Europa inacabada

por Manuel Arias Maldonado

Hace unas semanas, con motivo del Día de Europa, el periodista Ignacio Martínez me invitó a a debatir sobre el futuro de la Unión Europea. Desde entonces, la idea de que la unión política del continente se encuentra amenazada no ha hecho sino cobrar fuerza, con motivo de la crisis migratoria que está sacudiendo las bases del Gobierno alemán (aunque la razón última de esa zozobra son las elecciones bávaras de septiembre) y han convertido a Italia, Gobierno populista mediante, en un improbable aliado de Donald Trump. Por su parte, el llamado Grupo de Visegrado, formado por los países del Este de Europa, se opone también a cualquier política común en la materia y, con carácter más general, apuestan por un reforzamiento de las soberanías nacionales y el condigno debilitamiento de los elementos «federales» de la Unión Europea. Mientras, las negociaciones sobre la salida de Gran Bretaña del club siguen su curso, favorable hasta el momento a los intereses comunitarios: la confusión del Gobierno británico sirve de aglutinante para sus todavía socios, unidos ante la adversidad ajena. En cambio, las propuestas para reforzar el euro mediante la armonización fiscal y la mutualización de la deuda no acaban de fructificar, como ha quedado de manifiesto con la constitución de una informal «liga hanseática» capitaneada por los halcones fiscales: Holanda, Finlandia y Austria. Finalmente, y como nota al margen, la obstinada voluntad del tribunal alemán de Schleswig-Holstein de entrar a juzgar él mismo el caso que instruye el magistrado Pablo Llarena en la Audiencia Nacional contra el expresidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, está demostrando lo problemática que puede ser la bendita libre circulación pactada en Schengen si no se aplica el principio de confianza que está en la base de la euroorden. No es la mayor de las amenazas que padece la libre circulación, pero tampoco es una menudencia. En suma: la Unión Europea ha conocido mejores momentos.

Sea como fuere, hablar del futuro de Europa es hablar de su presente tanto como de su pasado. Es aquello que escribía T. S. Eliot en sus célebres Cuatro Cuartetos: presente y pasado están contenidos en el futuro y el futuro está contenido en el pasado. En este caso, no podemos comprender bien el sentido del proyecto europeo si malinterpretamos su sentido y, al hacerlo, le pedimos aquello que no puede darnos o sólo podrá darnos en un día muy lejano. No es descabellado afirmar que el maximalismo es uno de los principales problemas europeos. Entre otras razones, porque a menudo dificulta un juicio desapasionado de lo que es, a todas luces, una historia de éxito.

En origen, la Unión Europea es un proyecto antinacionalista y antipopulista. Esto es: un proyecto político pragmático y elitista cuyo propósito inicial siempre fue preservar la paz y la democracia en Europa después de una primera mitad del siglo XX marcada, precisamente, por la guerra y el autoritatismo. Precisamente porque nacionalismo y populismo condujeron al desastre al continente durante la primera mitad del siglo pasado, los dirigentes europeos concibieron una gradual unión económica y política cuya finalidad era evitar una recaída en modo alguno inconcebible a mediados de los años cincuenta: si dos guerras mundiales se habían sucedido en un corto período de tiempo, ¿por qué no una tercera? Situémonos, por ejemplo, en esa ciudad de Estrasburgo maravillosamente descrita por Alfred Döblin en la primera parte de Noviembre de 1918, su trilogía novelística sobre la primera posguerra: había sufrido las consecuencias de la guerra franco-prusiana de 1870, recuperado la soberanía francesa en 1918 y regresado a manos alemanas tras la invasión nazi. Acabada la guerra, fue elegida sede del Consejo de Europa, pero en ningún sitio estaba escrito que un pasado terrible no pudiera repetirse. Y cualquiera que haya leído Continente salvaje, el libro del historiador Keith Lowe sobre la segunda posguerra, sabe que la paz y el orden tardaron mucho en llegar a un continente inicialmente marcado por el desorden y la venganza. En el origen de la Unión Europea, por tanto, hay un trauma. De ahí que podamos aplicar a sus primeras manifestaciones jurídico-políticas la conocida afirmación de Walter Benjamin según la cual todo documento de cultura es, también, un documento de barbarie: en este caso, un documento de cultura que persigue acabar con la barbarie.

El estado anímico de las sociedades europeas a comienzos de los años cincuenta, por tanto, no puede ser dejado a un lado si evaluamos el modo en que se pone en marcha el proyecto político europeo. Cuando los alemanes compitieron en el Mundial de Suiza de 1954, que terminarían ganando contra pronóstico en la final a la extraordinaria Hungría de Puskas, todavía se les gritaba «nazis» en los estadios. Ni es sorprendente, ni era la única corriente de odio que circulaba por un territorio donde se apilaban las cuentas pendientes. De ahí que quienes piensen que levantar la futura Unión Europea sobre esas ruinas era sencillo, o podía hacerse apelando líricamente al acervo cultural común, esté minusvalorando las dificultades a que se enfrentaban los padres fundadores. De ahí que empleasen, sobre todo, dos instrumentos.

Primero, la construcción gradual de un mercado común que debía servir a fines políticos en el espíritu del liberalismo político temprano. Recordemos el doux commerce de Montesquieu: el comercio y el entretejimiento de los intereses económicos constituye un factor de democratización de las sociedades, porque dificulta la acción despótica del soberano temeroso de acabar con la prosperidad. Más aún: sólo apelando inicialmente al comercio era posible recabar la legitimidad necesaria para unir en un proyecto común a franceses y alemanes, por no mencionar a los demás europeos inicialmente enrolados en la causa. Que se entretejan primero los intereses, que después vendrán los afectos.

Segundo, la cesión también gradual de soberanía por parte de los Estados nacionales y, con ello, la construcción de un objeto político no identificado −entre la organización internacional y la federación− privado de los recursos emocionales de que gozan los Estados nacionales de viejo cuño para legitimar su autoridad antes los ciudadanos. Desde ese punto de vista, lógicamente, la Unión Europea es un proyecto de las elites: opera de arriba abajo. Y habría que añadir: inevitablemente. Un proyecto así, ejecutado en aquel momento histórico, sólo podía ser realizado así. Ni hay Bastillas continentales, ni existía el deseo de que las hubiera.

Por supuesto, la Unión Europea se apoya también en una venerable y milenaria tradición cultural compartida que sirve de base para su justificación intelectual y, sí, afectiva. Hay un tipo de crítico que lamenta que ésta sea una Europa sin alma, entregada al mercado único; una Europa que ha olvidado a Shakespeare y a Goethe, a las orquestas sinfónicas, los cafés y las plazas. ¡Supermercado europeo! Se trata de una acusación injusta, pero sobre todo improcedente: esa tradición milenaria, sin duda gloriosa, no había impedido que nos matáramos entre sí.

Para calibrar en su justa medida el milagro de que exista la Unión Europa, es recomendable ir estos días al cine a ver la última película de Valeska Grisebach, directora alemana de esa «Escuela de Berlín» a la que también pertenecen Maren Ade o Christian Petzold. Western, cuyo título hace justicia al género que ha servido de inspiración a Grisebach, narra los sucesos que siguen al desembarco de una cuadrilla de obreros alemanes en una boscosa zona del sur de Bulgaria, cerca de la frontera con Grecia, donde han de levantar una pequeña central hidráulica. Dos de ellos son objeto de especial atención: el lacónico Meinhard, que se dice ciudadano de ninguna parte en constante deambular por el mundo, y el rudo Vincent, que comanda al resto de trabajadores con una mezcla de severidad y camaradería. Desvinculado del grupo, Meinhard hace amistad con los habitantes de la aldea cercana, inicialmente recelosos ante la disrupción que suponen unos alemanes que nada más llegar izan una bandera de su país en el campamento; bandera que pronto desaparece, retirada de la circulación por los vecinos. Pero ni Meinhard sabe búlgaro, ni sus interlocutores −con alguna excepción− alemán: la comunicación es gestual, tentativa, difícil. Sin embargo, funciona: el alemán estrecha lazos con los búlgaros y pasa su tiempo libre con ellos. En un momento de confesiones mutuas, Adrián, modesto cabecilla local, le llama «hermano».

No obstante, existen límites a esa fraternidad. Primero, los demarcados por la historia: aunque Meinhard no entiende lo que están diciéndole, unos lugareños de cierta edad rememoran la ocupación nazi de la zona con admiración hacia la «buena educación» y el «orden» de los alemanes, dejando claro sin querer que hay heridas aún abiertas que condicionan la percepción, en este caso admirativa, de los vecinos. En otro momento, se evoca al régimen comunista a través de un camión todavía en funcionamiento: «Es ruso, ¡buen motor!» Pero también están los límites inherentes a la comunicación entre individuos de distintas culturas, que carecen de lengua común y códigos compartidos. La película es ambigua, mostrando tanto las posibilidades del entendimiento como sus imposibilidades; de ahí la tensión latente que la recorre. En último término, los búlgaros se recogen en sus tradiciones mientras el receloso Vincent se retira, convencido de la futilidad de una relación que sólo puede ser superficial, y Meinhard, un desarraigado, se empeña en «integrarse» a pesar de haber recibido un par de golpes tras su flirteo con una chica local. «¿Qué estás buscando aquí?», le pregunta, entre la curiosidad y el escepticismo, su amigo Adrián.

Es bajo estas circunstancias como nace una comunidad europea que tiene por ello mucho de utopía materializada. Si alguien hubiera preguntado en la posguerra por el futuro del continente, jamás habría podido imaginar un grado tal de integración. Y si hubiera preguntado en referéndum a aquellos europeos si querían unirse políticamente a sus vecinos, habrían respondido que no. De ahí el método empleado para unir gradualmente a los europeos, manteniendo, en todo caso, los Estados la iniciativa política del club, con una creciente integración económica limitada por las divergencias entre las distintas realidades sociales, y una fértil coexistencia cultural, limitada, no obstante, por la ausencia de una lengua común y la fuerza relativa de las diferentes tradiciones nacionales. Que no exista una lengua compartida, dicho sea de paso, facilita que las culturas «grandes» no fagociten a las pequeñas, aunque a cambio complique extraordinariamente la articulación de una opinión pública europea.

Esto último no es baladí, ya que muchos de quienes reducen la Unión Europea a la caricatura de la «Europa de los mercaderes» (caso, sin ir más lejos, de un Jeremy Corbyn, a quien puede atribuirse parte de culpa del Brexit visto cuán poco se esforzó por defender la permanencia durante la campaña del referéndum) mantienen contra viento y marea que el club comunitario padece de un monstruoso «déficit democrático» que sería fuente de descontento popular. Pero cualquier estudioso de la democracia sabe que la escala territorial es el primer condicionante para el diseño institucional; no digamos si el territorio en cuestión abarca un elevado número de Estados democráticos preexistentes. No es que Europa esté lejos de los ciudadanos; son los ciudadanos quienes se mantienen alejados de Europa: salvo aquellos que se esfuerzan por mantenerse cerca. Es verdad que hay un elemento perverso en el sistema: Europa aprueba normas que las democracias nacionales trasponen y aplican, sin que en ellas se haya discutido previamente la naturaleza de esas normas. Y a menudo, como han hecho durante décadas los representantes y medios británicos, «Bruselas» puede ser señalado como culpable de las políticas impopulares sin que nadie se moleste en recordar que Bruselas son los Estados.

Valga este resumen de urgencia sobre el origen y la naturaleza de la Unión Europea para comprender que el proyecto europeo −sometido desde su origen a fuerzas centrífugas y tensiones internas con arreglo a distintos ejes, complicados sucesivamente con las distintas ampliaciones− no puede sino padecer dificultades en un momento en que populismo y nacionalismo regresan con fuerza a la escena política. Si la Unión Europea es vocacionalmente antipopulista (intensificando la dispersión liberal del poder e incrementando las mediaciones institucionales) y antinacionalista (desactivando el sentido nacional de pertenencia en beneficio de una orientación tecnocrática), no es sorprendente que sufra en los tiempos del hombre fuerte y la exaltación nacional. Si yo mismo he hablado de «democracia sentimental» para referirme a la dinámica en que han entrado nuestros regímenes políticos, la Unión Europea, prodigio racionalista, está mal equipada para resistir el embate de sus enemigos. Se encuentra, como he escrito en alguna ocasión sobre el liberalismo político, en «desventaja propagandística» frente a los maestros de la retórica emocional: de Nigel Farage a Matteo Salvini, pasando por Carles Puigdemont. Estas dificultades se manifiestan de varias maneras:

1) Con el regreso de la soberanía, entendida como soberanía nacional más que europea, hasta el punto de que esta última se percibe o señala como un obstáculo para el ejercicio de la soberanía nacional en tiempos de zozobra económica o cultural; y

2) Con el uso de los conceptos, afectivamente recargados, de pueblo y nación como argumentos populistas contra el establishment, tanto nacional como europeo: esa casta bruselense a la que se acusa de gobernar −aunque no gobierna− contra las naciones.

Tal vez podría añadirse, a modo de hipótesis, que las redes sociales que estructuran ahora parte de la conversación pública producen efectos ambiguos respecto a Europa. Si, por un lado, facilitan que los públicos especializados hablen sobre Europa, por otro «fijan» aún más al público mayoritario a su lengua y a los acontecimientos políticos nacionales, reforzando la sensación de que Europa es una entidad lejana y abstracta, relacionada últimamente con episodios políticos desagradables: la austeridad, los rescates financieros, la inmigración desordenada. En sentido contrario, el apoyo de los ciudadanos al proyecto  no ha declinado, sino que, antes al contrario, marcaba máximos históricos hace apenas un mes. Eso no permite soslayar el peligro que supone la aparición de fuerzas políticas euroescépticas, e incluso eurófobas, en Hungría, Austria, Italia o Francia. La historia, para bien y para mal, no está escrita.

Así las cosas, ¿qué futuro hay para Europa? Es una pregunta que sólo puede responderse teniendo presente que Europa no puede ser populista ni puede ser democrática: aunque pueda emplear ocasionalmente el lenguaje populista o quepa introducir algunas reformas democratizantes en su funcionamiento institucional. Pero no creamos que Europa puede suplantar emocionalmente a las naciones, ni reemplazar a sus democracias: seamos realistas.

Ahora mismo, quizá la mejor idea en circulación sea de Emmanuel Macron, quien habla de una «Europa que protege» en tiempos de vértigo globalizador y ansiedades identitarias. De acuerdo con ella, se trataría de transmitir a sus ciudadanos que la protección contra el desorden global sólo puede proporcionarla Europa; porque sólo Europa, y no los Estados individualmente considerados, es un actor con peso geopolítico suficiente. Pero esto ha de hacerse sin abandonar el mercado común, más bien profundizando en él, y sin pretender construir una identidad europea a expensas de las tradiciones nacionales. Hablar de los Estados Unidos de Europa resulta prematuro, por mucho que a los cosmopolitas pueda atraernos esa idea. La Unión Europea debería seguir siendo un proyecto pragmático más que una Gran Visión, aunque no deje de serlo del todo, porque en su propia naturaleza −en el hecho mismo de su existencia− late esa ambición. Quizás haya que apostar por una Europa de varias velocidades; quizás el Brexit siga ayudando a crear cohesión interna bajo la convicción de que fuera se está peor que dentro. Si esto se acompaña de acciones democratizadoras de orden simbólico y de un trabajo afectivo orientado a reforzar el sentimiento europeo, tanto mejor. Pero en tiempos en que el recuerdo de las guerras mundiales se ha disipado y pareciera que estamos listos para emprender otro ciclo de errores colectivos, hay que agitar miedos nuevos para relegitimar la Unión Europea: al cambio climático, a la globalización desordenada, al robo de datos privados, a una inmigración fuera de control. Europa es una entidad funcional en un mundo globalizado, como la solitaria Gran Bretaña comprobará pronto. Y que, como ha señalado Janan Ganesh, columnista del Financial Times, tras instalarse en Estados Unidos, es la verdadera sede del «excepcionalismo»: hablamos de un conjunto de sociedades seculares dotadas de sistemas sanitarios universales, renuentes al empleo de la retórica nacionalista, que disfrutan de elevados niveles de bienestar y reducidos niveles de violencia. Sin duda, convendría recordarlo. Damos por descontadas esas virtudes con demasiada alegría y ojalá nunca tengamos que lamentarlo.

27/06/2018

 
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