No enseñar al que no sabe
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

«En esta época se creó la Santa Inquisición, también llamada Congregación del Santo Orificio». «Cristóbal Colón firmó con los Reyes Católicos las Capitulaciones de Santa Fe, por las que el cien por cien de las riquezas encontradas sería para los reyes y el resto sería para Colón». «Todos heredamos características de nuestros padres: el color de los ojos, la estatura, la edad». «La etnia de los eslavos procedía de las tropas de Alcanfor». «La escultura románica estaba hecha de piedra y es muy pobre, ya que no tienen ni autores. Lo más importante es el hieratismo (ausencia de rostro en la cara)». «En primavera los afluentes del Nilo crecían y hacían desbordar el río a causa de las lluvias amazónicas».
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De tortazo en tartazo
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

En La risa caníbal, Andrés Barba abre su reflexión sobre el humor con una frase impactante: “Cada vez que un hombre abre la boca para reír está devorando a otro hombre”. Es decir, el humor es agresivo o no es humor. Ya señalé en su momento el porqué de mi desacuerdo con esa concepción tan unilateral del humor, incluso desde el reconocimiento de dos cosas: que a mí particularmente me resulta mucho más atractivo el humor incisivo, incluso cruel, y que es indudable que el humor de nuestro tiempo es, en su inmensa mayoría, un humor sarcástico y corrosivo, humor en tiempos de cólera. Pero el hecho de que yo prefiera el humor satírico o que el humor de hoy sea vitriólico no me autoriza a hacer una afirmación tan dogmática y excluyente como que ese es el único tipo de humor posible. 
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La guerra, ¡sírvase bien fría!
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Como he señalado en distintas ocasiones en este mismo blog, no hay situaciones o escenarios especialmente propicios o inadecuados para el humor sino que, por el contrario, todos sirven –o, para ser más precisos, pueden servir– si alguien tiene el genio para que salte la chispa. Paradójicamente, suele suceder que coyunturas a priori aparentemente favorables generan a la postre un humor facilón e insípido, mientras que circunstancias dramáticas –incluso extremas, como diversas antesalas de la muerte– posibilitan un humor rompedor y genial, ese que nos hace reír incluso a nuestro pesar. La guerra, indudablemente, es uno de esos casos en los que uno está tentado de decir que la incompatibilidad con el humor alcanza cotas de difícil superación. La guerra, por supuesto, es crueldad y horror, pero también deja un hueco en la trastienda para unas risas.
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El humorista y su circunstancia: la España etnerefid de Chumy Chúmez
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

De la misma manera que en la granja de Orwell todos los animales eran iguales, pero unos más iguales que otros, bien podría decirse que cada tipo de humor es hijo de su época, pero algunos humores son más producto de su momento histórico que otros. Esto es lo primero que pensaba yo según iba pasando las páginas de Humores que matan, una recopilación de viñetas de Chumy Chúmez (San Sebastián, 1927-Madrid, 2003) que ha publicado hace poco la editorial Reino de Cordelia. En la breve introducción, el editor, Jesús Egido, recuerda un viejo chiste de Tono: «Yo siempre que me voy a dormir pongo un vaso lleno de agua en la mesilla por si tengo sed y otro vacío por si no tengo sed». Se trata del típico ejemplo de humor absurdo, el chiste blanco y benevolente que no puede ofender ni molestar, porque no se dirige contra nada ni contra nadie. Es exactamente lo contrario que pretendía cualquier viñeta de Chumy Chúmez, quien se reconocía fruto de una España mísera, cerrada y cerril, y que disparaba contra los responsables de la misma. En efecto, los chistes de Chumy tienen que ser vistos y leídos en el contexto de la España del tardofranquismo y la Transición, como la expresión cínica, lúcida y pesimista de alguien que se pregunta «¿Qué he hecho yo para que me haya tocado nacer en este país y en esta época?»
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Este mundo está mal hecho
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Imagine, estimado lector, que es usted Dios y le encargan crear el mundo. No he pasado de la primera frase y ya me doy cuenta de que va a ponerme cara rara y va a exigirme explicaciones. Tiene razón. Si es usted Dios, no tiene a nadie por encima y, en cualquier caso, nadie puede hacerle ningún encargo. Dejémoslo entonces en que usted, por cuenta propia, como Dios, quiere volver a crear el mundo. Me refiero, claro está, a que usted va a hacer de Dios tradicional, el de siempre, el de toda la vida. Y con respecto a lo de crear el mundo, como el mundo está ya creado, hecho, evolucionado o como prefiera llamarlo, se trataría de darle unos retoques, porque tampoco es cuestión de tirarlo todo y empezar de cero, con todo lo que está ya montado. Es decir, a usted, a pesar de ser Dios (o precisamente por eso), no se le oculta que el mundo no le ha salido muy bien o, simplemente, que hay algunas cosas regularcillas, para decirlo suavemente. O que, estando bien en su conjunto, puede mejorarse, para no pisar más callos. Lo importante, en definitiva, es que se ponga en situación y se plantee, aunque sólo sea como un juego inocente, si esto que nos rodea tiene remedio o, por lo menos, algún remedio. En contrapartida, si me sigue la corriente, le diré pronto adónde quiero ir a parar. Pues ¡vamos allá! Pero, antes, necesito dar un pequeño rodeo.
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La buena muerte (y II)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Llámenme convencional, o incluso cobarde si quieren, pero yo soy de la opinión de que para la inmensa mayoría de los asuntos humanos en el punto medio o en el equilibrio se halla la virtud. Con respecto a esto que ahora estoy tratando, tan contrario soy a no querer mencionar siquiera la muerte como a solazarme morbosamente en ella. Trato de afrontar su realidad, sabedor de lo que todos sabemos, pero me parece absurdo hacer del breve trecho de mi existencia una continua mediatio mortis. Por eso, en el fondo, me hacen mucha gracia los pusilánimes e hipocondríacos, pero no tanta como aquellos que, en el extremo opuesto, alardean de despreocupación absoluta sobre su condición mortal. Muchos de estos incurren en la sobreactuación de tener a la muerte como amiga del alma, casi como compañera de farras y alardean de una familiaridad con ella que desemboca en el esperpento. 
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La buena muerte (I)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Si pones un negocio, querrás tener clientes, ¿verdad? ¡Claro! ¡Y cuántos más, mejor, naturalmente! Pues si el negocio que abres es una funeraria, estarás deseando que se muera gente. Bastante gente, claro. Y cuando suene el teléfono, darás un respingo de alegría. ¡Uno más! ¡Qué bien! Caitlin Doughty acaba de abrir una funeraria. «Sonó el teléfono y el corazón se me desbocó». Así comienza el libro en el que da cuenta de sus experiencias y sus pensamientos sobre la muerte. El título es De aquí a la eternidad. Una vuelta al mundo en busca de la buena muerte y, ya antes de abrirlo, por la portada y la sucinta información de la parte de atrás, el lector sabe que se encuentra ante un volumen, digamos, peculiar. Tan peculiar al menos como su autora, caracterizada en la solapa, bajo una foto que parece extraída del álbum de la familia Addams, como «tanatopractora, activista y agitadora de la industria funeraria». Leo también que, «descontenta con la situación y la oferta existente en la industria funeraria estadounidense, en 2015 abrió su propia funeraria alternativa, sin ánimo de lucro». Me intriga especialmente esa alusión a la «oferta existente» y, en consecuencia, me pregunto qué alternativas se le ocurrieron a Doughty, cuestiones todas ellas que me impulsan a la ávida lectura de un libro que ciertamente promete sabrosas sorpresas.
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El precio de unas risas
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

«Hoy en día hacer un chiste sale tan caro que es un lujo que muy pocos se pueden permitir»: de esta forma tan sorprendente (¿provocativa?) comienza un anuncio navideño de la empresa Campofrío. ¿Un spot publicitario en esta sección? ¿Por qué no? Como habrán podido comprobar, nuestro punto de referencia habitual suele ser un libro, no para hacer algo parecido a una reseña, sino para hablar de su contenido o de temas adyacentes: el texto como pretexto, como suele decirse muchas veces. Pero no sólo de libros vive el humor, naturalmente. Nos hemos ocupado también de periódicos, revistas, obras teatrales, películas, exposiciones artísticas, cómics, viñetas, toda clase de chistes, espacios humorísticos de televisión o memes de Internet, por citar un abanico suficientemente variado de expresiones humorísticas. Pero hasta ahora habíamos dejado de lado la publicidad propiamente dicha. Como decía antes, ¿por qué no ocuparnos también del humor de los reclamos publicitarios?
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La vida en rosa
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Habrán leído en alguna ocasión esta frase de Friedrich Dürrenmatt: «Tristes tiempos estos en los que hay que luchar por lo que es evidente». Creo recordar que hay otras frases similares en el fondo o en la forma de distinguidos literatos. Entre ellos, por ejemplo, Bertolt Brecht: «¡Qué tiempos serán los que vivimos que hay que defender lo obvio!» La idea, como ven, es la misma, casi expresada, además, del mismo modo. Aparte de la crítica implícita a un determinado contexto social o político, me interesa destacar en esos planteamientos un matiz que quizá no resulte tan claro, pero que, para mí al menos, resulta determinante: la incomodidad o el malestar que genera escribir sobre algo que uno considera obvio y evidente. Como pasa en muchas facetas de la vida, se emprende esta actividad ‒la de escribir sobre dichos asuntos‒ sabiendo que hay poco que ganar y mucho que perder. Ganar, poco, porque hay que transitar forzosamente por lo más pedestre; perder, mucho, porque al final siempre puede quedar uno como intrépido descubridor... del Mediterráneo.
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Del mal, el menos (y II)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Camilo José Cela popularizó una frase que operaba también en su caso como consigna de vida: «El que resiste, gana». Ya dije en la entrada anterior de este blog que encontrar un denominador común al refranero era tarea ímproba, por no decir inútil, dada la heterogeneidad de los refranes y la contraposición entre unos y otros. No obstante, si nos empeñásemos en encontrar algunas notas distintivas, es decir, algunos rasgos que pudieran aplicarse sin mucho retorcimiento a todos o la inmensa mayoría de los refranes, este de la resistencia sería sin duda, al menos en mi opinión, uno de los más importantes. La mayor parte de los refranes acusan o traslucen esa voluntad de resistir a toda costa frente a las contingencias de la vida. Por eso, sobre todo desde la perspectiva actual, nos sorprende su dureza o, mejor incluso, su rudeza, rayana en la crueldad. Cuando de sobrevivir se trata, no tienen sentido los miramientos: «Cada uno quiere llevar el agua a su molino y dejar en seco al del vecino». Y si estás en el lado de la vida menos agraciado, es decir, si eres pobre o débil, no esperes clemencia de nadie: «Tiene el pobre la desgracia del cabrito, o morir cuando chiquito o llegar a ser cabrón».
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