Reír bajo Franco (I)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

El sentido del humor es algo muy subjetivo. A menudo esquematizamos de forma harto elemental a las personas, distinguiendo entre quienes lo tienen (el susodicho sentido del humor) y quienes no lo tienen. En algunos casos, la diferenciación puede ser de alguna utilidad, pero, no nos engañemos, en la inmensa mayoría de los casos es pura filfa: es verdad que hay gente siesa, malaje, estirada o, simplemente, con nulo sentido del humor, pero entre quienes tienen este don las categorías son casi ilimitadas. Nadie o casi nadie, por ejemplo, puede ver todas las contingencias de la vida bajo el prisma del humor y, si alguna vez nos topamos con un sujeto que ligeramente se aproxima a ello, terminamos por huir de él como de la peste, porque pocas cosas hay más cargantes que un individuo que se empeña en bromear a toda costa todo el tiempo. O es un pelma, o es un imbécil, o, mucho más probablemente, ambas cosas a la vez. Normalmente nuestro humor es selectivo o, por decirlo en términos más tradicionales, hay cosas que nos hacen gracia y otras que maldita la gracia. 
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Filosofía de la imbecilidad (y II)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

La imbecilidad es cosa seria: tal es el título del breve ensayo que el filósofo italiano Maurizio Ferraris dedica al tema (trad. de Marco Aurelio Galmarini, Madrid, Alianza, 2018). ¿Un filósofo escribiendo un ensayo sobre la imbecilidad? Estamos tan habituados a considerar antónimos filosofía e imbecilidad que de manera automática se despiertan todas las alarmas (léanse suspicacias). ¿Va en serio? O, en términos más familiares, ¿está de coña? Pues no, no está de coña, y sí, va completamente en serio. El contenido del libro hace honor a su título. Ferraris se toma completamente en serio el tema de la imbecilidad y le dedica una reflexión de algo más de cien densas páginas plagadas de citas, alusiones doctas y un considerable aparato bibliográfico. Si me siguen, verán por qué se lo toma tan en serio.
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Filosofía de la imbecilidad (I)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Me decía hace un par de semanas un amigo, profundo admirador de la obra de Forges, que le resultaba difícil asumir la perspectiva de la ausencia ‒¡para siempre!‒ de esas viñetas suyas de El País con las que se desayunaba todos los días. «Me considero bastante crítico ‒seguía diciéndome‒ y, en virtud de ello, tengo que confesarte que una colaboración diaria no hay quien la resista. Uno, aunque sea un genio, tiene por fuerza que repetirse. Y es verdad, por otro lado, que Forges no estaba ya en su etapa más creativa. Pero los que hemos sido forgesianos una vez, ya no podemos dejar de serlo. Aunque el maestro nos decepcione puntualmente, sentimos una adicción que nos lleva a buscar la genialidad al día siguiente. Y esta posibilidad es la que echaré tanto de menos». Yo, que no he sido tan forgesiano, lo entendía, porque en conferencias, artículos o en simples charlas cotidianas han sido también innumerables las veces que he echado mano de un chiste, una caricatura o un palabro forgesiano.
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Del hurto de libros como una de las bellas artes
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

¿Se lo imaginan? Y donde digo una fuga de agua y un fontanero pongan ustedes un cortocircuito y un electricista, una ventana rota y un cristalero, un problema con uno de los electrodomésticos y un técnico: en fin, lo que quieran, esos problemas habituales del hogar que requieren el concurso o la intervención de un especialista. La respuesta de este cuando le digan que haga su trabajo gratis oscilará entre el estupor, la carcajada y el cabreo. ¡Vamos, lo mínimo que uno puede suponer que hará cualquiera en ese trance será colgar inmediatamente el teléfono dejándole con la palabra en la boca! ¡Eso, probablemente, después de algunos improperios!
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Que trata sobre barberos y curanderos, así como de cirujanos y otros matasanos (y II)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Tengo que reconocer que he metido en el mismo saco de modo impreciso y abusivo (y desde el principio, desde el mismo título) a todos aquellos que trataban de devolver la salud al enfermo. La profesión que en la actualidad conocemos universalmente como médico se entendía de manera bastante distinta en los siglos precedentes. Por ello, hablar de medicina para referirnos a lo que se hacía en el pasado es un recurso cómodo pero excesivamente simplificador. En un excelente libro de divulgación, Medicina sin engaños (Barcelona, Destino, 2016), el bioquímico J. M. Mulet dedica un primer capítulo a «La Medicina antes del método científico». Ahí podemos leer que la «medicina gozaba de consideración social, mientras que la cirugía se veía como un arte menor que normalmente realizaban los barberos». En el Concilio de Tours (1163) se prohibió a los sacerdotes que metieran mano en el cuerpo, lo cual indica claramente que antes sí lo hacían. A comienzos del siglo XIII se delimitó teóricamente el cometido de cirujanos y barberos, reconociendo a los primeros una formación médica y dejando a los segundos, los «chusqueros de la época», las tareas más pedestres. 
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Que trata sobre barberos y curanderos, así como de cirujanos y otros matasanos (I)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

La Historia negra de la Medicina  que ha escrito el doctor José-Alberto Palma bien podría haber prescindido del adjetivo, por redundante. Bueno, bueno, ya sé que es una exageración y una afirmación bastante injusta, pero me remito a lo que el propio autor reconoce nada más abrir el libro. En primer lugar, déjenme que les consigne el subtítulo del volumen, que ya es suficientemente expresivo: «Sanguijuelas, lobotomías, sacamantecas y otros tratamientos absurdos, desagradables y terroríficos a lo largo de la historia». Eso ya nos pone en guardia de lo que nos espera. Pero, además, en el primer capítulo, Palma admite sin ambages que a lo largo de la historia los (mal) llamados médicos «han hecho mucho daño. En realidad, los médicos han hecho mucho más mal que bien». Afirmación desconcertante sólo en primera instancia. Basta una ligera reflexión o un mínimo conocimiento de la historia para establecer que los tratamientos y remedios más empleados para sanar a los enfermos eran –cito textualmente– «las sangrías, las sanguijuelas, los enemas, las trepanaciones y otras terapias que, en la mayoría de los casos, no sólo resultaban ineficaces, sino que eran claramente dañinas para la salud». 
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La caricatura militante
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

«Cartooning for Peace es una red de 162 dibujantes de todo el mundo que tiene como fin defender la libertad de expresión, los derechos humanos y el respeto mutuo entre poblaciones de culturas y creencias diversas, mediante el lenguaje universal de la viñeta de prensa». Copio literalmente la información antedicha de la solapa de uno de los volúmenes de esta agrupación –creada en 2006 por el célebre humorista francés Plantu‒ que acaban de traducirse al español por la editorial Akal. Dispongo ahora mismo de cuatro de ellos, que constituyen la materia a la que voy a referirme en este artículo. Son ¡No caigáis en la Trumpa!¡Todos migrantes!¡Paso a las mujeres! y ¡Desunión europea!. Cada uno de ellos recopila de un modo ordenado –según capítulos temáticos y citas escogidas al efecto‒ sesenta viñetas de prensa de dibujantes de múltiples países sobre los diversos temas que quedan expresados en los títulos. Todos preludian con un texto introductorio de un especialista en la cuestión: Éric Fottorino para el volumen sobre Trump, Benjamin Stora sobre la emigración, Élisabeth Badinter sobre la lucha femenina y Daniel Cohn-Bendit sobre la Unión Europea.
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La frivolidad compulsiva
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Durante mucho tiempo, al menos en nuestra cultura occidental, la profundidad de pensamiento se medía por la proporción o intensidad de advertencias negativas o incluso catastrofistas. A mayor abundancia de estas, más consideración y prestigio. El ensayista conspicuo destilaba amargura, al tiempo que dejaba vislumbrar su fascinación por la hecatombe. O, en otros términos, la atracción del abismo. Desde luego en nuestros lares, el intelectual-tipo (con todas las excepciones que quieran) era de natural pesimista y, hasta si me apuran, argumentaría que me quedo corto, pues el espécimen ‒por poco que se le dejara a su ser‒ tendía al monte de la desmesura catastrofista y ejercía con fruición digna de mejor causa de auténtico agorero. Hay quien dice que teníamos el terreno abonado por muchos siglos de concepción católica de la existencia: ya saben, este mundo como valle de lágrimas y cáliz doloroso para aspirar a la otra vida. 
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De cómo y por qué el cielo es el infierno (y II)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Les recuerdo que estábamos hablando de “El sueño”, un relato de Julian Barnes que cierra el libro titulado Una historia del mundo en diez capítulos y medio. El protagonista de esta fábula –y ustedes también, naturalmente, es decir, todos– hemos comprendido varias cosas importantes. La primera y principal, porque abre la compuerta de todas las contradicciones, es que la ruptura de nuestras limitaciones temporales, lejos de resolver nuestros problemas, acentúa paradójicamente nuestras insuficiencias. Por decirlo de manera más sencilla, disponer de todo el tiempo del mundo o instalarnos en la eternidad en vez del tiempo tasado agrava hasta lo insoportable el peso de nuestras limitaciones. Este sueño en el que nos hemos asentado es, naturalmente, un sueño en su doble sentido: la fantasía que desarrollamos cuando estamos dormidos, pero también el deseo irrealizable que albergamos cuando estamos despiertos. 
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De cómo y por qué el cielo es el infierno (I)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

En nuestra civilización, desde Platón y Aristóteles –por lo menos‒, la felicidad es un tema recurrente en el discurso filosófico, así como una de esas cuestiones que llenan páginas de periódicos, revistas y, hoy en día, Internet cuando llega el verano o, simplemente, no hay otros asuntos más urgentes que tratar. Es verdad que el tratamiento filosófico de la cuestión poco o nada tiene que ver con las coordenadas en que se plantea el tema el hombre común, hasta el punto de que, si este busca alguna respuesta practicable en los textos clásicos, o incluso en el ensayo más cercano a nuestros días, es casi seguro que termine, como dicen en mi familia, con los pies fríos y la cabeza caliente.
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