Descansa en paz... ¡si te dejan! (y II)

por Rafael Núñez Florencio

Iba a ponerme a escribir esta segunda parte de mi reflexión sobre esa costumbre tan universal de desenterrar a los muertos cuando la actualidad me pilla con las manos en la masa. Bueno, antes que nada una precisión, pues acabo de escribir que lo de sacar a los muertos es hábito universal, pero tengo por fuerza que reconocer que en los últimos tiempos la política española, y en particular la llamada vulgarmente Ley de Memoria Histórica, ha puesto la cuestión en primer plano de actualidad, con el debate sobre fosas comunes, exhumaciones de restos de fusilados, lápidas conmemorativas, monumentos, manifestaciones de desagravio, homenajes en cementerios y otras presuntas reparaciones democráticas frente a las iniquidades de la Guerra Civil y la represión franquista. A propósito de esta última, como ustedes sabrán de sobra, al nuevo gobierno socialista presidido por Pedro Sánchez le ha faltado tiempo para marcar territorio –y de paso atizarle un sopapo a la derecha– a costa, naturalmente, de Franco y el Valle de los Caídos. No importa que llevemos ya más años de democracia que todo lo que duró la dictadura franquista. A pesar de que hace más de cuatro décadas que estamos libres de Franco, su presencia es necesaria para determinados políticos. Paradójicamente, son los que más dicen odiarlo quienes lo invocan sin cesar. Acabo de leer sobre el tema un excelente artículo del periodista Javier Caraballo en el periódico digital El Confidencial. Su párrafo inicial intenta ser un resumen de la situación política, pero, consciente o involuntariamente, se asemeja mucho a lo que podría ser la clásica introducción de un monólogo humorístico. Juzguen ustedes:

Parece que cantaran, que lo hubieran convertido en melodía. «A desenterrar, a desenterrar, que la tumba es nuestra, tuya y de aquel, de Pedro y María, de Juan y José». Como una canción de Víctor Jara, aquel mítico «A desalambrar», porque la tumba de un dictador muerto hace cuarenta años es siempre un objetivo político de máxima actualidad en España. Existe la creencia generalizada en la izquierda española de que si se revuelven los huesos del dictador, España puede vengarse de las atrocidades cometidas hace ochenta años, persecuciones, crímenes, humillaciones. Al menos, simbólicamente. Ya que el dictador se murió en la cama, que por lo menos se jodan sus huesos.

La verdad es que yo no tenía –ni tengo− la más mínima intención de transitar por esos derroteros políticos, sino limitarme a comentar el libro que había dejado pendiente el otro día. Si me leyeron, se acordarán de que les mencioné la obra de Marta Sanmamed, Aquí yace… o no. El título del libro hace referencia, como no es nada difícil de imaginar, al resultado más obvio de esa extendida costumbre de sacar los huesos de los muertos, llevarlos a otro lado, volverlos a enterrar y así sucesivamente. No es de extrañar que, con tantas vueltas y revueltas, los esqueletos fueran perdiendo algunas de sus piezas, un fémur por aquí, unos dientes por allá, unas costillas más adelante o, incluso, una calavera al final. En suma, las piezas recompuestas no eran las mismas, bien porque faltaban algunas, bien porque se habían agregado otras o, simplemente, porque, debido a las causas más peregrinas, se había producido un cambiazo.

Para entender la última alusión, es preciso tener en cuenta que normalmente, salvo excepciones muy puntuales de algunos próceres, las tumbas se vaciaban no de una en una, sino a mogollón, que diríamos hoy: así, por ejemplo, toda una fila de nichos, un ala del camposanto o un mausoleo donde reposaran varios miembros de una familia. Lo usual era, por tanto, que se apilaran los restos de varios finados, a veces decenas de ellos o incluso más. Con esa mezcla involuntaria, simplemente descuidada, que en el fondo se parecía mucho a un vulgar saqueo, los restos de unos y otros se terminaban combinando en un totum revolutum. La lápida seguía diciendo: «Aquí yace...», pero la realidad es que la piedra mostraba más constancia y perdurabilidad que el finado al que hacía referencia. El finado, si no se había desintegrado entre tantos traqueteos, estaba en otra parte o, mucho más probablemente, aquí y allá al mismo tiempo, repartido y confundido con otros restos mortales.

En contraposición al otrora comentado volumen de Nieves Concostrina, que se limitaba a recorrer con humor las peripecias de «cadáveres inquietos» (por culpa de los vivos, naturalmente), este libro de Sanmamed es más bien un cajón de sastre en el que cabe de todo lo habido y por haber, siempre y cuando tenga relación con lo mortuorio. Eso le presta un cierto atractivo, pero también señala sus limitaciones, en especial su falta de unidad interna, su dispersión y un notable caos organizativo. Para que se hagan una idea, Sanmamed trata aquí de camposantos a lo largo y ancho de la geografía española, de enterramientos de la más diversa índole, de arquitectura y escultura funeraria, de anécdotas relativas a muertos ilustres, del turismo de cementerios, de lápidas, testamentos, poesías necrófilas, velatorios, cenizas, tipos de ataúdes, mitos mortuorios, esquelas divertidas y misteriosas o charlas con sepultureros. Si como muestra vale un botón, me limitaré a citar el título del capítulo cuarto: «Árboles, gatos, corbatas, huesos, cenizas, ataúdes y fotos». En fin, que la autora toca, como quien dice, todos los palos, pero, como también dice el refrán, quien mucho abarca...

Consigno todo ello para dejar claro que el título no hace honor a la diversidad del contenido y, sobre todo, induce a pensar en un tratamiento abiertamente humorístico que, si bien no falta, no es predominante ni constituye exactamente el hilo conductor del recorrido. Yo voy a seguir aquí la vía contraria, entresacando de la gran panoplia de asuntos aquellos que sean más susceptibles de propiciar la risa o la sonrisa. Porque, como la propia autora reconoce en las páginas iniciales, es imposible adentrarse en terrenos aparentemente tan tenebrosos sin que más temprano que tarde salte la chispa de humor. Si es de modo involuntario, todavía mejor. «Un periodista le preguntó a un enterrador: − Entonces, ¿usted cree en la muerte? El enterrador, perplejo, dijo: − Disculpe, ¿ puede repetirme la pregunta?»

Los hipocondríacos y pusilánimes no quieren ni oír hablar de cementerios, porque les recuerda la sentencia o la condena que nos iguala a todos los seres humanos. A mí personalmente me parece más perturbador esto que escribe Sanmamed: «Cuentan que un niño de cinco años, mirando a su hermanita recién nacida, dijo suspirando: ¡Qué suerte tiene Laura, todavía no sabe que se va a morir!» En efecto, el punto de partida desde que tenemos conciencia es asumir cuál va a ser el punto de llegada, el mismo para todos. Con buen criterio, así empieza el libro. «Antes de morir, ¡vive!», se titula el capítulo primero, que se abre con una frase de Marcel Duchamp: «Siempre es el otro quien muere». Es verdad, pero debemos tener en cuenta la provisionalidad del aserto, no vaya a pasarnos como al pavo empirista de Bertrand Russell. Si no estamos preparados para ser un día ese otro para alguien que se queda, nos pasará lo mismo que al anonadado Iván Ilich del magistral relato de Tolstói: ya sé que la muerte existe, pero, ¿cómo es posible que ahora me toque a mí?

A muchos, todo lo relacionado con los muertos les infunde un profundo pavor. De hecho, las películas de terror juegan con zombis, muertos vivientes, muertos que resucitan, muertos, en definitiva, que quieren matar a los vivos. Nada más absurdo ni alejado del sentido común, pues no se tiene constancia en todos los miles de años de historia de la humanidad de que un muerto haya matado a un vivo. Mi suegra, una extremeña imbuida de profunda sabiduría popular, solía decir que ella no temía a los muertos, porque nunca le habían hecho nada. Y a continuación añadía que todas las putadas que le habían hecho en la vida −que no eran pocas, por cierto− se las habían hecho los vivos. Las páginas de este libro confirman esas impresiones: el mundo de los muertos es el mundo de paz por antonomasia. Los cementerios constituyen uno de los lugares más plácidos que uno pueda hallar en este mundo. Y cuando algo o alguien alteran esa tranquilidad, pueden ustedes apostar lo que quieran a que no es obra de un muerto, sino la acción de un vivo.

Ya dijimos en su momento que si muchos no descansan en paz es porque no les dejamos. Entre los muchos aspectos que trata Marta Sanmamed en su libro hay varias referencias, como no podía ser menos, a este trasiego de restos humanos. Se detiene especialmente en el caso de Goya, primero porque sus restos tuvieron el extraño privilegio de reposar nada menos que en cinco tumbas distintas; y, segundo, porque entre tantas idas y venidas, el pobre don Francisco perdió literalmente la cabeza. Del cráneo perdido de Goya se cuentan las cosas más disparatadas. Para empezar, no se sabe muy bien qué fue de él, cuántos tumbos dio y dónde fue a parar. Lo cierto es que el Museo de Zaragoza posee un lienzo de una calavera, pintado por el pintor Dionisio Fierros en 1849, que tiene una inscripción en la parte posterior que dice: «Cráneo de Goya pintado por Fierros». ¿Verdad o mistificación? La cosa no termina aquí, porque Sanmamed relata que el hijo de Fierros, estudiante de anatomía, hizo un arriesgado experimento: «Llenó de agua el cráneo del genio de los disparates y caprichos y luego puso unos cuantos garbanzos a remojo. No tenía cacerola a mano se presupone. El resultado fue que el cráneo reventó por sus junturas naturales». No sé qué habrá de real o inventado en todo ello, pero la verdad es que ser un genio y terminar de modo tan chusco no compensa. Pero, como siempre, los pobres muertos no tienen la culpa de los desafueros de los vivos.

Quizá tendría que haber dicho mucho antes que estas cosas las vemos hoy como las vemos porque ha cambiado mucho la actitud ante la muerte y ante los muertos. El asunto tiene mucha miga, es decir, múltiples vertientes que, como es obvio, resulta imposible abordar aquí. Pero, para expresarlo en los términos más esquemáticos posibles, la clave está, en mi opinión, en que nuestro tiempo, con los grandes avances técnicos, ha domado hasta cierto punto a la muerte. Con ello, la ha expulsado de nuestra vida, hasta el punto de que asumimos con naturalidad que un individuo puede vivir ochenta o noventa años, o incluso más. Una barbaridad desde la perspectiva histórica, dado que la esperanza de vida hace relativamente poco estaba en los cuarenta. Hoy día vivir hasta cerca de la centena nos parece lo normal. Lo normal en las sociedades tradicionales, no hace mucho, era la unión inextricable de vida y muerte. La muerte podía aparecer en cualquier momento, sin que el hecho de ser recién nacido, niño, adolescente o joven supusiera un seguro contra ella. De ahí la familiaridad y cercanía que el hombre mantenía ante la muerte. No hacía falta el memento mori, aunque la Iglesia no perdía nunca la ocasión de dar la tabarra sobre el particular.

Como resultado de esa convivencia con la muerte, la poesía, las narraciones, la pintura y el arte en general incluían al personaje de la muerte entre los vivos con la mayor naturalidad. Una de las expresiones más conocidas de esta familiaridad es la llamada danza macabra, pero también podríamos incluir aquí planteamientos clásicos de nuestra cultura como el triunfo de la muerte. En términos antitéticos o, mejor dicho, complementarios, uno de los más potentes cantos a la vida se basaba en la alegría de haber burlado (temporalmente) a la muerte: carpe diem. Por eso las celebraciones populares sobre esta materia que han llegado a nuestros días resultan extravagantes, por decirlo suavemente, desde la perspectiva actual. Galicia es una tierra especialmente propicia para preservar estas tradiciones. Sanmamed cita la procesión del municipio coruñés de A Pobra do Caramiñal, que proviene del siglo XV, en la que participa el que se ha librado de la muerte (el sanado) junto al ataúd que (aún) no tiene que usar. En As Neves (Pontevedra), el curado por intercesión divina debe meterse en el ataúd y ser llevado a hombres por familiares y amigos, a los que presuponemos «gozosos de cargar con el vivo en vez de con el muerto» (p. 168).

Tempus fugit. La contrapartida de estas alegrías era su carácter efímero y provisional. Ya se sabe, quien ríe el último... Y aquí sí que no había apelación posible: la muerte es siempre la última que ríe. De ahí que la otra cara de la misma moneda eran los recordatorios de que tarde o temprano llegaría la hora. La iconografía católica ha usado y abusado de la calavera sonriente que parece mirarnos fijamente, a pesar de sus cuencas vacías, y nos recuerda: como te ves, me vi; como me ves, te verás. En el libro se citan de pasada los impresionantes osarios que se conservan en algunos países, como Francia, Chequia, Italia y Portugal. En algunos casos, como en la famosa Capela dos Ossos de Évora, se trata de recintos sagrados construidos a base de cráneos y todo tipo de huesos humanos. Se calcula que proceden de unos cinco mil esqueletos. En su entrada una inscripción nos interpela inequívocamente: «Nosotros, los huesos que aquí estamos, por los vuestros esperamos».

Claro que, pese a todo, hay quien el destino inexorable no le hace perder el buen humor. Ellos mismos, sus familiares o sus amigos disponen por ejemplo esquelas llenas de guiños: «Manolo, no nos esperes levantado, ya iremos llegando..., tú a tu aire» (p. 117). Otros se reservan para los epitafios. Muchas lápidas a lo largo y ancho del mundo dan cuenta de que hay gente que ni después de muerta quiere renunciar a provocar la risa o la sonrisa: «El que en esta tumba mora, dígalo quien lo dijera, nunca fue tan calavera, como lo es ahora». En algunos casos se consigue aunar en una breve frase filosofía y humor, como pasa en la tumba de Enrique Jardiel Poncela, de la que se incluye una reproducción fotográfica (p. 51): «Si buscáis los máximos elogios, moríos».

La actitud humana ante la muerte presenta tantas vertientes que algunas no dejarán nunca de sorprendernos. Termino con las que más me han desconcertado. Comprendo que los poderosos siempre han tenido la propensión de morir con la grandeza que han vivido y ello ha llevado desde tiempo inmemorial a que faraones, conquistadores o estadistas hayan querido ser enterrados en féretros de piedras preciosas o rodeados de joyas. Pero que, a estas alturas de la vida, todavía haya quien se compre un ataúd forrado en oro y, cito textualmente, «equipado con teléfono integrado», sale de mis cánones. Sobre todo esto del teléfono me desconcierta especialmente: está bien eso de poder llamar al muerto, por aquello de no perder el contacto del todo pero, ¡anda que si te contesta la llamada! Puestas así las cosas, hasta disculpo más a quienes van a lo práctico y encargan un panteón con todas las comodidades. Si a los egipcios les ponían regalos y comida para el viaje al más allá, algunos de nuestros coetáneos han debido de pensar que hoy día vale más estar a gusto (fresquito en verano y calentito en invierno) y con todos los adelantos técnicos. Dice Sanmamed que el panteón de Lola Flores y familia tiene aire acondicionado y cristales antibalas, y opina también que esto no es nada extraño, porque «sé de otros que también están climatizados, algunos cuentan con un minibar» y «fuera de nuestras fronteras los hay que parecen bungalows con su salita de estar, cama y cuarto de baño» (p. 30). El libro no aclara si el cuarto de baño es para alguna urgencia del muerto o para las visitas, pero está bien eso de pensar en todo.

28/06/2018

 
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