La sátira, continuación de la política por otros medios (I)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Tengo entre mis manos un libro de humor muy serio o, para ser más exactos, un libro muy serio sobre el humor, que no es lo mismo, ni mucho menos. Leí hace unos días en una especie de reseña periodística sobre libros de esta modalidad que lo primero que uno debía pedirle a un libro de humor es que hiciera reír o, rebajando las exigencias, sonreír al menos. El problema es que muy a menudo se confunden dos nociones que no sólo son distintas, sino que incluso pueden llegar a ser antagónicas. Un libro de humor es el que se propone en primer término, y por encima de todo, hacer reír. Pero un libro sobre el humor se plantea como análisis y/o reflexión, y puede ser –de hecho, así es en la mayoría de los casos– que no persiga ni de lejos hacer reír, porque entiende que no es este su cometido. Una cosa es hacer humor (que es la finalidad de los humoristas) y otra muy diferente, recapacitar sobre el humor, que es a lo que aspiran filósofos, psicólogos, sociólogos, historiadores u otros especialistas de las humanidades o las ciencias sociales.
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El teatro de la diferencia
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

Nadie diría, paseando por El Corte Inglés una tarde cualquiera, que vivimos en sociedades heterogéneas, fragmentadas y polarizadas hasta lo indecible. Pero así es, a juzgar por la actual composición de los parlamentos, los títulos de los ensayos a la venta y los discursos de nuestros líderes. La diversidad habría alcanzado así un punto de no retorno que compromete la viabilidad del sistema democrático: el cuerpo político se ha desmembrado y no parece poder reensamblarse fácilmente. ¡Somos demasiado distintos!

Pero, ¿tiene la premisa de la atomización suficiente verosimilitud sociológica? En una de las entrevistas que ha concedido desde que publicó su andanada contra las políticas de la identidad en Norteamérica, el historiador de las ideas Mark Lilla ha puesto de manifiesto la paradoja de la diversidad: «Lo que me asombra es que la política de las identidades sea ahora tan potente, justo cuando la gente joven de todos sitios es tan parecida». 
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Karl Jaspers: edificar un mundo compartido
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Karl Jaspers no es un filósofo de moda, pero durante la dictadura nazi se puso de manifiesto su extraordinario temple moral. Casado con una judía, se mantuvo a su lado, aceptando toda clase de penalidades, incluida la pérdida de su cátedra. Su vida es una confirmación de su filosofía: sólo es posible conocer lo que somos cuando nos enfrentamos con experiencias límite, como el sufrimiento, la culpabilidad o la muerte.

Karl Jaspers consideraba que, en la filosofía, lo esencial no son las respuestas, sino las preguntas. No todas las preguntas poseen la misma importancia. Entre las que consideramos esenciales, hay una que no se cansa de exigir una explicación: «¿Por qué existe el mal?» En una conferencia de 1935, Jaspers nos recordaba que –según Kant– el mal radical surge cuando la conciencia subordina el cumplimiento de la ley moral a la satisfacción de nuestras exigencias particulares de felicidad. El mal no es un objeto ni un hecho, sino una intención afincada en la dimensión inteligible de la condición humana. Su morada está en el fondo íntimo del ser personal. Karl Jaspers observa que la ley incondicionada de Kant es un principio carente de objetivación. La objetivación sólo se plasma por medio de una legislación positiva o, en un sentido trascendente, como amor a Dios, entendido como «la totalidad de mi amor, de donde dimana la posibilidad de amar todo lo que es ser verdadero y por el que nada se pierde, dado que cada partícula queda imantada hacia el sitio que le corresponde por su propio rango».
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Chernóbil no se acaba nunca
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

Durante una discusión sobre el cambio climático en un reciente congreso académico, un colega sueco apuntó que, si la energía nuclear fuese descubierta hoy, sería saludada de inmediato con entusiasmo como la anhelada solución al problema de la provisión de energía en un planeta sometido a un proceso de calentamiento global por efecto de la concentración de CO2 en la atmósfera. Y tenía razón: imaginemos por un momento el hallazgo súbito de una fuente de energía limpia, abundante y razonablemente segura. Pero la energía nuclear no ha sido descubierta ahora, sino que posee una historia que la provee de asociaciones simbólicas y afectivas; por eso cerramos centrales nucleares, en lugar de abrirlas, cuando más necesitaríamos su contribución al mix energético global. No importa lo que digan científicos tan destacados como James Lovelock, el padre de la Hipótesis Gaia, en defensa de la opción nuclear: Chernóbil y Fukushima, aunque sobre todo Chernóbil, operan en el imaginario occidental como una advertencia sobre los riesgos que comporta jugar con el átomo.
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El arte de amargarse la vida (y II)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Entre las instructivas anécdotas –yo no las llamaría chistes– que pueblan el libro de Paul Watzlawick, hay dos que me parecen especialmente agudas y, sobre todo, eficaces para nuestro propósito fundamental, que no es otro, como ya dijimos en el comentario precedente, que amargarnos completamente la vida y, en la medida de nuestras fuerzas, amargársela lo más posible a quienes nos rodean. La primera la toma de la famosa antropóloga Margaret Mead y se refiere a la diferencia de comportamiento entre un ruso y un norteamericano. Este «decía ella, tiende a fingir dolor de cabeza para disculparse de una obligación social molesta sin llamar la atención; el ruso, en cambio, necesita tener realmente dolor de cabeza». Watzlawick resalta lo que es obvio, es decir, que la solución rusa es más elegante y eficaz. Es indudable que el norteamericano consigue su propósito, pero debe afrontar en su interior el sentimiento de culpa, porque sabe que ha hecho trampa. En el caso del ruso, no hay tal, puede presumir de armonía con su conciencia: «Tiene la capacidad de producir los motivos de disculpa que necesita sin saber cómo lo hace».
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Tacones cercanos
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

Hace unos días se lanzaba el último single de ese arrollador fenómeno del pop que es Rosalía, formidable cantante barcelonesa que avanza con paso firme hacia el estrellato global de la mano del productor canario El Guincho. De nuevo, la canción va acompañada de un vídeo  que, como en los anteriores casos, cumple una función esencial a la hora de proyectar la imagen de la cantante por medio de una imaginería que combina elementos de distinta procedencia: los iconos de la moda global, la estética barriobajera, el llamado nail art o arte de las uñas postizas que sirve de leitmotiv para la narración, los guiños a Tarantino y la primera década de este siglo. Aute Cuture, con su intencionado desatino ortográfico, pone en imágenes la historia de unas manicuristas ambulantes que desembarcan en un barrio marginal dispuestas a mostrar a las vecinas el poder redentor de la beautificación, todo ello a golpe de beats dignos de Kanye West o Beyoncé como envoltorio para unos versos que Rosalía entona con su inconfundible dejo flamenco:
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Sophie Scholl: no fue en vano
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Sophia Magdalena Scholl, más conocida como Shopie Scholl, fue una joven estudiante de Biología y Filosofía que participó con su hermano Hans en la escasa resistencia organizada contra los nazis desde el interior de Alemania. Hans, Sophie y su amigo Christoph Probst fueron ejecutados el 22 de febrero de 1943 en la prisión de Stadelheim, en Múnich. Se utilizó la guillotina en los tres casos y la sentencia se ejecutó pocas horas después de dictar sentencia. Willi Graf corrió la misma suerte, aunque unos meses más tarde. Torturado durante semanas, no delató a nadie. La historia de Alexander Schmorell es similar. Todos eran jóvenes que se oponían a Hitler. Muchos habían combatido en el frente ruso y habían contemplado con horror las matanzas de judíos, gitanos, discapacitados, comisarios políticos y prisioneros de guerra. Al regresar a sus hogares, intercambiaron experiencias y decidieron crear el movimiento clandestino de carácter pacifista Rosa Blanca (Weiße Rose).
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Tocar la trompeta
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

Mucho se ha hablado a estas alturas de lo que podríamos denominar la mise-en-scène del juicio sobre el procés que se celebra en Madrid: las reprimendas del juez Marchena, la estolidez de la acusación popular, la marrullería de algunas de las defensas. Pero si hay un aspecto que a mí me fascina de esa inonografía procesal es –o era– la pegatina que el abogado Andreu Van den Eynde mantenía adosada durante las sesiones iniciales al envés de la pantalla de su ordenador portátil, de manera que resultara perfectamente visible para los demás en el curso de sus intervenciones. Allí, de manera en apariencia incongruente con el objeto del proceso, se reproducía el lema de un movimiento cívico norteamericano: Black Lives Matter. Esto es: «Las vidas de los negros importan». Se trata de un movimiento que, surgido en el seno de la comunidad afroamericana, denuncia el racismo sistemático de la policía estadounidense y que se hizo notorio entre 2013 y 2014 a raíz de algunos casos de brutalidad policial. Yo mismo pude ver esta pasada Semana Santa una ruidosa acción de algunos de sus activistas en el aparcamiento del Dome Entertainment Center de Los Ángeles, a un paso de los espléndidos ArcLight Cinemas. Sus ramificaciones internacionales han llegado, sin demasiada fuerza, a otros países anglosajones: Canadá, Australia o Reino Unido. En España, hasta donde yo sé, su repercusión ha sido escasa. Pero ahí estaba Van den Eynde.
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Fidel Castro según Reinhard Kleist
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Fidel Castro encendió un espejismo en los años sesenta, cuando consiguió poner en marcha una revolución en el patio trasero de los Estados Unidos. Sería injusto negar su poder de seducción, que cautivó a intelectuales como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Octavio Paz o Jorge Edwards. Su lucha en Sierra Maestra adquirió una dimensión mítica gracias a reportajes periodísticos que lo presentaban como un nuevo Simón Bolívar. El espejismo se disolvió cuando Fidel Castro dejó de ser un revolucionario y se convirtió en un dictador. No obstante, sus dotes de embaucador persistieron, alimentando el mito del revolucionario que lucha contra gigantes. Cuando García Márquez le preguntó en una ocasión qué era lo que más deseaba en este mundo, Fidel Castro contestó sin dudar: «Pararme en una esquina». Los césares no hablan para ser comprendidos, sino para ser interpretados y celebrados por las sucesivas generaciones, que atribuirán a sus palabras una hondura insondable.
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El arte de amargarse la vida (I)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Teníamos hace unos años en la misma planta en que vivíamos, pero en el piso de enfrente, un vecino hosco y cabizbajo cuyo tono de voz nunca llegamos a conocer por la sencilla razón de que no abría la boca para articular frases o unas míseras palabras, sino tan solo para emitir una especie de gruñido más emparentado con el ruido animal que con la voz humana. Le decíamos «buenos días» o «buenas tardes» y él contestaba –si a aquello se le podía llamar contestación– con un «grrrrrrr» más o menos prolongado, siempre sin mirar a los ojos y casi sin levantar la vista del suelo. Al cabo de unas semanas mi mujer y yo nos referíamos a él de modo habitual, con más ánimo descriptivo que injurioso, como «el cerdo». Lo cierto es que además estaba bastante orondo y un tanto desaseado –para decirlo con elegancia–, razones que coadyuvaban a que el epíteto le cuadrara de modo tan natural y espontáneo que en alguna ocasión a punto estuvimos de nombrarlo de esa manera delante de otros vecinos. El «cerdo» desapareció de nuestras vidas un día, de modo tan silencioso como había llegado y el piso de enfrente –que debía de tener una especie de maldición– pasó a ser ocupado por una pareja no excesivamente joven pero tampoco muy mayor, que se caracterizaba por las discusiones domésticas a voz en grito a partir de las diez de la noche y hasta aproximadamente las tres o cuatro de la madrugada. Todos los días o, mejor dicho, todas las noches: «¡Hijaputa, que te voy a matar!» era lo más suave que escuchábamos. De ahí para arriba. Pero como no pasaba nada, al final nos acostumbramos.
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