La estupidez es contagiosa (I)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

«A la estupidez, que no conoce límites, sólo cabe combatirla, por muy desigual que resulte la lucha y mucha sea la pereza que nos venza»: esta es la primera frase que se encontrará el lector en la contraportada de un librito de Ricardo Moreno Castillo titulado Breve tratado sobre la estupidez humana (con prólogo de Francesc de Carreras). Me ha salido escribir así, a bote pronto y con familiaridad, un librito, aunque técnicamente tendría que haber dicho un opúsculo (formato de bolsillo, letra grande y poco más de cien páginas de texto), primorosamente editado, como es costumbre, por Fórcola en la colección Singladuras. Podría ser perfectamente el texto de una buena conferencia, no ya sólo por la extensión, sino por el propio tono del discurso, ameno y agudo, pero nada petulante ni cansino. Puedo levantar acta de que se devora con fruición en menos de una hora. 
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La otra Generación del 27 (y III)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Es difícil, si no imposible, hablar del grupo de humoristas que conforma la «otra Generación del 27» sin mencionar en algún momento La Codorniz. La experiencia en Hollywood supuso un gran impacto emotivo en sus biografías –bastante menos en sus obras−, pero todos, como ya se dijo, volvieron a España. Pasada la Guerra Civil, pero con un país desangrado económica y, sobre todo, humanamente, Tono, Neville, Jardiel, Mihura y López Rubio se reencontraron en un Madrid empobrecido y sombrío, tan distante y distinto del glamur de la costa oeste estadounidense. Es verdad que ellos intentaron reanudar su vida de siempre, en gran medida ajenos a un contexto de represión y miseria, y eso, con el tiempo, sería uno de los reproches más importantes que se les echarían en cara. La paradoja es que estos humoristas descomprometidos serían los responsables de una de las publicaciones más críticas con el régimen. No hay nada comparable a La Codorniz en una fecha tan temprana como 1941. 
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La otra Generación del 27 (II)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Seguimos hablando del opúsculo (no llega a las cien páginas) que lleva por título La otra Generación del 27, y que no es otra cosa que la disertación de ingreso de José López Rubio en la Real Academia Española, editada por esta misma institución en 1983 y que puede descargarse en la página web de la institución. Habíamos hecho una pausa en el punto en que termina el discurso del nuevo académico. Como se recordará, nos quedaba tratar del mismo López Rubio como quinto miembro de esa Generación del 27 alternativa, la del humor, dado que el conferenciante, en su modestia, rehusaba hablar de sí mismo y de sus méritos para integrar el selecto grupo de escritores que había glosado. Esta recatada omisión iba a ser sobradamente compensada, como mandan los cánones, con el elogioso discurso de réplica del académico que le daba la bienvenida, que era el prestigioso lingüista Fernando Lázaro Carreter. Dado que, siguiendo las pautas de la exposición, nos habíamos detenido en las vidas y virtudes de cuatro de los cinco integrantes del presunto grupo generacional, es casi obligado que hagamos lo propio con el último. 
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La otra Generación del 27 (I)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

El 5 de junio de 1983, José López Rubio leía su discurso de ingreso en la Real Academia Española. El título de su disertación era el que encabeza este artículo. La conferencia fue editada, como era usual, por la propia Academia y, por tanto, el opúsculo puede consultarse en una buena biblioteca, como la Biblioteca Nacional, puede adquirirse en librerías de segunda mano –si se encuentra, claro– o, lo que es más fácil de todo, puede descargarse en la página web de la institución. Tras las palabras protocolarias de rigor, el nuevo académico aludía directamente a lo más llamativo de su discurso, que era precisamente el susodicho título. Con la integridad propia de una persona de talante exquisito, lo primero que hacía López Rubio era reconocer que el marbete no era de su invención: «Hace ya algún tiempo, mi admirado y querido Pedro Laín Entralgo [...] publicó en un semanario estas líneas: “Hay una Generación del 27, la de los poetas, y otra Generación del 27, la de los ‘renovadores’ –los creadores más bien–, del humor contemporáneo”». 
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Lo cómico: una perspectiva francesa
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Confieso que el epígrafe que antecede responde de un modo no muy preciso a lo que quiero desarrollar en los párrafos siguientes y me he decidido por él más como resultado de la exclusión de otros que por su propia virtualidad. El título que me salía de manera más directa y espontánea era el de «humor francés», que tampoco era del todo exacto, pero que parece más sencillo y natural. Lo que pasa es que eso de ponerle calificativos nacionales al humor me suena a ensayismo esencialista, dar nuevamente la matraca del ser nacional, los caracteres de los pueblos y toda esa literatura que, por cierto, es tan refractaria a la risa como Drácula a los ajos. Y de paso, ya que estamos en ello, ¿existe o tiene algún sentido hablar de un humor específico de algunas naciones? A mí, la verdad, eso de hablar de humor francés me genera serias dudas, pero no es menos cierto que hablamos con naturalidad de humor británico y todos creemos entender perfectamente qué queremos decir con ello.
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A la sombra de Don Quijote
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Una genealogía del humor en la cultura española tiene por fuerza que tomar como punto de partida la novela de Cervantes. Ya sé que algunos querrán ir más atrás y apelarán a determinados hitos de la literatura renacentista, y hasta del Medievo, y no discuto que puedan tener parte de razón. Pero mientras que esos antecedentes tienen un alcance limitado, el Quijote presenta una fuerza incontrovertible: eclipsa todo lo que hubo a su alrededor y, sobre todo, desde el lejano siglo XVII, gravita sobre la cultura española y se proyecta como una sombra de la que es imposible librarse. Bien es verdad que, por obra y gracia de los movimientos posteriores, tendemos a ver la obra cervantina en clave romántica o simbólica. En ese excelente ensayo que es La concepción romántica del «Quijote», el hispanista Anthony Close arremete sin ambages contra dicha interpretación. Su primer capítulo lleva por título «El Quijote como novela cómica», y ya desde el primer párrafo considera «cuestionable» lo que denomina idealización del héroe para atenuar «radicalmente el carácter cómico-satírico de la novela».
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Descansa en paz... ¡si te dejan! (y II)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Iba a ponerme a escribir esta segunda parte de mi reflexión sobre esa costumbre tan universal de desenterrar a los muertos cuando la actualidad me pilla con las manos en la masa. Bueno, antes que nada una precisión, pues acabo de escribir que lo de sacar a los muertos es hábito universal, pero tengo por fuerza que reconocer que en los últimos tiempos la política española, y en particular la llamada vulgarmente Ley de Memoria Histórica, ha puesto la cuestión en primer plano de actualidad, con el debate sobre fosas comunes, exhumaciones de restos de fusilados, lápidas conmemorativas, monumentos, manifestaciones de desagravio, homenajes en cementerios y otras presuntas reparaciones democráticas frente a las iniquidades de la Guerra Civil y la represión franquista. A propósito de esta última, como ustedes sabrán de sobra, al nuevo gobierno socialista presidido por Pedro Sánchez le ha faltado tiempo para marcar territorio –y de paso atizarle un sopapo a la derecha– a costa, naturalmente, de Franco y el Valle de los Caídos. No importa que llevemos ya más años de democracia que todo lo que duró la dictadura franquista. 
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Descansa en paz... ¡si te dejan! (I)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

No seré yo, ni mucho menos, el primero que lo diga: los vivos tenemos una acentuada propensión a no dejar en paz a los muertos. Es verdad que, en el momento del adiós, sea cual fuere la ceremonia de despedida, el oficiante suele decir eso de «Descanse en paz» y los demás suelen asentir y aparentar que comparten tan piadoso deseo. Hay que reconocer que, por lo general, en la mayor parte de los casos, el deseo se respeta y la aspiración a esa paz que suele denominarse eterna no se ve alterada por ninguna intervención extemporánea de los que aún aguardan su turno. Pero me temo, ¡ay!, que eso no se debe tanto a una cuestión de respeto como de falta de incentivos. Seamos claros: al muerto se le deja en paz si ya no va a rendir beneficio alguno para los vivos. Porque, cuando no es así, se le saca de la sepultura en el momento que haga falta, se le traslada, se le pasea, se le manosea o incluso se le desmenuza a cachitos, como sucede con las llamadas reliquias de los santos.
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Mein Kampf, deconstruido
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Quienes, un tanto pomposamente, se autodenominan científicos sociales se dejan llevar, como todos, por las modas de su momento histórico. Desde los años sesenta del siglo pasado, la sociología puso en circulación el sintagma «construcción social de la realidad». El construccionismo y las teorías construccionistas alcanzaron un gran prestigio y difundieron unos conceptos, como el de constructo social, que fueron rápidamente recibidos como un sensacional utillaje analítico. El enfoque se extendió pronto a todas las manifestaciones culturales o incluso psicológicas, de modo que se teorizaba sobre la construcción social de los sentimientos, de la identidad o la sexualidad. De este hontanar proceden, dicho sea de paso, los llamados estudios de género, tan pujantes hoy día. En este contexto alcanzó a su vez protagonismo el concepto de deconstrucción, estrechamente vinculado a Jacques Derrida en un primer momento, pero luego con potencial suficiente para volar autónomo y ser aplicado, como su antónimo, a los ámbitos más diversos: el arte, la literatura, la filosofía, ¡y hasta la gastronomía! Recuerdo que, en una ocasión, hace ya bastantes años, en un restaurante de un pequeño pueblo perdido en el Pirineo oscense, un maître con ínfulas de Ferran Adrià, nos ofrecía muy ufano como «aperitivo de la casa» una tortilla de patatas deconstruida. 
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Diez propuestas para empezar a hablar de humor
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

No sé si me equivoco mucho si digo que E. B. White es poco conocido en el ámbito español. Como lo que voy a desarrollar aquí es poco más que una exposición ordenada de algunas de sus reflexiones sobre el humor, me siento en todo caso obligado a empezar con algunas breves palabras sobre su personalidad y su trayectoria intelectual. En primer lugar, su propio nombre, tan fácil de olvidar o de confundir. Parece que él mismo era consciente de ello. Confesaba Elwyn Brooks White que se sentía incómodo con él y con la fina ironía que, como veremos, era marca de la casa, apuntaba que su madre se lo puso «porque se habían acabado los otros nombres». Nacido en Mount Vernon en 1899, era el sexto hijo del matrimonio. En el instituto logró que lo llamaran Andy y más tarde pasó a ser simplemente White. Finalmente terminaría firmando como E. B. White y de esa manera, pese a todo, conseguiría ser el crítico y ensayista más influyente de Estados Unidos durante varias décadas. Las que transcurrieron, grosso modo, entre mediados de los años veinte y mediados de los años ochenta. ¡Casi sesenta años durante los que escribió varios cientos de artículos (he leído en algún lugar, no sé ahora dónde, la cifra de mil ochocientos)! 
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