La buena muerte (I)

por Rafael Núñez Florencio

Si pones un negocio, querrás tener clientes, ¿verdad? ¡Claro! ¡Y cuántos más, mejor, naturalmente! Pues si el negocio que abres es una funeraria, estarás deseando que se muera gente. Bastante gente, claro. Y cuando suene el teléfono, darás un respingo de alegría. ¡Uno más! ¡Qué bien! Caitlin Doughty acaba de abrir una funeraria. «Sonó el teléfono y el corazón se me desbocó». Así comienza el libro en el que da cuenta de sus experiencias y sus pensamientos sobre la muerte. El título es De aquí a la eternidad. Una vuelta al mundo en busca de la buena muerte y, ya antes de abrirlo, por la portada y la sucinta información de la parte de atrás, el lector sabe que se encuentra ante un volumen, digamos, peculiar. Tan peculiar al menos como su autora, caracterizada en la solapa, bajo una foto que parece extraída del álbum de la familia Addams, como «tanatopractora, activista y agitadora de la industria funeraria». Leo también que, «descontenta con la situación y la oferta existente en la industria funeraria estadounidense, en 2015 abrió su propia funeraria alternativa, sin ánimo de lucro». Me intriga especialmente esa alusión a la «oferta existente» y, en consecuencia, me pregunto qué alternativas se le ocurrieron a Doughty, cuestiones todas ellas que me impulsan a la ávida lectura de un libro que ciertamente promete sabrosas sorpresas.

No obstante, el punto de partida de la autora es bastante convencional, lo cual no quiere decir que su justificación sea fútil. De hecho, es la razón más sólida que darse pueda: en nuestra cultura occidental, hemos pasado en poco tiempo de una profunda y permanente familiaridad con la muerte a una no menos intensa negación de la misma. La muerte es algo que generalmente sucede en hospitales –e, incluso dentro de estos, en salas especiales, alejadas de las visitas y la circulación habitual‒ y que debe ser abordada y gestionada en todas sus facetas –desde la agonía al duelo‒ por una serie de profesionales preparados al efecto. De tan aséptica y limpia, la muerte ha pasado a ser, más que nada, una negación, una ausencia. Para los familiares, un inevitable y doloroso tránsito que hay que pasar lo más rápidamente posible, sin apenas ser conscientes de todo el proceso. Se hace por ello un especial hincapié en trazar la línea divisoria entre la vida y la muerte, como si no hubiera una continuidad esencial entre una y otra. «Si destacamos en algo –escribe Doughty‒ es en mantener a los deudos bien alejados de sus muertos». Todo eso y, en general, todos nuestros ritos funerarios, que vivimos como «lo normal», no tiene por qué ser la «normalidad» para todo el mundo. Cuando la autora explica qué es un crematorio, Luciano, su amigo beliceño, reacciona con asombro: «¿Ponéis a la gente a la barbacoa?»

Entre los pueblos indígenas del Canadá, eran usuales unas prácticas que a nosotros nos parecen macabras. Doughty cita concretamente a los wendats y el llamado «festín de los muertos» que, por esta vez, no significa que se zamparan los fiambres, pero sí algo que da un repelús parecido, pues consistía en dejar los esqueletos mondos y lirondos a fuer de raspar los huesos e ir quitando pacientemente la carne adherida a ellos. En algunos casos, parece ser que era parecido a cuando comes un pollo, que la carne se desprende limpia y fácilmente. Pero en otras ocasiones, sobre todo en muertos recientes, la cosa se complicaba, no sólo porque la carne no salía con tanta facilidad, sino porque estaba infestada de gusanos y muchas veces con los fluidos de la descomposición. Vamos, que se ponía uno perdido y encima con unos olores no particularmente agradables. ¿Les parece repugnante? Para los nativos era una ceremonia de amor y compasión con sus seres queridos. La autora vuelve a usar aquí la cuestión del punto de vista. Todavía en 1965, un estudioso norteamericano, James W. Fraser –no Frasier, como se dice en el libro en dos ocasiones‒ escribía en Cremation. Is it Christian? que, para un cristiano decente, «resulta repulsivo imaginar el cuerpo de un amigo asándose en el horno, como un costillar de ternera, con los tendones chisporroteando y la grasa chorreándole por los costados».

Claro que, en cuestión de cremaciones, no todas son iguales. La usual, la que todos conocemos, es la cremación estandarizada de los tanatorios de los países desarrollados, aséptica, pulcra, con su protocolo rígidamente detallado según las normas legales y sanitarias. En algunos aspectos tiene algo de cremación virtual, por lo menos para los asistentes, que en ningún momento llegan a ver el cadáver, pudorosamente resguardado de las miradas indiscretas. Lo más que puede verse es un ataúd, primero, y una urna con cenizas, después, como si se tratara de un truco de magia. Pero, como he dicho, no todas son así. En Crestone, un pequeño pueblo de Colorado, se celebran –y uso el verbo con toda la intención‒ cremaciones más próximas, directas y, si no me interpretan mal, yo diría que artesanales (por oposición a la industria tanatológica). El modelo Crestone «se acerca bastante a la tradición india», aunque luego se impregne de otros rasgos peculiares. La despedida al difunto tiene aquí mucho de reunión de amigos en torno a la barbacoa. En torno a la pira en que se incinera el cuerpo, amigos y familiares cantan y bailan, ríen y lloran y, sobre todo, recuerdan y homenajean al ausente. La autora del libro cuenta su experiencia en una de estas ceremonias y, con la mentalidad empresarial que nunca le abandona, argumenta también que esta práctica sale, además, mucho más barata que la cremación industrial. Son detalles que hay que tener en cuenta, aunque me temo que la mayoría de nosotros no tendremos esta opción, tan característica de la concepción estadounidense del ejercicio de la libertad individual. Para Doughty, no cabe la menor duda de que la cremación artesanal de Crestone, al aire libre bajo el cielo azul, es incomparablemente mejor que el usual «crematorio polvoriento y ruidoso, situado en una nave a las afueras» de las ciudades.

Luego sigue un capítulo dedicado a narrar de forma pormenorizada los rituales funerarios de un lugar de Indonesia llamado Tana Toroja. En alguna medida puede detectarse una continuidad con lo antes señalado en el sentido de que la muerte, lejos de ser «una pared impenetrable que separa a vivos y muertos», constituye «una frontera porosa». Trasladado a la cotidianeidad, ello significa que los muertos conviven –ya sé que el término es paradójico‒ con los vivos de forma natural durante meses y, a veces, hasta años. De hecho, a los difuntos nunca se les abandona definitivamente como hacemos nosotros. Al principio, después del deceso, se los momifica con procedimientos tradicionales. Luego reciben una serie de cuidados, que van desde la limpieza cuidadosa hasta el cambio regular de sudarios. Los mismos funerales constituyen un espectáculo en los que la vida y la muerte, la risa y la sangre, se funden de modo inextricable. Se sacrifican búfalos, cerdos y otros animales. La multitud acude al funeral como si fuera una fiesta: se come y se bebe, se reza, se hacen conjuros, se habla con los muertos. Estos, por cierto, no son la excusa, sino la esencia misma de la celebración: los familiares los abrazan, los peinan, los acarician, se funden con ellos, en definitiva. Para nosotros, como bien recuerda Doughty, conservar el muerto en casa remite al loco de Psicosis, la famosa película de Alfred Hitchcock. En Tana Toroja, hasta los niños pequeños juguetean con naturalidad con las momias. Niños y adultos no consideran que la muerte deba constituir una barrera: a los muertos se les sigue queriendo. Mantenerlos a nuestro lado y acicalarlos es, por tanto, una muestra de respeto, y de amor.

Frente al temor reverencial a la muerte –hasta el punto de evitar la misma palabra‒, la cultura mexicana ha optado por la actitud opuesta. A la muerte no se la esconde, sino todo lo contrario: se la exhibe sin pudor alguno. No se silencia la presencia de la muerte, sino que se le grita y se le canta. No es motivo de tristeza, sino de júbilo. Se le da la mano, se baila con ella. El funeral se convierte en carnaval. Muchos dirán que esto no es más que hacer de la necesidad, virtud. Es posible. Pero, como todo en la vida, la presencia implacable e inexorable de la muerte termina produciendo en determinados ámbitos el efecto opuesto: la despreocupación burlona. Ya sé que me tengo que morir, pero, mientras tanto, disfrutaré de lo que tengo y me reiré de lo que, de un modo u otro, será inevitable. Pura filosofía de la vida. Por lo menos tan defendible como la dignidad convencional que es habitual entre nosotros. Dignidad, dice Doughty, que se traduce como «silencio, aplomo forzado, formalidad rígida». Es nuestra manera de mostrar respeto, aunque también ‒¿por qué no reconocerlo?‒ es el modo de protegernos a nosotros mismos frente al fantasma de la muerte. Luego, lo más pronto posible, el olvido. Esta «negación de la muerte» nos deja en ocasiones más inermes, por ejemplo, ante decesos particularmente crueles. Aunque sólo sea como terapia, sugiere la autora a partir de casos concretos, conviene explorar otras posibilidades.

Pero seamos serios: desde un punto de vista práctico, el problema no es la muerte, sino los muertos, es decir, qué hacer con ellos. Se mire por donde se mire, este planeta que habitamos tiene un gran problema con los vivos, que somos muchos –demasiados‒, pero tiene otro mayor con los muertos, que han sido, son y siempre serán muchos más. En términos aristotélicos, podría decirse que la Tierra es un inmenso cementerio rebosante de muertos en acto y muertos en potencia. ¿Qué hacemos con tantos muertos? Deshacerse de tanto fiambre tiene un coste cada vez más alto, y no hablo sólo en términos estrictamente económicos. Hoy, con la sensibilidad medioambiental, la cuestión ha dejado de ser un dilema existencial o filosófico para convertirse en un asunto de orden práctico. Antes, en los siglos anteriores, cuando no éramos tantos, se enterraba en las iglesias o en cualquier recinto urbano habilitado al efecto. Desde el siglo XIX, los saturados cementerios tradicionales se trasladaron a las afueras. Pero ahora ya no caben más muertos en los camposantos convencionales. Creíamos que, convirtiendo los cadáveres en cenizas, habíamos arreglado el problema, pero resulta que nos hemos dado cuenta de que los crematorios contaminan una barbaridad. El asunto medular, como he dicho, es de orden cuantitativo. Al fin y al cabo, un muerto te cabe en cualquier parte. Como vemos en las películas, si tienes jardín, puedes excavar un discreto hoyo y asunto resuelto. Pero si hablamos de millones de personas, ni los hoyos ni los hornos pueden dar abasto. Lo comprobaron los asesinos nazis y estalinistas: el talón de Aquiles de la «solución final» o del terror soviético no era matar, sino deshacerse de tantísimos muertos.

Desde hace algún tiempo vienen estudiándose y ensayándose diversas alternativas. Una de ellas es el compostaje. Supongo que saben en qué consiste. En términos muy simplificados, se trataría de hacer desaparecer el cadáver por procedimientos naturales (químicos o biológicos). Técnicamente, podría hablarse de un proceso de transformación de la materia llamada humana en otras moléculas: una especie de abono, para entendernos a lo bruto. Los más tradicionales podían encontrar en estas técnicas modernas una venganza póstuma de la sabiduría popular, un eterno retorno de lo mismo: tierra a la tierra, cenizas a las cenizas, polvo eres y en polvo te convertirás. Hay un capítulo en el libro dedicado a una de esas iniciativas, sita en un lugar recóndito de Carolina del Norte. Tal y como aparece descrita, a muchos puede parecerle un capítulo de ciencia ficción o el episodio de una serie de terror sofisticado. En realidad, es mucho más simple que todo eso. «El compostaje se produce cuando se mezclan materiales ricos en nitrógeno (desperdicios orgánicos, hierba segada o un cuerpo humano) con otros ricos en carbono (virutas de madera, serrín). Añadiendo un toque de humedad y oxígeno, los microbios y bacterias empiezan a descomponer los tejidos orgánicos». Si se consigue el equilibrio adecuado, se formará «un mantillo extremadamente rico». Como pueden imaginarse, de la teoría a la práctica hay mucho trecho. Las cosas no son tan sencillas y el procedimiento para convertir un cadáver en rico mantillo dista mucho de estar perfeccionado. De hecho, si me permiten la irreverencia, lo que se cuenta en el libro tiene todas las trazas de ser –por lo menos aquí y ahora‒ una excéntrica chapuza, lindante más con el humor negro o surrealista que con lo directamente macabro. Vamos, para que me entiendan, que los cadáveres no desaparecen ni se transforman tan fácilmente: Quod erat demonstrandum. (Continuaré el próximo día.)

17/01/2019

 
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