Descansa en paz... ¡si te dejan! (I)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

No seré yo, ni mucho menos, el primero que lo diga: los vivos tenemos una acentuada propensión a no dejar en paz a los muertos. Es verdad que, en el momento del adiós, sea cual fuere la ceremonia de despedida, el oficiante suele decir eso de «Descanse en paz» y los demás suelen asentir y aparentar que comparten tan piadoso deseo. Hay que reconocer que, por lo general, en la mayor parte de los casos, el deseo se respeta y la aspiración a esa paz que suele denominarse eterna no se ve alterada por ninguna intervención extemporánea de los que aún aguardan su turno. Pero me temo, ¡ay!, que eso no se debe tanto a una cuestión de respeto como de falta de incentivos. Seamos claros: al muerto se le deja en paz si ya no va a rendir beneficio alguno para los vivos. Porque, cuando no es así, se le saca de la sepultura en el momento que haga falta, se le traslada, se le pasea, se le manosea o incluso se le desmenuza a cachitos, como sucede con las llamadas reliquias de los santos.
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Mein Kampf, deconstruido
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Quienes, un tanto pomposamente, se autodenominan científicos sociales se dejan llevar, como todos, por las modas de su momento histórico. Desde los años sesenta del siglo pasado, la sociología puso en circulación el sintagma «construcción social de la realidad». El construccionismo y las teorías construccionistas alcanzaron un gran prestigio y difundieron unos conceptos, como el de constructo social, que fueron rápidamente recibidos como un sensacional utillaje analítico. El enfoque se extendió pronto a todas las manifestaciones culturales o incluso psicológicas, de modo que se teorizaba sobre la construcción social de los sentimientos, de la identidad o la sexualidad. De este hontanar proceden, dicho sea de paso, los llamados estudios de género, tan pujantes hoy día. En este contexto alcanzó a su vez protagonismo el concepto de deconstrucción, estrechamente vinculado a Jacques Derrida en un primer momento, pero luego con potencial suficiente para volar autónomo y ser aplicado, como su antónimo, a los ámbitos más diversos: el arte, la literatura, la filosofía, ¡y hasta la gastronomía! Recuerdo que, en una ocasión, hace ya bastantes años, en un restaurante de un pequeño pueblo perdido en el Pirineo oscense, un maître con ínfulas de Ferran Adrià, nos ofrecía muy ufano como «aperitivo de la casa» una tortilla de patatas deconstruida. 
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Diez propuestas para empezar a hablar de humor
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

No sé si me equivoco mucho si digo que E. B. White es poco conocido en el ámbito español. Como lo que voy a desarrollar aquí es poco más que una exposición ordenada de algunas de sus reflexiones sobre el humor, me siento en todo caso obligado a empezar con algunas breves palabras sobre su personalidad y su trayectoria intelectual. En primer lugar, su propio nombre, tan fácil de olvidar o de confundir. Parece que él mismo era consciente de ello. Confesaba Elwyn Brooks White que se sentía incómodo con él y con la fina ironía que, como veremos, era marca de la casa, apuntaba que su madre se lo puso «porque se habían acabado los otros nombres». Nacido en Mount Vernon en 1899, era el sexto hijo del matrimonio. En el instituto logró que lo llamaran Andy y más tarde pasó a ser simplemente White. Finalmente terminaría firmando como E. B. White y de esa manera, pese a todo, conseguiría ser el crítico y ensayista más influyente de Estados Unidos durante varias décadas. Las que transcurrieron, grosso modo, entre mediados de los años veinte y mediados de los años ochenta. ¡Casi sesenta años durante los que escribió varios cientos de artículos (he leído en algún lugar, no sé ahora dónde, la cifra de mil ochocientos)! 
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Reír bajo Franco (y II)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

He leído en distintas ocasiones recopilaciones de chistes. Con frecuencia dichas antologías se presentan con unos títulos clónicos, como «Los mejores chistes...», diferenciados tan solo por la segunda parte de la propuesta: los mejores chistes cortos, verdes, políticos, de humor negro, de borrachos, etc. Se trata por lo general de obras de ínfima calidad tanto en su contenido como en la propia edición, hasta el punto de que lo habitual es que no figure en ellas ni siquiera el nombre del compilador. La verdad es que el chiste popular pierde mucho, por no decir casi todo, cuando se lee en papel impreso. Como todo el mundo sabe por experiencia, la mayor parte de las veces la gracia del chiste no reside tanto en su contenido propiamente dicho como en el contexto: quién lo cuenta, cómo lo cuenta, dónde se cuenta y, en fin, la circunstancia concreta en que se cuenta. Lo mismo puede decirse hoy día en lo relativo a Internet, fuente inagotable de chistes de la más diversa catadura. La ventaja, no obstante, de Internet con respecto a lo que antes decía del chiste impreso, es obvia, pues en la Red, además de leer chistes podemos escucharlos y hasta verlos escenificados. Aun así, sigue habiendo una diferencia abismal entre el chiste visto y oído en soledad y el chiste compartido.
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Reír bajo Franco (I)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

El sentido del humor es algo muy subjetivo. A menudo esquematizamos de forma harto elemental a las personas, distinguiendo entre quienes lo tienen (el susodicho sentido del humor) y quienes no lo tienen. En algunos casos, la diferenciación puede ser de alguna utilidad, pero, no nos engañemos, en la inmensa mayoría de los casos es pura filfa: es verdad que hay gente siesa, malaje, estirada o, simplemente, con nulo sentido del humor, pero entre quienes tienen este don las categorías son casi ilimitadas. Nadie o casi nadie, por ejemplo, puede ver todas las contingencias de la vida bajo el prisma del humor y, si alguna vez nos topamos con un sujeto que ligeramente se aproxima a ello, terminamos por huir de él como de la peste, porque pocas cosas hay más cargantes que un individuo que se empeña en bromear a toda costa todo el tiempo. O es un pelma, o es un imbécil, o, mucho más probablemente, ambas cosas a la vez. Normalmente nuestro humor es selectivo o, por decirlo en términos más tradicionales, hay cosas que nos hacen gracia y otras que maldita la gracia. 
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Filosofía de la imbecilidad (y II)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

La imbecilidad es cosa seria: tal es el título del breve ensayo que el filósofo italiano Maurizio Ferraris dedica al tema (trad. de Marco Aurelio Galmarini, Madrid, Alianza, 2018). ¿Un filósofo escribiendo un ensayo sobre la imbecilidad? Estamos tan habituados a considerar antónimos filosofía e imbecilidad que de manera automática se despiertan todas las alarmas (léanse suspicacias). ¿Va en serio? O, en términos más familiares, ¿está de coña? Pues no, no está de coña, y sí, va completamente en serio. El contenido del libro hace honor a su título. Ferraris se toma completamente en serio el tema de la imbecilidad y le dedica una reflexión de algo más de cien densas páginas plagadas de citas, alusiones doctas y un considerable aparato bibliográfico. Si me siguen, verán por qué se lo toma tan en serio.
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Filosofía de la imbecilidad (I)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Me decía hace un par de semanas un amigo, profundo admirador de la obra de Forges, que le resultaba difícil asumir la perspectiva de la ausencia ‒¡para siempre!‒ de esas viñetas suyas de El País con las que se desayunaba todos los días. «Me considero bastante crítico ‒seguía diciéndome‒ y, en virtud de ello, tengo que confesarte que una colaboración diaria no hay quien la resista. Uno, aunque sea un genio, tiene por fuerza que repetirse. Y es verdad, por otro lado, que Forges no estaba ya en su etapa más creativa. Pero los que hemos sido forgesianos una vez, ya no podemos dejar de serlo. Aunque el maestro nos decepcione puntualmente, sentimos una adicción que nos lleva a buscar la genialidad al día siguiente. Y esta posibilidad es la que echaré tanto de menos». Yo, que no he sido tan forgesiano, lo entendía, porque en conferencias, artículos o en simples charlas cotidianas han sido también innumerables las veces que he echado mano de un chiste, una caricatura o un palabro forgesiano.
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Del hurto de libros como una de las bellas artes
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

¿Se lo imaginan? Y donde digo una fuga de agua y un fontanero pongan ustedes un cortocircuito y un electricista, una ventana rota y un cristalero, un problema con uno de los electrodomésticos y un técnico: en fin, lo que quieran, esos problemas habituales del hogar que requieren el concurso o la intervención de un especialista. La respuesta de este cuando le digan que haga su trabajo gratis oscilará entre el estupor, la carcajada y el cabreo. ¡Vamos, lo mínimo que uno puede suponer que hará cualquiera en ese trance será colgar inmediatamente el teléfono dejándole con la palabra en la boca! ¡Eso, probablemente, después de algunos improperios!
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Que trata sobre barberos y curanderos, así como de cirujanos y otros matasanos (y II)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Tengo que reconocer que he metido en el mismo saco de modo impreciso y abusivo (y desde el principio, desde el mismo título) a todos aquellos que trataban de devolver la salud al enfermo. La profesión que en la actualidad conocemos universalmente como médico se entendía de manera bastante distinta en los siglos precedentes. Por ello, hablar de medicina para referirnos a lo que se hacía en el pasado es un recurso cómodo pero excesivamente simplificador. En un excelente libro de divulgación, Medicina sin engaños (Barcelona, Destino, 2016), el bioquímico J. M. Mulet dedica un primer capítulo a «La Medicina antes del método científico». Ahí podemos leer que la «medicina gozaba de consideración social, mientras que la cirugía se veía como un arte menor que normalmente realizaban los barberos». En el Concilio de Tours (1163) se prohibió a los sacerdotes que metieran mano en el cuerpo, lo cual indica claramente que antes sí lo hacían. A comienzos del siglo XIII se delimitó teóricamente el cometido de cirujanos y barberos, reconociendo a los primeros una formación médica y dejando a los segundos, los «chusqueros de la época», las tareas más pedestres. 
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Que trata sobre barberos y curanderos, así como de cirujanos y otros matasanos (I)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

La Historia negra de la Medicina  que ha escrito el doctor José-Alberto Palma bien podría haber prescindido del adjetivo, por redundante. Bueno, bueno, ya sé que es una exageración y una afirmación bastante injusta, pero me remito a lo que el propio autor reconoce nada más abrir el libro. En primer lugar, déjenme que les consigne el subtítulo del volumen, que ya es suficientemente expresivo: «Sanguijuelas, lobotomías, sacamantecas y otros tratamientos absurdos, desagradables y terroríficos a lo largo de la historia». Eso ya nos pone en guardia de lo que nos espera. Pero, además, en el primer capítulo, Palma admite sin ambages que a lo largo de la historia los (mal) llamados médicos «han hecho mucho daño. En realidad, los médicos han hecho mucho más mal que bien». Afirmación desconcertante sólo en primera instancia. Basta una ligera reflexión o un mínimo conocimiento de la historia para establecer que los tratamientos y remedios más empleados para sanar a los enfermos eran –cito textualmente– «las sangrías, las sanguijuelas, los enemas, las trepanaciones y otras terapias que, en la mayoría de los casos, no sólo resultaban ineficaces, sino que eran claramente dañinas para la salud». 
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