Agosto 2018
Revista de Libros
Descansamos durante el mes de agosto. Volvemos en septiembre.
¡Felices vacaciones!

La extraña pareja

por Manuel Arias Maldonado

Entre algunos de nuestros novelistas se ha puesto de moda afirmar que todo es ideología y nada, de hecho, puede decirse fuera de la ideología. Esos mismos novelistas se sentirían, sin duda, escandalizados si se les comparase con Donald Trump. Pero, en realidad, no son tan diferentes: donde uno dice «todo es ideología», el otro grita «Fake news!». Porque, si todo es ideología, ¿cómo distinguir la verdad de la mentira? En esa aparente paradoja se resume el problema que plantea la relación entre posverdad y posmodernismo. Se trata de una relación cuando menos sospechosa, en la que se han detenido con más o menos empeño quienes últimamente tratan de esclarecer qué es y de dónde viene la posverdad. Yo mismo he identificado, en mis trabajos sobre el tema, tres grandes factores para explicar su aparición: el filosófico, el tecnológico, el afectivo. Y quisiera aquí aislar, dentro del primero de ellos, el factor posmoderno.

Ha sido el filósofo Lee McIntyre quien ha puesto más ahínco en demostrar que existe una fuerte conexión entre las tesis posmodernas y la emergencia de la posverdad. Lo ha hecho en uno de los capítulos de Post-Truth, su libro de este mismo año. A su juicio, el posmodernismo empieza por cuestionar que existan respuestas correctas a la pregunta sobre el significado de un texto para terminar cuestionando que exista la «verdad» en sentido amplio. Y si la idea de una verdad objetiva es descalificada como una suerte de engaño filosófico, todo será una cuestión de perspectiva o punto de vista: aquel desde el que cada uno observa una realidad que no admite objetivación. Bajo esta premisa, el posmodernismo denuncia que quienes dicen decir la verdad no están más que exponiendo una posición ideológica; esto es, tratando, de hecho, de naturalizar y universalizar su punto de vista, que además responde a sus intereses y es contrario a los intereses de los demás. En suma, de acuerdo con Michel Foucault, una cuestión de poder.

Para McIntyre, es obvio que pueden plantearse objeciones válidas a los conceptos de verdad y objetividad; el rechazo frontal de ambos, en cambio, es más peligroso. Máxime cuando las tesis del posmodernismo no se aplican únicamente a los textos literarios o filosóficos, sino también a la ciencia natural. Es aquí donde el posmodernismo converge con la sociología de la ciencia, que se preguntarse razonablemente por las condiciones en que se hace ciencia y se dedica al estudio de los propios científicos. Resulta de ahí un campo de estudio guiado por dos hipótesis: una débil, según la cual las teorías científicas fallidas acaso puedan explicarse a partir de sesgos ideológicos que distorsionan el método científico; y una fuerte que, yendo considerablemente más lejos, afirma que todas las teorías científicas deben entenderse como un producto ideológico. Algo así como el huevo de la serpiente: la descalificación de la ciencia como mera ideología.

Los científicos reaccionaron astutamente contra esta pretensión disolvente. Ahí está el famoso affaire Sokal, referido al artículo que el físico Alan Sokal logró colar en Social Text ‒revista señera de la teoría posmoderna‒ parodiando la jerga de la llamada «filosofía continental» y revelando su gusto por el hermetismo incongruente. Cualquier teórico político familiarizado con sus contemporáneos reconocerá los términos que Sokal pone en juego cuando describe su paper como

un pastiche de Derrida y la relatividad general, Lacan y la topología, Irigaray y la gravedad cuántica: todo ello unido por vagas referencias a la «no linealidad», el «flujo» y la «interconectividad». Finalmente, saltaba (sin argumento alguno) a la afirmación de que la «ciencia posmoderna» ha abolido el concepto de realidad objetiva.

Sokal también afirmaba en el paper que la realidad física es en el fondo un constructo social y lingüístico: no nuestras teorías sobre la realidad, sino la realidad misma. Naturalmente, el episodio fue un tremendo escándalo intelectual y muchas de las tesis del posmodernismo ‒o, si se prefiere, las más grotescas exageraciones del posmodernismo‒ salieron con ello malparadas. Pero, y aquí está el meollo de la tesis de McIntyre, estas «guerras de la ciencia» dejaron abierta una puerta por la que empezaron a colarse otros actores, dispuestos a apropiarse de un vocabulario sobre el que los progresistas no podían ejercer monopolio alguno. De ahí vendría el «posmodernismo de derechas» que emplea las dudas sobre la verdad, la objetividad y la ciencia para politizar toda verdad; incluso, o sobre todo, las defendidas por los progresistas. Se trata, en fin, de aplicar la técnica posmoderna para fines distintos a los inicialmente previstos. Por decirlo de manera gráfica: si la Guerra del Golfo no tuvo lugar, como titulara Jean Baudrillard, ¿por qué iba a existir la injerencia rusa en las elecciones presidenciales norteamericanas? Justamente eso es lo que hace Trump: decir que no tuvo lugar.

En un artículo publicado por The New York Times en 2011, la escritora Judith Warner ya señaló que el negacionismo climático se basa en tácticas que provienen «del manual de la izquierda posmoderna». A saber: cuestionar los hechos establecidos, desvelar los mitos y las ideologías que habría detrás de las teorías, denunciar la falta de neutralidad de los científicos. En términos prácticos, la campaña contra la ciencia del cambio climático debe mucho al ataque anteriormente orquestado contra la ciencia que demostraba los riesgos del tabaco para la salud. Idéntico método: se trata de pagar a expertos propios, de usarlos para sugerir ante los medios que hay dos versiones distintas de un mismo asunto, ejercer presión a través de los lobbies y gastar dinero en relaciones públicas, para capitalizar a renglón seguido la confusión pública resultante. Lo dejó claro un ejecutivo de la industria del tabaco que dejó escrito, en un memorándum, que «nuestro producto es la duda, que es el mejor medio de competir con el “cuerpo factual” existente en la mente del público». Si se niegan los hechos, se niegan las consecuencias; y si se niegan las consecuencias, no hay necesidad de enfrentarse a ellas. Por eso ha sugerido Bruno Latour que los negacionistas climáticos jamás podrán aceptar el hecho del calentamiento antropogénico del planeta: he ahí el carácter «despótico» de la verdad factual sobre el que llamaba la atención Hannah Arendt.

Para McIntyre, sin embargo, la técnica posmoderna ha sido empleada también en la peculiar batalla que la derecha norteamericana libra contra la teoría de la evolución. De manera exitosa: algo más de un tercio de los ciudadanos estadounidenses no «cree» en Darwin. Concretamente, el influjo del posmodernismo se aprecia en el modo en que el llamado «creacionismo» muta en «teoría del diseño inteligente» y presenta sus credenciales científicas en plena clase de Biología. Uno de los creadores del Diseño Inteligente, Philip Johnson, ha admitido explícitamente la influencia del posmodernismo: su intención era valerse del enfoque posmoderno para socavar la autoridad epistémica de la ciencia, con objeto de poder presentar su propia «teoría» como alternativa. Tal como ha explicado el filósofo de la ciencia Robert Pennock, la estrategia de Johnson se basa en presentar la teoría de la evolución como una «historia» defendida por la tribu científica; tribu que, según las tesis posmodernas, carece de todo monopolio sobre la descripción fáctica de la realidad. ¿Acaso no es esta última una «construcción social»? Johnson actúa en consecuencia y sostiene que el Diseño Inteligente es tan ‒o tan poco‒ verosímil como la teoría de la evolución. Dicho sea de paso, cabe imaginar que los españoles hoy convencidos de que las vacunas son innecesarias y la leche no debería pasteurizarse reaccionarían horrorizados si se les comparase con los antidarwinistas o los negacionistas climáticos. Las similitudes, sin embargo, son evidentes.

La conexión entre el posmodernismo y la posverdad no puede demostrarse fácilmente. Pero existen suficientes indicios. Philip Johnson es uno; otro es Mike Cernovich, importante bloguero de la llamada alt-right norteamericana sin cuyo impulso no puede entenderse la victoria de Trump. Cernovich, que cuenta con casi medio millón de seguidores en Twitter y llegó a ser entrevistado por la CBS, plantea a The New Yorker ‒que lo presenta como «maestro del meme de la derecha alternativa»‒ la reflexión que sigue:

Digamos, en beneficio del argumento, que Walter Cronkite hubiera mentido sobre absolutamente todo. Antes de Twitter, ¿cómo habríamos podido averiguarlo? Mire, estudié teoría posmoderna en la universidad. Si todo es relato, lo que necesitamos son relatos alternativos al relato dominante. Y no parezco un tipo que haya leído a Lacan, ¿verdad?

Más significativa, si cabe, es la admisión de culpa formulada por uno de los grandes inspiradores del constructivismo social, el ya citado Bruno Latour. En un artículo publicado en 2004 en la revista Critical Inquiry, el siempre agudo Latour reflexiona sobre el vínculo entre el negacionismo científico y el constructivismo social:

He empleado mucho tiempo en el pasado tratanto de mostrar «la falta de certidumbre científica» inherente a la construcción de los hechos. Hice de eso un «argumento de principio». Pero no lo hice exactamente con la intención de oscurecer a ojos del público la certidumbre de un argumento ya cerrado, ¿o sí?

Latour llega a lamentar algo que yo mismo me he encontrado al ejercer la docencia en los últimos cursos del Grado en Periodismo: que los jóvenes son educados en la idea de que los hechos pueden construirse, que no existe manera de acceder a la verdad de manera no sesgada, que somos siempre prisioneros del lenguaje, que siempre hablamos desde un punto de vista particular e interesado, que la objetividad es una quimera. Sobre esa base, ¿cómo persuadir a la opinión pública de la robustez de la ciencia climática? Si no hay hechos, sino sólo interpretaciones, ¿quién decide qué interpretación es preferible, si es que eso puede decidirse? En esa situación, ¿no dependerá ya todo de cómo nos hagan sentir esas distintas interpretaciones? Tal sería, después de todo, el núcleo de la posverdad: una aprehensión subjetiva de la realidad donde los hechos importan menos que nuestras emociones.

También el filósofo Daniel Dennett, un conocido racionalista, apunta hacia sus colegas posmodernos: «Son responsables de la moda intelectual que ha convertido en algo respetable ser cínico sobre la verdad y los hechos». Viene a la mente aquella frase de Jean-François Lyotard con la que el difunto Klaus von Beyme terminaba su análisis de la teoría política posmoderna: «¡Dejadnos jugar en paz!» Lo cierto es que el éxito arrollador del posmodernismo hizo que esos juegos teóricos tuvieran consecuencias prácticas. Tanto que, en otro libro reciente sobre las raíces de la posverdad, el periodista Matthew D’Ancona ha sugerido que Donald Trump es el improbable beneficiario de una escuela filosófica de la que no ha oído hablar: una que subraya la importancia de la ironía, la fragmentación y el acuerdo comunitario sobre cualquier verdad objetiva susceptible de formulación racional. Así que, si el posmodernismo da prestigio intelectual al cinismo y una nueva cara al relativismo, concluyen separadamente McIntyre y D’Ancona, no queda más remedio que denunciarlo como heraldo de la posverdad.

¿Es esta una acusación justa? Formulada sea, naturalmente, al margen de las intenciones de los pensadores posmodernos; es de suponer que ninguno habría querido llevar a alguien como Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos, aunque quizá no sea insignificante el placer que experimentan al contemplar en vida cómo el capitalismo tardío se aproxima al precipicio. No se trata, tampoco, de condenar al posmodernismo a partir de sus excesos o efectos indeseados. El «modo de ver» posmoderno no puede disociarse tan fácilmente de los principios ilustrados; no representa tanto una superación de la modernidad como su problematización. O, más bien, autoproblematización: la operación no se hace desde fuera, sino desde dentro, como una radicalización de los postulados modernos. Y que responde, además, a una sociedad transformada material y culturalmente por la combinación de desarrollo económico y tecnológico. El posmodernismo no es, en fin, ninguna ocurrencia: aunque esté plagado de ocurrencias. Asunto distinto es que, como ha escrito Christopher Butler, los posmodernos sean buenos deconstructivistas y pésimos constructores; sin que pueda ni mucho menos descartarse que el éxito de sus deconstrucciones entorpezca severamente cualquier tarea constructiva. Dicho con más claridad: la crítica posmoderna de los fundamentos de la sociedad liberal puede haber generado un descreimiento incompatible con el mantenimiento de la sociedad liberal.

Sin necesidad de llegar tan lejos, y a modo de resumen de lo que aquí se ha dicho sobre la relación entre posverdad y posmodernismo, no está de más recordar la crítica que el difunto filósofo británico Bernard Williams elevase contra el también difunto Richard Rorty en las páginas de The London Review of Books con motivo de la publicación de Contingencia, ironía y solidaridad, influyente libro del segundo. Señala allí Williams que Rorty no puede desligarse de la noción de «verdad» tan fácilmente como querría. Recordemos que el norteamericano afirma que la verdad es un vocabulario y que no existen vocabularios «finales» que puedan dar por cerrada la querella metafísica entre las distintas cosmovisiones que coexisten en el interior de una sociedad. A su juicio, tomando como referencia un pasaje de 1984, es menos importante que dos más dos sean cuatro que poder decir que dos más dos son cuatro. Si cuidamos de la libertad, dice con indudable optimismo, la verdad se cuidará sola: lo importante es que los ciudadanos puedan encontrarse libremente para discutir sobre lo verdadero en el marco de una sociedad abierta. Y añade: «Una sociedad liberal es una que se conforma con llamar “verdadero” a aquello que resulte de esos encuentros». Además, puntualiza Rorty, de ser una sociedad donde cualquier cosa vale si se usan las palabras y la persuasión en lugar de emplearse la fuerza o la acción. Pero, se pregunta Williams,

¿por qué debería creer Rorty que esas distinciones liberales pueden defenderse, o incluso comprenderse, si no nos tomamos en serio la idea de decir la verdad? ¿Es la idea de la persuasión misma, como algo opuesto a la mera fuerza, algo independiente de las nociones de verdad?

La respuesta, claro, es que no; que si no nos tomamos en serio la idea de verdad, esas distinciones carecen de sentido. Volvemos con eso a la paradoja inicial: si todo es ideología, no hay verdad y, por tanto, tampoco mentira. Ahora bien: cuando hablamos de pluralismo, no hablamos, forzosamente, de grupos o individuos escépticos sobre la verdad misma; grupos o individuos que no creen que exista verdad alguna. Por el contrario, con ello podemos describir un conjunto de grupos o individuos convencidos de que su verdad, la que ellos defienden, es la verdad. Cuestión distinta sería que todos ellos creyesen que la verdad no existe en ningún caso, que es lo que viene a decir el posmodernismo y lo que sugiere el término «posverdad». El propio Rorty, en buena medida, trata de redefinir el liberalismo para una sociedad donde, exista o no la verdad, no hay acuerdo posible sobre su existencia. Y aquí, claro, está el problema. Es urgente instilar en el público la convicción de que es posible identificar no la verdad, sino un conjunto de verdades objetivables a través de un procedimiento deliberativo donde la argumentación y la prueba desempeñen un papel determinante. No se trata de defender una concepción fuerte de la verdad, insostenible a estas alturas de la historia de la filosofía, pero sí de salvaguardar una concepción débil de la misma que afirme su posibilidad y distinga entre diferentes tipos de verdad: fáctica, científica, política, moral. En ningún caso puede admitirse la idea, tan trivial como en último término incongruente, según la cual todo es ideología. ¡Incluida la ciencia! Para esa tarea, irónicamente, los hallazgos más interesantes del posmodernismo ‒que los hay‒ deberían ser una ayuda más que un obstáculo. Está por ver, sin embargo, que ese genio pueda regresar a la botella.

Este blog se toma vacaciones hasta primeros de septiembre. Feliz verano.

25/07/2018

 
COMENTARIOS

Juanmari 26/07/18 17:21
Sugiero, aunque sea como ejercicio intelectual y solo porque no es habitual, otra manera de verlo. La nueva problematización de la verdad no viene de la crítica posmoderna sino del final de la condición posmoderna. Si la condición posmoderna es, primeramente, la inexistencia de grandes relatos explicativos, ahora ya tenemos una metanarrativa triunfante y casi hegemónica, me refiero a la globalización, al mercado globalizado. Ahora bien, por su propia naturaleza, sus relatos no se desarrollan con los pares verdad/mentira, bien/mal sino con los de éxito/fracaso, repliegue identitario/apertura transnacional (ellos/nosotros). En este contexto la verdad se minusvalora porque fracasa, no puede competir en el mercado de ideas a corto plazo y porque hemos visto como fracasan las instituciones tecnocráticas en la prediccion de hechos y en la resolución de problemas. Lo hemos visto en economía, medicina y demás ciencias humanas pero también en la física (donde también han colado artículos falsos en revistas científicas de primer nivel sobre las teorías de las supercuerdas, G, etc.)

Hugo Abbati. 01/08/18 18:46
Creo que Rorty es más complejo que lo que sugiere la nota. Véanse, por ejemplo, sus argumentos en contra de los que lo acusan de relativista. Así y tdo, felices vacaciones. Se extrañará la inteligencia que su blog destila.

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