Noviembre 2020
Revista de Libros

Montségur

por Ismael Belda

Estas noches del mes de mayo, en los tamariscos y cipreses apretados de la medianería entre dos parcelas de naranjos, cerca de mi casa, canta un ruiseñor, invisible. Yo cruzo en bici el puente sobre el río (ir en bici en la oscuridad es una extraordinaria sensación, y también es quizá estúpido) y me quedo escuchando, convirtiéndome poco a poco en un oído. El ruiseñor canta escondido y es difícil verlo, de día o de noche. Es lo bastante común como para oírlo cada primavera y lo bastante tímido y escaso como para que encontrarse con uno sea un pequeño acontecimiento. Es famoso por cantar de noche, pero, como explica el desdichado poeta John Clare en una carta a los señores Taylor y Hessey, «canta tan comúnmente de día como de noche, aunque no es un hecho generalmente conocido. A ustedes los londinenses les gusta mucho hablar de este pájaro y se piensan que cada pájaro que canta después de la puesta de sol es un ruiseñor. Recuerdo que, la última vez que estuve allí, iba paseando con un amigo por los campos de Shacklewell cuando vimos a un caballero y a una dama que escuchaban con mucha atención junto a unos arbustos y, al acercarnos, les oímos hacer espléndidos elogios del hermoso canto del ruiseñor, que resultó ser un tordo».

Varias mañanas seguidas he tenido que ir hasta Oliva en bici para dejar unos paquetes en la oficina de correos. Había llovido muy fuerte los días anteriores y todo estaba fresco y nuevo. El número de unos lentos miriápodos de color gris y de hasta 6 o 7 centímetros ha explotado por todas partes y, en algunas zonas junto a solares llenos de flores, se desbordan por las aceras y la calzada en una abundancia casi alarmante, formando nudos impenetrables alrededor de cadáveres de insectos o de pequeños cúmulos de materia vegetal muerta. Tras las cañas del río, las golondrinas pasaban rasantes para beber agua. Pedaleé junto a prados muy verdes de hierba alta, con casas de labor medio derruidas y setos vivos de cipreses que separaban parcelas de cultivo ya inexistentes. Al fondo, unas últimas brumas húmedas se adherían a las montañas y, más arriba, se habían formado catedralicias nubes muy blancas, con inmensas cúpulas en forma de coliflor que se abrían muy lentamente y a las que, amontonadas en perspectiva decreciente, se superponían otras, y otras, más arriba y más lejos, y más arriba, ¡y más arriba aún! Se me ensanchaba el pecho. Pedaleé más deprisa aún. El viento me golpeaba fresco en la cara. Sentía, y no por primera vez, el éxtasis de la profundidad de planos.

Esa obsesión con los planos que se van solapando hasta la lejanía está, por ejemplo, en Proust, al hablar del campanario de Combray y, poco después, al mencionar una ventana en «uno de los barrios más feos» de París, desde la que «se ve, tras un primer plano, un segundo y hasta un tercer plano, hechos todos de tejados amontonados de varias calles» y que dan a la escena «el carácter de ciertas vistas de Roma dibujadas por Piranesi». ¿Y no es la prosa de Proust, con sus cláusulas dentro de cláusulas, con sus panoramas que se abren y se abren, abarcando más y más perspectivas, metáforas unas dentro de otras, unas sobre otras, una perfecta ilustración de esa profundidad hecha de planos superpuestos? Y la idea está también en Baudelaire, para quien los estados «paradisíacos», como los llamaba, parecían emanar siempre de la profundidad, de la inalcanzable sucesión de planos. Según Roberto Calasso, «Baudelaire fue un estudioso de la profundidad entendida en sentido estrictamente espacial. Esperaba, como un prodigio siempre a punto de producirse, ciertos momentos en los que el espacio huía de la acostumbrada mediocridad y comenzaba a revelarse como una sucesión de bastidores potencialmente inagotables. Entonces las cosas —cada objeto particular, insignificante— asumían de pronto un relieve insospechado. En esos momentos, escribía, "el mundo exterior se ofrece con un poderoso relieve, una nitidez de contornos, una riqueza de colores admirables"», y (según sigue diciendo Baudelaire) «el mundo moral abre sus vastas perspectivas, llenas de claridades nuevas». Se trata de «momentos de la existencia en los que el tiempo y la extensión son profundos y el sentimiento de la existencia se amplía inmensamente», pues la profundidad del espacio es «una alegoría de la profundidad del tiempo». Para eso, también, le servían las drogas: «El opio profundiza el espacio», escribe en Los paraísos artificiales. La idea está por todas partes en Baudelaire. Refiriéndose a Victor Hugo, escribe: «A través de la negrura de la noche, había mirado tras de sí en el interior de los años profundos». Y también está ese fragmento sobre los barcos en sus diarios íntimos: «Creo que el encanto infinito y misterioso que yace en la contemplación de un navío […] en movimiento proviene […] de la multiplicación sucesiva y de la generación de todas las curvas y figuras imaginarias operadas en el espacio por los elementos reales del objeto. La idea poética que se desprende de esta operación del movimiento en las líneas es la hipótesis de un ser vasto, inmenso, complicado pero eurítmico, de un animal lleno de genio, que sufre y suspira todos los suspiros y todas las ambiciones humanas (un animal plein de génie, souffrant et soupirant tous les soupirs et toutes les ambitions humaines)».

¿Qué animal es ese? Yo lo he presentido muchas veces, no transparente sino invisible por estar hecho de todo lo que me rodeaba, he sentido que se acercaba a mí y me olfateaba con curiosidad, sin malas intenciones pero con el poder de borrarme de un gesto. No sé cómo llamar a ese animal.

Y también están los treinta y dos palacios que menciona Keats en una carta de febrero de 1818. Habla de leer una página de «plena poesía o de prosa destilada» y de «vagar por ella, meditar sobre ella, reflexionar a partir de ella», y dice: «Cuando el hombre ha alcanzado cierta madurez en su intelecto, cualquier pasaje grandioso y espiritual le sirve de punto de partida hacia "los treinta y dos palacios". ¡Qué feliz es ese viaje de concepción, qué indolencia deliciosa y diligente!». Nadie sabe exactamente qué son esos treinta y dos palacios. Unos piensan que se trata de no sé qué treinta y dos palacios de la doctrina budista, aunque no hay nada que indique que Keats leyese ningún texto budista. Otros opinan que son los tradicionales treinta y dos puntos principales de la brújula, que, al menos hasta el siglo XVIII, se conocían como «los treinta y dos vientos». En la misma carta, Keats dice que «cualquier hombre puede, como la araña, tejer con sus propias entrañas su propia aérea ciudadela». A partir de la indolencia deliciosa y diligente, la aérea ciudadela, torre tras torre, cúpula sobre cúpula en el aire.

Y también, el reverso tenebroso. Una vez, Coleridge le describió a Thomas De Quincey varios grabados de las famosas cárceles imaginarias de Piranesi. De Quincey reconoció de inmediato ciertas visiones suscitadas por el opio. Acumulaciones caóticas de maquinaria, ruedas, cables, poleas, palancas, catapultas. «Sube las escaleras un poco más y te das cuenta de que llegan a un abrupto término, sin balaustrada».

Después, antes de ir a casa, me siento un rato en un banco de la rotonda del parque, bajo las moreras. Algunas ramas bajan casi hasta el suelo, pesadas de hojas, y la brisa las hace oscilar perezosamente en ritmos que se sincronizan y se desacuerdan. Una extensión prismática de opulentos follajes, uno tras otro, y, detrás de todo, la muralla de los altos álamos del camping, que, al ofrecer en rápida alternancia la parte oscura y la parte blanca de sus hojas, produce un centelleo parecido a ese baile de escintilas sobre la superficie del mar en los días de mucho sol. Y el suave cansancio de la pedaleada, la indolencia deliciosa y diligente, hace que me quede muy quieto en el banco, moviendo si acaso un poco los ojos para centrarme en este o aquel detalle, y esa quietud, y quizás algo de serotonina segregada por el ejercicio físico, lo vuelve todo muy dulce, y me parece que podría contemplar ese mecerse de plantas y ramas durante siglos y que podría llegar desde ese lugar a todos los momentos de mi vida, como si se tratase de árboles y bancos y caminos de un parque conocido.

A la mañana siguiente, de nuevo a correos, pedaleando deprisa entre campos de naranjos. Una bellísima culebra de escalera salió de entre los cipreses que bordean la carretera y retrocedió al verme. Se me estremecía el corazón al oír aquí y allá ruiseñores cantando entre el coro de jilgueros, mirlos, verderones y currucas. A punto de entrar a Oliva, en el llamado Camí de les Bruixes, un ruiseñor muy cerca de la carretera me obligó a detenerme en el andén, junto a una verja. Estaba oculto en una masa de zarzas. Como siempre, me asombró la capacidad del canto del ruiseñor para crear su propio eco. Era como si redujese todo el aire que me rodeaba a una dimensión íntima. A veces he sentido algo parecido al adentrarme en el mar lejos de la orilla y dejar de avanzar, la sensación de estar en una habitación transparente, el lugar donde respiro y como y duermo, como si yo no fuera un miserable ser humano, sino un invisible gigante de aire, y he sentido más que otras veces que entre lo alto de mi cabeza y el sol y las estrellas no hay realmente nada y que podría volar hasta allí sin detenerme.

¿Cómo es el canto del ruiseñor? Es más nítido y claro que ningún otro canto. Ciertas notas repetidas, una especie de crescendo al que sigue un translúcido anzuelo que me lancina por dentro, son como gotas del agua más transparente, agua pura de un lago en una caverna donde nadie ha entrado jamás. Entre esas agujas diáfanas, el ruiseñor entrevera pequeñas notas chirriantes, como abrojos ásperos, como una sustancia picante que pone de relieve un sabor inaudito.

No pasaban coches por la carretera.

Me di cuenta de pronto de que me había detenido junto al cobertizo de hormigón donde vive Salvador, que estaba al otro lado de la carretera y a cierta distancia a mi izquierda, y que el propio Salvador estaba, tal como lo he visto muchas otras veces, sentado en una caja al fresco, comiendo naranjas. Le saludé con el brazo, como otras veces, y él, que no sabe quién demonios soy, me saludó a su vez.

Hace tiempo recibí una llamada del hospital. Preguntaban por el responsable de alguien llamado Salvador. Yo no conocía a nadie con ese nombre, pero dio la casualidad de que, justo en ese momento, estaba yo hojeando (en internet) el libro Academias del jardín, de Salvador Jacinto Polo de Medina, escritor murciano del siglo XVII. Confesé no saber de qué me estaba hablando. La mujer fraseó lo mismo de tres o cuatro formas diferentes, para mi confusión.

—¿No es usted el responsable de Salvador? —me preguntó finalmente.

—No —dije y ella colgó.

Unos días más tarde, hablando con mi buen amigo Tomás durante uno de nuestros paseos con las perras, le mencioné el pequeño incidente. De pronto se detuvo y se dio una tremenda palmada. Luego me explicó, con una gran marca roja en la frente, que la culpa era suya.

El otoño pasado, yendo un día con el coche por la Ronda Sud de Oliva, que delimita el pueblo hacia el sur y que corre junto a los naranjales, se fijó en un hombre que hurgaba en un contenedor de basura en la esquina con el Camí de les Bruixes. Justo cuando apartaba la mirada, el hombre se dio la vuelta y Tomás vio sangre en su camisa. Frenó, bajó del coche y se acercó a él. Tendría unos sesenta años. El hombro y la manga derechos de su camisa estaban empapados de sangre oscura, reseca en algunos sitios. Zumbaban un par de moscas. Tomás dio un paso a un lado, para mejor ver, y vio de dónde provenía la sangre: en el lugar donde debía estar su oreja derecha había un gran agujero que parecía alcanzar una imposible profundidad. Dentro se veían partes rojas, negras y amarillas. El pelo de alrededor estaba duro de sangre. Toda la piel de la parte derecha de su rostro tiraba hacia abajo, como si hubiera perdido su firmeza. El hombre parecía desorientado.

Tomás le preguntó qué le había pasado. El hombre se palpó la herida con una mano temblorosa. Tenía unas vendas muy sucias que se habían despegado y estaban medio adheridas al cuello de la camisa. Se lamentó de algo que mi amigo no pudo entender. Tomás cruzó corriendo la calle (estuvieron a punto de atropellarlo) y le pidió a una mujer que pasaba que llamase a una ambulancia. La mujer marcó y le pasó el teléfono. Tomás explicó qué ocurría y dónde estaba y devolvió el teléfono. Cruzó de nuevo la calle. El hombre estaba sollozando. Le daba las gracias. Tomás no entendía por qué. Hablaron mientras llegaba la ambulancia. El hombre dijo que se llamaba Salvador, que trabajaba recogiendo chatarra. Le explicó qué tipo de metales prefería, cuáles eran las mejores épocas para recolectarla. Tomás le preguntó dónde vivía y Salvador señaló hacia el Camí de les Bruixes, que sale perpendicular a la Ronda Sud. Dijo que le habían operado de un cáncer. Tomás todo el tiempo tenía unas horribles ganas de llorar. El hombre daba gracias a Dios. ¿Por qué?, preguntó Tomás. «Porque me ha enseñado y me da descanso». Inmediatamente después, aspavientos con los brazos, maldiciones, lamentos. «Qué vida me has dado, Señor. Qué vida es esta». Al llorar, contraía solo la parte izquierda de la cara. La derecha parecía muerta.

Llegó la ambulancia, examinaron a Salvador, que a Tomás le pareció pequeño y frágil rodeado por los altos paramédicos. Le explicaron a mi amigo que aquel hombre llevaba un tiempo sin acudir a hacerse las curas necesarias tras la operación. Uno de ellos se dirigió a Salvador como a un niño, inclinando el cuerpo, apoyando las manos en las rodillas y mirándolo de lado desde abajo.

—Salvador, hay que ir a hacerse las curas, ¿eh? Tiene que ir al centro de salud como le han dicho. No puede ir así por la calle. Mire cómo lleva la camisa, Salvador. Así no se puede ir a ninguna parte.

—Si ya lo sé, si ya lo sé... —(explicaciones incomprensibles, quizá iracundas).

Se lo llevaron a la ambulancia, un paramédico sujetándolo de cada brazo, y Tomás me dijo que le entró un pánico irracional a haber hecho algo estúpido, a haber traicionado a aquel hombre. Uno de los paramédicos volvió a donde estaba y le pidió un teléfono de contacto. Y entonces Tomás, que no tiene teléfono móvil y no piensa tenerlo y aún no había instalado línea telefónica en su nueva casa, les dio mi número de teléfono (mi número es muy fácil de recordar).

—Lo siento, Ismael. Se me olvidó decírtelo.

Parecía muy apenado.

Me apresuré a llamar al hospital para explicarles lo sucedido y preguntarles si Salvador estaba bien. No me contestaron, pero me preguntaron si sabía si Salvador tenía algún familiar. Dije que no lo sabía, pero que si necesitaban que lo llevase a cualquier sitio, o lo que fuera, yo podía hacerlo.

—¿Podría quedarse con usted?

No, no podía.

Y mientras el ruiseñor cantaba, yo miraba a Salvador comer naranjas. Estaba pálido, pero tenía la camisa limpia y unas buenas zapatillas. De lejos, parecía contento. Volvió a saludarme, sin dejar de comer naranja, y yo también volví a saludarle. Tenía algo de ropa tendida sobre unas zarzas y había un gato blanco y negro sentado frente a la puerta de su cobertizo, que hacía poco habían pintado de color lila.

Tomás me dijo que, a los pocos días de encontrarlo, fue al cobertizo de Salvador con algo de comida, pero no había nadie. La puerta metálica estaba entreabierta y él se asomó al interior. No había ventanas. Había ropa colgada del techo y acumulada en montones en el suelo. Montones y montones de ropa, unos sobre otros, literalmente fundidos unos con otros. Había un fuerte olor a orina.         

Y, mientras Salvador comía naranjas, yo escuchaba al ruiseñor, sus crescendos y sus estallidos de pura exaltación, sus pequeñas rimas y sus ingeniosos dibujos en el aire, y, entre todo ese gozo, también ese pequeño lamento ocasional, más grave que las otras notas, el low piping sound more sweet than all al que se refiere Coleridge en su poema «The Nightingale», ese pequeño lamento que parece decir: «Sí, ya lo sé. Sí, ya lo sé. Ya lo sé». Y pienso en cierto ser definido por el desdichado John Keats: «No tiene carácter—disfruta de la luz y de la sombra; vive en el gusto, ya sea feo o hermoso, alto o bajo, rico o pobre, mezquino o elevado». Y me acuerdo también de algo que me ocurrió hace muchos años, en un viaje a Carcasona, en Occitania. Mi mujer y yo hicimos una excursión al castillo de Montségur. Era bien temprano. Para llegar a Montségur hay que subir una montaña pelada durante una media hora por un camino pedregoso. Empezaba a hacer calor. Cuando llegamos arriba, estábamos solos mi mujer y yo, con los dos perros que teníamos entonces, que ya murieron. Era a comienzos del mes de junio. Recorrimos el patio de altos muros y subimos a la torre más alta, y desde allí nos asomamos al paisaje y, en el silencio bajo el viento, que soplaba como medio dormido, me di cuenta de que, en el bosque al pie del promontorio, estaban cantando los ruiseñores. Una infinidad de ruiseñores. Era imposible contarlos. Los cantos se superponían, entraban y salían de fase, se imitaban unos a otros, y había múltiples niveles de nitidez producidos por las distancias, y los niveles de canto se superponían unos a otros, transparentándose a veces, por así decirlo, para dejar ver una profunda perspectiva de música extraordinaria y salvaje. Y nos quedamos mucho tiempo escuchándolos, en el eco que creaban la soledad y el silencio.

22/05/2020

 
COMENTARIOS

MANUEL 28/05/20 11:33
Ha costado llegar a Montsegur pero ha merecido la pena. Quizás el trino de los sinfónicos ruiseñores (filomenas diría Juan de Yepes) rinda permanente homenaje a los puros (cátaros) que allí fueron sacrificados hace siete siglos

PEDRO 27/05/20 13:54
Me ha gustado mucho. Hay mucha sensibilidad, sentimiento, cálida descripción y abundante información. Enhorabuena. Me ha sido placentero

busba phimpha 17/07/20 06:03
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