Female gaze (I)

por Manuel Arias Maldonado

Un ejército de mujeres vestidas de novia persigue sin tregua, ramo de flores en mano, a un hombre que huye despavorido por las calles de su ciudad: la memorable imagen pertenece a Siete ocasiones, comedia dirigida por Buster Keaton en 1925. Este novio a la fuga, interpretado por el propio Keaton, heredará una fortuna si se casa antes de que acabe el día, pues así lo dispone el testamento de su difunto abuelo. Ocurre que la negativa de su novia, que preferiría casarse por amor, lleva a su abogado a poner un anuncio en la prensa local y eso provoca una comparecencia masiva de candidatas. La delirante persecución que sigue es ajena a la voluntad del protagonista, que preferiría convencer a su amada y, de hecho, termina por lograrlo. Pero el caso es que Keaton pone en escena, a través de una insuperable sucesión de gags, una ácida representación de la compulsión nupcial que incluye la resistencia masculina a sentar la cabeza.

Una metáfora así no tendría, hoy, tanta fuerza. No porque hayamos dejado de casarnos, sino porque lo hacemos por distintas razones; la vocación matrimonial en ambos sexos tuvo mucho que ver durante siglos con una necesidad económica ahora atenuada. Y aunque el matrimonio es ‒gracias a su funcionalidad‒ una institución llamativamente resistente, lo cierto es que nos casamos menos, al tiempo que aumenta el número de personas que decide voluntariamente no tener hijos: hablar de «la emboscada de la paternidad», como hacía Gregorio Marañón, parece tener poco sentido cuando los ‒pocos‒ hijos se tienen tarde y de manera mucho más meditada. Que subsisten algunas viejas realidades, no obstante, lo demuestra el hecho de que también crece el número de varones que no tienen descendencia porque sus escasos recursos les hacen inelegibles. En cualquier caso, la transformación experimentada por esta milenaria institución es un buen ejemplo de la plasticidad de las normas sociales: casi nada es eterno.

Pues bien, lo que venimos preguntándonos desde hace algunos meses es si estamos asistiendo a la redefinición de las normas que han venido regulando tácitamente otro aspecto central de las relaciones entre hombres y mujeres, a saber, el que se refiere a sus relaciones sexuales. Desde que el magnate hollywoodense Harvey Weinstein fuera acusado de abuso, e incluso violación, por una larga lista de actrices, muchas de ellas ya consagradas en su profesión, las denuncias por acoso y conducta inapropiada se han multiplicado en el mundo del espectáculo, la empresa y la política. Hemos visto dimisiones de ministros y ceses de altos ejecutivos, la caída en desgracia del cómico Louis C.K. y el borrado de Kevin Spacey de una película parcialmente rodada. Las acusaciones van de la violación al exhibicionismo, pasando por el consumo de pornografía o las insinuaciones sexuales no bienvenidas. En ocasiones, se trata de hechos más o menos contemporáneos; en otras, de episodios que se remontan años o décadas atrás. Se publican cientos de artículos sobre el tema y se diría que las redes sociales no hablan de otra cosa. Ha surgido, también, una contrarreacción que alerta contra los excesos de esta oleada reivindicativa: el duelo de manifiestos en la prensa francesa atestigua inmejorablemente la tensión en el interior de la opinión pública. Pero, y esto merece ser enfatizado, no se trata de una opinión pública demarcada nacionalmente: medios y ciudadanos del mundo entero se han hecho eco, por ejemplo, de la controversia francesa. De manera que es razonable pensar que estamos ante la primera guerra cultural global. Ni que decir tiene que esa globalidad se ve facilitada extraordinariamente por las tecnologías digitales, que permiten a innumerables ciudadanos expresar su opinión en blogs y redes sociales.

Para Slavoj Žižek, estamos ante un gran despertar que hará posible «un nuevo capítulo en la historia de la igualdad», siempre y cuando las nuevas normas sociales eviten los peligros asociados a la cultura del victimismo. Para quienes defienden este punto de vista, las revelaciones sobre la conducta de Weinstein servirían como símbolo de un desvelamiento mucho más amplio: lo que ahora saldría a la luz no es otra cosa que una generalizada depredación sexual, a la vez violenta y abusiva, practicada por los varones con perfecta impunidad en el marco de la sociedad patriarcal. Igual que en el pasado pudieron naturalizarse conductas hoy consideradas inaceptables, desde la violencia doméstica al maltrato animal, estaríamos asistiendo ahora a la resignificación del comportamiento masculino en materia erótica y sexual. Aunque mejor no precipitarse: es mejor constatar que está librándose una guerra de significados que dista de haber concluido. Tal como señalaba The Economist, la creación de una nueva «expectativa normativa» difícilmente se producirá si la mitad de la población ‒la mitad masculina‒ discrepa de la justicia o razonabilidad de la nueva norma. Sobre eso, en buena medida, trata el fascinante debate en curso: nadie defiende la permisibilidad de la violación ni del abuso sexual, sino que discutimos sobre la definición de algunos de esos términos y sobre los límites de lo aceptable en un terreno cenagoso donde los haya.

Pero no es un debate fácil, ni ordenado, ni tan racional como sería deseable. De ahí que resulte aconsejable plantear, desde el principio, algunas cautelas epistémicas. Para empezar, y como venía a reconocer Catherine Millet en sus comentarios al manifiesto que encabeza junto a Catherine Deneuve, la controversia se alimenta de argumentos hiperbólicos que persiguen llamar la atención del público. Así hay que entender no solamente la advertencia que ese texto lanza contra la ola purificadora que desembocará en «una sociedad totalitaria», sino asimismo la idea de que vivimos en una «cultura de la violación» caracterizada por la violencia incesante contra las mujeres. Es inevitable: todo debate lleva implícita su propia exageración. En ocasiones, ligeramente apócrifa: la pensadora feminista Andrea Dworkin nunca dijo que «todo acto sexual es una violación», sino más bien que «la penetración es por su propia naturaleza violenta» (a modo de comentario sobre el asunto, tenía en su despacho un cartelito con el eslogan «Los hombres muertos no violan»). Pero incluso quien no recurra con tanta alegría al extremismo argumentativo se encontrará con otras dificultades. A menudo se tiene la impresión de que el debate está menos dirigido a la exploración intersubjetiva de un tema complejo que a la reafirmación ideológica de la comunidad afectiva de que cada uno se reclama parte. Así, uno se inclinará a aceptar todo lo que digan aquellos que pertenezcan a su tribu moral y rechazará en cambio todo lo que digan quienes engrosan la tribu rival. Se hace así difícil el genuino intercambio de razones; pero quizá por eso hablamos, justamente, de guerras culturales.

Simultáneamente, en pocas ocasiones podrá decirse con más justificación que el conocimiento de cada uno es un conocimiento «situado», es decir, uno que junto a las correspondientes adscripciones ideológicas reflejará ‒o se verá informado por‒ la experiencia vital de cada individuo. No es exactamente lo mismo ser hombre que mujer, guapo que feo, rico que pobre, viejo que joven. Simon Kuper, por ejemplo, ha subrayado la profunda discrepancia perceptiva que existe entre las distintas generaciones: los jubilados que se socializaron en los años sesenta o setenta pueden tener dificultades para comprender algunas de las normas emergentes, mientras que a los más jóvenes podrá chocarles la permisividad de sus mayores con conductas que a ellos se les antojan abusivas. Nada de eso quiere decir que uno no pueda formular argumentos que aspiren a tener validez universal, ni que debamos pararnos a identificar las características personales de nuestros interlocutores; ni mucho menos. De hecho, hay mujeres enfrentadas entre sí y hombres que comparten los argumentos del feminismo más radical. Pero no es descabellado suponer que nuestra identidad y nuestra biografía puedan influir sobre nuestra mirada hacia las relaciones entre los sexos, y hacernos conscientes de que así ocurre ‒o al menos intentarlo‒ constituye un saludable ejercicio introspectivo: recomendable para ellos tanto como para ellas.

Por último, puede darse en este terreno una discrepancia entre las opiniones dominantes en público y las convicciones que se albergan en privado. Sobre esto ha llamado la atención la escritora norteamericana Daphne Merkin, quien sostiene que sus amigas feministas

dicen en público las frases adecuadas, expresan su apoyo y se unen al coro de voces que aplauden la caída de los sujetos maléficos que hacen presa de las mujeres más vulnerables en la esfera laboral. En privado, es otra cosa. «Despierta, esto es la vida real», oigo decir a estas mismas amigas feministas. «¿Qué fue del flirteo?» y «¿Qué hay de las mujeres que ejercen como depredadoras?»

Puede que Merkin y sus conocidas se vean afectadas por el sesgo generacional que acabamos de mencionar, aunque su preocupación por la censura horizontal no carece de justificación en una esfera digital donde una frase inoportuna puede atraer al consabido enjambre de tuiteros agresivos. Paradójicamente, el movimiento #metoo, bajo cuyo abrigo son ya multitud las mujeres que han declarado haber sido víctimas de acoso sexual en algún momento de sus vidas. se caracterizaría por lo contrario: por haber dado voz a quienes no la tenían o no se atrevían a usarla para hablar sobre la agresividad sexual masculina. De modo que la ruptura de una espiral de silencio (que aquejaba a las mujeres que no se sentían libres para denunciar el acoso sexual) podría venir acompañada de la formación de otra distinta (que silenciaría a quienes discrepan de los argumentos más radicales que están poniéndose sobre la mesa). Ese temor, sin embargo, se ha disipado en los últimos días a la vista del impacto que ha tenido el manifiesto crítico de las mujeres francesas, quienes, entre otras cosas, han defendido la «libertad de importunar» como ingrediente necesario de las relaciones eróticas y rechazado la victimización automática de la mujer.

No son argumentos que salgan gratis: uno de los rasgos menos agradables de esta conversación es la tendencia a la neutralización moral del adversario, deslegitimado por razones que atañen a su adscripción ideológica o a su presunta falta de autoconciencia. Sobre lo primero, recordemos que la pensadora feminista Judith Butler fue recibida en una universidad brasileña por un grupo ultraconservador que gritaba «¡Quememos a la bruja!» En cuanto a lo segundo, se ha dicho de las firmantes del manifiesto francés que hacen el trabajo sucio del patriarcado, igual que es frecuente acusar a los hombres discrepantes de estar defendiendo sus viejos privilegios patriarcales. Para quien así razona, unas no se dan cuenta de lo que aquí está en juego y los otros se dan cuenta demasiado bien. Viene a la mente el diálogo que la roquera Kim Gordon y el rapero Chuck D mantienen en «Kool thing», la canción de la emblemática banda neoyorquina Sonic Youth: Gordon quiere saber si la minoría negra ayudará a las mujeres a liberarse de la «opresión patriarcal blanca y corporativa», a lo que él responde que hay miedo: «miedo a un planeta femenino».

Pero ya se ha dicho que condenar la violencia sexual no presenta dificultades. Y tampoco cuesta convenir, con los datos en la mano, que la peligrosidad del hombre es mayor que la peligrosidad de la mujer: para la mujer y para los demás hombres. Sería injusto olvidar esta circunstancia fundamental, que proporciona al catálogo de los temores legítimos de la mujer el temor a ser objeto de una agresión sexual masculina. El cine ha dado buena cuenta de ello: desde Mientras Nueva York duerme a El merodeador, de El manantial de la doncella a Perros de paja. Pero aquí, seguramente, acaba el consenso. Ya que el problema está en definir qué constituye exactamente «violencia sexual» y en dibujar sus contornos. ¿Cuándo estamos en presencia de un acoso, o abuso, y cuándo de una maniobra de seducción o alguna forma de galantería? ¿Qué tipo de conductas son inapropiadas y para quién? ¿De qué manera habrían de regularse las relaciones entre hombre y mujer para evitar cualquier malentendido? ¿En qué tipo de sociedad viviremos a consecuencia de ello? ¿Existe de verdad una «libertad de importunar»? ¿Y qué hay de la agencia femenina, o capacidad de la mujer para decidir libremente? ¿Qué hacemos con el deseo sexual? ¿Y con las representaciones culturales del deseo?

De todo esto ‒y alguna cosa más‒ nos ocuparemos en las dos próximas entradas de este blog, con la intención de arrojar alguna luz sobre un asunto lleno de claroscuros. Prosigue así la reflexión iniciada aquí mismo hace dos años, dándole la vuelta al título empleado entonces: en lugar de hablar de una «mirada masculina», en referencia a la conocida tesis de la teórica del cine Laura Mulvey sobre el punto de vista sexual dominante en el Hollywood clásico, se alude ahora a la «mirada femenina» que se proyecta novedosamente sobre las relaciones entre los sexos. En puridad, la novedad no está en la tesis, sino en el notable apoyo social que la tesis ‒la idea de que las mujeres son sometidas a una presión habitual de carácter agresivo‒ está recibiendo. Algo que, bien mirado, sólo podía suceder en una sociedad en la que las mujeres ya ocupan un papel más cercano al que de manera natural les corresponde.

17/01/2018

 
COMENTARIOS

Eusebio Hernandez Allepuz 19/01/18 12:59
Un artículo muy interesante.

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