Reír bajo Franco (y II)

por Rafael Núñez Florencio

He leído en distintas ocasiones recopilaciones de chistes. Con frecuencia dichas antologías se presentan con unos títulos clónicos, como «Los mejores chistes...», diferenciados tan solo por la segunda parte de la propuesta: los mejores chistes cortos, verdes, políticos, de humor negro, de borrachos, etc. Se trata por lo general de obras de ínfima calidad tanto en su contenido como en la propia edición, hasta el punto de que lo habitual es que no figure en ellas ni siquiera el nombre del compilador. La verdad es que el chiste popular pierde mucho, por no decir casi todo, cuando se lee en papel impreso. Como todo el mundo sabe por experiencia, la mayor parte de las veces la gracia del chiste no reside tanto en su contenido propiamente dicho como en el contexto: quién lo cuenta, cómo lo cuenta, dónde se cuenta y, en fin, la circunstancia concreta en que se cuenta. Lo mismo puede decirse hoy día en lo relativo a Internet, fuente inagotable de chistes de la más diversa catadura. La ventaja, no obstante, de Internet con respecto a lo que antes decía del chiste impreso, es obvia, pues en la Red, además de leer chistes podemos escucharlos y hasta verlos escenificados. Aun así, sigue habiendo una diferencia abismal entre el chiste visto y oído en soledad y el chiste compartido. Podría decirse sin exageración alguna que el chiste es, casi por definición, un fenómeno que requiere la participación del grupo o la comunidad, empezando por su propia génesis (el chiste casi siempre es anónimo, es decir, pertenece a todos) y culminando por la explosión liberadora de la risa, que para ser más efectiva debe ser también compartida. No hay mejor desencadenante de la risa que ver reír a quien tenemos al lado.

Vienen a cuento esas consideraciones –reconozco que un tanto pedestres− a raíz de la relectura de un viejo libro de Pgarcía titulado Los chistes de Franco (Madrid, Ediciones 99, 1977). Recuerdo que ya en su momento la lectura del libro no despertó en mí entusiasmo alguno, por decirlo suavemente. Ahora, muchos años después, al recorrer sus páginas he revivido aquella impresión de, digamos, frialdad o indiferencia. Me apresuro a dejar constancia de que no es culpa, responsabilidad o problema del autor, que ha hecho un encomiable trabajo de recogida, ordenación y fiel transcripción, como luego explicaré. La segunda y fundamental advertencia es que estamos hablando de chistes populares, es decir, algo que no tiene nada que ver con el humor intelectual o simplemente más elaborado que se publicaba –hasta donde la censura permitía− en los diarios y revistas de la época. Una vez establecidas esas premisas, tengo que remitirme, como bien pueden suponer, a las consideraciones con que comencé este artículo. Como uno ya va teniendo cierta edad, recuerdo que bastantes de estos chascarrillos los oí y yo mismo los reproduje en vida del dictador. Por una cuestión de elemental prudencia, te lo contaba algún amigo o familiar y uno mismo lo refería después a alguien de confianza, estableciendo así una complicidad elemental y un punto ingenua. Te reías, si así puede decirse, como si la risa fuera la expresión de compartir un secreto, establecer un vínculo o incluso una prolongación de la clandestinidad. Como decía un amigo, era la continuación del antifranquismo por otros medios. Ello le daba un atractivo añadido, aparte del evidente mecanismo de compensación: ya que el franquismo te jode y tienes que aguantarte y resignarte (recuerden lo de ajo, agua y resina), por lo menos, ridiculízalo y ríete de él.

Lo que en su momento era o, al menos, nos parecía, una muestra de ingenio, atrevimiento y gracia, leído ahora me parece tosco, algo insípido y, si me apuran, en la mayor parte de los casos, bastante tontorrón. Entiéndanme: no es que intente ponerme estupendo y le pida a un chiste que sea una obra maestra de ingenio y agudeza. Si es leído, le pido sólo que me arranque una sonrisa. Cuesta trabajo dibujar sonrisas recorriendo esta sucesión de chistes de Franco. Y eso que los hay de todos los colores y modalidades. Supongo que estarán pensando que ello puede ser debido en gran medida a que ya los conocía. Es incuestionable que uno de los alicientes básicos del chiste es el factor sorpresa: por lo general, la segunda vez que lo oímos, nos hace la mitad de gracia. El mejor chiste, varias veces repetido, pierde casi todo su atractivo. Y en este caso tengo que reconocer que, en efecto, yo me sabía o recordaba la mayor parte de los que vienen en el libro. Aun así, me atrevo a asegurar que no radica ahí el problema, en la cuestión subjetiva del déjà vu, sino en la propia naturaleza del humor que los españoles desarrollaron para satirizar al franquismo: un humor romo, insulso, bastante simplón. O, por lo menos, eso es lo que se desprende de la lectura del libro de Pgarcía. Por todo esto reconozco que este comentario tiene unos tintes reflexivos que muy probablemente casan mal con la frivolidad que se supone al contenido. O, por expresarlo de otro modo, el empacho ante la sucesión de chascarrillos inanes me ha llevado al extremo opuesto, a preguntarme desde el distanciamiento crítico por los mecanismos de ese humor a pie de calle que desarrollaron los españoles bajo Franco.

Claro, lo primero, inevitablemente es su figura política, siempre en mayúscula, Caudillo, Generalísimo, Jefe del Estado, Su Excelencia. Como pasa con todos los dictadores, Franco, en cuanto jefe supremo, no admitía bromas. Las dictaduras, como todo el mundo sabe, son particularmente refractarias al sentido del humor, hasta el punto de que por ellas mismas, por su propia existencia, convierten el humor en arma subversiva. Pero esto genera un problema, que el campo del humor se estrecha de manera extraordinaria. Lo explicaré, para no irme por los cerros de Úbeda, en términos muy esquemáticos. Grosso modo, la sociedad española bajo Franco se dividía en términos políticos en tres sectores: el primero, los franquistas, es decir, admiradores, partidarios, colaboradores o meros simpatizantes del Caudillo. A estos, poner en solfa a su guía y referente no le hacía la menor gracia. En segundo lugar, los antifranquistas conscientes, ya lo fueran de forma militante (los menos) o en términos resignados. Para ellos, en mayor o menor medida, Franco era una figura odiada que generaba ira, desprecio o temor, pero no precisamente risa ni nada que se le pareciera. Por último, estaba el tercer y, en mi opinión, el más numeroso sector de la población española, que adoptaba un conformismo pragmático o, si se prefiere, un apoliticismo hecho de pasividad, disimulo e individualismo, como un callado «¡sálvese quien pueda!« En estas circunstancias, el miedo o la simple contención eran mucho más probables que la risa delatora. Aun así, evidentemente, había espacio para el humor, ¡claro que lo había! Lo que quiero subrayar –y eso probablemente explica algunos de los elementos que desgranaré más adelante− es que no había muchos incentivos, y sí, en cambio, muchos inconvenientes, para focalizar ese humor en la figura del propio Franco. Como si el español medio pensara que, al igual que no se juega con las cosas de comer, tampoco era muy conveniente jugar a hacerse el gracioso con el Caudillo. Vamos, que la bromita podía salir cara.

Hay otro factor importante a tener en cuenta. El fenotipo de Franco era la antítesis de la marcialidad. Por más que se le pusiera en una tribuna elevada o en un balcón arengando a las masas, ni por su talla, ni por su fisonomía, ni por sus ademanes, ni por su voz ni por sus dotes oratorias, el hombre estaba a la altura de esa misión providencial que se arrogaba. En mi opinión, estas circunstancias −en contra de lo que en un primer momento cualquiera podría suponer− jugaban en contra de que se desatase el cachondeo hacia su figura. Me explico: como he dicho aquí en diversas ocasiones, la facilidad es un arma de doble filo para el humor. Estaba tirado imitar a Franco, cualquiera podía hacerlo. Bastaba con poner voz de pito, pose rígida y mover el brazo acompasadamente arriba y abajo. Sus discursos eran de una monotonía insufrible. Así que uno se ponía tieso, ponía cara de lelo, movía el brazo y decía con voz muy aguda «¡Españoles…!«, y ya empezaban las risas. Pero el recorrido de la sátira era necesariamente corto. Franco no tenía la pasión del juego como otros generales africanistas, no era un fumador empedernido como Churchill, no se entregaba al alcohol como Primo de Rivera, no era un bocazas tipo Mussolini, no se le conocían líos de faldas como a Alfonso XIII, ni mucho menos se le podía tildar de afeminado y glotón, como presentaba la propaganda fascista a su antecesor, Manuel Azaña. Aunque cierta historiografía progresista ahora insiste en lo contrario, Franco no tenía fama de ladrón o corrupto, como innumerables dirigentes de la Restauración. En conclusión, desde la perspectiva del humor, Franco era un soso. Daba para un par de bromas, pero después el filón se agotaba. No se podía sacar de donde no había.

No se olvide, empero, que hay que relativizar siempre consideraciones tan genéricas como las que he escrito anteriormente. Supongo que a cualquiera –incluso a mí mismo− se le ocurren múltiples matizaciones y excepciones a lo anteriormente expuesto. No se puede despachar toda una época –casi cuatro décadas− con unas pinceladas de brocha gorda, porque no fueron lo mismo los años cuarenta que los sesenta. Ni por el hambre, ni por la represión, ni por la censura. En términos cuantitativos, por ejemplo, Pgarcía recoge en sus páginas varias decenas de chistes populares sobre el Caudillo (a ojo de buen cubero, no diría que lleguen al centenar). ¿Son pocos o muchos? Yo no sabría qué decir a ciencia cierta, pero, en principio, no me parecen demasiados para lo que fue la larga noche franquista. Es verdad que aquí no están todos, ni mucho menos, pero no creo que eso sea lo más importante. Desde mi punto de vista, más relevante que la cantidad en sí es lo que emerge en términos cualitativos. Las bromas, más o menos punzantes, son en la inmensa mayoría de los casos contra Franco, ma non troppo. Esto es, la lectura a segundo nivel detecta un antifranquismo tibio o moderado, que parte de una base obvia: el poder omnímodo de Franco. El Generalísimo aparece como una figura que puede hacer o deshacer a su antojo. Son frecuentes las comparaciones con Dios, aunque, naturalmente, este último sale malparado. Así, cuando llega el Juicio Final, Dios se encuentra dubitativo y no hace más que aplazar la fecha. La Virgen María le pregunta a Jesucristo qué pasa. Y este responde que el Padre no se atreve, porque no sólo puede salir absuelto (el Caudillo, naturalmente), «sino que a lo peor nos fusilan a nosotros» (pp. 111-112).

Las variantes sobre este sustrato escatológico son innumerables. Así, por ejemplo, cuando Franco llega al infierno, el demonio se sorprende de no oír ninguna queja. Satanás supervisa a conciencia que todos los condenados sufran lo indecible y ha dispuesto los mayores suplicios para Franco. Aun así, ni un lamento. «¿Qué pasa?», pregunta a sus sicarios: «¿No lo atormentáis bien?» «Nos aplicamos a fondo», responden, pero «Nada, Franco se encuentra satisfechísimo. Se cree que sigue estando en España» (p. 112). La longevidad del dictador promueve también a su vez esta dimensión sobrenatural. En su última etapa, ya muy enfermo, como Franco no terminaba de morirse, muchos chistes se construían sobre su pretendida inmortalidad, o casi. El más famoso es aquel que ironizaba sobre los famosos partes del equipo médico habitual: «Víctimas del agotamiento físico han fallecido todos los componentes del equipo médico habitual. Firmado: Francisco Franco» (pp. 89-90). Incluso quienes concedían que al final se impondría su condición mortal, admitían diversas modalidades ultraterrenas. Como, por ejemplo, la primera Nochevieja, muerto Franco, no nos privaría de oír su voz a la hora habitual. Tras el inevitable «¡Españoles...!», seguiría diciendo: «sentado a la diestra de Dios Padre, os prevengo contra las asechanzas del comunismo y la masonería internacional». Más mordaz era el que defendía otro rumbo de los acontecimientos allá arriba: «Españoles: hoy es una fecha trascendental para mí y para vosotros. Desaparecido Dios Padre, en virtud de las leyes vigentes, asumo todos los poderes» (p. 122). Volviendo a la significativa equiparación entre Franco y Dios, el típico chiste de locos. El director de un manicomio le dice a un colega: «Estoy muy preocupado. Tengo en mi establecimiento internado a Franco. Y se cree Dios». Y el otro responde: «Peor es lo mío, yo tengo a Dios y se cree que es Franco» (p. 126). Más conciso y rotundo es aquél que se resume en una exclamación: «¡Franco se ha aparecido a Dios!» (p. 120).

Retomo la línea argumental que ya esbocé líneas arriba, pero ahora quiero dar un paso más sobre las implicaciones de ese tibio antifranquismo. En términos cualitativos, el Franco que esbozan los chistes populares es un personaje en cierto modo ambivalente. Su característica más acusada , o simplemente más obvia, es su poder casi absoluto: el rechazo o, en su extremo, el odio hacia su condición de dictador quedaba compensado con el temor, el respeto o, en su caso, hasta la admiración que suscitaba en otros importantes sectores de la población. Hay un chiste que me parece especialmente significativo a este respecto. Aquel en el que, ante la catastrófica situación económica española, el ministro Solís le propone al Generalísimo declarar la guerra a Estados Unidos para que estos nos venzan y luego vengan con sus planes de reconstrucción. Franco se queda pensativo y dice «No está mal, no está mal [...]. Pero Solís: ¿y si les gano?» (p. 99). No sé si han reparado en que los chistes, por lo general, humanizan a sus protagonistas. Hasta los monstruos salen con su perfil más favorecedor, porque el humor relativiza todo. El propio Jack el Destripador resulta una figura simpática cuando aconseja que «lo mejor es que vayamos por partes». Por el motivo que sea, apenas hay chistes –o, por lo menos, no los hay en el libro− que enfaticen la crueldad de Franco o de su régimen. Los pocos que hay son, además, adaptaciones de otras situaciones dictatoriales, como el muy conocido de la pérdida de la cartera del Jefe del Estado en pleno Consejo de Ministros. El de Gobernación recibe el encargo de recuperarla, pero al día siguiente el dictador la halla de modo casual, simplemente traspapelada entre varios expedientes. Llama entonces a Gobernación para pedir que se interrumpan las pesquisas. «Su Excelencia me hace polvo –comenta el ministro−; ya habían confesado todos» (p. 30).

Lo habitual es que se aluda al poder de Franco en términos genéricos. De modo más específico, se hacen pequeñas chanzas sobre su soberbia, se subraya el contraste entre su corte y la mísera España real, se incide en su longevidad y la persistencia de la dictadura, pero todo ello –si se me permite la expresión− sin hacer sangre. La base de una típica broma que da para muchas variantes es que sólo cuando fallezca Franco podrá salvarse España. Así, el avión que se estrella o el barco que naufraga, con Franco y sus ministros dentro. Si todos se mueren, ¿quién respira? España, claro. O el españolito de a pie que, sin saberlo, rescata a Franco que ha caído a un río, a un precipicio o algo parecido. Cuando se entera que es el Caudillo y que quiere recompensarlo, el atribulado rescatador le ruega que no se lo diga a nadie, porque sus compatriotas no le van a perdonar lo que ha hecho. No deja de ser muy significativo, por otra parte, que una buena porción de chistes de Franco aparecen muy en las postrimerías del régimen, con el anciano dictador agonizando en el hospital. Son chistes negros tan suaves que parecen destinados a los niños. Como el que presenta al enfermo despertando del coma y preguntando «¿Quiénes son estos señores de blanco?», en alusión a los médicos que lo rodean. «El equipo habitual, Excelencia». Y Franco se incorpora, se anima y rompe a cantar: «¡Hala, Madrid!  ¡Hala, Madrid! ¡Hala, Madrid!»

Si se fijan, son bromas, más bien elementales, sobre el jefe –el máximo representante− de un Estado autoritario, pero en la mayor parte de los casos están escasamente personalizadas. Podrían aplicar a muchos otros dictadores y, de hecho, como ya he señalado, algunas de esas chanzas son meras adaptaciones de procedencia foránea. El mismo Pgarcía no tiene más remedio que explicitar algo que ya expuse de pasada antes: ¡con lo fácil que hubiera sido bromear con su apariencia física (los típicos chistes de bajitos), con su voz, con sus discursos o con lo que él llama su «personalidad estoica»! Pero, sigue diciendo el autor (véanse pp. 32 y 58), que tampoco se satirizaron otras dimensiones del personaje: no hay apenas chistes verdes de Franco, ni bromas sobre sus limitados conocimientos como estadista, ni sobre la corrupción, ni siquiera (por usar ahora una posible óptica favorable) chistes sobre su ingenio o sus cualidades de estratega político y militar. Todo ello nos lleva, pues, a la misma conclusión que Pgarcía explicita pero no analiza: el Caudillo era, hablando en términos psicológicos, una figura anodina de la que los españoles, a lo que parece, no sabían extraer mucha chispa. Probablemente hasta Chaplin se las hubiera visto y deseado para hacer una película satírica sobre la figura de Franco semejante a la que hizo sobre el Führer.

Hablaba al principio de lo deleznables que resultan por lo general las meras recopilaciones de chistes populares. El volumen de Pgarcía no pertenece, obviamente, a ese subgénero o, si en cierto modo tiene concomitancias con él, juega en otra división. El libro del que estamos hablando es un empeño bienintencionado de compilación de chistes y clasificación de los mismos según unos criterios no muy rigurosos, pero, en todo caso, más admisibles que en la mayoría de las obras de estas características. En todo caso, no se pueden pedir peras al olmo: Pgarcía es un humorista, no un historiador ni un sociólogo, y ha trazado un marco general –España bajo Franco− y una aproximación psicológica al personaje propiamente dicho con las armas del sentido común y una pretendida ecuanimidad. Un profesional de las ciencias sociales, básicamente un historiador o un especialista en la sociedad y en la cultura del período, detectaría múltiples simplificaciones difícilmente aceptables y hasta manifiestas ingenuidades («¿Odiaba a Franco su pueblo?», p. 26), pero, como digo, no podemos ponernos especialmente críticos con una obra que cumple con creces su misión de ofrecer una antología del humor popular bajo Franco. Otra cosa distinta es que ese humor resulte a la postre tan insustancial y desabrido como la propia figura que intenta satirizar.

Para mí, Franco se retrata por encima de todo en sus anécdotas. Me da igual que sean anécdotas inventadas o simplemente perfiladas ad hoc, condición, por otro lado, extensiblesa la mayoría de las anécdotas que suelen contarse de los personajes históricos. Ya les cité en el artículo anterior la de no meterse en política, expresión suprema del antipoliticismo del franquismo sociológico. Ahora, para finalizar, mencionaré dos, también muy conocidas, pero que en mi opinión reflejan dos aspectos fundamentales del Caudillo. Tomo la primera de una página web de anécdotas de Franco: «En una jornada de pesca de salmón en Asturias, Franco y sus acompañantes charlaban durante la comida de una persona a que no ha habían vuelto a ver durante años y se preguntaban que habría sido de él. De pronto, se oyó la voz de Franco que decía: “A ese lo mataron los nacionales”». Para la segunda, me remito a un viejo artículo de Jaime Capmany en ABC, «El difícil adiós»: «Cuentan que don Manuel Arburúa, cuando dejó de ser ministro, cayó en esa tentación desaconsejable de preguntarle a Franco la razón del cese. Franco no respondió y empezó a hablar de otro argumento. Arburúa insistió en su pregunta y Franco insistió en su silencio. Por fin, antes de despedirse, el ex ministro se empecinó una vez más. “Excelencia, no quisiera irme del despacho sin conocer las razones de mi cese. ¿Cómo puedo explicarlo a mi familia?” Guardar nuevamente silencio era ya muy violento. “Desengáñese, Arburúa, vienen a por nosotros”».

03/05/2018

 
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