La ideología del clima

por Manuel Arias Maldonado

No falla: en cuanto llega el invierno, aparecen las bromas sobre el cambio climático. Y es que si hace frío, ¿cómo va a estar calentándose el planeta? Del sarcasmo correspondiente ha participado el mismísimo presidente estadounidense, un Donald Trump que el pasado 29 de diciembre escribía en Twitter que, con unas temperatuas tan bajas como las registradas durante las últimas semanas en la costa oriental de Estados Unidos, a su país le vendría bien un poco de ese calentamiento global que tan caro habría salido a los norteamericanos si gracias a él no se hubieran desvinculado del Acuerdo de París sobre Cambio Climático. Así que apenas unos meses después de que la temporada de huracanes azotase el Caribe con especial fiereza, bajo una obsesiva atención mediática que para algunos comentaristas pertenece de pleno derecho al género del «porno de desastres», el negacionismo climático encuentra nuevos motivos para reivindicarse.

Es asombroso, si uno se para a pensarlo, que el clima del planeta haya adquirido cualidades políticas, pero así es. Y nada cambiará al respecto cuando se logre ‒si es que se logra‒ una aceptación generalizada de la ciencia que ha permitido identificar el cambio climático mismo. Es decir, el conjunto de observaciones empíricas que permiten concluir sin ningún género de dudas que existe el cambio climático y atribuir con una altísima probabilidad el calentamiento correspondiente a la acción humana de los últimos dos siglos y medio. Allí donde este núcleo científico sea aceptado mayoritariamente, aún se hace necesario debatir qué medidas son más adecuadas para alcanzar qué objetivo en relación con una transformación planetaria cuyos futuros efectos no pueden, tampoco, esclarecerse con la precisión que acaso sería deseable. De momento, a pesar del amplio consenso alcanzado con la firma del Acuerdo de París, que, como resulta evidente, es algo muy distinto a la aplicación del Acuerdo de París, la conversación pública ordinaria sigue girando en torno a la verosimilitud del cambio climático: como si fuera una hipótesis por confirmar en lugar de una observación debidamente verificada. O, en otras palabras y como ya se señaló en este mismo blog, como si el cambio climático antropogénico fuese una creencia que pudiera ser aceptada o rechazada alegremente por quienes se asoman a la ventana en lugar de dedicar las tardes a familiarizarse con la abundante literatura científica sobre el asunto.

Es en este sentido como podemos hablar de una ideología del clima. Michael Freeden ha sugerido que la pugna ideológica equivale a la competición por el control del lenguaje público de carácter político. Así las cosas, no cabe duda de que el debate sobre el clima tiene carácter ideológico, pues lo que está en juego es la percepción pública sobre el problema climático. La anomalía reside en que su fundamento no es propiamente político ni tampoco moral, sino científico; en lugar de plantearse un debate sobre las implicaciones del calentamiento global, es la ocurrencia misma de este último la que empieza por discutirse. Bien mirado, no es la primera vez que sucede: hubo de transcurrir mucho tiempo antes de que la peligrosidad del tabaco para la salud fuese debidamente reconocida, y todavía hoy los alimentos transgénicos son rechazados en nombre de unos riesgos cuya inexistencia ha quedado ya suficientemente acreditada. Sucede, además, que esa pugna ideológica no solamente se produce en las páginas de las revistas especializadas o en las salas donde se reúnen las elites políticas, sino dondequiera que exista un pensamiento político del que ‒resalta Freeden‒ todos participamos. Y por eso, dice, hay que prestar atención a sus manifestaciones vernáculas, a menudo más influyentes sobre el modo en que las sociedades se piensan a sí mismas y conceptualizan sus arreglos políticos que el tratado político más sofisticado. De donde se deduce que el sarcasmo a pie de calle sobre la relación entre el frío invernal y la tesis del cambio climático reviste más importancia de lo que parece.

Y así ocurre, en buena medida, a causa de la peculiar naturaleza «fenomenológica» del cambio climático. Sólo difícilmente podrá apercibirse de su existencia un individuo cuya vida se desenvuelva ordinariamente en un contexto urbano, y tampoco está asegurado que pueda detectarlo quien habita un entorno rural donde algunas de sus manifestaciones son ya visibles. Dicho de otro modo: si no hablásemos de cambio climático ‒si nadie lo hubiese medido ni conceptualizado nunca‒, no le atribuiríamos espontáneamente el aumento de la temperatura del agua en el mar Cantábrico o la calurosidad creciente de las primaveras. Ni que decir tiene que tal invisibilidad complica extraordinariamente su aceptación pública; no digamos ya el reconocimiento de sus costes futuros. Pero nada de eso quiere decir que la alteración del clima no se produzca. La verdad es la verdad, dígala Trump o su porquero.

De esta manera, quien a partir de un récord en las temperaturas invernales deduce un argumento contra el calentamiento global está incurriendo en una elemental confusión entre tiempo y clima. Esto es, entre las manifestaciones inmediatas y locales, directamente experimentadas, del clima, y el comportamiento general de éste, expresado en las temperaturas medias en el largo plazo del conjunto del sistema. No existe entonces ninguna contradicción entre el aumento global de las temperaturas medias del planeta y la ocurrencia de días o meses fríos; ni siquiera cuando las temperaturas son inusualmente bajas. Es más, la ratio de extremos calientes y extremos fríos en Estados Unidos durante el último año es favorable a los primeros en una proporción de 3 a 1; realidad que, sin embargo, es fácil de olvidar cuando uno está atrapado dentro de su coche en plena ventisca.

De hecho, los récords experimentados en la Costa Este durante las últimas semanas son coherentes con los modelos informáticos elaborados para predecir el comportamiento del sistema climático en un contexto de calentamiento gradual (y se producirían del mismo modo si el origen de este no fuese antropogénico). No es, así, casual que coexistan las altas temperaturas de California, que alimentan los vastos incendios de los que hemos tenido noticia en las últimas semanas, con las bajísimas de Nueva Inglaterra: las altas presiones que se sitúan sobre el Oeste desvían hacia Canadá los vientos que traerían tiempo lluvioso a California, provocando las gélidas temperaturas del Este una vez que la corriente de aire desciende sobre aquella costa. Ocurre que, a medida que el clima se calienta, este efecto se hace más frecuente. Y lo mismo pasa con el llamado «efecto lago» sobre la nieve: cuando los lagos no se congelan, la cantidad de nieve que cae sobre la zona cercana aumenta formidablemente, debido a que el aire frío que sopla sobre el agua recoge vapor de agua (algo que no podría hacer si se congelase la superficie), lo sube y, ya enfriado, lo deja caer de nuevo en forma de nieve. La conexión con el calentamiento global es clara: el hielo tiene más dificultades para formarse en un planeta más cálido y, cuando se forma, es menos duradero. Durante quince de los veinte últimos años, la capa de hielo de los Grandes Lagos ha estado por debajo de su media histórica.

En fin, la normalización de esta clase de efectos climáticos quizás explique la relativa fortuna del término global weirding, o «enrarecimiento global», acuñado por el director del Instituto de las Montañas Rocosas, Hunter Lovins, y popularizado por el columnista Thomas Friedman. Se trata de una alternativa conceptual que tiene por objeto subrayar el aumento de la frecuencia e intensidad de los fenómenos climáticos extremos: incendios forestales, sequías, huracanes, inundaciones, picos de temperaturas. Habrá quien diga que nada de eso es extraordinario, que estas cosas han sucedido siempre. Pero si su intensidad es cualitativamente distinta, será la ciencia la que haya de determinarlo, no un vecino. Y todo indica que el clima del planeta, complejo, pero también susceptible de comprensión, está conociendo los efectos desestabilizadores de un calentamiento gradual.

Que esos efectos los haya causado o no la actividad humana es cuestión distinta. Hay críticos que, aun aceptando ‒¡algo es algo!‒ el resultado que arrojan las mediciones del clima, atribuyen su actual calentamiento a las fluctuaciones naturales y no a la acción del ser humano. Sin embargo, todo indica que existe una correspondencia directa entre la emisión de gases de efecto invernadero ‒liberados masivamente a la atmósfera desde los comienzos de la Revolución Industrial‒ y el aumento de las temperatuas globales. Concretamente, el CO2 ha pasado de una concentración de 280 partes por millón (ppm) a comienzos de la Revolución Industrial a 400 ppm en 2013, un nivel no conocido en los últimos tres millones de años, de creer a los paleoclimatólogos. Si a los otros gases de efecto invernadero (metano y óxido nitroso) añadimos los clorofluorocarbonos y los hidroclorofluorocarbonos que emiten nuestros aparatos refrigeradores, podemos explicarnos fácilmente que la temperatura media del planeta haya aumentado 0,8 grados desde mediados del siglo XIX y que, de acuerdo con los cálculos del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, se prevea su incremento en uno, dos o seis grados para finales del presente siglo. El carácter antropogénico del cambio climático, por tanto, se deriva de la correspondencia entre concentración atmosférica de CO2 y aumento de las temperaturas: ¿cómo creer que se trata de una coincidencia? Huelga añadir que estamos ‒o estábamos hasta hace bien poco‒ ante un cambio climático no deliberado: un efecto colateral de la civilización industrial.

Por lo demás, el negacionismo no es una mera posición estética, sino que puede tener consecuencias directas sobre la realidad. Donald Trump acaba de autorizar la explotación de petróleo y gas natural en más del 90% de las aguas continentales estadounidenses, vale decir, en el Atlántico, el Pacífico y el Ártico, enmendando así las protecciones dispuestas por la presidencia de Barack Obama: Estados Unidos podrá alcanzar con ello una producción diaria ‒récord nacional‒ de once millones de barriles. Sin embargo, la explotación de ese gigantesco subsidio energético que el pasado planetario dejó en el subsuelo en forma de carbón y petróleo no se debe únicamente al pérfido multimillonario: la semana pasada, un tribunal de Oslo avaló el plan del Gobierno de Noruega que permite la extracción de petróleo en el Mar de Barents, en pleno Círculo Polar Ártico, a trece empresas de todo el mundo. Y el razonamiento del tribunal es interesante, pues apunta directamente a las contradicciones medioambientales del país escandinavo: Noruega no podría ser considerada responsable de las emisiones de CO2 causadas por los hidrocarburos que exporta a otros países. ¡Nacionalismo metodológico! Hay precedentes: Noruega fue el primer país industrializado en ratificar el Acuerdo de París, tres semanas después de otorgar nuevas licencias para perforar el suelo marino.

Recordemos que Noruega es un país donde la mitad de los vehículos son ya eléctricos y que pasa por representar una elevada conciencia ecológica que se postula como modelo para otras sociedades. Sin embargo, su riqueza tiene el mismo origen que la de Arabia Saudí: la exportación de petróleo. Por eso son tan interesantes las conclusiones obtenidas por la socióloga Kari Norgaard por medio de un trabajo de campo que nos descubre la existencia de ciudadanos noruegos que niegan la seriedad de la amenaza climática. Hablamos de personas informadas que conocen la existencia del fenómeno, pero sienten la necesidad de preservar su identidad individual y colectiva: necesitan seguir viéndose como miembros de una sociedad justa y no toleran la idea de que la producción petrolera y gasística que les permite vivir en ella contribuya al cambio climático global. Por eso prefieren no pensar en ello y vivir como si el asunto no existiera: tomárselo en serio equivaldría a una impugnación de sí mismos.

Podríamos así establecer una línea divisoria más o menos precisa entre quienes aceptan la evidencia científica y quienes, por razones distintas según los casos, niegan su veracidad o se niegan a considerarla. Pero, como ha escrito Bruno Latour, esta distinción quizás oculta una realidad más amarga:

Es hora de confesar que todos somos escépticos climáticos. Yo, desde luego, lo soy. Y también lo es ese climatólogo al que entrevisté hace unos meses, un científico entristecido que, tras describirme su bella disciplina, suspiró: «Pero en la práctica soy también un escéptico, pues, a pesar del conocimiento objetivo que contribuyo a producir, no hago nada para proteger a mis hijos de lo que está por venir».

Apunta con esto Latour a la considerable brecha que se abre entre las potenciales consecuencias del cambio climático y la inacción colectiva que acompaña a su identificación; como si no terminásemos de creer lo que decimos creer. En parte, debido a esa invisibilidad a la que se ha hecho antes referencia; en parte también, no obstante, porque no está claro cuál sea el curso de acción que haya de seguirse ni cómo pueda llevarse a término.

Y, por cierto, que, como ha sugerido el geógrafo Mark Maslin, tiene más sentido hablar de «negacionista» que hacerlo de «escéptico», ya que cualquier científico está obligado a ser escéptico y, por tanto, a dudar de las hipótesis que le son presentadas mientras no hayan sido verificadas. Será negacionista, en cambio, quien rechace de plano la evidencia científica verificada sin oponer a la misma nada más que una opinión o una creencia. ¡O una emoción! No es fácil evitarlo, dada la imantación afectiva que aqueja al término: quien se encuentra con él reacciona espontáneamente en función de sus simpatías, rechazando aquella información que pudiera desorganizar la convicción ‒favorable o contraria‒ que ese sujeto alberga.

Mucho camino se ha recorrido ya desde que la hipótesis del cambio climático antropogénico empezase a discutirse seriamente en la esfera pública a finales de la década de los ochenta del siglo pasado. Pero semejante avance se debe, ante todo, a la sólida acumulación de pruebas científicas. De ahí que se imponga establecer una distinción entre dos operaciones sucesivas, aunque entremezcladas: la aceptación del cambio climático antropocénico como punto de partida para el posterior debate sobre las medidas que hayan de adoptarse para, cuando menos, evitar sus peores consecuencias. En fin de cuentas, una de las causas mayores del negacionismo climático es la asociación histórica entre anticapitalismo y medioambientalismo. Pero esta vinculación, aunque todavía vigente en muchos sectores del medioambientalismo, ha quedado algo anticuada. Reconocer la existencia de un cambio climático antropogénico no equivale a concluir que hay que desmontar el capitalismo, aunque para algunos sea la única conclusión posible. El debate sobre la sostenibilidad en el Antropoceno ‒nueva época geológica cuya principal manifestación es el cambio climático‒ es, por fuerza, pluralista, pues no hay una única forma de promover aquella, sino muchas: desde el ecosocialismo comunitarista al ecomodernismo hipoertecnológico. Ninguna, en cambio, pasa por reírse de la ciencia cuando caen los primeros copos de nieve.

10/01/2018

 
COMENTARIOS

Rawandi 10/01/18 13:18
"de acuerdo con los cálculos del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, se prevé [un] incremento en uno, dos o seis grados para finales del presente siglo"

Un abanico predictivo tan amplio (desde uno hasta seis grados) sugiere que esos "Expertos" nadan en la incertidumbre.

El dato seguro es que aumento de CO2 ha reverdecido el planeta en los últimos decenios, lo cual constituye una bendición para la humanidad. Puestos a elegir, es sin duda mucho mejor un calentamiento global (un planeta más verde) que un enfriamiento global (un planeta menos verde).

Manuel Arias Maldonado 10/01/18 19:10
Se trata de una variación de uno a seis grados en función, naturalmente, de las emisiones de CO2 que puedan realizarse o dejar de realizarse en ese plazo, algo que los expertos no pueden conocer con antelación. Por otro lado, la reforestación no tiene nada que ver con el aumento de las temperaturas medias, sino con el fin del uso agrícola de amplias superficies de tierra y con los programas públicos de reforestación emprendidos en ellas.

José Coz 10/01/18 20:17
Excelente síntesis sobre el debate político en torno al cambio y calentamiento climático global. Especialmente su énfasis en la falta de consenso, e incluso negación, en la comunidad científica. El punto menos abordado y aquí mencionado es el escepticismo, entendido éste el que se tiene (tengo) frente a la posibilidad de hacer cara a un lastre y una inercia históricas de dimensiones inconmensurables. No creo (asumo que es una creencia) que, dadas las condiciones bajo las que funciona la economía, se pueda conciliar la producción industrial con el cuidado del medio ambiente. Las economías social y sustentable son, al día de hoy, utopías inviables a nivel global.

Fernando 10/01/18 20:43
La coincidencia del aumento de las temperaturas con las emisiones de la revolución industrial, que es un hecho, no puede llevar a aceptar el “post hoc, ergo propter hoc”. Hasta ahora parece que la actividad humana como causante del cambio climático es solo una conjetura razonable.

Ricardo Gamboa 11/01/18 10:51
Con el cambio climático sucede algo parecido a la discusión sobre la adopción de niños por padres de un mismo sexo. Y es que antes de cualquier consideración moral, mientras haya niños muriendo de hambre, es irracional prohibir esas adopciones. Entonces, ¿cómo frenar la producción industrial en un planeta con tantas víctimas del hambre? Fue gracias a esa revolución industrial que tantos hoy estamos vivos y podemos comer, educarnos y tener científicos. Los que niegan el calentamiento global lo hacen generalmente por razones económicas, las cuales deben ser tomadas muy en serio en cualquier discusión y más allá de las críticas al capitalismo. Y si bien algunos países petroleros como Noruega son ricos, lo son gracias a ello y muchos otros no lo son. Creo que lo primero que debemos controlar es la natalidad, que es la causante de innumerables males, incluyendo el cambio climático. Pero poco se habla de ello y pronto no habrá suficiente agua potable ni vida marina para alimentarnos a todos. Los humanos nos hemos convertido en una plaga en la Tierra y no andamos lejos de los millones que aguantará este planeta. En fin, que el cambio climático debe ser tratado dentro de una contexto más general y sin evadir o desvalorizar ninguno de los problemas que vamos a enfrentar en un futuro no muy lejano.

vasili hernando 11/01/18 12:26
En una escala de tiempos humana es una barbaridad, pero nuestro planeta ha sufrido glaciaciones (y des-glaciaciones, si es que el palabro existe) cada 20.000 años de media en los últimos millones de años. En la escala temporal de 200 años que se maneja para incriminar a la humanidad y su revolución industrial, un suspiro geológico, el incremento de gases de efecto invernadero y su correlación con el incremento de temperaturas es tan significativa estadísticamente, que aunque la estadística no sea una ciencia al estilo de la física o la química (o quizá sí...) hay motivos razonables para procesar a nuestra especie por ello.
Cosa distinta es a dónde nos llevará esto, qué margen tenemos como especie para revertir con actuaciones concretas la tendencia y qué efectos (quién sabe si incluso más perniciosos) generarán nuestras acciones "correctoras" (¿seguro?) a largo plazo. Dudo que exista ningún modelo ecológico-ambiental cerrado que abarque el efecto de la modificación de componentes atmosféricos (los ya conocidos, o los que introduzcamos para sustituir CO2, freones y demás), de la temperatura en la dinámica termodinámica de casquetes polares, glaciares y efectos derivados (radiación reflejada por el hielo o por la roca que deja el hielo al descubierto); corrientes marinas y submarinas que se vean afectadas a su vez por los efectos de las corrientes aéreas modificadas por una alteración en el patrón y distribución mundiales de la generación de CO2 global; efectos en flora y fauna, con sus subproductos en cuanto a generación de nuevos ecosistemas; absorción de carbono oceánico y saturación de la capacidad de la misma, si ocurre, y cuánto queda para ello; ventosidades del ganado vacuno y qué ocurrirá cuando lo sustituyamos para alimentarnos por cultivos de insectos a los que habrá que alimentar de otros insectos o de vegetales. Y, puestos a encaminarnos a un apocalipsis si nuestra tecnología se acaba destapando no como el remedio sino como el desencadenante del mismo, la evidencia de miles de millones de años de desastres de todo tipo nos volverá a curar de humildad y hará sobrevivir y adaptarse a otras especies que permitirán que la vida en este planeta continúe otros cuantos miles de millones de años. Como ha hecho siempre.
En realidad, haremos camino al andar, quizá hacia un precipicio o quizá no. El negacionismo no es más que otra manifestación de ese sesgo cognitivo que tenemos, que nos impide valorar con objetividad aquello que cuestiona nuestros dogmas consolidados, políticos, sociales, económicos, o nuestros intereses, o sencillamente estremece a nuestra conciencia como le ocurre a los noruegos. Seguiremos valorando a unos y a otros de acuerdo con nuestro código moral, corregido por nuestros sesgos cognitivos, mientras la ciencia acumulará a tientas, mediante prueba y error a menudo, argumentos en favor de unas medidas u otras. Y de la misma manera que las ha acumulado a lo largo de décadas en favor de una idea científica de naturaleza humana, a tientas, con pasos adelante y pasos en falso, en colaboración y a veces en competencia con las ciencias sociales, sufriendo injerencias oportunistas de los charlatanes y oportunistas de siempre, y ha sido políticamente incorrecto cuestionarla (y sigue siéndolo en muchos aspectos), negacionistas, políticos, oportunistas, lobbistas y activistas actuarán igual que han hecho siempre. Pocas esperanzas de que nos aproximemos a este asunto de otra manera a como nos aproximamos a todos

plazaeme 11/01/18 17:03
No existe un "conjunto de observaciones empíricas que permiten atribuir con una altísima probabilidad el calentamiento a la acción humana de los últimos dos siglos y medio". Y es un problema muy sencillo. Si crees que sí existe, di cuál se conjunto de observaciones empíricas. me basta con una, o las que quieras.

Nota: el IPCC habla desde 1950, y tampoco hay observaciones empíricas para eso. Salvo que nos las muestres. El IPCC no lo ha hecho. Sospecho que no has mirado cómo se produce esa "atribución". No es fácil, porque no son muy claros, pero te lo puedo explicar.

plazaeme 11/01/18 17:10
Manuel, perdona pero no sabes de lo que hablas.

- "Se trata de una variación de uno a seis grados en función, naturalmente, de las emisiones de CO2 que puedan realizarse o dejar de realizarse en ese plazo, algo que los expertos no pueden conocer con antelación".

No, se traa de la sensibilidad climática (lo que aumenta la temperatura al doblar el CO2. Y e margen es el que dice Rawandi. 1,5 - 4,5ºC para un 66% de propabilidades según IPCC AR5 (2013).

- Por otro lado, la reforestación no tiene nada que ver con el aumento de las temperaturas medias, sino con el fin del uso agrícola de amplias superficies de tierra y con los programas públicos de reforestación emprendidos en ellas".

Ande, lee un poco, que eso es muy conocido:
http://www.nature.com/nclimate/journal/v6/n8/full/nclimate3004.html?WT.ec_id=NCLIMATE-201608&spMailingID=51922509&spUserID=NDc3NTg0ODg4MjMS1&spJobID=963906787&spReportId=OTYzOTA2Nzg3S0#affil-auth

Manuel Arias Maldonado 11/01/18 21:34
Muchas gracias a todos por los comentarios, que agradecería se mantuviesen en un tono educado en atención a la seriedad de la revista en que se publican. Es triste constatar que uno "no sabe de lo que habla" a pesar de haber trabajado en la teoría política medioambiental desde siempre, pero, a pesar de mi ignorancia, me atrevería a hacer algunos comentarios sobre un tema que, comosalta a la vista, reviste una formidable complejidad. Tanta, que ni siquiera logramos ponernos de acuerdo sobre las bases factuales -científicas- del problema. ¡Para qué hablar de sus implicaciones de otro orden! O sea: morales, económicas, políticas.

Irónicamente, yo he defendido siempre un enfoque prudencial en esta materia, porque, como se ha apuntado más arriba, hay bienes humanos que no pueden desatenderse en nombre de la lucha contra el calentamiento. Es un punto de vista que ha defendido con agudeza el historiador Dipesh Chakrabarty, en alguna ocasión polemizando directamente con Slavoj Zizek. Mi prudencia, que no he abandonado, era vista como "pseudo-negacionista" entre mis colegas de estudio, en su mayor parte. Sin embargo, el consenso científico ha aumentado en los últimos 20 años, en parte debido a que los datos recabados desde entonces empeñan en confirmar las predicciones realizadas por los modelos informáticos (aquello mediante los que, a partir de las observaciones empíricas recabadas en todo el planeta, se expresa la ciencia del clima se expresa en su modo más "predictivo"). En estas circunstancias, sin ignorar la complejidad de la empresa científica, ni negar la existencia de variabilidades e incertidumbres, adaptar la propia posición a la posición prevalente en la comunidad científica se me antoja razonable. Aquí se plantea un problema para el científico social, así como para cualquier ciudadano interesado en este tema: en realidad, ninguno de nosotros sabemos de lo que habla. Dicho de otra manera, no somos climatólogos. Y por eso no queda más remedio que confiar en las observaciones de los climatólogos: la interdisciplinariedad tiene sus límites. De manera que uno jamás podrá evaluar la verosimilitud de las hipótesis climáticas con la confianza suficiente.

Ahora bien, si se lee esa literatura se encuentra con un consenso suficiente acerca de (i) el aumento de las temperaturas medias del planeta y (ii) la coincidencia de la misma con la emisión masiva de CO2 a la atmósfera causada por la Revolución Industrial, algo que, habiéndose observado en tiempos pasados (los paleoclimatólogos tienen ahí algo que decir) que el aumento de las temperaturas se correlaciona con la cantidad de CO2 existente en la atmósfera, permite sostener con un alto grado de probabilidad (iii) que el actual calentamiento global o cambio climático tiene origen antropogénico: que la correlación es causalidad. Es, como también se ha dicho aquí, "una conjetura razonable". Va de suyo que medir y observar es más fácil que predecir, máxime cuando a las variables climáticas hay que añadir las variables sociales. Lo he dicho en el post: se trata de tomar esto como un punto de partida para la reforma cautelosa, no para dar la vuelta a la sociedad liberal-capitalista como a un calcetín. Incluso podría descartarse todo curso de acción, siempre y cuando esta última opción sea elegida de manera informada, esto es, a partir del consenso científico existente. Claro: hemos leído a Kuhn y a Fereyabend y sabemos que la sociedad "penetra" en el laboratorio. Pero no podemos decir que la historia de la ciencia sea la historia de un fracaso. Así que es bueno que haya discusión científica, como también he dicho en el post (pues una cosa es el escepticismo y otra el negacionismo), porque de hecho esa discusión objetiva es lo que distingue al método científico. Sin embargo, no me parece que haya razones suficientes para rechazar de plano las tesis dominantes entre los miembros de la comunidad científica (yo no las encuentro), ni que sea prudente hacerlo.

Una breve posdata sobre la reforestación. El artículo que amablemente se ha traído a colación advierte que "how global vegetation is responding to the changing environment is not well established". Por su parte, los editores invitados de la revista Forests, revista de ecología forestal que acaba de hacer una "call for papers" sobre la materia, dicen algo distinto:

"Afforestation/Reforestation (or Forestation) has been implemented worldwide as an effective measure to sustain ecosystem services and address global environmental problems such as climate change. The conversion of grasslands, croplands, shrublands, or bare lands to forests can dramatically alter forest water, energy, and carbon cycles, and, thus, ecosystem services (e.g., carbon sequestration, soil erosion control, and water quality improvement). Large-scale afforestation/reforestation is typically driven by policies, and in turn can have substantial socioeconomic impacts as well."

No obstante, es probable que los cálculos realizados por los autores del texto en Nature acierten con sus cálculos. De hecho, tiene su lógica que un planeta más cálido produzca más vegetación. El zoólogo Gordon Orians ha señalado, incluso, que el calentamiento puede llegar a compensar la pérdida de biodiversidad mediante una explosión de vida, que le lleva a proponer el término "Homogoceno" para reemplazar el de "Antropoceno". Con todo, un planeta demasiado reverdecido podría ser una mala señal: en "El mundo sumergido", de JG Ballard, el calentamiento no antropogénico que aflige al planeta ha expulsado a la humanidad a los polos, mientras innumerables especies habitan una superficie terrestre convertida en un inmenso, verdísimo trópico expandido. Todo, hay que concluir, es cuestión de grado.

Fco. Martínez 14/01/18 21:41
En mi opinión, el texto del Sr. Arias Maldonado refleja fielmente el estado de la cuestión. Es una síntesis extraordinaria que relaciona, si no todos, casi todos los elementos que intervienen en el debate acerca del cambio climático: tanto los de carácter científico y económico como los políticos y sociales; sin pretender agotar ni tampoco olvidar ninguno de ellos.

César Valdivieso 10/08/18 02:47
Saludos amigos de Revista de Libros. A continuación les presento una propuesta que pudiera ser de su interés:

UN MODELO ANTISITEMA VIRTUAL, PARA CAMBIAR AL MUNDO REAL

A pesar de la elevada calidad de vida que han logrado alcanzar algunas de las llamadas naciones desarrolladas, lo cierto es que el mundo, considerado como un conjunto de países ubicados en una biosfera frágil y geográficamente limitada, está amenazado de extinción por causa de la depredación del medio ambiente y los conflictos humanos.
No obstante las buenas e importantísimas acciones tomadas por grupos e individualidades en pro de un mundo mejor, el deterioro a todo nivel continúa aumentando peligrosamente.
Después de más de treinta años dedicados a estos asuntos, y por aquello de que “una imagen vale más que mil palabras” se nos ha ocurrido como una idea novedosa, el diseño de una ciudad piloto sostenible y autosuficiente que posea todas las características de infraestructura y organización correspondientes a la sociedad pacífica y sostenible que deseamos para nosotros y nuestros descendientes, y cuya presentación en forma de maquetas, series animadas, largometrajes, video juegos y parques temáticos a escala real, serviría de modelo a seguir para generar los cambios necesarios.
El prototipo que presentamos posee algunas características que se oponen, a veces en forma radical, a los usos y costumbres religiosos, económicos, políticos y educativos que se han transmitido de generación en generación, pero que son los causantes de la problemática mencionada, por lo que deben ser transformados.
Si te interesa conocer este proyecto, o incluso participar en él, te invitamos a visitar nuestro sitio web https://elmundofelizdelfuturo.blogspot.com/ (escrito en español y en inglés), donde estamos trabajando en ese sentido.

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