La otra Generación del 27 (II)

por Rafael Núñez Florencio

Seguimos hablando del opúsculo (no llega a las cien páginas) que lleva por título La otra Generación del 27, y que no es otra cosa que la disertación de ingreso de José López Rubio en la Real Academia Española, editada por esta misma institución en 1983 y que puede descargarse en la página web de la institución. Habíamos hecho una pausa en el punto en que termina el discurso del nuevo académico. Como se recordará, nos quedaba tratar del mismo López Rubio como quinto miembro de esa Generación del 27 alternativa, la del humor, dado que el conferenciante, en su modestia, rehusaba hablar de sí mismo y de sus méritos para integrar el selecto grupo de escritores que había glosado. Esta recatada omisión iba a ser sobradamente compensada, como mandan los cánones, con el elogioso discurso de réplica del académico que le daba la bienvenida, que era el prestigioso lingüista Fernando Lázaro Carreter. Dado que, siguiendo las pautas de la exposición, nos habíamos detenido en las vidas y virtudes de cuatro de los cinco integrantes del presunto grupo generacional, es casi obligado que hagamos lo propio con el último. Pero, antes de entrar en ello, debemos detenernos en un asunto medular para el objetivo de esta humilde reflexión.

Se recordará –y, si no, lo recuerdo yo ahora expresamente‒ que dije al comienzo del artículo anterior que lo más llamativo de la ponencia de López Rubio era, en mi opinión, el propio título, en la medida en que postulaba la existencia de una Generación del 27 alternativa a la canónica, la de los grandes poetas. Ahora tengo que decir que lo más llamativo de la réplica de Lázaro Carreter –siempre, naturalmente, desde mi criterio‒ fue que, a despecho de las pautas protocolarias que rigen ceremonias de tal índole, arremetía sin ambages contra la tesis de su predecesor en el uso de la palabra. Es cierto que lo hacía en el tono cortés, educado y hasta diplomático que rigen las desavenencias entre caballeros –por decirlo en términos ya periclitados pero muy acordes con aquel ambiente‒, si bien no por ello dejaba de ser claro y rotundo. Pueden comprobarlo a continuación, porque seré lo más fiel posible a lo que allí se dijo.

La verdad es que Lázaro Carreter entraba rápido al trapo. Tras unas breves palabras de salutación y elogio al nuevo académico, cogía el toro por los cuernos: la pretensión de establecer otra Generación del 27 suponía forzar «un molde tan sólido como prestigioso». Lázaro dejaba claro que solo había una Generación del 27, la de la lírica, y en ella no podía integrarse la nómina de humoristas que había desgranado López Rubio por muchas y muy poderosas razones. La primera y principal, aunque Lázaro Carreter no podía formularla tan descarnadamente, era la calidad. Pero eso era lo que daba a entender con algunos circunloquios y eufemismos, hasta donde podía llegar sin hacer sangre, es decir, sin ofender al nuevo integrante de la Academia ni rebatir ásperamente sus tesis. El fondo de su argumentación era inequívoco (y hasta la forma para el buen entendedor): mientras que la Generación del 27 ‒la auténtica, la única‒ se había consagrado a la alta literatura ‒la «escondida senda», el «destino minoritario del arte»‒, el grupo de escritores cómicos que reivindicaba López Rubio «tuvo una vocación pública, un deseo de instalarse y de afirmarse multitudinariamente, por los cauces de las revistas de quiosco y de los escenarios céntricos» (obsérvese el tono, simplemente). Por no parecerse, continúa diciendo Lázaro, no se parecen ni cuando se dedican a la única pasión común: el teatro. «Ni siquiera el género dramático, que es común a parte de los del 27 y al grupo de López Rubio, puede comunicarlos: ningún vínculo, ni aun casual, los reúne, salvo las amistades personales».

Después de esta andanada, Lázaro Carreter adopta un tono más contemporizador para hablar de las concomitancias entre los poetas y los cómicos: «vistas las cosas desde una perspectiva menos estricta, un cierto aire de familia los envuelve, determinado en gran parte por circunstancias históricas». El «aire de familia» venía a ser algo tan difuso que bien podría aplicarse a cualquier amante de los libros de aquel tiempo: «una apasionada entrega a la literatura desde la mocedad», un «común origen burgués» (¡pues claro, el proletario o el jornalero de la época no disponían de ocio y desahogo económico!), una «concepción liberal de la vida» y, en cuarto y último lugar, «un afán de novedad». Unos rasgos tan abiertos e imprecisos que, como ya he dicho antes, podrían aplicarse a la gran mayoría de los españoles medianamente cultos de aquel momento. Era casi como decir que estos de la pretendida Generación del 27 alternativa se parecían a los otros, los auténticos, en que unos y otros eran escritores, urbanos, pensaban por su cuenta y sentían una cierta curiosidad intelectual. ¡Pero para ese viaje no se necesitaban grandes alforjas!

Una vez concedido eso –que la verdad era poco conceder‒, Lázaro Carreter volvía a la carga en el sentido primigenio: el de señalar que nada tenían que ver los grandes del 27 con estos chicos tan bienhumorados como oportunistas. Obsérvese de nuevo el tono, que roza la displicencia: «mientras los líricos, o preferentemente líricos, forman su piña, la configuran con altas perfecciones y la cierran casi herméticamente, estos otros, cuya historia acabamos de oír, constituyen la suya, no más abierta, y se lanzan a la conquista de triunfos más anchos y populares». Por si fuera poco, el lingüista confesaba su incomodidad con el «para mí, impreciso concepto historiográfico de generación», porque si se aplica de modo estricto entran en ella tirios y troyanos. En este caso, todos los nacidos en torno a 1900: Salvador Bacarisse, Rafael Sánchez Mazas, José María Pemán, Adriano del Valle, Juan Antonio Zunzunegui, Antonio Espina, Juan Chabás y otros muchos. «Pero está claro que tal mezcla, lejos de ordenar el panorama literario, lo desconcierta, y que es más útil operar con unidades menores», es decir con «grupos». Lo que podía ser una cesión al planteamiento de López Rubio era, sin embargo, en el fondo, otra carga de profundidad. Pues si este había insistido especialmente, como vimos, en la coincidencia cronológica como determinante del grupo alternativo del 27, Lázaro Carreter sostiene, por el contrario, que «no se pertenece a un grupo literario porque se cumplan ciertas condiciones, sino porque se es aceptado en él» y se tiene conciencia de defender y expresar unos valores comunes.

Y, en fin, por si a esas alturas aún no había quedado todo claro, Lázaro termina por decirlo casi abruptamente, en abierta discrepancia con su antecesor en el uso de la palabra: «no veo necesidad de tomarle el rótulo a la llamada «generación» del 27, que fue, que es, un grupo milagrosamente afín de poetas nacidos en el último rincón del siglo XIX, para denominar a este otro grupo, más reducido». ¡Más claro, agua!, ¿no? ¡Pues no! Porque, a renglón seguido, le enmienda la plana a López Rubio de modo casi brutal: «Dejándolos sin nombre común [o sea, la «otra Generación del 27» que postulaba López Rubio], nada sucede; gozan del suyo propio, y basta». Y, en todo caso, si se quería un rótulo que los agavillase, propone el de «Academia 83», que no se sabe bien si es una burla o una patochada (a mí al menos me suena a Loca academia de policía, una película de gran éxito que se rodó precisamente en ese mismo año de 1983).

Una vez que ha tirado por tierra lo más innovador del discurso de López Rubio, Lázaro dedica el resto de su intervención a loar las excelencias humanas y literarias del nuevo académico. Desde el punto de vista personal, a mí al menos no me gustaría que me hiciesen ese tipo de elogios: todo lo cariñosamente que se quiera, Lázaro describe a López Rubio como un vago redomado, soltero empedernido, amante de la música, la buena mesa y la ropa cara (o sea, eso que vulgarmente se llama un bon vivant) y, sobre todo, con suerte en la vida. Supongo que lo diría con la mejor de las intenciones, pero uno se acuerda inevitablemente de que hay amores que matan. Por otro lado, dicho sea de paso, no es que el retrato fuera falso o tendencioso: todo lo contrario. La cuestión era la oportunidad de ponerlo en primer plano. Pero, en fin, no nos distraigamos en pormenores y sigamos con la trayectoria literaria. Desde el punto de vista profesional, López Rubio, como todos los de su grupo, comienza publicando artículos en los periódicos del momento: Nuevo Mundo, La Esfera, La Nación, El Sol o Los Lunes del Imparcial; pasa a ser secretario de redacción de Buen Humor, entra en contacto con Ramón Gómez de la Serna y, en fin, frecuenta las tertulias y cafés. En ese ambiente va perfilando un tipo de humor imaginativo y poético, presente ya en su temprana y única novela, Roque Six (1929).

Casi por la misma época comenzó a escribir comedias, solo o en colaboración con otros: la primera que cosechó un notable éxito, escrita con Eduardo Ugarte, lleva por título De la noche a la mañana y acusa el influjo de Luigi Pirandello. Como en el caso de sus compañeros Tono, Edgar Neville y Enrique Jardiel Poncela, el cine –y, más concretamente, Hollywood‒ irrumpió en su prometedora carrera teatral. Contratado por la Metro en 1930 y luego por la Fox, López Rubio permanecerá en tierras norteamericanas durante varios años, desenvolviéndose con familiaridad y haciendo amistad con los genios cinematográficos de aquel ambiente, entre ellos Charles Chaplin. Aunque vuelve fugazmente en 1936, la Guerra Civil le impele de nuevo fuera de nuestras fronteras. No regresa definitivamente hasta 1940. Su experiencia cinematográfica le lleva a que sea el cine, más que el teatro, su medio natural. No obstante, las limitaciones de todo orden de la cinematografía española lo empujarán de nuevo a los escenarios teatrales, en los que una de sus obras más aclamadas será Celos del aire.

Ya señalé antes que hay elogios que matan. Lázaro Carreter se deshace en alabanzas de las comedias de López Rubio, pero recuerda, como al desgaire, que en esos años «suceden cosas importantes en nuestro teatro». Nada menos que el estreno de Historia de una escalera y En la ardiente oscuridad, de Antonio Buero Vallejo, y Escuadra hacia la muerte de Alfonso Sastre. La comparación, aparte de odiosa, es demoledora para el interfecto. Por si fuera poco, y como pasó en lo relativo al término «generación», el orador no se conforma con meras alusiones, sino que se expresa con rotundidad y reiteración: las obras citadas, dice, «sacuden enérgicamente las conciencias» y hacen que «por contraste, gran parte de los escritores vigentes por entonces sean motejados de “evasionistas”. El mote clasificatorio se aplica, como es natural, a José López Rubio». Por supuesto, una vez dicho eso, Lázaro, manteniendo en primer lugar la admiración literaria y cívica hacia los autores comprometidos, no deja de valorar y aplaudir «también a quienes se propusieron como objetivo único o casi único el arte teatral: el de cautivar al público con una intriga interesante, cómica o conmovedora, desarrollada con talento». Se llega así a una fórmula asumible por todos: los escritores no han de ser juzgados por sus convicciones y su compromiso social, sino estrictamente por su valor como artistas.

Lázaro define el teatro de López Rubio como «culto, espiritual, imaginativo, poético a ratos, punzante de ironía en otros, misterioso y amable». Hay que reconocer que los adjetivos empleados son impecables y corresponden muy bien por lo general al tipo de comedias que cultivó dicho autor. Pero López Rubio fue también autor dramático (Las manos son inocentes), aunque no es una faceta que nos interese destacar aquí. Tampoco es sitio para mencionar otras actividades, como sus colaboraciones para televisión. Pero sí hay un detalle del discurso de Lázaro que es relevante para lo que luego diré: el reconocimiento de que el tiempo del teatro de López Rubio es ya cosa del pasado. Lo expresa, una vez más, con cierta finura y comprensión, pero no deja de ponerlo claramente de manifiesto: «No hay ningún género tan sensible al entorno social, a las modas, a pasajeros bandazos» como este del teatro. «López Rubio piensa tal vez que ha pasado para él la ocasión de las refriegas [...]. Sueña de vez en cuando con alguna nueva comedia; me parece que ni a él mismo se le oculta la condición de sueño».

Ya para concluir, el discurso de réplica de Lázaro Carreter hace extensiva la felicitación a López Rubio hacia sus cuatro compañeros, «maestros de liberalidad, consagrados al arte de la palabra» y expresa en términos tan sintéticos como ajustados lo que estos escritores aportaron a la literatura, al teatro, al humor y a la España de su tiempo: «dotaron a España de un humor nuevo y pulcro, puramente espiritual, exento de rudeza, irónico sin agresión, basado en la inteligencia, enemigo del tópico, lírico y tierno, amable siempre con los hombres que merecen ser amados, y adusto sólo ante lo tosco, rudo, amenazante y dogmático». Hasta aquí he seguido la línea argumental y expositiva de las dos disertaciones académicas: primero, el discurso de José López Rubio como nuevo miembro de la Real Academia Española y, seguidamente, la contestación de Fernando Lázaro Carreter, procurando ser lo más fiel posible a lo que dijeron el uno y el otro, e introduciendo tan solo unas pequeñas acotaciones en la línea de lo que ahora, en lo que resta de comentario, me interesa destacar.

Antes que nada, tendría que consignar que, algunos años después de la muerte de López Rubio, y con ocasión del centenario de su nacimiento (2003), el Centro de Documentación Teatral editó un volumen que volvía a recoger los dos discursos de los que hemos dado cuenta: el del propio López Rubio y la réplica de Lázaro Carreter. Lo más significativo, en mi opinión, es que el libro, con edición, introducción y notas de José María Torrijos, llevaba en su frontispicio nuevamente el epígrafe de La otra Generación del 27,, con un subtítulo más pequeño, Discurso y cartas. El volumen cuenta con tres breves prólogos de Luis Alberto de Cuenca, Andrés Amorós y Julio Huélamo Kosma. Este último, en especial, tiene, creo, unas líneas muy certeras para definir y caracterizar el humor de López Rubio y sus compañeros: «eclipsados en parte por sus prestigiosos coetáneos del 27, habían mantenido una lucha, a veces sorda, a veces con estruendo, en defensa de una de las revoluciones de mayor calado en la historia literaria del siglo XX en España: desde el papel (en revistas o en novelas), desde el cinematógrafo, y, sobre todo, en el teatro (al fin, el último hondón de sus biografías artísticas), consumaron el cambio espectacular que supuso la modernización artística del humor en España. Un humor que, anclado en la sonrisa, supone contemplar el mundo desde su envés para saberlo y saberse efímero, que pone en evidencia nuestra fragilidad y la de aquello que consideramos real. Un humor que, como en la pintura, adopta una gama expresiva de múltiples tonalidades que bien descoyuntan la realidad, bien la balancean suavemente sobre su paradoja. Cada miembro del grupo empleando los colores propios de su fantasía, pero siempre al servicio de la relativización de presuntas certezas: es lo que los convierte en una verdadera hermandad del humor, homogénea y diversa».

Por su parte, el editor del volumen, José María Torrijos, en un estudio introductorio mucho más extenso, hace un repaso detallado de la vida y obra de los cinco miembros del grupo. Con el impulso de Ramón Gómez de la Serna, todos ellos, aún muy jóvenes, evolucionaron ‒dice Torrijos‒ hacia un humor «más intelectual en artículos y relatos. A través de la ironía o acumulando conceptos y palabras que precipitaban un resultado casi químico, absurdo y surrealista, dejando a sus seres y sus frases en un esqueleto más deshumanizado y lejos de la realidad vulgar». Y luego, otro apunte interesante: «Aunque tomados de la vida cotidiana por lo común, sus asuntos y personajes aparecen desquiciados, fuera de su quicio normal, sometidos a un espejo deformador convexo (no cóncavo, como los de Valle-Inclán), en un ramoniano estado de inverosimilitud». Desde el punto de vista biográfico, la amistad entre estos autores posibilita de modo natural la influencia mutua y la colaboración. Pero la gracia no estaba sólo en la escritura, los chistes, las caricaturas o las piezas para el escenario, sino en sus propias relaciones cotidianas, si ese término –«cotidiano»‒ sirve para unas relaciones bastante inusuales, cuando no estrambóticas, como les pasa a los personajes de sus comedias. Permítanme que deje para el próximo día otras consideraciones y haga un alto después del relato de una anécdota que los define maravillosamente. «Una noche de 1928, en la tertulia de La Granja del Henar, Neville propuso salir de viaje, en ese mismo momento, hacia Córdoba. Tono y López Rubio aceptaron de inmediato y a las once de la noche se ponían en carretera. Al poco, Neville atropelló a un conejo; poco después, a una gallina. Entonces, Tono le sugirió: “¿Por qué no atropellas un poco de arroz y así hacemos una paella?”»

20/09/2018

 
COMENTARIOS

Ricardo 29/09/18 23:22
Estimado Sr. Nuñez Florencio. Disculpe que utilice esta vía para comunicarme con usted, pero no encontré otra. Solo quiero recomendarle un libro que está teniendo gran difusión en Latinoamérica. EL LIBRO NEGRO DE LA NUEVA IZQUIERDA, disponible en pdf en internet. http://desarrolloci.ucr.ac.cr/labosa/sites/default/files/2017-11/Marquez%20Nicolas%20Y%20Laje%20Agustin%20-%20El%20Libro%20Negro%20De%20La%20Nueva%20Izquierda.pdf y a la venta en Amazón. Apostaría a que le va a interesar mucho pues no solo está muy bien escrito, sino que además tiene una amplia bibliografía investigativa. Mis cordiales saludos.

RAFAEL NÚÑEZ FLORENCIO 01/10/18 10:03
Muchas gracias por la recomendación, Ricardo. Buscaré el libro y lo leeré con el interés que con seguridad merece. Un cordial saludo.

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