríamos de contemplar posibilidades políticas que, de ser exploradas, nos permitirían superar el malestar contemporáneo. Ahora bien, ¿es la romantización del cazador-recolector la mejor manera de hablar del pasado? Minusvalorar la contribución que han procurado la medicina, las instituciones democráticas o las infraestructuras de todo tipo al bienestar de la especie supone incurrir en el antiquísimo vicio del pastoralismo. Que la descripción en boga de la transición del Paleolítico al Neolítico se ilustre a menudo con imágenes bíblicas que hablan de la Caída o del fin del Edén, como hace el propio John Lanchester, es sintomático. ¿No era la Biblia ya un ejercicio de racionalización que describe menos lo que habría que hacer que lo que ya estaba haciéndose o no quedaba más remedio que sufrir? Desde el parir con dolor a dominar el mundo animal. De ahí que recuperar el mito del Buen Salvaje no sea sino incurrir en una nueva «jerga de la autenticidad», como previene un Jorge Riechmann, que ha dedicado su obra a la crítica de los excesos de la modernidad y a la defensa de la ética ambiental: no es, en fin, sospechoso de complacencia.

Naturalmente, hay un punto de verdad en lo que dicen los amigos del Paleolítico: si nos situamos en el punto de vista del cazador-recolector, todo está bien. ¡No había otra cosa! En última instancia, las épocas históricas serían inconmensurables entre sí, pues dan lugar a sus propios horizontes de sentido. Con todo, si uno se sitúa al final de la línea temporal y hace un ejercicio de abstracción basado en datos y no en mitos, parece difícil sostener que la vida paleolítica fuera preferible a la contemporánea: ni desde el punto de vista individual, ni desde el punto de vista colectivo. Siempre hay excéntricos, claro, y una de las más apreciables ventajas de las sociedades liberales es que no impiden a nadie echarse al monte y reproducir la vida del cazador-recolector en solitario o en compañía de otros. Distinto es que, como contemporáneos que somos de nuestra propia existencia, estemos descontentos con ella: una cualidad humana que explica por sí sola la incapacidad del ser humano y de sus sociedades para permanecer, en el largo plazo, en una posición estática. Por eso, como ha escrito el antropólogo David Kaplan, la idealización del cazador-recolector es un comentario sobre nuestra sociedad y no un análisis riguroso de la vida paleolítica. Ahí reside su encanto. Y ahí, también, está la trampa.

12/12/2018

 
COMENTARIOS

Alfredo J Ramos 12/12/18 19:25
Interesante. Y bien expuesto. Me entran dudas de la construcción «Si salimos desventajados», que quizás sería más correcta «si salimos (o quedamos) en desventaja». Y me resulta rara la traducción de "saddle stone" como "mástil de piedra". Asimismo, creo que los párrafos de citas, sangrados, deberían llevar comillas.

Mis saludos

AJR

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