Female gaze (IV)

por Manuel Arias Maldonado

Nos preguntábamos la semana pasada, al hilo del debate sobre el acoso sexual y sus implicaciones, si la biología no se ha convertido en el último refugio del patriarcado. Es decir, si la apelación a las diferencias sexuales innatas entre hombres y mujeres no estaría utilizándose implícitamente para explicar ‒que no justificar‒ la mayor agresividad del varón. Para el escritor conservador Andrew Sullivan, nos equivocaríamos si dejamos la biología fuera de la discusión:

Digo esto porque en el acalorado debate sobre las relaciones de género y el movimiento #MeToo, esta realidad natural ‒reflejada en cromosomas y hormonas que ningún científico pone en entredicho‒ rara vez se discute. Se ha convertido, casi, en un tabú. [...] Todas las diferencias entre los géneros, se nos dice, son una función no de la naturaleza sino del sexismo. [...] La naturaleza misma sería una «construcción social» diseñada por los hombres para oprimir a las mujeres.

¡Menudo asunto! Pocas disputas científicas y filosóficas han sido tan duraderas como la relativa a la fuerza conformadora de los rasgos innatos y la capacidad de la cultura para modificarlos. Dada la importancia que, con razón, se concede al consentimiento entre adultos y al hecho de que la relación entre los sexos se describe a menudo como el juego entre la activa mirada cosificante del hombre y la cauta recepción pasiva de la mujer, conviene determinar cuánta verdad hay en ello. Entre otras cosas, porque los rasgos innatos pueden ofrecer resistencia a la moralización (por oposición a la «naturalización») de las conductas. De hecho, si la agresividad sexual masculina no puede explicarse sin recurrir a los factores biológicos, la capacidad reformadora de la cultura quedaría en entredicho: la cultura reprime, sí, pero no suprime. Y, por tanto, habría que abandonar la esperanza de que algunos de los aspectos más problemáticos de la sexualidad masculina puedan desactivarse del todo. Pero vamos por partes.

Eso que llamamos cosificación describe el acto por el cual miramos a otro sujeto como un objeto. Para la crítica feminista, es una conducta típicamente masculina, que contempla a la mujer como objeto erótico sin atender a sus demás cualidades: del valor moral a las capacidades intelectuales. Pero, ¿por qué cosificamos? La filósofa Raja Halwani se preguntaba, en una pieza reciente, si el deseo sexual es cosificante per se y, por tanto, moralmente erróneo. Apréciese el grado de sofisticación de especie que encierra la formulación misma de esta pregunta, que apunta a la posibilidad de que el acto sexual ‒que asegura nuestra reproducción‒ carezca de validez moral. A su juicio, que se apoya en Kant, desear a otro ser humano implica forzosamente la cosificación, pues lo que deseamos es su cuerpo y no otras cualidades. Para colmo, que exista consentimiento no elimina la cosificación, pues dos personas pueden ponerse de acuerdo para mantener una relación estrictamente sexual; ese acuerdo también puede ‒¡o podía!‒ ser implícito. Dicho en términos kantianos, el deseo sexual nos impide tratar a otra persona como un fin en sí mismo, pues la reducimos a la condición de medio para un fin (la satisfacción sexual). Pero lo mismo sucede con el sujeto deseante:

El sexo no sólo te hace cosificar a tu pareja. También te cosifica a ti. Cuando estoy poseído por el deseo sexual, también dejo que otra persona me reduzca a mi cuerpo, me use como un instrumento. Su poder es tal que convierte a la razón en su sirviente: nuestra racionalidad se convierte en el medio para satisfacer sus objetivos.

¿Deja el sujeto de ser sujeto cuando es cosificado? ¿Podemos establecer tan alegremente esa separación? Es probable que Halwani subestime el papel de los sentimientos en la experiencia sexual, pues allí donde esos sentimientos existen influyen forzosamente en la percepción del otro, que se nos presenta como una totalidad antes que como un mero instrumento para la satisfacción del deseo. Asimismo, convendría recordar que el placer del otro ‒el placer que damos‒ suele ser un ingrediente destacado de los intercambios eróticos. Con todo, su conclusión es un saludable recordatorio del papel que el deseo ‒como fuerza autónoma‒ desempeña en las relaciones sexuales: el deseo y la cosificación, que son inseparables, constituyen una fuerza que la moralidad debe reconocer. Y añade: «El sexo es como cualquier buen postre: es delicioso, pero se paga un precio».

En una entrada anterior de este blog se traía a colación el llamado «efecto bikini» observado por los neurobiólogos: cuando un hombre ve una imagen de una mujer en bikini o ropa interior, se activan en su cerebro aquellas partes que también operan cuando lo observado es un objeto. Se sugiere así que la cosificación es un fenómeno natural, ligado a las necesidades de perpetuación de la especie: una suerte de mecanismo automático de orden evolutivo. Resulta de aquí una información valiosa para las empresas de marketing, pues se ha demostrado que la exposición a esas imágenes hace a los hombres más impulsivos: dispuestos a comprar acciones, abrir una cuenta bancaria o viajar a las Seychelles. Que esto no hace de los hombres unos acosadores en serie puede comprobarse pasando un domingo de agosto en la playa, pero esta reactividad masculina ‒no he encontrado estudios que comprueben la hipótesis en la mujer‒ dirige, en todo caso, nuestra atención hacia los fundamentos biológicos del deseo. Porque el deseo no es voluntario, sino espontáneo; no podemos forzarlo, aunque a veces quisiéramos. Es verdad que puede existir con independencia de su objeto: el deseo de sexo, por ejemplo. Pero tampoco ese deseo es voluntario, ni puede proyectarse exitosamente sobre cualquier objeto.

Ahora bien, ¿qué parte de ese deseo está modelada por elementos culturales? Aunque el deseo no sea voluntario, pues aparece o no, ¿podrían sus formas estar culturalmente condicionadas? El filósofo canadiense Ronald de Sousa ha sugerido algo tan chocante como que la biología evolutiva nos convierte a todos en existencialistas. ¡De Darwin a Sartre! La razón es que la evolución no tiene que ver con nosotros, sino con la información genética que trasladamos a nuestros descendientes. Y eso no es algo que tengamos presente en nuestra actividad sexual ordinaria, como prueba el uso masivo de la contracepción. Su conclusión es que la biología enseña que no existe una «naturaleza humana», hecho que da la razón al existencialista: no hay nada que «seguir» en lo natural, somos nosotros quienes debemos crearnos a nosotros mismos. Todo sería, pues, cultura. Y, sin embargo, por limitarnos al tema que nos traemos entre manos, ya hemos señalado que los períodos de abstinencia sexual suelen generar ‒al menos en individuos jóvenes‒ un deseo genérico, no relacionado con objeto alguno y difícilmente negociable. Del mismo modo, aunque los patrones culturales pueden producir modificaciones en los estereotipos más deseables, no parece que el deseo por un miembro del otro sexo ‒o del mismo sexo‒ tenga en sí mismo un origen cultural.

Tal como se insinuaba má arriba, no habría necesidad alguna de negar la autonomía relativa del deseo si no fuera porque el debate en torno a los factores biológicos desempeña un papel en la controversia contemporánea sobre las relaciones sexuales entre hombres y mujeres. Para Laurie Penny, por ejemplo, existe una conexión directa entre los estereotipos culturales y la «cultura de la violación», en la que, a su juicio, vivimos inmersos. Esto se demostraría en el hecho de que los hombres tratan el sexo como algo que se «arranca» de las mujeres. A su modo de ver, los varones operamos con un conjunto de presunciones ‒asimiladas culturalmente‒ sobre el sexo y la sexualidad que requieren urgente análisis:

Presunciones sobre cómo son las mujeres, qué hacen, y qué tienen la capacidad de querer. Presunciones como: los hombres quieren sexo, las mujeres son sexo. Los hombres toman, a las mujeres hay que persuadirlas para que den. Los hombres se follan a las mujeres; las mujeres se dejan follar.

Aunque la generalización ‒según la cual todos los hombres actúan siempre de ese modo‒ es más que discutible, a Penny no le falta razón. Basta con recurrir al lenguaje: las mujeres siempre han sido las que «concedían sus favores» a los hombres, al tiempo que se veía con malos ojos a aquellas que decían en lugar de responder, como hace una verdadera dama, que quizá. Pensemos en Don Juan o en Casanova, seductores profesionales dedicados a vencer la oposición de las damas virtuosas. Naturalmente, también es posible que ese sesgo cultural no sea caprichoso, sino que responda a factores como las distintas estrategias reproductivas de cada sexo, el desigual reparto de poder entre ambos o, como ya se dijo en la primera entrega, al hecho de que a la mujer pueda resultarle más «económico» elegir entre las distintas ofertas masculinas en lugar de ser ella quien las formule. De ser el caso, el protagonismo histórico del deseo masculino habría sido menos el resultado de una operación deliberada de dominación que una segregación espontánea de la cultura; una cultura, vale añadir, menos atenta a los problemas que ahora nos preocupan. Habríamos ganado, pues, en reflexividad. Por eso Penny reclama una nueva «cultura del consentimiento» que reconozca a la mujer como sujeto decisor y deseante en igualdad de condiciones:

Esto es lo que significa la cultura del consentimiento. Significa esperar más: exigir más. Significa tratarnos entre sí como seres humanos complejos con agencia y deseo, no sólo una vez, sino de manera continua. Significa ajustar nuestras ideas sobre el dating y la sexualidad más allá del proceso consistente en arrancar un renuente «sí» a otro ser humano.

Pero, ¿hablamos de igualdad moral o de igualdad psicosexual? Porque una cosa es defender una cultura del consentimiento que no haga excepciones y otra es afirmar que no existen diferencias entre hombres y mujeres en materia sexual. Dicho de otra manera: podemos decir que no debería haber diferencias y desear que no las haya, pero eso no implica necesariamente que la cultura tendrá éxito en su empeño por abolirlas. ¿Pueden hombres y mujeres conducirse de manera idéntica en este terreno? ¿Son biológicamente iguales y sólo la cultura ha impedido hasta ahora que esa igualdad se refleje en las conductas socialmente aceptadas? ¿Podrá la cultura del futuro implantar esa igualdad? ¿O se trata más bien de reconducir culturalmente la sexualidad masculina, haciéndola menos agresiva mediante la persuasión moral y la coerción legal?

Candy, la prostituta interpretada por Maggie Gyllenhaal en la serie televisiva The Deuce, aspira a convertirse en directora de cine pornográfico para dejar la calle y canalizar de paso sus inquietudes creativas. En el curso de la reunión con un productor ante el que defiende su punto de vista, sostiene que el cine X vende a los hombres una fantasía: «la de que el apetito sexual de las mujeres es igual al suyo». Pero, ¿es una fantasía? Son las mujeres quienes deben responder a esto: a la pregunta sobre el deseo femenino. Porque es importante distinguir cautelosamente aquello que responde a factores biológicos de aquello que la cultura puede modificar; no para dejar de someter las relaciones entre los sexos al escrutinio moral, sino para aceptar que la moralización puede tener sus límites. ¿Es cultural, por ejemplo, la atención que los hombres prestan a las mujeres más jóvenes? ¿O la vis atractiva del Brando joven? ¿Lo es la atracción que ejerce el poder? ¿O debemos, como sugiere el protagonista de The Square, aceptarlo como un hecho? ¿Deben La Sexta y cadenas similares de televisión dejar de contratar a mujeres atractivas? ¿Debe el cine prescindir de los protagonistas guapos para ofrecer una representación de la humanidad más ajustada a su media estética? ¿Podemos evitar que una mujer o un hombre notablemente atractivos sean juzgados por esa belleza, o que el nerd lo sea por su carencia de atractivo físico? ¿Nos gusta ser deseados, o nos repele?

No son preguntas triviales. Todas ellas giran en torno al problema de la maleabilidad cultural del deseo sexual, que bien podríamos ver como un experimento en marcha. Se ha dicho a este respecto (no recuerdo quién) que quizá sean las mujeres quienes deban dar un paso al frente y decir con claridad de qué modo querrían ‒más allá de condenar el acoso y el abuso‒ reescribir las reglas que organizan las relaciones entre hombres y mujeres. De alguna manera, es lo que están haciendo. Pero no existe todavía nada parecido a la unanimidad y quizá nunca pueda haberla. Un ejemplo de las discrepancias nos lo trae Anna Biller, autora de esa originalísima película que es The Love Witch (2016). Biller ha declarado que uno de los propósitos del film es preguntar al sex symbol, a la mujer cosificada, qué piensa. Y ha denunciado cómo

la izquierda se ha apropiado de la política de la libertad sexual de una forma que no es positiva para las mujeres. Si te quejas de alguno de los problemas que la revolución sexual ha provocado a las mujeres, pareces una mojigata de derechas. Pero la revolución sexual prometió toda clase de libertades a la mujer, ninguna de las cuales se ha alcanzado: al menos, la mujer no.

Su primera película, Viva (2007), trataba sobre un ama de casa de los años setenta arrastrada por su marido a la revolución sexual y obligada por las circunstancias a desempeñar el papel de chica Playboy o, lo que es igual, a satisfacer la fantasía masculina. ¿Puede entonces suceder que la revolución sexual haya tenido un carácter opresivo para las mujeres? Pero, si lo tuvo, ¿es por razón del predominio de las formas sexuales masculinas o por la intensidad que demanda en el ejercicio de la sexualidad? Hablando de Playboy, la combativa Camille Paglia ha elogiado recientemente la figura de su creador, el fallecido Hugh Hefner. Para Paglia, Hefner estaba lejos de ser un misógino y su logro fue transformar al varón estadounidense, despojándolo de la herencia puritana y presentándolo como un connoisseur a la manera continental, situando el sexo dentro de un continuo que incluía el jazz, las ideas o la buena comida. Del granjero al gentleman: una visión que envejeció súbitamente con la explosión psicodélica de los años sesenta. Para la heterodoxa pensadora norteamericana, la demonización de Hefner es una expresión de la «fobia sexual» del nuevo feminismo: cosificar, dice, no es deshumanizar. A su modo de ver, la historia del arte y su prolongación en el cine de Hollywood y las sex symbols del siglo XX así nos lo enseña. También lo indicaría el contraste con la actitud homosexual:

Basta con atender a la larga historia del mundo gay masculino, empezando por la Atenas clásica. Ningún hombre gay ha dicho nunca, contemplando a un joven con un cuerpo perfecto, «Mi mirada está haciéndolo pasivo». Sería una estupidez. Cualquier hombre gay sabe que la juventud y la belleza son principios supremos que merecen nuestra admiración y veneración. Cuando adoramos la belleza, adoramos la vida misma.

He ahí, ciertamente, una cosificación que no merece ningún reproche en el discurso público. Pero, más allá de esta comparación, ¿qué aspecto tendría una sociedad basada simultáneamente en el consentimiento de todos los implicados y en el abandono del rol más o menos pasivo (pero no por fuerza menos decisor) que tradicionalmente se ha atribuido a la mujer en materia sexual, acaso como prolongación de su papel secundario en otros aspectos de la vida social (aunque no en todos)? ¿Son las formas sexuales dominantes, hábitos de dormitorio incluido, una imposición masculina? ¿Se trata acaso de equilibrar el peso de las preferencias de hombres y mujeres en el marco de esa cultura del consentimiento al que se refiere Laurie Penny?

No sabemos si el futuro tendrá ese aspecto. Existen otras posibilidades: la desactivación sexual de la especie; la paulatina forja de una enemistad entre hombres y mujeres que convierta el trato recíproco en un forzado ejercicio de rigidez diplomática; que las cosas sigan más o menos como están. Pero quizá no haya que ser tan pesimista: en los próximos años podría fructificar una reconstrucción de las relaciones entre los dos sexos que sea satisfactoria para ambos. Será la semana que viene, al poner cierre a esta serie, cuando veamos cuáles son las bases sobre las que puede construirse ese nuevo régimen sexual y, en consecuencia, qué forma puede adoptar una sociedad cuya divisa sea la igualdad entre seres diferentes.

07/02/2018

 
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