Este mundo está mal hecho

por Rafael Núñez Florencio

Imagine, estimado lector, que es usted Dios y le encargan crear el mundo. No he pasado de la primera frase y ya me doy cuenta de que va a ponerme cara rara y va a exigirme explicaciones. Tiene razón. Si es usted Dios, no tiene a nadie por encima y, en cualquier caso, nadie puede hacerle ningún encargo. Dejémoslo entonces en que usted, por cuenta propia, como Dios, quiere volver a crear el mundo. Me refiero, claro está, a que usted va a hacer de Dios tradicional, el de siempre, el de toda la vida. Y con respecto a lo de crear el mundo, como el mundo está ya creado, hecho, evolucionado o como prefiera llamarlo, se trataría de darle unos retoques, porque tampoco es cuestión de tirarlo todo y empezar de cero, con todo lo que está ya montado. Es decir, a usted, a pesar de ser Dios (o precisamente por eso), no se le oculta que el mundo no le ha salido muy bien o, simplemente, que hay algunas cosas regularcillas, para decirlo suavemente. O que, estando bien en su conjunto, puede mejorarse, para no pisar más callos. Lo importante, en definitiva, es que se ponga en situación y se plantee, aunque sólo sea como un juego inocente, si esto que nos rodea tiene remedio o, por lo menos, algún remedio. En contrapartida, si me sigue la corriente, le diré pronto adónde quiero ir a parar. Pues ¡vamos allá! Pero, antes, necesito dar un pequeño rodeo.

Decir que el mundo está mal hecho le resulta a mucha gente –los creyentes, para simplificar y entendernos‒ poco menos que una ofensa a Dios. Pero la cuestión puede reformularse de otra manera, que no ofende a nadie y que, además, nadie puede rechazar, porque se trata de una evidencia insoslayable hasta para el más lerdo de los mortales: el mal existe en el mundo. Usted, naturalmente, ha leído mucho acerca del «mal en el mundo», una de las cuestiones que más han apasionado a los filósofos, teólogos, profetas, doctrinarios e ideólogos en general. Sobre ese asunto se han dado a lo largo de las épocas y las civilizaciones las respuestas más variopintas. Tan heterogéneas e irreductibles han sido tales respuestas que me atrevo a asegurar aquí que sólo tienen una cosa en común: su carácter insatisfactorio en última instancia. Es decir, que ninguna nos convence o nos deja plenamente satisfechos, sobre todo cuando confrontamos la teoría ‒cualquiera de esas teorías‒ con la práctica, es decir, el mal concreto, el mal en estado puro en sus formas más horrendas.

De todas maneras, lo cierto es que entre las mencionadas respuestas puede hallarse de todo, desde razonamientos sutiles hasta pinceladas de brocha gorda. Entre estas últimas, una de las más conocidas es la de Leibniz, afirmando que este es el mejor de los mundos posibles. Pues ¡menos mal! Una respuesta tan peregrina estaba pidiendo a gritos el pitorreo más absoluto, como hizo Voltaire en su Cándido. En el contexto cristiano, una de las explicaciones más extendidas es que el mal es una prueba de Dios, que terminará recompensando a quienes la hayan superado en el reino de los cielos. Pero, para aceptar este argumento, hay que tener fe en la otra vida y en una justicia futura. ¡Cuán largo me lo fiáis!, piensan los donjuanes o, simplemente, los materialistas de este mundo. Más alambicada es la interpretación de que el mal es una noción relativa: para el ser humano, verse entre las garras de un león hambriento constituye un mal bastante indiscutible, pero no creo que el león, si pudiera expresarse, opinara lo mismo ante bocado tan suculento. El problema en este último caso es que el ser humano, con el antropocentrismo casi inevitable que le distingue, suele exigir a Dios, al modo unamuniano, que se haga eco de la perspectiva humana. ¿No fuiste Tú el que nos dotaste de conciencia? ¡Pues ahora no nos desampares! Estamos hechos a tu imagen y semejanza. ¡Tienes que hacerte cargo de nosotros!

En definitiva, como antes señalé, no hay solución viable para el problema del mal, pero, al mismo tiempo, nadie puede negar que existir, existe. Por eso, volviendo al principio, pongámonos en el rol de Dios y pensemos cómo podríamos extirparlo de raíz, desde el mismo comienzo: mejoremos el mundo, hagamos un mundo en el que no exista el mal. ¿Cómo? Adoptemos, como acabamos de apuntar, la perspectiva humana y erradiquemos todo lo que causa dolor y sufrimiento al ser humano. En principio, no parece difícil diagnosticar cuáles son esos males que atenazan la vida terrena del hombre. Todos presentaríamos una lista más o menos parecida (hambre, miseria, enfermedad, violencia, destrucción, angustia, agonía, etc.), pero al final los componentes de la misma siempre terminarían por remitir al mal en última instancia, que es la muerte. Así que la aniquilación del mal en el mundo implicaría inevitablemente despojar al ser humano de su condición mortal, dado que la muerte parece ser el mal por antonomasia. Eso nos conduce a otro escenario que puede explicitarse así: ¿realmente todas las desdichas del hombre vienen de su naturaleza mortal? O, dicho de forma complementaria, la adquisición de la inmortalidad, que ha sido anhelo consustancial al ser humano en todas las épocas y culturas, ¿le libraría del tormento existencial que acompaña como una sombra la conciencia de su sombrío destino? La respuesta es que, por sí sola, no. La superación de la muerte sería condición necesaria, pero no suficiente. Más aún, podría darse la paradoja de que una inmortalidad infeliz sería el peor de los infiernos posibles. La muerte es el mal, pero el mal no es sólo la muerte.

Adoptemos, por tanto, otra perspectiva. Digamos que el mal es todo aquello que hace infeliz al hombre. Erradicar el mal, hacer un mundo mejor –o intentarlo‒, ya sea a escala divina o a la modesta escala de las posibilidades humanas, implica, pues, crear o construir un mundo más feliz. Si esto es cierto, también lo es en su expresión máxima: extirpar el mal en todas sus manifestaciones es hacer un mundo feliz en términos absolutos. Luisgé Martín acaba de publicar El mundo feliz. Una apología de la vida falsa. Su punto de partida, como pueden imaginarse, es el mismo que el de todas las utopías que se han escrito y escribirán: que este mundo está mal hecho. Bueno, para ser exactos, él no lo dice literalmente así, porque adopta una perspectiva más existencialista. Lo que dice Martín es que la vida es una mierda, algo ridículo y absurdo, y, además, lo repite de un modo machacón no menos de veinte veces a lo largo de estas páginas. Reproduzco aquí uno de los párrafos para que se hagan una idea: «La vida es un sumidero de mierda, un acto ridículo o absurdo, pero nos comportamos ante ella con una estricta solemnidad, convirtiendo en mito o en literatura todo lo que la afecta [...]: llamamos dignidad, igualdad, libertad y fraternidad a distintos aspectos del depósito de mierda o del acto grotesco que representamos» (p. 19).

En el fondo, no importa mucho para lo que aquí vamos a tratar si lo que está mal hecho es el mundo, la vida o el ser humano propiamente dicho, pues todos estos ríos van a parar en el mismo mar, que no viene a ser otro que la nada absoluta. Todo es ser para la nada. Martín se sitúa en esa cogitación de tanta raigambre en nuestra cultura, del Barroco a la filosofía heideggeriana o sartreana, que sostiene que el primer y más grave delito del hombre es haber nacido. ¡Y, encima, a ese pecado original e irredimible, se le añade la sed de trascendencia e inmortalidad! Absurdo sobre absurdo. En fin, si la especie humana es patética, «inservible e innecesaria», el mejor servicio que podía hacerle al mundo, a la vida y, en el fondo, a ella misma era quitarse de en medio lo antes posible. Si Camus, en El mito de Sísifo, sostenía que el suicidio era el único asunto filosófico realmente serio, Martín proyecta el dictamen camusiano a las coordenadas colectivas: «es el suicidio social el único problema político realmente serio» (p. 21).

Sobre esas premisas, no ciertamente originales (es evidente la influencia de Cioran, por ejemplo), el autor hace un regate efectista: el fin –entiéndase en los dos sentidos‒ del hombre puede y debe significar el ocaso de la humanidad tal como la hemos concebido hasta ahora. Pero, si el hombre se olvida de sus aspiraciones trascendentes y se transforma, tiene aún otra oportunidad. Tiene incluso la oportunidad de arreglar todo esto que le rodea y ser ¡al fin! feliz. Pero para ello debe olvidarse de todo lo que ha sido hasta ahora, arrumbar sus anhelos seculares y enterrar ese romanticismo ramplón que ha usado tradicionalmente para dignificar lo que no es más que una cuestión física o química. «El amor y la dermatitis tienen la misma entidad ontológica» (p. 35). Frente a lo que sostiene el pensamiento humanista clásico, el hombre no perdería nada dejando de ser hombre. ¡Al contrario! ¿Qué es lo específicamente humano? ¿Qué es lo auténticamente humano? ¡Ay, autenticidad, cuántos crímenes se han cometido en tu nombre! Por plantearlo en términos más concretos, ¿qué es lo que diferencia la razón humana de la inteligencia artificial? Pues que el ser que presume de racional se comporta con suma irracionalidad, es víctima de sus pasiones y desvaríos, busca el mal, inflige daño a sabiendas a sus semejantes y es cruel hasta el paroxismo. Es decir, si están buscando características inequívocamente humanas, no se confundan, «la tiranía, la vileza o la impiedad son rasgos indiscutiblemente humanos». En otras palabras, «lo humano es inhumano» (p. 154).

La salvación del hombre es precisamente dejar de serlo. Ahora, más que nunca, debido a los avances científicos, tiene la oportunidad de dar el paso. Mejor dicho, hay que dar varios pasos. Primero, desenmascarar las viejas proclamas acerca de que es mejor un Sócrates desgraciado que un cerdo satisfecho. ¿Por qué iba a ser así? Esa falsa idea se funda en una sospecha insidiosa acerca de la felicidad. Mucho bla-bla-bla con la conquista de la felicidad, pero, en el fondo, pensamos que la felicidad es cosa de tontos. Cuando alguien suspira «¡Qué feliz soy!», no podemos evitar una sonrisita suficiente y paternalista, como diciendo «¡Pobrecillo!» «¡Déjalo que se lo crea!», terciará siempre alguien con petulancia, sintiéndose superior por no compartir la dicha bobalicona. Algo no muy distinto pasa con la libertad. Las ideologías redentoristas –empezando por el marxismo‒ están hartas de advertir sobre las añagazas de las clases dominantes: quieren que nos sintamos libres para controlarnos mejor. Quien se siente (falsamente) libre no se rebela. Como decía Dostoievski, el modo más eficaz de que no escape un prisionero es hacerle creer que no se encuentra en una prisión.

Al hombre le gusta verse infeliz y encadenado, porque eso le permite dar un sentido a su vida. Su lucha queda nimbada de un halo romántico. Los grandes ideales perfilan su horizonte. Su permanente insatisfacción queda así justificada. Se siente, en cierta manera, un dios. Aunque detecte la impostura y vislumbre el absurdo de su vida, quiere seguirse creyendo un Sísifo feliz. Pues bien, frente a todo este engaño –humano, demasiado humano‒, Luisgé Martín enarbola el banderín de la deshumanización. ¿Por qué no convertirnos en máquinas? Dicho así, parece que el autor quiere tomarnos el pelo, pero no, no es una simple burla. Casi me atrevería a decir, llegados a este punto, que un poquito más de humor le hubiera venido muy bien a este alegato. No hay mejor condimento que el humor para este tipo de platos y, la verdad sea dicha, el autor se muestra demasiado circunspecto. Convertirnos en máquinas, por retomar el hilo, significaría simplemente culminar un proceso que ya hemos empezado con prótesis, válvulas, apéndices y otros artilugios que sustituyen con notorias ventajas a nuestros componentes puramente biológicos. ¿Por qué no dar un paso más, algo que la ciencia puede poner a nuestro alcance en un corto lapso? Por ejemplo, una memoria a la carta que sustituya nuestra imperfecta facultad humana. Más que nunca, seríamos dueños de nuestros recuerdos: recordaríamos aquello que quisiéramos recordar. Recuerdos reales, inventados o recreados, ¿qué más daría? ¿Dónde estaría la diferencia? En el momento en que los creyéramos nuestros, serían nuestros, simplemente.

Se argüirá entonces que con ello nos cargaríamos el yo, la identidad personal. Por supuesto, nos cargaríamos la identidad personal tal como hoy la concebimos, pero, ¿realmente perderíamos algo con ello o, muy por el contrario, saldríamos ganando? ¿Queremos seguir siendo –como especímenes humanos‒ el resultado de una fusión aleatoria de óvulos y espermatozoides, con una carga genética que no controlamos y unas circunstancias impuestas? ¿Por qué es eso mejor o más deseable que una intervención racional del proceso, seleccionando óvulos y espermatozoides, supervisando la herencia genética y reduciendo los elementos contingentes según nuestros deseos y necesidades? ¿Por qué preferir lo fortuito a la planificación? Si podemos evitar que una nueva vida humana herede determinadas taras biológicas o psíquicas, ¿por qué no hacerlo? Y ya puestos, ¿por qué dejar en manos del azar otras características secundarias del nuevo ser? Piense en cómo obramos realmente en nuestra vida cotidiana: no nos jugamos nuestros deseos o proyectos a una tirada de dados. Cada vez tenemos más dominio del mundo que nos rodea, cada vez dejamos menos cosas al albur. Cuando enfermamos, queremos que nos traten de modo científico y rechazamos supercherías e invocaciones que en otro tiempo eran moneda corriente. ¿Por qué no usar el mismo criterio en lo tocante a nuestro carácter y nuestra conciencia, es decir, eso que llamamos nuestro yo más profundo? El espantajo de la manipulación genética se opone a una supuesta autenticidad. ¿Lo auténtico es lo puramente aleatorio? ¿No es esto el último reducto del pensamiento mágico?

El yo es una ficción construido a base de ficciones, edificado sobre una memoria con más agujeros que un colador. El yo es una mentira que no resiste el más mínimo análisis. ¿Qué tienen en común el yo que ahora soy con el recién nacido que se ve en esa fotografía, el niño con su primera bicicleta o el joven que vive su primer amor? El yo se asienta en la memoria, pero, ¿cuántas cosas recuerdo de mi pasado? ¿Llegan acaso al diez por ciento? La mayor parte de mis recuerdos son borrosos y, si me aprietan, no sabría decir hasta qué punto son reales. A la ciencia ficción (Blade Runner, por ejemplo) le encanta jugar a la contraposición entre la memoria real y la memoria inventada, pero es una antítesis en gran medida falsa. Nuestro pasado es como una construcción virtual: recordamos y olvidamos de manera selectiva o, incluso, arbitrariamente. Sobre esa base, Luisgé Martín propone una alternativa menos hipócrita: si la memoria puede ser manipulada –de hecho, es lo que hacemos todos‒, hagámoslo sin trampas, es decir, sin engañarnos a nosotros mismos: elijamos una memoria a la carta. Las ventajas de esta opción serían incuestionables. Cada cual tendría su depósito de recuerdos, de acuerdo con su idiosincrasia, sus gustos y sus necesidades. Por lo pronto, sería un paso de gigante para alcanzar una vida más feliz. No pongan caras raras pensando que estoy hablando de cosas peregrinas. Hoy sabemos que la memoria es una cuestión que atañe más a la química que a la filosofía. Y lo mismo pasa con toda nuestra vida psíquica, antaño campo de especulaciones anímicas y hoy terreno casi exclusivo de la farmacología. Piensen en el Prozac, los estimulantes y los antidepresivos en general. ¿Qué son estos medicamentos, sino los primeros atisbos –todavía rudimentarios‒ de una gigantesca e imparable manipulación futura de nuestros estados anímicos?

De eso se trata, no lo olviden: de hallar la fórmula para enderezar el mundo, extirpar el mal y ser felices (el orden de los factores no altera el producto: puede leerse también en sentido inverso). Para conseguirlo, como dijimos, tenemos que cambiar la noción de humanidad. Suena muy rimbombante, pero, en realidad, no es tan aparatoso. Luisgé Martín insiste en estas páginas en que ya transitamos por este camino. Es verdad que estamos al comienzo de un largo viaje, pero si tenemos en cuenta los cambios brutales que se han producido en las últimas décadas, quizá la meta no esté tan lejana. Las máquinas hacen ya la mayor parte del trabajo humano, como todos sabemos, pero el hombre, a su vez, se ha mecanizado. Nunca en la historia de la humanidad el hombre se había hecho tan dependiente de las máquinas. Vivimos en un mundo caracterizado por la presencia ubicua de la inteligencia artificial: nos hemos integrado con absoluta naturalidad en ese mundo. Hoy día la realidad virtual compite (y ya con ventaja) con la realidad a secas. Muchas vidas humanas dependen de soluciones o apéndices mecánicos. La mayor parte de nuestro ocio y nuestra fantasía se vive en el ciberespacio. La imaginación humana aún insiste en agitar el temor a una rebelión de las máquinas (desde el famoso 2001, tanto en la novela de Arthur C. Clarke como en la película de Stanley Kubrick), pero lo cierto es que ninguna máquina ha provocado nunca el más mínimo derramamiento de sangre. Obviamente, no somos los seres humanos los más indicados para proponernos como ejemplo de nada.

Me dirán que no estamos más que ante una pequeña variante del mundo feliz de Aldous Huxley. Ciertamente, la referencia no se oculta. Sólo que aquí, como he tratado de argumentar, este mundo feliz no se interpreta como distopía, sino todo lo contrario. Es verdad que el libro de Martín se subtitula de un modo un tanto equívoco «Una apología de la vida falsa». Puede tomarse también como un destello irónico, pero no lo es. Como ya he dicho, si algo le falta a este interesante ensayo es un abierto sentido del humor. Esa referencia a la vida falsa es una alternativa a la sobrevalorada autenticidad, eso que nos ha hecho tan infelices a lo largo de los siglos. Más aún, en nombre de la autenticidad nos hemos regodeado en la infelicidad y en los abismos más tenebrosos. De todo esto hemos hecho un arte: Martín alude reiteradamente a Shakespeare como símbolo. El precio de dejar de considerarnos dioses caídos sería renunciar al Shakespeare de turno. No tendríamos bardo. Bien, ¿y qué? A cambio nos adentraríamos en otras fantasías, estas si incruentas, como las que ahora viven los adolescentes con los videojuegos. El precio de la felicidad sería una vida falsa, pero del mismo modo que llamamos falsa a la realidad virtual. ¿Es verdaderamente falsa? Piensen en la identidad personal, en ese yo del que antes les hablaba. Hasta ahora siempre hemos concebido el yo vinculado a un cuerpo físico. Pero ¿qué pasaría si pudiéramos transmitir todos nuestros recuerdos, gustos y rasgos a una mente artificial, del mismo modo que hacemos con un texto o un programa o cualquier contenido de un ordenador? Ya no dependeríamos para subsistir de la materia perecedera. Viviendo en una máquina (o en muchas, como pasa con los programas de software actuales) habríamos alcanzado la meta ansiada por la humanidad a lo largo de los siglos: ¡por fin seríamos inmortales! Felizmente inmortales e inmortales felices en un mundo sin sombra de mal alguno. ¿Quién puede pedir más?

14/02/2019

 
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