Diez propuestas para empezar a hablar de humor

por Rafael Núñez Florencio

No sé si me equivoco mucho si digo que E. B. White es poco conocido en el ámbito español. Como lo que voy a desarrollar aquí es poco más que una exposición ordenada de algunas de sus reflexiones sobre el humor, me siento en todo caso obligado a empezar con algunas breves palabras sobre su personalidad y su trayectoria intelectual. En primer lugar, su propio nombre, tan fácil de olvidar o de confundir. Parece que él mismo era consciente de ello. Confesaba Elwyn Brooks White que se sentía incómodo con él y con la fina ironía que, como veremos, era marca de la casa, apuntaba que su madre se lo puso «porque se habían acabado los otros nombres». Nacido en Mount Vernon en 1899, era el sexto hijo del matrimonio. En el instituto logró que lo llamaran Andy y más tarde pasó a ser simplemente White. Finalmente terminaría firmando como E. B. White y de esa manera, pese a todo, conseguiría ser el crítico y ensayista más influyente de Estados Unidos durante varias décadas. Las que transcurrieron, grosso modo, entre mediados de los años veinte y mediados de los años ochenta. ¡Casi sesenta años durante los que escribió varios cientos de artículos (he leído en algún lugar, no sé ahora dónde, la cifra de mil ochocientos)! Su nombre está indisolublemente ligado a The New Yorker, la legendaria revista de crítica literaria en la que empezó a colaborar muy joven y de la cual sería con el tiempo uno de los principales puntales. Pero White era un hombre polifacético, mucho más que un mero reseñista: periodista, poeta, ensayista, humorista, narrador y estilista, escribió también algunos libros infantiles que han quedado como clásicos del género. Fue distinguido con innumerables premios (entre ellos el Pulitzer) y, como adelanté líneas atrás, se convirtió en una referencia indispensable en el mundo intelectual norteamericano de buena parte del siglo XX.

El público español tiene ahora más facilidades para acercarse a la obra de White con la publicación en castellano de un volumen con el título de Ensayos. En el ejemplar en cuestión, el lector puede encontrar verdaderas joyas como, por ejemplo, algunas consideraciones magistrales sobre el espíritu del ensayista y el arte de escribir ensayos, expuestas siempre con elegancia, un moderado descreimiento hacia todo y un tono zumbón. Dice White que el escritor de ensayos es una persona que tiene la pueril convicción de que todo lo que piensa y le ocurre es del interés general. Dicho de otro modo, que el ensayista bien es un ingenuo o, directamente, un ególatra y, en cualquier caso, alguien con el descaro suficiente como para importunar a los demás con sus reflexiones intempestivas sobre todo lo humano y lo divino. Porque, además, otra de las características consustanciales al perpetrador de ensayos es que se levanta por la mañana y elige aquello sobre lo que va a disertar como quien escoge un atuendo, cada día uno distinto: puede ser, según su estado de ánimo o el tema elegido, filósofo o narrador, gruñón o bromista, confidente o experto. Bien es verdad que, a cambio, el ensayista pagará un abultado peaje por su osadía. A diferencia del novelista, el poeta o el dramaturgo, deberá conformarse con ser un ciudadano de segunda en el mundo de las letras. La gloria, el honor y el reconocimiento, tan caros a los grandes creadores, les son esquivos. «Un escritor que tenga en el punto de mira el premio Nobel o cualquier otro éxito terrenal hará mejor en escribir una novela, un poema o una obra de teatro», sentencia White.

Pero, en fin, vamos a lo nuestro, pues no quiero seguir hablando del White ensayista en general, sino de sus reflexiones en torno al humor. En más de una ocasión, incluso en este mismo blog, he dejado consignadas mis reticencias acerca de las teorizaciones que tienen como centro u objetivo el humor. Pasa con ellas como con muchas introducciones y ediciones críticas de algunas grandes obras literarias: que lo mejor que uno puede hacer es olvidarse de ellas y pasar a leer directamente la obra maestra en cuestión. Para no andarme por las ramas, diré que, en mi opinión, el humor ‒como el movimiento‒ se muestra y demuestra ejerciéndolo, no fosilizándolo para un estudio metódico y académico. Veo con una complacencia que no me esfuerzo en absoluto en ocultar que White defiende eso mismo exactamente y, además, lo explicita y argumenta de un modo espléndido. Tan espléndido que no quiero estropear su exposición con mis glosas. De manera que haré un esfuerzo por ser sintético y consignar a continuación en forma de propuestas algunas de las consideraciones que hace nuestro autor respecto a lo que es y debe ser el humor. Tómenlo, si les parece, como una especie de decálogo para empezar a hablar de humor.

1. «Algunos analistas han intentado entender el humor, y yo he leído una parte de esa bibliografía interpretativa, sin aprender mucho». No pueden imaginarse con qué alivio he leído yo esta aseveración, en apariencia tan simple. ¡La de veces que me he quedado sumido en la mayor de las perplejidades tras la lectura de algunos análisis de esas características! Tantas, que a veces he pensado que era simplemente problema mío, esto es, de mis entendederas o, mejor dicho, de la falta de ellas. Es verdad que este desconcierto no se entiende cabalmente si no pasamos rápidamente a la segunda consideración.

2. «El humor puede diseccionarse, como una rana, pero la criatura muere en el proceso, y las entrañas desaniman a cualquiera salvo a las mentes puramente científicas». ¡He aquí la madre del cordero! No puede expresarse con más claridad y contundencia: la muerte del humor cuando el teórico trata de analizarlo (diseccionarlo) para hacer un estudio, digamos, «científico». El gran escollo que debemos salvar todos los que de un modo u otro tratamos acerca del humor. Es, en efecto, el gran reto. Soy consciente, empezando naturalmente por mí mismo, que es difícil ‒¡dificilísimo!‒ estar a la altura. Teorizar sobre el humor sin matarlo en el intento. ¿Misión imposible?

3. Ayudándose de una analogía estrambótica, White explica a la perfección la importancia que tienen las proporciones, la perspectiva y la distancia a la hora de establecer las coordenadas del acto humorístico. Menciona el caso de un hombre que había perfeccionado la elaboración de las pompas de jabón como nadie había hecho antes. Era el sumo soplador de pompas de jabón de Estados Unidos. Había alcanzado tal virtuosismo, duplicando e incluso cuadruplicando el tamaño de las pompas, que el resultado era tan llamativo como, en el fondo, repelente: el hombre parecía echar espuma por la boca y, además, «las pompas eran demasiado grandes para ser hermosas». Al humor le pasa algo parecido, sigue diciendo White: «no tolera que se lo amplíe demasiado, ni tolera que se lo manosee demasiado». El humor, aunque a veces aparezca muy seguro de sí mismo, presenta una notable fragilidad, un delicado equilibrio.

4. White escribe incluso que, junto a esa delicadeza, hay también en la perspectiva humorística «una cierta indefinición que conviene respetar», conformando con ello un misterio –«un misterio absoluto»‒ en el que no podemos penetrar con la frialdad de la razón. De haber vivido en la actualidad, con la eclosión de la inteligencia artificial en sus múltiples formas, White probablemente hubiera pensado que las máquinas podían hacer de todo menos reír. No llegó a tanto –al menos, que yo sepa‒, pero sí tuvo la penetración para señalar hasta qué punto la risa es una característica genuinamente humana. La risa es un descontrol, una convulsión placentera que sólo se entiende bien desde el interior y que, desde fuera, parece a menudo improcedente. De nuevo la comparación no puede ser más adecuada: el cuerpo humano convulsionado por la risa a lo que más se parece es a un cuerpo desequilibrado por un estornudo o un ataque de hipo.

5. El humorista contempla la vida desde su atalaya, pero esto no significa que lo que desde allí ve sea sustancialmente distinto a lo que ven, sienten y piensan el resto de los mortales. El humorista –el bueno, claro‒ habla de la vida, y la vida son problemas: «Los humoristas se alimentan de problemas. Siempre les sacan partido». Es cierto que, dicho así, puede parecer una obviedad, pero la consecuencia inmediata es menos patente de lo que en principio parece. En el fondo recalamos en una variante del payaso «con el corazón roto», es decir, las risas que esconden las lágrimas, reír para no llorar. Que los humoristas son, en el fondo, gente muy triste, le parece a White una verdad no suficientemente bien expresada. Según él, «existe una honda veta de melancolía en la vida de todo el mundo» y el humorista, «más sensible a ella que otras personas», la admite y la asume, pero también «la compensa de manera activa y positiva». De esta manera, nos reímos siempre en el fondo de nuestros problemas, de nuestros reveses y sinsabores. Representamos la pena y nos libramos así de ella, dándonos un respiro, pero bajo «la superficie brillante de esos dilemas sube la marea incontenible de la desdicha humana».

6. Las consideraciones anteriores sólo se entienden adecuadamente si van acompañadas de una constatación tan determinante como sutil: la «muy delgada línea» que separa la alegría de la tristeza, la risa del llanto. Aunque no lleguemos a un nivel patológico, todos los seres humanos somos unos contumaces maníaco-depresivos. La vida es una sucesión de olas, incesantes subidas y bajadas, que surfeamos como podemos, con más o menos habilidad. No deja de ser sintomático en este sentido que una risa completamente descontrolada desemboque en la más profunda de las tristezas, del mismo modo que –como decíamos antes‒ las bromas del payaso (y todos somos payasos en algún momento) tengan muchas veces como finalidad acallar la honda desazón que nos reconcome.

7. Afirmar por todo ello que el humor es necesario sería a estas alturas banal, de puro evidente. Podría decirse, a modo de variante, que todo el mundo aprecia el humor, pero ‒¡ay, menudo pero!‒ lo trata con manifiesta condescendencia, como si fuera una debilidad de la que en el fondo nos avergonzamos. El mundo, sostiene White, «condecora a sus artistas serios con laureles y a sus bromistas con coles de Bruselas». Por alguna razón que no es fácil de explicar, lo gracioso queda casi inmediatamente clasificado en una categoría subalterna. Lo serio –y cuanto más serio mejor, de lo solemne a lo trágico‒ goza del máximo prestigio. Entendemos que todo eso nos dignifica y nos engrandece, mientras que la broma nos rebaja: «Los escritores lo saben, y los que se toman su personalidad literaria muy en serio hacen esfuerzos denodados para no asociar su nombre a nada gracioso o frívolo o absurdo o “ligero”. Sospechan –continúa White‒ que su reputación se resentiría, y tienen razón. Muchos poetas contemporáneos firman con su verdadero nombre sus versos serios y con un seudónimo sus versos cómicos, pues desean que el público sólo los sorprenda en momentos graves y reflexivos. Se trata de una sabia precaución».

8. Esto da pie a unas jugosas comparaciones entre el humorista moderno y el bufón antiguo. La reputación del humor varía según las épocas. En la época de Shakespeare, el bufón de la corte no podía presumir de prestigio social –era, al fin y al cabo, una especie de lacayo‒, pero gozaba a cambio de un cierto prestigio artístico. Se suponía, en cierto modo, que el bufón era el único que podía o que se atrevía a cantarle las verdades al rey. En este punto no estoy muy de acuerdo con White, pues, desde mi punto de vista, se deja llevar demasiado por el cliché cuando concluye de manera muy rotunda que «existía la creencia bien fundada de que en algún recoveco de su persona [la del bufón] se ocultaba la verdad». Sea como fuere, esta discrepancia no invalida lo esencial de su argumento, que se resume, como bien habrán podido colegir, en lo siguiente: «Artísticamente, sin duda el bufón se situaba más alto que el humorista de hoy, que ha conquistado una mejor posición social, pero no el oído de los poderosos». Lo que el humorista actual ha ganado en consideración social, lo ha perdido con creces en la estimación artística e intelectual de su cometido. Basta con ver, sin ir más lejos, cómo se relega hoy en día el humor en los más variados medios escritos y audiovisuales a ese rincón discreto del relleno o mero complemento cuando ya se ha dicho y tratado todo lo importante.

9. Ahora bien, del mismo modo que el humor ha gozado de muy diversa valoración según las épocas, cabría hablar a estas alturas, junto a esa variable temporal, de una dimensión espacial o geográfica. El humor va por barrios, si así puede decirse, aunque más exacto sería referirse directamente a naciones o culturas con más sentido del humor que otras. Sostiene White que el humor anglosajón –él se refiere en concreto a Inglaterra y Estados Unidos‒ se mantiene en buena forma, aunque sin exagerar. Yo no voy a meterme a dilucidar hasta qué punto eso es o no es cierto, pero sí me interesa resaltar un matiz especialmente significativo para mi propósito: con razón o sin ella, o con más o menos motivo, el inglés o el norteamericano se creen dotados de una especial sensibilidad para el humor y, lo que es más importante, desconfían o aun desprecian a todos aquellos que no alardean de la misma capacidad. Bueno, con respecto a esto último, podríamos matizar que el inglés o el norteamericano no tienen por qué excusarse en la falta de sentido del humor de los demás para mirarlos por encima del hombro. Lo hacen de manera completamente natural, como bien sabemos desde hace al menos un par de siglos los habitantes de la península Ibérica. Pero lo más importante ahora no son las comparaciones nacionales o culturales, sino las consecuencias en su mismo ámbito de la mencionada valoración del humor. White se apoya en su compatriota Frank Moore Colby –«uno de los humoristas más inteligentes que operaba en este país a principios de siglo»‒ para bosquejar las consecuencias sociales del prestigio impostado del humor. Decir de alguien que no tiene sentido del humor es como un insulto, equivale a señalarle una tara, un defecto físico, como si no tuviera piernas: «Pero lo único realmente fatal es hacer como que se tiene humor cuando no es así. Hay personas que son solemnes por naturaleza desde la cuna hasta la tumba. Están obligadas a serlo siempre». Y es mejor que sean así, que se acepten y que sean fieles a sí mismas. El sentido del humor no es obligatorio: «Tanto hemos alabado el humor que hemos iniciado un culto insincero, y son muchos los que se creen en la obligación de enaltecerlo cuando en realidad lo odian desde lo más hondo de su ser. El falso culto del humor es uno de los pecados de la sociedad más mortales, así como uno de los más comunes. Los hombres se confesarán traidores, asesinos, incendiarios, portadores de dentaduras postizas o de una peluca. ¿Cuántos de ellos reconocerían que carecen de humor? Si un hombre tuviera el valor de hacer esa confesión, expiaría cualquier otra culpa».

10. Como ha podido apreciarse, este recorrido por el campo del humor no está exento de curiosas paradojas. No debe extrañarnos. Basta con apelar a nuestra propia experiencia. El humor nos atrae y nos repele: depende de qué, de quién, de cómo y por qué. El humor nos gusta, pero también nos fastidia, nos aburre o nos irrita: no hay nada más tributario de la coyuntura concreta, de la compañía o de nuestro estado de ánimo. Por eso, si se fijan, definir o caracterizar a alguien como humorista es una contradicción en sus propios términos. No nos lo tomemos muy en serio: es imposible ser humorista con dedicación exclusiva. Quizá eso explique la paradójica estimación de los llamados humoristas en nuestra cultura. White afirma que «bastante pocos humoristas se han hecho realmente famosos», pero en este punto yo tampoco estoy de acuerdo con él. Yo creo, por el contrario, que es relativamente fácil hacerse famoso haciendo humor. Lo difícil, eso sí, es ganar fama literaria y es a esto, en el fondo, a lo que White se refiere. Él cita como notable excepción la figura de Mark Twain. Bueno, no estoy tan seguro. Pero, a propósito de Twain, permítanme que termine con una reflexión del creador de Tom Sawyer que aquí viene al pelo y que puede explicar de paso mucho de lo dicho hasta ahora. Me refiero a la condición efímera del humor. Efímera en más de un sentido, desde luego. «El humor ‒mantenía Twain‒ no debe enseñar expresamente, ni debe predicar expresamente, pero debe hacer las dos cosas si quiere vivir para siempre. Con “para siempre” me refiero a unos treinta años. Por mucho que predique, es poco probable que el humor sobreviva un período más largo».

17/05/2018

 
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