La sátira, continuación de la política por otros medios (I)

por Rafael Núñez Florencio

Tengo entre mis manos un libro de humor muy serio o, para ser más exactos, un libro muy serio sobre el humor, que no es lo mismo, ni mucho menos. Leí hace unos días en una especie de reseña periodística sobre libros de esta modalidad que lo primero que uno debía pedirle a un libro de humor es que hiciera reír o, rebajando las exigencias, sonreír al menos. El problema es que muy a menudo se confunden dos nociones que no sólo son distintas, sino que incluso pueden llegar a ser antagónicas. Un libro de humor es el que se propone en primer término, y por encima de todo, hacer reír. Pero un libro sobre el humor se plantea como análisis y/o reflexión, y puede ser –de hecho, así es en la mayoría de los casos– que no persiga ni de lejos hacer reír, porque entiende que no es este su cometido. Una cosa es hacer humor (que es la finalidad de los humoristas) y otra muy diferente, recapacitar sobre el humor, que es a lo que aspiran filósofos, psicólogos, sociólogos, historiadores u otros especialistas de las humanidades o las ciencias sociales.

Muy relacionado con lo anteriormente dicho se plantea otro asunto, que he abordado de pasada en diversas ocasiones. Me refiero a la naturaleza misma de un ensayo sobre el humor. Siendo el humor lo que es –algo ligero, etéreo, grácil o como quiera llamárselo–, parece en principio un contrasentido escribir un tocho, un mamotreto o simplemente un libro plúmbeo sobre el humor, pues da la impresión de que el humor es lo más opuesto a esto. Un libro pesado sobre el humor traiciona la esencia del mismo. Este es el reto de quienes escribimos sobre el humor y nos reconocemos inevitablemente en la cuerda floja, en un precario equilibrio –el más difícil todavía–, intentando no caer en la pura insustancialidad –la levedad del análisis–, pero huyendo también de la gravedad. Si cargamos la mano en las disquisiciones profundas, aniquilamos el humor, como hacen quienes se empeñan en explicar los chistes. Pero si nos mantenemos en un nivel meramente descriptivo, entonces no hacemos más que contar chascarrillos y esto, para colmo, ya lo hacen los propios humoristas mucho mejor que nosotros. El dilema es prácticamente irresoluble, como habrán adivinado.

 El libro que ha dado pie a esta pequeña especulación se titula, muy seria y académicamente, El humor y la cultura política en la España contemporánea, y está editado por tres profesores universitarios (Josep Lluís Gómez Mompart, Francesc A. Martínez Gallego y Enrique Bordería Ortiz) y contiene en ocho capítulos las reflexiones de nueve historiadores sobre diversos aspectos del humor político en nuestro país a lo largo de los siglos xix y xx. Mucho me temo que esta edición muy modesta tendrá una tirada muy corta y una difusión muy limitada, es decir, que no creo que trascienda de un estrechísimo reducto de especialistas en la materia. Una lástima, porque hay muchas cosas destacables en el volumen: es obvio que se trata de una mera compilación de estudios un tanto dispares y que carece de unidad interna, pero, aun así, el interesado puede encontrar en sus páginas muchos datos provechosos acerca de la función de la sátira y el humor político en diversos escenarios de nuestra historia contemporánea.

Una de las cosas curiosas es que el extenso texto de la contraportada –digo extenso para lo que viene siendo habitual en estos casos– cumple la función de una inexistente introducción, presentación o prólogo. Dicho texto toma como punto de partida la ambivalencia del humor en la línea de lo teorizado por Umberto Eco: lo «cómico parece popular, subversivo, liberador, porque concede la licencia para violar la regla. Pero la concede precisamente a quien tiene interiorizada esa regla hasta el punto de considerarla inviolable». El carácter paradójico del humor se prolonga, naturalmente, hacia el terreno político, dando lugar a unas difíciles relaciones entre la burla y el poder. Este, por definición, es serio y cuanto más se acerca a un poder absoluto, más serio se muestra. No hay nada más adusto que una dictadura o un poder totalitario. Pero, al mismo tiempo, nada más risible, más vulnerable a la sátira o a la simple ridiculización. La autoridad exige que se la tome en serio y, en este sentido, es inevitable que halle en el humor un enemigo insidioso. Como mínimo, potencialmente.

Por su parte, a los cómicos y a los bufones les encanta verse como transgresores o iconoclastas, capaces de cantarle las verdades del barquero al papa, al rey, al emperador o a cualquiera de los seres poderosos del mundo. Cuando el humor desafía al poder, uno no puede dejar de pensar que se trata de un combate muy desigual, como cuando una avispa incordia a un león. La avispa puede clavar el aguijón y, obviamente, puede llegar a ser muy molesta, pero los zarpazos del león seguro que son temibles. Por lo general, como dijimos, la autoridad detesta la broma. Si puede, la persigue y, si no, la tolera con sordina, de mejor o peor grado. Ahora bien, no nos engañemos. Es muy cómodo y gratificante sostener que el humor es siempre subversivo, pero esta es una generalización abusiva que no se corresponde con la realidad o, para decirlo mejor, con todas las variables y circunstancias que se producen en la vida en general y en la vida política en particular. Recordemos que el humor es siempre paradójico y lo mismo sirve o puede servir a los unos que a los otros, sus contrarios. Quien, además de tener poder, tiene inteligencia, sabe que la burla o el ridículo, sabiamente utilizados, pueden ser también unos eficaces mecanismos de control social. Y siempre dispondrá de lacayos prestos a servir al mejor postor. De este modo, el humor puede ponerse al servicio del orden establecido y dirigirse contra los críticos y disidentes.

En términos usuales o simplificados, cabría sintetizar, pues, que el humor puede ser revolucionario, pero también conservador o decididamente reaccionario. Con otros matices, puede ser eficaz, crítico y subversivo, pero también complaciente o meramente testimonial, en el sentido de impotente. De hecho, en este último sentido, cuando un humorista como Coluche en Francia o un payaso como Beppe Grillo en Italia se presentan a las elecciones para denunciar la farsa del entramado político, ¿qué están haciendo realmente: poniendo en solfa el sistema o consolidándolo mediante la integración en él? Aclaro al lector que estas disquisiciones son de mi absoluta responsabilidad, pero los casos concretos los tomo del antes mencionado texto de contraportada. De hecho, hay una mención expresa a Gilles Lipovetsky y su advertencia «de que el humor puede ocultar nuestra incapacidad para la crítica, en vez de evidenciarla». No otra cosa sucede en la propia vida cotidiana: a menudo el humor es el solícito disfraz de la debilidad, el conformismo o la cobardía.

En otro orden de cosas, se dice aquí que el humor «es histórico y está culturalmente determinado». Se trata de una afirmación difícilmente cuestionable, casi un lugar común, pero quizá menos redundante de lo que en un primer momento pudiera parecer, sobre todo si la recordamos a la hora de abrir las páginas de este volumen. ¿Por qué? Pues por una razón muy sencilla. A pesar del título unificador –el ya mencionado El humor y la cultura política en la España contemporánea–, lo que en realidad nos encontramos aquí son unos trabajos de investigación que abordan determinados momentos políticos de nuestra historia contemporánea: la «Septembrina» (revolución de 1868), la construcción de una cultura política republicana, la función de las revistas satíricas en el advenimiento del 14 de abril, el papel del humor en la prensa catalana entre la Dictadura y la Segunda República, el tratamiento humorístico de la cuestión territorial, las viñetas del tardofranquismo, la prensa satírica y el humor gráfico en la Transición. Basta esta apresurada relación para comprender que la panoplia de temas y perspectivas es tan amplia que encontrar un denominador común se antoja tarea imposible. Y no sólo eso, sino que el lector debe hacer un esfuerzo suplementario para entender los planteamientos satíricos y humorísticos en su contexto apropiado: lo que sirve en una determinada coyuntura es superfluo o contraproducente en otra. De ahí que, como se señalaba al comienzo de este párrafo, se imponga una perspectiva historicista como recurso indispensable.

Ahora bien, también conviene advertir otra cosa. Voy a expresarlo en términos coloquiales: la lectura de estas páginas depara mucha política y muy poco humor. Cuando el humor tiene una finalidad política, no es extraño que este segundo objetivo termine fagocitando al primero, y esto es exactamente lo que pasa en la mayor parte de los artículos de este libro. No es una impresión subjetiva. Puedo alegar en defensa de esta interpretación dos significativas argumentaciones de los propios autores. La primera, el énfasis en la denominada «cultura política» como elemento central del discurso y la comprensión de las distintas situaciones analizadas. Se entiende como tal –«cultura política», me refiero– el «sistema de creencias, símbolos expresivos y valores que definen la situación en la que tiene lugar la acción política. Y que el humor –e incluso su ausencia– forman parte de ella». La cursiva es mía, pero me ahorra cualquier otra glosa.

La segunda, es más significativa aún, si cabe. En el primer trabajo –el primer capítulo de la obra–, Pere Gabriel escribe: «No es fácil distinguir entre sátira y humor», pero «si nos centramos en la prensa, aquella prensa satírica no era exactamente una prensa humorística» (p. 9). Yo matizaría la afirmación más bien en el sentido antes expresado: cuando la finalidad política se sobrepone a todo y el humor es un mero recurso formal al servicio de otros objetivos, la gracia termina diluyéndose más temprano que tarde, aunque quepa a veces alguna excepción. De hecho, en otro de los artículos que constituyen la obra, Josep Pich Mitjana y Josep Contreras analizan una revista satírica, Defensa dels Interessos Catalans, y concluyen su examen con este diagnóstico: «fue una revista satírica singular [...] con un discurso grosero, demagógico y ofensivo, como la mayor parte de las revistas satíricas de aquellos años» (p. 128). Y, en efecto, el lector tiene la misma impresión de que la crítica descarnada y la burla sectaria –la sátira exacerbada, en una palabra– agostaban el humor propiamente dicho. Desde mi punto de vista, las revistas humorísticas del último franquismo y la Transición lograron sortear ese escollo. Aunaron la crítica implacable con la necesaria flexibilidad ideológica y genialidad expresiva para constituir un modelo de humor político. Pero, por ello mismo, merecen tratamiento aparte. Lo dejo para el próximo día.

20/06/2019

 
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