La caricatura militante

por Rafael Núñez Florencio

«Cartooning for Peace es una red de 162 dibujantes de todo el mundo que tiene como fin defender la libertad de expresión, los derechos humanos y el respeto mutuo entre poblaciones de culturas y creencias diversas, mediante el lenguaje universal de la viñeta de prensa». Copio literalmente la información antedicha de la solapa de uno de los volúmenes de esta agrupación –creada en 2006 por el célebre humorista francés Plantu‒ que acaban de traducirse al español por la editorial Akal. Dispongo ahora mismo de cuatro de ellos, que constituyen la materia a la que voy a referirme en este artículo. Son ¡No caigáis en la Trumpa!, ¡Todos migrantes!, ¡Paso a las mujeres! y ¡Desunión europea!. Cada uno de ellos recopila de un modo ordenado –según capítulos temáticos y citas escogidas al efecto‒ sesenta viñetas de prensa de dibujantes de múltiples países sobre los diversos temas que quedan expresados en los títulos. Todos preludian con un texto introductorio de un especialista en la cuestión: Éric Fottorino para el volumen sobre Trump, Benjamin Stora sobre la emigración, Élisabeth Badinter sobre la lucha femenina y Daniel Cohn-Bendit sobre la Unión Europea.

Lo primero que salta a la vista es el exquisito cuidado que se ha tenido para conservar la homogeneidad de los elementos que integran la colección. No me refiero tan solo a lo más obvio ‒el tamaño, la composición, el diseño‒, sino al conjunto de los aspectos formales –hasta el mismo número de páginas y la inclusión del mismo número de viñetas‒ y, sobre todo, al contenido propiamente dicho, con tres componentes fundamentales en común: una inconfundible orientación progresista, un tono fuertemente crítico y reivindicativo y, por último, una manifiesta resolución por integrar humor y lucha política, dando a entender que el humor es algo muy serio o, si se prefiere, que se puede (y se debe) poner al servicio de causas muy serias. De ahí mi opción por titular este comentario como la caricatura militante, pues en el fondo se trata de eso, de utilizar la viñeta y la sátira como instrumentos de concienciación y transformación políticas.

Más concretamente, cada uno de los libros que comento se articula o despliega a partir de una frase que aparece destacada en su contraportada. En el primero de los citados: «Trump no es toda América. Pero Trump es también América». En el segundo: «La crisis de los migrantes desestabiliza a los europeos, pero no por ello debe excluir la esperanza de contribuir a un mundo mejor». En el tercero: «A pesar de los grandes progresos arrancados aquí o allá, aún se plantea la cuestión del valor y del estatus de las mujeres». Y el cuarto: «A lo largo del tiempo, Europa se ha convertido en el lugar de las promesas incumplidas». Como puede apreciarse, cada una de esas frases constituye una inequívoca toma de posición sobre el problema específico que se aborda, hasta el punto de que puede decirse que la aseveración antedicha en cierto modo vertebra, unifica o da sentido a la selección de viñetas.

Me ha parecido especialmente lúcido Daniel Cohn-Bendit cuando discurre sobre la función y naturaleza de este modo de expresión: «La caricatura es un acto “irreverente”, que traduce la libertad de aquel o aquella que se niega a dejarse impresionar por la autoridad, por las convenciones, el estatus [...]. Es forzosamente “herética”. Incluso cuando sobrepasa los límites, obliga a reflexionar y abre el debate». Aquí hay condensadas al menos dos cosas que merecen la atención. En primer lugar, toda caricatura o, mejor, una buena caricatura, es o debe ser siempre un desafío: un desafío al poder, a las autoridades establecidas, a las pautas habituales, al mero conformismo. Por ello adopta la forma de irreverencia, es decir, no sólo se resiste a plegarse ante lo establecido, sino que lo pone en solfa. De ahí que, aunque pueda parecer en principio lo contrario, la sátira es un arma poderosa. De hecho, el propio Cohn-Bendit viene a desembocar en la misma interpretación cuando en el párrafo siguiente añade: «No es casual, por otro lado, que los caricaturistas sean sistemáticamente perseguidos por los regímenes tiránicos». Nadie odia más el humor que los integrismos, los fanatismos, los nacionalismos radicales, las teocracias, todos los sistemas políticos, en fin, que hacen del dogma, la autoridad y la uniformidad su razón de ser.

La segunda cosa que quería destacar es más peliaguda o, como mínimo, más controvertida. ¿Qué le pedimos a la caricatura? Si lo que le pedimos es que se amolde a nuestros principios e ideas preconcebidas, estamos encorsetándola de tal modo que terminaremos ahogándola. Una caricatura, una buena caricatura, no es una mera ilustración de un pensamiento, un argumento o una doctrina. Tiene que ser mucho más que eso. La libertad y la autonomía son sus componentes esenciales. Ello le lleva a romper los límites. Dicho de otra manera, la caricatura tiene que incomodarnos de algún modo, tiene que ponernos a prueba. Lo diré dando un paso más: la viñeta tiene, en cierto modo, que ser injusta en su crítica o en su diagnóstico de una determinada situación. Del mismo modo que el chiste es casi siempre una exageración, la caricatura es una distorsión grotesca que hace trizas, probablemente de modo algo arbitrario, la discreción y hasta el buen gusto. Creo que una viñeta de Chappatte en ¡Todos migrantes! ilustra muy bien lo que quiero decir. Una pareja de europeos toman el sol en una playa frente a un mar en calma del que sobresalen fantasmalmente lápidas, cruces y restos de pateras. La caricatura es tan explícita que no necesita palabras. Es, al mismo tiempo, una descripción, un juicio y una sentencia. Indudablemente injusta en su contundencia. Pero, a la vez, un puñetazo que nos deja de momento sin respuesta alguna.

Volviendo a Cohn-Bendit y al volumen sobre ¡Desunión europea!, no puedo estar más de acuerdo con el inicio de su reflexión sobre el proyecto europeo: «Un libro de caricaturas sobre Europa. Hay que reconocer que el tema se presta de maravilla a la caricatura. La Europa que están moldeando nuestros dirigentes es como para desesperarse, incluso para carcajearse». Es verdad que unos temas se prestan más fácilmente que otros a la caricatura. Los delicados contrapesos y contorsiones que constituyen la esencia de la alianza europea nos recuerdan mucho a esas escenas clásicas del cine cómico en las que un atribulado sujeto debe hacer las más rocambolescas piruetas para que no se le estrellen en el suelo los múltiples elementos que mantiene en precario equilibrio. No es menos cierto que el ámbito propicio a la caricatura nos conduce a una facilidad que es un arma de doble filo para el dibujante. Así, el ejemplo reiterado de Angela Merkel con bigote de Hitler es un recurso tan obvio que sólo puede satisfacer al que se empeñe en que la viñeta tenga un corto recorrido, no más allá de la mera visualización de sus planteamientos políticos. Por el contrario, la viñeta de Plantu recogiendo de arriba abajo cuatro momentos históricos de Europa viene a ser un compendio histórico y político de lo que ha significado la construcción europea: en las tres franjas superiores, siempre con el nombre de Europa, se enfrentan primero guerreros a caballo, luego cañones y tropas que parecen napoleónicas y, más abajo, divisiones y tanques bajo la efigie de Hitler. En la última de las franjas, el concepto de Europa ya no aparece en bandera alguna, sino troceado en las seis letras que componen la palabra, siendo cada una de ellas una papeleta que unos ciudadanos, ya sin armas, depositan en una urna.

Es innegable, en cualquier caso, que, si hablamos de facilitar la caricatura, nada ni nadie puede disputarle la primacía en este terreno a Donald Trump. Parecía que, después de George W. Bush, el listón había quedado a la altura del suelo. Trump lo deja ahora en el subsuelo, de tal manera que lo difícil es hablar del presidente estadounidense sin caer involuntariamente en la caricatura. Pero, como acabo de apuntar, esto es una trampa mortal para el dibujante. El personaje es a todas luces tan impresentable que si alguien emprende una defensa razonada del mismo nos quedaríamos con la mosca tras la oreja: ¿lo dice en serio o trata de tomarnos el pelo? Así las cosas, no es de extrañar que el libro dedicado al presidente norteamericano no pase de ser una reiteración de lo obvio. Trump es el típico elefante en la cacharrería, claro está, que no deja títere con cabeza a su alrededor con su rudeza, ignorancia y brutalidad. Su mejor y, en el fondo, su única caricatura (todas las demás proceden en esencia de esta) es la que puede verse en la portada: como un elefante somnoliento con un pronunciado flequillo rubio a modo de trompa y aplastando, queriendo o sin querer, todo lo que encuentra en su camino.

Seamos sinceros: la salsa de la caricatura es lo políticamente incorrecto. Es mucho más difícil hacer un chiste sobre el papa que sobre un sujeto como Trump, pero siempre será más agradecido un buen chiste sobre el primero que sobre el segundo. El humor se viene arriba con las dificultades. Cuanto más serio, solemne y sagrado es algo, más siente el humorista la tentación de usar el aguijón. El problema con los volúmenes dedicados a las migraciones y a las mujeres es que los participantes en ellos quieren situarse en la línea del pensamiento progresista oficial. Su conciencia (moral o política) les impide hacer sangre en un terreno particularmente delicado. El humor se resiente, pues el margen de maniobra es muy reducido. En el mundo actual, migrantes y mujeres –en general, pero sobre todo fuera del ámbito occidental‒ constituyen grosso modo colectivos maltratados, por decirlo suavemente. Son las víctimas propiciatorias en la mayor parte de los conflictos, y con las víctimas, reconocidas como tales, es difícil hacer humor. El foco, por tanto, se dirige hacia la acera opuesta, hacia aquellos a los que se hace responsables de las injusticias, caracterizados en mayor o menor medida como verdugos. Así, en el caso de las migraciones, el mundo desarrollado aparece como el gran culpable. En el caso de las mujeres, el machismo y el integrismo religioso son los principales inculpados. Nada que objetar, desde luego, desde el punto de vista ideológico. Pero, salvo excepciones, que las hay, el tono medio es discreto desde el punto de vista del humor.

Por otro lado, reflejar adecuadamente el contenido de este tipo de libros presenta una dificultad añadida. Como bien sabe por oficio cualquier escritor y, por experiencia, el lector avezado, la traducción de las imágenes a la escritura plantea múltiples problemas. No hace falta llegar al extremo y tirar la toalla, alimentando ese dicho tan perezoso de que «una imagen vale más que mil palabras». La dificultad es de otra índole. Es difícil traducir un chiste gráfico en palabras conservando el sentido del humor original: Lost in translation. Si la caricatura es buena, si el dibujante tiene la habilidad o la genialidad de expresar con unos simples trazos la esencia de un personaje o una situación, hay que admitir necesariamente que eso no puede mantenerse en la transcripción. Eso es lo que me pasa ahora con múltiples viñetas. E, insisto, más difícil cuanto mejor es el artista o más penetrante la caricatura. Me arriesgo con la aproximación a algunas de ellas que me han parecido significativas. Por ejemplo, una viñeta de Daryl Cagle muestra la Estatua de la Libertad levantando incómoda una de sus sandalias porque en la suela se le ha pegado, como si fuera un chicle, la figura aplastada de un emigrante mexicano. Zlatkovsky dibuja a un musulmán –podría ser perfectamente un turco‒ encaramado en lo más alto del minarete de una mezquita queriendo alcanzar inútilmente alguna de las estrellas, que simbolizan la Unión Europea.

Nani nos presenta a un hombre y una mujer bailando el tango, con las cabezas muy próximas. Ella lleva un vestido rojo abierto hasta la cintura que le permite una gran movilidad en las piernas, hasta el punto de que puede extender hacia atrás una de ellas: para mecer la cuna del bebé que duerme plácidamente en el suelo, a su lado. La desigualdad entre hombre y mujer en el terreno laboral la expresa magistralmente Toshiko en una doble página: a la derecha, el trabajador concentrado en su labor, bajo un reloj que marca las nueve menos cinco (se supone que de la noche, porque deben de estar haciendo horas extra); frente a él, una compañera de trabajo, sentada también ante el ordenador, mira angustiada un reloj mucho mayor que marca las horas con las caras de su hijo, primero de espera, luego de tristeza, seguidamente de llanto, después de berrinche. Loup pinta a una mujer en una tribuna dando un mitin, levantando los brazos y haciendo con los dedos los signos de la victoria ante un masivo auditorio masculino. Uno de los asistentes se dirige a quienes lo rodean y pregunta: «C’est la femme de qui?» Termino con una genialidad de Plantu, estableciendo una analogía-contraste entre la forma de las nalgas de una chica occidental, apenas cubiertas con un tanga, y la fisonomía de un rostro cubierto por el burka. El título: «El choque de culturas».

Se trata, en todos los casos, como se deduce de lo que se ha expuesto, de un humor que no busca la carcajada. Ni acaso la risa. Ni siquiera –me atrevería a decir‒ la habitual y despreocupada sonrisa cómplice. Busca, en todo caso, otro tipo de complicidad, más comprometida. Y, sobre todo, hasta donde es posible, pretende dar un aldabonazo contra la pasividad y las actitudes complacientes. Independientemente de los resultados en cada caso –más o menos brillantes‒, es, por todo lo dicho, sin duda alguna, un humor más necesario que ningún otro.

18/01/2018

 
COMENTARIOS

OSCAR FAVIAN 20/01/18 16:05
Buen día, dónde consigo los volúmenes en Bogotá, Colombia. Gracias.

RNF 22/01/18 14:22
He preguntado en la editorial y me dicen que estos libros no están a la venta en Colombia.

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