El arte de amargarse la vida (y II)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Entre las instructivas anécdotas –yo no las llamaría chistes– que pueblan el libro de Paul Watzlawick, hay dos que me parecen especialmente agudas y, sobre todo, eficaces para nuestro propósito fundamental, que no es otro, como ya dijimos en el comentario precedente, que amargarnos completamente la vida y, en la medida de nuestras fuerzas, amargársela lo más posible a quienes nos rodean. La primera la toma de la famosa antropóloga Margaret Mead y se refiere a la diferencia de comportamiento entre un ruso y un norteamericano. Este «decía ella, tiende a fingir dolor de cabeza para disculparse de una obligación social molesta sin llamar la atención; el ruso, en cambio, necesita tener realmente dolor de cabeza». Watzlawick resalta lo que es obvio, es decir, que la solución rusa es más elegante y eficaz. Es indudable que el norteamericano consigue su propósito, pero debe afrontar en su interior el sentimiento de culpa, porque sabe que ha hecho trampa. En el caso del ruso, no hay tal, puede presumir de armonía con su conciencia: «Tiene la capacidad de producir los motivos de disculpa que necesita sin saber cómo lo hace».
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El arte de amargarse la vida (I)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Teníamos hace unos años en la misma planta en que vivíamos, pero en el piso de enfrente, un vecino hosco y cabizbajo cuyo tono de voz nunca llegamos a conocer por la sencilla razón de que no abría la boca para articular frases o unas míseras palabras, sino tan solo para emitir una especie de gruñido más emparentado con el ruido animal que con la voz humana. Le decíamos «buenos días» o «buenas tardes» y él contestaba –si a aquello se le podía llamar contestación– con un «grrrrrrr» más o menos prolongado, siempre sin mirar a los ojos y casi sin levantar la vista del suelo. Al cabo de unas semanas mi mujer y yo nos referíamos a él de modo habitual, con más ánimo descriptivo que injurioso, como «el cerdo». Lo cierto es que además estaba bastante orondo y un tanto desaseado –para decirlo con elegancia–, razones que coadyuvaban a que el epíteto le cuadrara de modo tan natural y espontáneo que en alguna ocasión a punto estuvimos de nombrarlo de esa manera delante de otros vecinos. El «cerdo» desapareció de nuestras vidas un día, de modo tan silencioso como había llegado y el piso de enfrente –que debía de tener una especie de maldición– pasó a ser ocupado por una pareja no excesivamente joven pero tampoco muy mayor, que se caracterizaba por las discusiones domésticas a voz en grito a partir de las diez de la noche y hasta aproximadamente las tres o cuatro de la madrugada. Todos los días o, mejor dicho, todas las noches: «¡Hijaputa, que te voy a matar!» era lo más suave que escuchábamos. De ahí para arriba. Pero como no pasaba nada, al final nos acostumbramos.
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El filósofo, su boina y un teléfono (y II)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Como todo el mundo sabe, Gila no era el típico humorista que se ponía a encadenar chistes uno detrás de otro –modelo Eugenio, para entendernos–, sino que representaba el prototipo alternativo del cómico que sale al escenario a contar su historia o sus historias, de tal manera que los chistes, si así quiere llamárseles, quedaban encuadrados en un molde narrativo específico. Este segundo arquetipo de humorista exige una personalidad más definida, con el riesgo evidente de que, si dicha identidad es muy marcada o característica, acabe convirtiéndose en una cárcel para el propio sujeto, que termina prisionero de su personaje. En el caso de Gila, el aludido escollo de la reincidencia estaba siempre presente, no ya sólo por lo ya dicho, sino porque el propio éxito de la caracterización –la más frecuente, el cateto de pueblo con su boina y su indumentaria ad hoc– llevaba a que el público esperara o pidiera más de lo mismo.
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El filósofo, su boina y un teléfono (I)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

En distintas ocasiones nos hemos ocupado en esta sección del humor de Miguel Gila (Madrid, 1919-Barcelona, 2001), pero casi siempre ha sido de modo indirecto, al tratar otros asuntos para los que venía al pelo alguna de las ocurrencias, caracterizaciones, bromas o chistes del célebre cómico. La publicación ahora de un grueso volumen que aspira a ser una antología de su trabajo y su peripecia vital es una magnífica excusa para centrarnos en el personaje de carne y hueso –el hombre, como suele decirse–, en su manera de entender el humor y, sobre todo, en el personaje inventado que casi lo devora: el cateto clarividente y genial con su boina y su descacharrante teléfono. Ya pueden imaginarse que el libro no lo ha escrito él, que lleva muerto casi dos décadas, pero sí es un libro muy suyo por cuanto tiene un montón de páginas de su puño y letra. Es decir, que el libro reproduce fielmente muchos de sus textos. En contra de lo que la mayoría de la gente cree, Gila no se limitaba sólo a urdir esos episodios por los que ganó merecida popularidad, sobre todo gracias a la televisión, sino que fue un humorista de más amplio espectro, básicamente como escritor y caricaturista.
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No enseñar al que no sabe
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

«En esta época se creó la Santa Inquisición, también llamada Congregación del Santo Orificio». «Cristóbal Colón firmó con los Reyes Católicos las Capitulaciones de Santa Fe, por las que el cien por cien de las riquezas encontradas sería para los reyes y el resto sería para Colón». «Todos heredamos características de nuestros padres: el color de los ojos, la estatura, la edad». «La etnia de los eslavos procedía de las tropas de Alcanfor». «La escultura románica estaba hecha de piedra y es muy pobre, ya que no tienen ni autores. Lo más importante es el hieratismo (ausencia de rostro en la cara)». «En primavera los afluentes del Nilo crecían y hacían desbordar el río a causa de las lluvias amazónicas».
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De tortazo en tartazo
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

En La risa caníbal, Andrés Barba abre su reflexión sobre el humor con una frase impactante: “Cada vez que un hombre abre la boca para reír está devorando a otro hombre”. Es decir, el humor es agresivo o no es humor. Ya señalé en su momento el porqué de mi desacuerdo con esa concepción tan unilateral del humor, incluso desde el reconocimiento de dos cosas: que a mí particularmente me resulta mucho más atractivo el humor incisivo, incluso cruel, y que es indudable que el humor de nuestro tiempo es, en su inmensa mayoría, un humor sarcástico y corrosivo, humor en tiempos de cólera. Pero el hecho de que yo prefiera el humor satírico o que el humor de hoy sea vitriólico no me autoriza a hacer una afirmación tan dogmática y excluyente como que ese es el único tipo de humor posible. 
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La guerra, ¡sírvase bien fría!
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Como he señalado en distintas ocasiones en este mismo blog, no hay situaciones o escenarios especialmente propicios o inadecuados para el humor sino que, por el contrario, todos sirven –o, para ser más precisos, pueden servir– si alguien tiene el genio para que salte la chispa. Paradójicamente, suele suceder que coyunturas a priori aparentemente favorables generan a la postre un humor facilón e insípido, mientras que circunstancias dramáticas –incluso extremas, como diversas antesalas de la muerte– posibilitan un humor rompedor y genial, ese que nos hace reír incluso a nuestro pesar. La guerra, indudablemente, es uno de esos casos en los que uno está tentado de decir que la incompatibilidad con el humor alcanza cotas de difícil superación. La guerra, por supuesto, es crueldad y horror, pero también deja un hueco en la trastienda para unas risas.
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El humorista y su circunstancia: la España etnerefid de Chumy Chúmez
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

De la misma manera que en la granja de Orwell todos los animales eran iguales, pero unos más iguales que otros, bien podría decirse que cada tipo de humor es hijo de su época, pero algunos humores son más producto de su momento histórico que otros. Esto es lo primero que pensaba yo según iba pasando las páginas de Humores que matan, una recopilación de viñetas de Chumy Chúmez (San Sebastián, 1927-Madrid, 2003) que ha publicado hace poco la editorial Reino de Cordelia. En la breve introducción, el editor, Jesús Egido, recuerda un viejo chiste de Tono: «Yo siempre que me voy a dormir pongo un vaso lleno de agua en la mesilla por si tengo sed y otro vacío por si no tengo sed». Se trata del típico ejemplo de humor absurdo, el chiste blanco y benevolente que no puede ofender ni molestar, porque no se dirige contra nada ni contra nadie. Es exactamente lo contrario que pretendía cualquier viñeta de Chumy Chúmez, quien se reconocía fruto de una España mísera, cerrada y cerril, y que disparaba contra los responsables de la misma. En efecto, los chistes de Chumy tienen que ser vistos y leídos en el contexto de la España del tardofranquismo y la Transición, como la expresión cínica, lúcida y pesimista de alguien que se pregunta «¿Qué he hecho yo para que me haya tocado nacer en este país y en esta época?»
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Este mundo está mal hecho
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Imagine, estimado lector, que es usted Dios y le encargan crear el mundo. No he pasado de la primera frase y ya me doy cuenta de que va a ponerme cara rara y va a exigirme explicaciones. Tiene razón. Si es usted Dios, no tiene a nadie por encima y, en cualquier caso, nadie puede hacerle ningún encargo. Dejémoslo entonces en que usted, por cuenta propia, como Dios, quiere volver a crear el mundo. Me refiero, claro está, a que usted va a hacer de Dios tradicional, el de siempre, el de toda la vida. Y con respecto a lo de crear el mundo, como el mundo está ya creado, hecho, evolucionado o como prefiera llamarlo, se trataría de darle unos retoques, porque tampoco es cuestión de tirarlo todo y empezar de cero, con todo lo que está ya montado. Es decir, a usted, a pesar de ser Dios (o precisamente por eso), no se le oculta que el mundo no le ha salido muy bien o, simplemente, que hay algunas cosas regularcillas, para decirlo suavemente. O que, estando bien en su conjunto, puede mejorarse, para no pisar más callos. Lo importante, en definitiva, es que se ponga en situación y se plantee, aunque sólo sea como un juego inocente, si esto que nos rodea tiene remedio o, por lo menos, algún remedio. En contrapartida, si me sigue la corriente, le diré pronto adónde quiero ir a parar. Pues ¡vamos allá! Pero, antes, necesito dar un pequeño rodeo.
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La buena muerte (y II)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Llámenme convencional, o incluso cobarde si quieren, pero yo soy de la opinión de que para la inmensa mayoría de los asuntos humanos en el punto medio o en el equilibrio se halla la virtud. Con respecto a esto que ahora estoy tratando, tan contrario soy a no querer mencionar siquiera la muerte como a solazarme morbosamente en ella. Trato de afrontar su realidad, sabedor de lo que todos sabemos, pero me parece absurdo hacer del breve trecho de mi existencia una continua mediatio mortis. Por eso, en el fondo, me hacen mucha gracia los pusilánimes e hipocondríacos, pero no tanta como aquellos que, en el extremo opuesto, alardean de despreocupación absoluta sobre su condición mortal. Muchos de estos incurren en la sobreactuación de tener a la muerte como amiga del alma, casi como compañera de farras y alardean de una familiaridad con ella que desemboca en el esperpento. 
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