La sátira, continuación de la política por otros medios (y II)

por Rafael Núñez Florencio

Me quedaban por comentar tres artículos de El humor y la cultura política en la España contemporánea, precisamente los tres que tienen más elementos en común, dado que todos ellos tratan básicamente del mismo período (los últimos años del franquismo y los primeros de la democracia, es decir, lo que se ha dado en llamar simplemente la Transición) y hasta tienen también los mismos protagonistas, esto es, las publicaciones y los humoristas de prensa que contribuyeron con sus críticas a la definitiva instauración del régimen democrático. Al comienzo de su análisis –que constituye el capítulo 6 del libro–, José Reig Cruañes establece las grandes líneas por la que transitará no solo él, sino, como veremos seguidamente, los autores de los siguientes capítulos: «La contribución del humor gráfico y la prensa satírica al proceso de deslegitimación del régimen franquista en su tramo final fue decisiva: mediante la sátira y el ridículo los humoristas fueron deconstruyendo minuciosamente la mayor parte del ideario y la mitología que daban fundamento al llamado franquismo sociológico, dejando así el campo libre para la edificación de una nueva cultura política que sí podría servir de base a un nuevo régimen democrático» (p. 157).

En la prensa española de la época había un ambiente de libertad y estaban poniéndose las bases para una cultura política democrática. En ese escenario podría encuadrarse la sátira –o el humor en general– como un elemento más en el esfuerzo colectivo por conquistar parcelas de libre expresión y avanzar hacia el reconocimiento de los derechos ciudadanos que la dictadura había negado sistemáticamente. Ahora bien, Reig señala con agudeza que «el humor es otra cosa». Enseguida precisa: el humor tiene una flexibilidad que no está al alcance de otros planteamientos, los que se plasman en los editoriales, reportajes o artículos de fondo, por ejemplo. Pero a partir de esa constatación irrefutable, todavía puede darse un paso más, el verdaderamente interesante: el efecto de la burla, el chiste o la sátira es tanto mayor, en intensidad, duración y alcance social «cuanto más diga algo que no se puede decir de otra manera». Aquí entran en juego las insinuaciones, los sobreentendidos o los guiños al lector, al que se supone –con razón– ya avisado para saber leer entre líneas. De este modo se superaba hasta cierto punto el obstáculo de la censura. El dibujante o el caricaturista era experto en tirar la piedra y esconder la mano para regocijo del destinatario de la broma, que estaba en la misma onda, y para desesperación del censor, que debía reforzar su vigilancia. A menudo bastaba una frase de doble sentido, o simplemente una palabra o una proclama ambigua, para abrir brecha en el muro de contención política: «La transgresión consiste en eso y de ahí su éxito social. De ahí también que las secciones de humor fueran siempre capaces de llegar más lejos en la transgresión de la norma» (p. 163).

Reig pone algunos ejemplos que son tan de manual que no me puedo resistir a mencionarlos. El primero es relativo a las llamadas «Leyes Fundamentales» del régimen, que venían a ser a una Constitución lo que la «democracia orgánica» era a la democracia real. Pues bien, una viñeta de Mingote del 13 de junio de 1972, prácticamente sin palabras, se carga de un plumazo la retórica franquista. Se ve en la caricatura una sofisticada maquinaria con el nombre de «Leyes Fundamentales» y al lado un operario que simplemente da una voz: «¡Eh!...», mientras señala al suelo, en el que se ve el cable del enchufe de la máquina cortado por dos partes. El segundo ejemplo resulta tan demoledor como el que acabo de citar. Otro de los orgullos franquistas, bien aireados por su aparato propagandístico, era aquello de los largos años de paz: «25 años de paz» se dijo en 1964, y luego, ya en las postrimerías del régimen, se hablaba de los cerca de cuarenta años de paz. Chumy Chúmez, en unas viñetas geniales, presentaba esos cuarenta años como un largo tiempo de silencio o simplemente, sobre un gran titular, «Verano & Fascismo», dibujaba dos sujetos que conversaban así: «Hay veranos que duran cuarenta años». «O más», contestaba el otro. Perich, por su parte, dibuja a una mujer en actitud meditativa ante una tumba mientras musita: «¡Pobrecito! ¡Nació, creció, vivió y murió en plena posguerra!» Se sobreentiende que la posguerra es todo el período franquista.

Un poco más adelante se tiene el acierto de comparar en la misma página el tratamiento de un determinado acontecimiento por parte de la prensa seria y de la prensa humorística. Se trata del famoso «espíritu del 12 de febrero», la tímida y, finalmente, fallida apertura auspiciada por Carlos Arias Navarro en 1974. En la parte de arriba de la página 170 se reproducen cuatro diarios nacionales dando cuenta de la iniciativa aperturista del presidente del Gobierno y en la parte de abajo se reproducen otras tantas viñetas humorísticas. El contraste no puede ser más significativo: lo que arriba es contención, una formalidad acartonada, abajo se convierte en abierta ridiculización: el espíritu del 12 de febrero como fantasma o puro vacío. Las conclusiones del autor nos devuelven, pues, al planteamiento inicial: «El humor de Hermano Lobo, Por favor y Muchas gracias, las viñetas de Summers, Chumy Chúmez, Gila, Ops, Perich o Forges en los diarios y revistas de la época hacen un trabajo que sólo con mucha dificultad podía emprenderse desde publicaciones serias: deconstruyen minuciosamente las principales bases del imaginario autoritario, los fundamentos de la cultura política del franquismo sociológico» (p. 174).

Si me he detenido más en el estudio de Reig es porque resulta especialmente representativo de eso que quiero señalar aquí: la utilización de la sátira como prolongación de la política por medios menos convencionales. Pero, en realidad, todo lo dicho en relación con este capítulo sería de aplicación a los siguientes. De hecho, la contribución de Josep Lluís Gómez Mompart se mueve en los mismos parámetros. Él mismo se encarga de explicitarlo en un momento dado: el conjunto de caricaturas, viñetas, chistes, bromas, burlas, etc., «o sea, el discurso humorístico de aquellos semanarios satíricos contribuyó –a veces contradictoriamente– a reconfigurar las culturas (más o menos tópicas) de las izquierdas de aquellos años» (p. 196). A veces bastaba una escueta alusión, como el «Uuuuuu» del Hermano Lobo. No se afirmaba nada, no se decía nada explícito, pero, sin decir nada, se decía todo. «¿Para cuándo la amnistía?» «Uuuuuu». «¿Para cuándo la democracia?» «Uuuuuu». O aquella otra portada, también de Hermano Lobo, en esta ocasión obra de Summers, en la que aparecía un señor viendo la televisión y diciendo una sola palabra: «¡Mentira!»

El último capítulo se centra en la obra gráfica de Jaume Perich en las páginas de La Vanguardia entre los años 1975 y 1977. El autor de este capítulo, Pelai Pàges i Blanch analiza aquí, refiriéndose a un caso concreto, lo mismo que se ha señalado ya con respecto a las contribuciones anteriores, es decir, el compromiso personal y político de una serie de humoristas del momento a favor de la democracia. Utilizaron todas las armas a su disposición, en especial la burla y la sátira, para disparar contra el ya decrépito régimen franquista. En concreto, en el caso del Perich resulta especialmente llamativo su recurrente personaje del progre aparentemente desvalido que era capaz, con sus preguntas perspicaces o con sus respuestas apesadumbradas, de desnudar las contradicciones de un régimen autoritario. «¡Debe usted respetar las reglas del juego!», advertía el poder en una de las viñetas representativas de este humorista. «Dígame cuáles son las reglas», preguntaba el sumiso ciudadano. «Sólo hay una», seguía diciendo la voz de la superioridad. «A saber», respondía el de abajo. Y el de arriba concluía: «No está usted autorizado a jugar».

No quisiera poner punto final sin dejar constancia de algunos otros estudios que, desde perspectivas más complementarias que disímiles, han trazado un panorama general del humor gráfico de aquellos años, destacando en lo esencial lo mismo que hemos ido señalando hasta ahora. En «Prensa satírica en España: 1970-1980, una década de esplendor», Juan Fermín Vílchez de Arribas escribe: «Los últimos años del franquismo y los primeros del régimen democrático, conocidos como la Transición Política Española, fueron el periodo más brillante de la historia de la prensa satírica en España. [...] En 1974 y 1975 coincidieron en el mercado periodístico hasta seis semanarios de ámbito nacional: La Codorniz, Barrabás, El Papus, Por favor, Hermano Lobo y El Cocodrilo Leopoldo. Todos contribuyeron al esplendor de la sátira en un país cuyos ciudadanos, ávidos de cambios en todos los aspectos, encontraron en este tipo de prensa un instrumento más para acabar con la dictadura del general Franco y lograr la ansiada democracia».

En «El camino a las elecciones de 1977: el primer gobierno de Adolfo Suárez en las viñetas de la prensa diaria», Francisco Segado Boj utiliza el término «ferocidad» para describir el tono de sátira de buena parte del humor gráfico del momento que analiza. Por otro lado, y en la línea que hemos reiterado en este comentario, Segado considera el humor un vehículo privilegiado para ejercer la crítica política, muy por encima de otros instrumentos teóricamente más sofisticados: el humor podía llegar a más amplias capas de la población, tenía más libertad o, al menos, más flexibilidad expresiva y, en definitiva, cumplía mejor el objetivo último de un importante sector de la opinión pública, comprometido con la consecución de un régimen plenamente democrático. En este caso concreto, sin embargo, conviene subrayar que no sólo se estudia el humor gráfico de los elementos progresistas, sino también el uso partidista de la caricatura desde los sectores conservadores e incluso reaccionarios, como es el caso del diario El Alcázar. Todos ellos coincidieron en usar la crítica burlesca de modo inmisericorde contra sus adversarios políticos, poniendo así una vez más de relieve que concebían la sátira como prolongación de la política por otros medios.

Francesc Salgado se mueve en una órbita parecida en un artículo que tiene mucho en común con los citados: «Decepción, desencanto y disidencia. La oposición social y política en la prensa satírica durante la transición. El Papus y El Jueves (1977-78)». No puedo dejar de apuntar, de paso, que se trata de dos revistas que han concitado un especial interés entre los investigadores. Así, la primera ha sido materia hasta de una tesis doctoral de María Iranzo, La revista satírica El Papus (1973-1987) Contrapoder comunicativo en la Transición Política Española, aparte de alguna que otra monografía, como la de Daniel Navarro, El Papus 1973-1985. ¡Trese año de sensura!. La segunda de las revistas, El Jueves, ha sido también objeto de análisis desde el punto de vista del contenido y del papel que desempeñó en el contexto de la Transición. Hay dos artículos sobre ella en la obra colectiva coordinada por Jean-Michel Desvois, Prensa, impresos, lectura en el mundo hispánico contemporáneo. También puede destacarse el breve pero enjundioso artículo de Manuel Barrero, «El Jueves, revista de la Transición, revista en transición», muy útil en la medida en que traza en pocas pinceladas una sinopsis de su trayectoria. El Jueves, escribía Barrero, «contribuyó a superar el miedo acumulado durante cuarenta años, a superar el recelo a construir una España nueva. La revista fue un reflejo, quizá el reflejo más jovial, de la ilusión y la alegría que reinaron en aquel ambiente, casi un acto fisiológico de recuperación de la libertad».

Volviendo al artículo de Francesc Salgado, en el que se cita esta y otra amplia bibliografía, quisiera destacar dos cosas. La primera, la constatación de la importancia del humor en aquel contexto político y en la España de la época en general: «el humor –escribe Salgado– se había convertido en un fenómeno social de grandes dimensiones en el mercado español». Pero es importante subrayar que se trataba de un humor específico que sería exagerado calificar de nuevo cuño, pero que sí desempeñaba una función novedosa en aquel ambiente político: «El propio declive progresivo de la revista de humor más importante del franquismo, La Codorniz (1941-1978) sirve como indicador de que desde hacía años habían irrumpido en el mercado nacional una serie de publicaciones satíricas de nueva planta que habían impactado y conseguido una difusión e influencia encomiable que hacían retroceder a la decana porque la habían superado en la concepción y el uso social del humor». La segunda es que la sátira se convirtió en algunos casos, como en estas revistas, en un instrumento para aguijonear al poder y forzarle a unas medidas políticas más audaces de lo que dictaba la prudencia política del momento, el famoso «consenso» o la «reforma pactada». En este sentido, establece el autor en sus conclusiones, «al menos durante el período constituyente (1977-1978), las dos revistas mantienen posturas discordantes con las oficialistas, y a la vez copan el mercado del humor, una coincidencia que tiene sin duda relevancia social y política para comprender la situación social y política durante la Transición». Todo ello nos muestra, en definitiva, que el humor en general o, para ser más precisos, la sátira política, gozó de una cierta autonomía y se convirtió, a causa de las peculiares coordenadas ideológicas y sociales de la España de la época, en un instrumento privilegiado para la influencia o participación política en uno u otro sentido.

04/07/2019

 
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