Filosofía de la imbecilidad (I)

por Rafael Núñez Florencio

Me decía hace un par de semanas un amigo, profundo admirador de la obra de Forges, que le resultaba difícil asumir la perspectiva de la ausencia ‒¡para siempre!‒ de esas viñetas suyas de El País con las que se desayunaba todos los días. «Me considero bastante crítico ‒seguía diciéndome‒ y, en virtud de ello, tengo que confesarte que una colaboración diaria no hay quien la resista. Uno, aunque sea un genio, tiene por fuerza que repetirse. Y es verdad, por otro lado, que Forges no estaba ya en su etapa más creativa. Pero los que hemos sido forgesianos una vez, ya no podemos dejar de serlo. Aunque el maestro nos decepcione puntualmente, sentimos una adicción que nos lleva a buscar la genialidad al día siguiente. Y esta posibilidad es la que echaré tanto de menos». Yo, que no he sido tan forgesiano, lo entendía, porque en conferencias, artículos o en simples charlas cotidianas han sido también innumerables las veces que he echado mano de un chiste, una caricatura o un palabro forgesiano.

Y seguidamente añadía mi amigo una pincelada de humor negro –un tipo de humor, por cierto, que Forges cultivó poco o nada‒. Entre airado y dolido por la ausencia de su admirado dibujante, mascullaba: «Y lo que menos entiendo es que este hombre se nos haya querido ir precisamente ahora, en mitad de la función, sin esperar a ver en que acaba todo esto». Todo esto, como bien pueden suponer, es la actual situación política española y, en particular, el embrollo catalán, que tanto se parece –una vez más, ya saben, la realidad imita burdamente al arte‒ a esas escenas de las caricaturas made in Forges: situaciones surrealistas, diálogos absurdos, actitudes retorcidas, personajes esperpénticos, comunicación imposible. O, de manera complementaria, cinismo, perplejidad, intransigencia y contumacia digna de mejores empeños. Todo el conflicto catalán –el llamado procés‒ parece extraído de un capítulo de la historia de España en versión forgesiana, sólo que corregido y aumentado. Quiero decir, más exagerado e inverosímil en la realidad que si lo hubiera parido simplemente el añorado dibujante.

A propósito de esto, quisiera destacar que en los múltiples artículos, obituarios y evocaciones personales que han seguido a la muerte del afamado humorista, he echado en falta que nadie –por lo menos que yo haya visto‒ subrayara una de las dimensiones que a mí personalmente me parece más destacable de la obra de Forges: la plasmación –formalmente complaciente, pero bastante corrosiva en el fondo‒ de la imbecilidad humana en todas sus dimensiones, desde la individual o genérica (consustancial al hombre intemporalmente considerado) hasta la colectiva, entendiendo esta última también en todos sus aspectos, particularmente el político. Así que, por un lado, tendríamos la imbecilidad como atributo de la especie humana y, en este sentido, claro está, nadie se situaría al margen. Pero, por otro, tendríamos muy señaladamente la imbecilidad del Homo Hispanicus, el celtíbero de raza, entendiendo esta última, como acabo de apuntar, tanto en su vertiente íntima, familiar o cotidiana como en la dimensión colectiva: actitudes sociales, mentalidades, comportamientos políticos. O, por decirlo directamente, los males seculares de la sociedad española y la convivencia hispana según Forges: falta de civismo, intolerancia, gregarismo, incultura, enchufismo, explotación, autoritarismo, cacicadas y otros abusos (casi siempre impunes) de poder.

Es verdad que ese retrato del español y de la sociedad española en su conjunto, que antes califiqué de corrosivo, quedaba bastante atemperado por unas formas relativamente suaves, trasunto probablemente de la bonhomía que los más allegados atribuían al dibujante. En este sentido, me atrevo a apuntar que el susodicho retrato, realizado sin acritud y con el aparente designio de no herir a nadie, terminaba jugando en contra del calado de la obra forgesiana. A Forges le faltaba ese punto de causticidad (es decir, mala leche, por decirlo en plata) que pasa por ser consustancial al humor español y que es más fácil detectar en otros humoristas de su generación o las anteriores: El Roto, Chumy Chúmez, Summers, Perich, José Luis Coll, Azcona, Berlanga o el propio Gila. Por eso precisamente, la alusión anterior a la plasmación de la imbecilidad en la obra forgesiana puede resultar en principio algo chocante. Muchos se han quedado en las apariencias y sólo ven en las caricaturas de Forges humor blanco y blando, para todos los públicos, dicho sea con todos los respetos para esta modalidad. Pero déjenme romper una lanza por el otro Forges que se agazapa tras esa contención un tanto meliflua, que es también, como bien pueden imaginarse, el que más me interesa.

Forges ha terminado por ser, para el ámbito sociológico de las izquierdas, algo muy parecido a lo que era y representaba Mingote para el sector sociológico opuesto. Tanto es así que las obras de uno y otro han quedado vinculadas a los que fueron (quizá ya no ahora, pero sí durante las pasadas décadas) los dos diarios de referencia para esos ámbitos sociales, políticos e ideológicos: El País y ABC. Quizá por ello, y obviamente por la propia condición de Forges como creador prolífico y versátil, la pretensión de establecer un denominador común al conjunto de su obra se revela tarea casi imposible, a menos que se entre en el terreno de las esquematizaciones abusivas que, en el fondo, no harían otra cosa que distorsionar su legado. Lo más obvio: su producción es bastante desigual en calidad, muy dispersa en su alcance y contenido, heterogénea en su temática y más uniforme en lo ideológico, dentro de una ortodoxia de izquierda templada e ilustrada, normalmente respetuosa con el adversario. Por cierto, no trataré aquí del Forges directamente político ni de su producción más deudora de la controversia política menuda, que necesita para su entendimiento de una contextualización previa que nos alejaría de nuestro hilo principal. Es también evidente, al menos desde mi punto de vista, que Forges terminó siendo víctima o prisionero de su propio éxito y de su masiva aceptación. Como consecuencia de ello, se instaló en un estatus de cierto prestigio, con una tendencia acomodaticia que lo llevó a repetir hasta la saciedad –como si fueran tics compulsivos‒ los personajes, situaciones, diálogos y dibujos que habían alcanzado en su momento una difusión generalizada y un merecido aplauso.

Entiéndase que no digo lo anterior con resuelto afán crítico ni en sentido especialmente peyorativo. Quiero limitarme a constatar una situación, dar cuenta de lo que es (o de lo que a mí me parece que es). Puedo admitir incluso que, en casos como el de Forges, tal situación es a la postre poco menos que inevitable: su éxito tenía casi necesariamente que abducirlo. Los dibujos y caricaturas de Forges son absolutamente inconfundibles, no sólo para el admirador o el simple lector de periódicos, sino para cualquier español de entre quince y cien años. Hasta el propio Forges parecía a veces un personaje salido de sus caricaturas, moviéndose en un terreno firmemente acotado que le dejaba poco margen de maniobra. Como si fuera una especie de agujero negro, su obra engullía todo, hasta a su propio creador. O podría también hablar de universo forgesiano, con toda la intención, y ahora sí, con rendida admiración, porque nuestro humorista se expandía incontenible en todas las direcciones y sentidos posibles, hasta el punto de engullir y asimilar a sus coordenadas todas las realidades colindantes. Como ya apunté párrafos atrás, la política española cada vez se parece más a las situaciones surrealistas y los diálogos de besugos que tanto caracterizan las viñetas de nuestro humorista.

Por todo lo que acabo de exponer, quiero recalcar que no es mi intención realizar en estas líneas un análisis del conjunto de la obra de Forges, sino limitarme tan solo al aspecto que anteriormente aduje: el retrato o caricaturización de la imbecilidad como componente esencial del hombre y de la sociedad en su conjunto, en especial de la sociedad española. Para ello tengo que hacer un par de precisiones previas. Estamos tan acostumbrados a usar el concepto de imbecilidad en términos agresivos que, a bote pronto, nos resulta cuando menos chocante asociar el término a la obra forgesiana, caracterizada básicamente ‒como ya quedó expuesto‒ por su tono más bien afable. «¡Imbécil!», como todos sabemos, es la antesala del «¡cabrón!» e «¡hijoputa!», que forman el trío imprescindible del insulto hispano, el armazón conceptual de cualquier automovilista airado –es decir, casi todos‒ en las ciudades y carreteras de la piel de toro. Si no has recibido o ‒¿para qué engañarnos?‒ si no has utilizado esos improperios, es que no has viajado por la geografía hispana.

Pero imbécil tiene originalmente una acepción que no tiene por qué ser insultante. Ya sé que no es políticamente correcto lo que voy a decir, pero hay imbéciles como hay cojos, tartamudos, gordos, rubios o miopes. Quiero decir que, más allá de lo bueno o lo malo, lo que nos guste o desagrade, la imbecilidad es una característica de los seres humanos –no diré por ahora si excepcional o generalizada‒, del mismo modo que existen o se dan otros rasgos físicos o psíquicos. Un amigo mío, que se tiene a sí mismo en alta estima, dice con una cierta displicencia que, la mayor parte de las veces, la atribución de imbecilidad a alguien, lejos de ser un insulto, es simplemente la calificación exacta, y a veces hasta contenida, de la manera del ser del individuo en cuestión. Según él, imbécil sería lo más piadoso que puede decirse de algunos (muchos en su opinión) de nuestros semejantes.

Bueno, pues mutatis mutandis, eso es también lo que se deduce de una buena parte de las caricaturas de Forges. Claro que él lo diría de una manera que en apariencia es mucho más suave, aunque en el fondo viene a ser lo mismo. Los maromos, chorbas y capullos que pululan por las viñetas forgesianas, es decir, lo más granado de su fauna, hablarían de tontérrimos y estupidérrimos, detectarían jilipoyuás a tutiplén y, al final, tras un suspiro tipo ¡gensanta!, no tendrían más remedio que diagnosticar tontolculos a troche y moche. Los que se salvan de la quema, es decir, quienes se arriesgan a leer, a reflexionar, a ser críticos, ya saben lo que les espera. Normalmente, Forges dibuja a estos como los sempiternos perdedores, bien en la cárcel, atropellados por los poderes establecidos o simplemente marginados y agobiados por la vida. «Pienso, luego estorbo» es la frase que mejor resume esta cosmovisión forgesiana. Por eso, cuando un álter ego del humorista confiesa abrumado y cabizbajo en una viñeta: «Me temo que vamos hacia una sociedad inculta, insolidaria e incompetente», su acompañante en la mesa, sin dejar de mirar el televisor, dice simplemente: «Gol». A riesgo de ser parcial y hasta un poco arbitrario, me gustaría señalar brevemente cuál es, en mi opinión, el tono característico y representativo de ese testimonio jocoso de la estupidez que nos circunda.

Así, el clásico diálogo matrimonial en el que ella inquiere «¿Qué haces?», el cónyuge responde «Estoy pensando», y ella exclama asustada «¡Por Dios, Mariano; no hagas locuras!»  Así, la familia que lleva niño al Padriata: «Mi diagnóstico es que tus padres son tontolhabas». «¿Teguro?», pregunta el nene. «Seguro», responde el doctor. Otro diálogo típico: «Me voy a la Feria del Libro. ¿Te vienes?», le pregunta ella. Y él, frente al televisor, y sin soltar el mando a distancia, le pregunta «¿Quién juega?» El paciente al médico: «¿Es grave, doctor?», y este responde «Grave, no; más bien preocupante, porque no tiene absolutamente nada». Pero este «absolutamente nada» no se refiere a enfermedades, sino al interior de su cabeza, que se representa, muy al forgesiano modo, como un cofre abierto sin nada dentro.

«¿Y de qué te acusan?», le pregunta un reo a otro en el interior de una celda. «De proxelecta». «¿Y eso qué es?», pregunta el primero, extrañado. «Pues intentar que la gente lea». «Jo, macho: se te ha caído el pelo», es la conclusión. Una escena de decapitación en la Edad Media, con el verdugo, hacha en ristre, tratando de persuadir al ajusticiado de que no es para tanto: «Es muy sencillito: pones la cabecita en el tronquito y yo, con el hachita, te corto el cuellito». La víctima, atada desde el cuello a los tobillos, replica: «Tú eres gilipollitas, ¿verdad?» «¿Por?», exclama sorprendido el verdugo. Como si fuera un descubrimiento o un notición, él, que está leyendo el periódico, le dice a ella: «Aquí pone que unos psicólogos afirman que la pareja tiene el peor enemigo en la rutina». Y ella, tumbada en el sofá y sin volver la cabeza, dice con displicencia «Vale; pues entonces, en lugar de idiota, eres imbécil».

«¿Se puede saber qué haces?», le pregunta la mujer. Él, sin volverse y agobiado, contesta: «Mirar mi correo electrónico, pero no me acuerdo de la contraseña». «Prueba con mediojilipollizado». «¿Con minúsculas?», inquiere él. «Y mucha lógica», termina ella. Hasta la intransigencia y el enfrentamiento son, en el fondo, hijos de la estupidez. «Es mucho más lo que nos une que lo que nos separa», aduce contemporizador un sujeto. Asiente el otro, situado frente a él: «Desde luego, asno imbécil». «Su padre», exclama el primero. «El suyo, que es más zurullo», zanja el segundo. Y, por último, la que resume en su sencillez la concepción forgesiana del hombre es esa viñeta en la que aparecen representados y alineados de izquierda a derecha el «Pithecantropus Erectus», el «Homo Habilis», el «Homo Sapiens», el «Homo Sapiens Sapiens» y, al final, marchando en sentido contrario a todos ellos, sonriente y decidido, el «Homo Tontolculus», el último eslabón en la cadena de la evolución.

Ahora bien, voy a ser sincero. La noticia del fallecimiento del humorista me pilló mientras estaba enfrascado en la lectura de dos libros de temática coincidente que acaban de salir al mercado. El primero es un opúsculo –no llega a las ciento treintra páginas‒ de Maurizio Ferraris titulado La imbecilidad es cosa seria. El segundo, algo más voluminoso, es también, significativamente, de un autor italiano, Piergiorgio Odifreddi, y lleva por título Diccionario de la estupidez. De modo natural, el recuerdo de Forges y el repaso de su obra se superpusieron a la lectura que estaba realizando de los dos libros, en particular en el caso del primero. El espécimen forgesiano de tontolculo, con todas sus variantes, que no son pocas, se me presentaba con frecuencia según iba desgranando los rasgos y modalidades de la imbecilidad humana. Debido a ello, decidí matar dos pájaros de un tiro: por un lado, hacerle aquí mi particular homenaje al maestro o, simplemente, trazar una breve evocación del humorista y su obra al hilo de lo que me estaba ocupando en ese momento. Por otra parte, servirme de ese solapamiento o coincidencia como preludio a una reflexión de más amplio espectro sobre la imbecilidad como una de las dimensiones de la conducta humana, individual y colectiva. No teman, procuraré no perder el tono jocoso, porque en el fondo pocas cosas hay más risibles y ridículas que la imbecilidad.

Empezaré por el más elemental de los dos volúmenes citados, dejando el otro (el de Ferraris) para el próximo día. La verdad es que del Diccionario de la estupidez de Piergiorgio Odifreddi no tengo mucho que decir. Es posible que sea un problema mío o, simplemente, consecuencia de las expectativas infladas por unas referencias laudatorias y por una faja editorial encomiástica que se ufana de «más de 300.000 ejemplares vendidos». No dice donde. Supongo que en Italia. En todo caso, me alegro por el autor y por el interés que el tema despierta en un considerable sector de la población. No creo, sin embargo, que el éxito se repita en nuestro mercado editorial. Entre otras cosas, porque es un libro escrito muy en clave italiana y dirigido a un público que conoce esas claves y mantiene determinados presupuestos ideológicos a partir de ellas. No es que sea ininteligible en otras coordenadas culturales, naturalmente, pero buena parte de las referencias ingeniosas o críticas pierden su supuesta carga subversiva ‒y hasta las alusiones graciosas se difuminan‒ al emanciparse de su contexto específico. Para llegar a estas conclusiones no hace falta siquiera una lectura en profundidad: al lector avezado le bastará hojear el libro, repasar las entradas alfabéticamente ordenadas o echar un vistazo al índice onomástico. La lectura más reposada añadirá otros rasgos que, en mi opinión, restan más que suman a la hora de hacer una valoración de conjunto, como su insistencia en la crítica religiosa, que termina por producir un efecto de cansancio por pura acumulación; o, en otro orden de cosas, el desenmascaramiento de la estupidez se hace en términos excesivamente explícitos, con un didactismo algo cargante. Trataré de explicarlo con una brevísima muestra.

En la entrada mierda, el punto de referencia es una escena ‒un equívoco, en realidad‒ de la película Forrest Gump, que se canaliza en la expresión «shit happens»: «a veces la mierda te salpica». El autor siente la necesidad de explicarnos detenidamente que, «a pesar de las apariencias, lo estúpido aquí no es Forrest Gump percatándose de que a veces la mierda te salpica, sino el mundo mismo en que esta se da. O, para aquellos que crean en esas cosas, el Dios que creó un mundo en el que la mierda salpica». Aun dando por bueno el salto argumentativo, el lector hallará en el párrafo siguiente ese tipo de insistencia que caracteriza la escritura de Odifreddi, esta vez citando unas frases de Anatole France: «O Dios quiere impedir el mal y no puede o puede y no quiere o no puede y no quiere o quiere y puede. Si quiere y no puede, es impotente. Si puede y no quiere, es perverso. Si no puede y no quiere, es tan impotente como perverso. Pero si quiere y puede, ¿por qué no lo hace?» La respuesta de Odifreddi es: «Quizá, simplemente, porque también a Dios a veces le salpica la mierda».

Como he expuesto aquí en otras ocasiones, considero que el humor, como la literatura, debe mostrar, no explicar. Todo el mundo sabe que explicar un chiste es destrozarlo. El mejor humorista es el que sugiere y sabe poner punto final a su sugerencia con un guiño cómplice. El silencio que sigue o los puntos suspensivos que corresponden a lo que no se dice nos dan la medida de la eficacia de esa bomba retardada que es la ocurrencia humorística. No se puede ‒o, por lo menos, no es efectivo desde el punto de vista del humor‒ denunciar la estupidez señalando a cada paso todo lo que es estúpido, explicando por qué es estúpido y repitiendo, además, varias veces «esto es estúpido» con todas las letras. Por lo demás, una organización en forma de diccionario dinamita la unidad interna y el sentido global de un ensayo que termina siendo más arbitrario de lo tolerable (incluso en obras de esta índole) y que, por tanto, al final, pierde por el camino gran parte de su fuerza crítica e impulso corrosivo. El Diccionario de la estupidez termina siendo así una muestra involuntaria de que la enfermedad en cuestión, es decir, la susodicha estupidez, es tan grande y contagiosa que llega a afectar también a los críticos de la misma.

15/03/2018

 
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