El humorista y su circunstancia: la España etnerefid de Chumy Chúmez

por Rafael Núñez Florencio

De la misma manera que en la granja de Orwell todos los animales eran iguales, pero unos más iguales que otros, bien podría decirse que cada tipo de humor es hijo de su época, pero algunos humores son más producto de su momento histórico que otros. Esto es lo primero que pensaba yo según iba pasando las páginas de Humores que matan, una recopilación de viñetas de Chumy Chúmez (San Sebastián, 1927-Madrid, 2003) que ha publicado hace poco la editorial Reino de Cordelia. En la breve introducción, el editor, Jesús Egido, recuerda un viejo chiste de Tono: «Yo siempre que me voy a dormir pongo un vaso lleno de agua en la mesilla por si tengo sed y otro vacío por si no tengo sed». Se trata del típico ejemplo de humor absurdo, el chiste blanco y benevolente que no puede ofender ni molestar, porque no se dirige contra nada ni contra nadie. Es exactamente lo contrario que pretendía cualquier viñeta de Chumy Chúmez, quien se reconocía fruto de una España mísera, cerrada y cerril, y que disparaba contra los responsables de la misma. En efecto, los chistes de Chumy tienen que ser vistos y leídos en el contexto de la España del tardofranquismo y la Transición, como la expresión cínica, lúcida y pesimista de alguien que se pregunta «¿Qué he hecho yo para que me haya tocado nacer en este país y en esta época?»

Bien podría decirse entonces que el humor gráfico de Chumy viene a ser el espejo deformante en el que se mira el franquismo sociológico. Los mandamases que dibuja el donostiarra –políticos, empresarios, gerifaltes en general‒ visten por lo general traje oscuro, chaqueta y corbata, a veces pajarita y frac, se cubren con sombrero de copa y hablan (mejor dicho, mandan) con la suficiencia que les da una posición de supremacía inexpugnable. Frente a ellos, el ciudadano común, desamparado, menesteroso, ya sea en la versión de campesino en un entorno desolado, ya en la modalidad de ciudadano de a pie, agobiado y perplejo. Las relaciones entre ambos extremos constituyen la sustancia de un humor con bastante mala uva, expresado en unos términos escuetos (diálogos sucintos) y con unos trazos expresionistas, en los que el color negro adquiere un gran protagonismo, como si simbolizara el espíritu del autor. Un talante socarrón, escéptico y mordaz, que parece admitir de entrada que esto –el país, sus gentes, la vida en general‒ no tiene remedio y a lo máximo que podemos aspirar es a echar unas risas para aliviar el trance. Nunca parece más apropiada la expresión «reír para no llorar» que ante las viñetas de Chumy Chúmez.

En los potentados que dibuja Chumy reconocemos los prohombres del franquismo, modelos de mendacidad, codicia e hipocresía: «Tenga los guantes de especular y tráigame los de santiguarme», le dice un orondo y atildado señor a su secretaria. Puede ser el mismo sujeto que se levanta y presenta un informe en una mesa de trabajo y concluye «Con la venia de ustedes, me voy a permitir darme la razón por unanimidad». Se trata siempre de alguien que no admite la menor discrepancia. Con una soga y un nudo corredizo dispuesto para el disidente, exhorta que «si alguien no está de acuerdo, que levante el cuello». O su variante, el orador que esconde tras de sí unas enormes tijeras y proclama sonriente que «el que tenga algo que objetar que levante el dedo». Es un jefe, líder o dirigente que sólo entiende de métodos expeditivos: «No conteste de puño y letra a los firmantes. Hágalo de puño solamente». La continuidad entre este capitoste franquista y el demócrata reconvertido se pone de manifiesto en la viñeta en que este individuo prototípico atenaza por el cuello con la mano izquierda a quien suponemos es su mujer y se apresta a descargar con la otra un puñetazo en su cara, momento en el que la infeliz suplica: «¡No! Por favor, con la derecha civilizada, no».

Dije antes que el humor de nuestro autor es descreído. En lo que bien podría ser su autorretrato, aparece un señor con los ojos muy abiertos que confiesa: «Yo ya no creo ni en lo que NO dicen los periódicos». Este escepticismo se traslada, como no podía ser menos, al país en su conjunto, sumido en una situación de injusticia secular. En este aspecto, Chúmez constata que nada cambia en lo esencial. Este es uno de los motivos recurrentes más característicos de nuestro autor. Un campesino montado en un asno tristón declara: «Por aquí hemos tenido la reforma agraria de que ahora los propietarios no son los de antes, sino sus hijos». Es lo mismo que, a su manera, confiesa un escolar a su compañera camino del colegio: «Si no fuera porque piden fechas, la historia de España sería facilísima, porque siempre es lo mismo». Podría, pues, decirse que, en opinión de Chumy, la historia se repite, si no fuera porque él nos corregiría inmediatamente el matiz: «Peor aún: ¡se eructa!» La política viene a ser el arte de mover algo para dejar todo como está. Un preboste, encaramado sobre un sufrido ciudadano, admite que «Mientras que no cambie el arriba y el abajo, se puede hablar un poco de la izquierda y la derecha». Para eso sirve también la economía, «la ciencia que sirve para repartir la riqueza equitativamente entre los ricos y la pobreza entre los pobres».

A los de abajo, como puede suponerse, no les queda otra que aguantar y resignarse. Un joven confiesa a su interlocutor: «A mí me parece que estoy estudiando para obediente». En un campo asolado por el viento y la nieve, un individuo le dice a otro: «¡Tengo unas ganas de que llegue el verano, para pasar sólo hambre...!» Chumy añade a todo ello la pincelada cínica que también mencioné antes como marca de la casa: «Yo soy pobre pero honrado», afirma un anciano con aspecto lúgubre. A lo que un señor bien trajeado repone piadoso: «Lo comprendo. Las desgracias nunca vienen solas». Quizá por ese mismo cinismo contemplativo, en sus viñetas resulta más frecuente la resignación que la llamada a la rebelión, pero, aun así, no deja de subrayar que la precaria situación de los de abajo está lejos de ser una maldición divina. Se trata, por el contrario, de un asunto humano, demasiado humano. Uno de los típicos potentados de sus caricaturas se dirige ufano en un cóctel a una señora: «El dinero no da la felicidad, pero ayuda a quitársela a los demás». La actitud beligerante de Chúmez se ve permanentemente limitada por la desconfianza en todo y en todos, un nihilismo de boina o de mesa camilla que le asemeja a otro donostiarra ilustre, Pío Baroja. «Yo bebo para olvidar lo que se avecina», confiesa un personaje de sus viñetas que bien podía representar al propio autor.

Algunas de las humoradas de Chúmez tienen rasgos intemporales y universales, pero lo normal es todo lo contrario. Su humor, como adelantábamos al comienzo de este análisis, debe entenderse, por encima de todo, como expresión de un tiempo y un lugar muy precisos, la España que intenta sacudirse el yugo franquista y da los primeros pasos en democracia. Un proceso de transformación que Chumy ve con marcado pesimismo, por la sencilla razón de que no se cree la propaganda oficial ni que vayamos a parte alguna. El humorista retuerce de todas las formas posibles el eslogan franquista de «España es diferente»: si es así, «¿por qué no tratan de impedirlo?» España es, ¿diferente o in-diferente? En un gran cartel: «etnerefid se añapsE». La diferencia es, ocioso resulta recalcarlo, atraso y miseria. Un asno le confiesa a otro: «En el extranjero la gente de nuestra clase es tractor». Una variante de esa misma idea, el campesino que reflexiona así: «¡Y pensar que, si aquí hubiese problemas raciales, nosotros seríamos los negros!» Chumy Chúmez representa el mapa de España como un solar vacío con un solo aviso: «Es peligroso no asomarse al exterior». Aun así, la salida al exterior no nos libra del estigma original: «En cuanto domine idiomas me voy de bufón al extranjero».

Otro de los caballos de batalla del humorista es la censura. Es genial ese chiste en el que un escritor presenta su obra al editor y este inquiere: «Y usted, cuando escribe, ¿por qué se calla todo lo que dice?» La actitud inquisitorial del poder ante la cultura –como si fuera un resorte inconsciente‒ se pone de manifiesto en esta exclamación: «Es un libro tan bueno que parece que está diciendo ¡quémame!»  Los autores también se llevan su parte, como el escritor que confiesa: «Me gustaría una dictadura que me prohibiese escribir todo lo que no se me ocurre». España es el país de las prohibiciones: «Se prohíbe terminantemente todo lo que no es obligatorio», advierte un inmenso cartel ante el que pasa un cabizbajo ciudadano. «¿Qué nos queda por prohibir hoy?», pregunta ufano un ministro, pluma en ristre. «Queda detenido en nombre de la ley que vd. prefiera», leemos en otra viñeta. De ahí que la mudez resulte ser un mero recurso para sobrevivir, aunque también, en el fondo, la expresión de una ética de disconformidad: «Servidor es mudo por oposición».

No quisiera poner punto final sin dedicar una mención al humor negro de Chumy Chúmez. En el libro hay un capítulo (el último, «A tumba abierta») dedicado a esta modalidad, pero para mi gusto no recoge lo mejor del humorista en esta vertiente. Chúmez era, en mi opinión, un consumado especialista en extraer el matiz macabro en situaciones aparentemente anodinas o cotidianas. De hecho, buena parte de su humor está transido de una mala leche que llega a desafiar el buen gusto o, como diríamos hoy, lo políticamente correcto. En la línea de otros caricaturistas españoles, como Manuel Summers o Miguel Gila, los ciegos, mancos, cojos, tullidos o minusválidos en general desempeñan un papel relevante en sus viñetas: así, dos contrincantes que se dan la paz extendiendo sus muñones, o el golfista que golpea la bola con su pierna ortopédica, o el garfio que estrecha una mano perforándola mientras saluda «El gusto es mío». Las muestras de este tipo de humor gráfico son abundantes y sólo tienen sentido reproduciendo las viñetas en cuestión, porque a menudo las palabras explicativas –si las hay‒ no añaden casi nada al trazo expresionista. Pero, en otras ocasiones, el humor negro se convierte en vehículo idóneo para manifestar algunas de las ideas o críticas que he ido señalando. Así, por ejemplo, la precariedad laboral queda esbozada en negativo con la viñeta en que un moribundo acoge la llegada de la muerte con un «¡Vaya! Por fin alguien que da contratos no temporales». O la comilona entre tres ricachones: «Y pensar que con este eructo tuyo podrían haber comido tres niños en la India». O, en fin, para terminar, el Moisés que baja del Sinaí con las Tablas de la Ley y dice «El quinto, no matar», para añadir seguidamente: «¡Bueno! Palestinos, sí».

28/02/2019

 
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