Le pendu

por Ismael Belda

A­ finales de mayo, recibo una llamada de C, un viejo conocido de la universidad. C nunca me ha caído bien. En aquellos tiempos, me parecía que hablaba más de la cuenta, a menudo sobre personas no presentes. Más tarde, por el contrario, creí notar que, consciente de su anterior verbosidad, afectaba un «elocuente laconismo». Hacía años que no sabía nada de él. Lo primero que hace cuando cojo la llamada es preguntarme si me he enterado.

—¿De qué?
—Tomás se ha marchado por la puerta de atrás.

            Esa es la expresión estúpida y teatral que usa. Yo, en ese instante, recuerdo que esa misma noche he soñado con Tomás. En el sueño, yo estaba en una tienda donde se llevaban a cabo asuntos turbios e incomprensibles. En la tienda vendían moldes de diferentes objetos y seres vivos. También había moldes de rostros humanos. Tomás aparecía a mi lado, con actitud decidida y enigmática, sin mirarme a la cara, y me decía que ya se ocupaba él de aquello y que le esperase en la parte de atrás.

            —¿Cómo dices? —le digo a C por teléfono.

            No me da detalles, probablemente porque no los conoce, pero, aun así, insinúa que sabe más de lo que dice. No pronuncia la palabra suicidio, como si fuera una vieja supersticiosa. Me dice que aún no se sabe cuándo será el entierro. La palabra entierro se me antoja súbitamente grotesca. C parece satisfecho de informarme de todo esto. Yo siento un dolor muy agudo, como si me ahogasen, y la indiferencia e incluso el placer con que C me inflige este dolor me trastorna.

—¿Cuándo ha ocurrido esto?
—El último día de abril, me ha dicho su novia.
—¿Está muerto? ¿Muerto?

            C suspira por toda respuesta.

            —Espero que tú le sigas pronto —digo.

            C empieza a reírse y yo, rápida y amargamente arrepentido por decir algo así, cuelgo sin dejarle decir nada y tiro el móvil contra la pared, como hacen las personas muy ridículas.

            Fue un momento extraño. Me senté en la cama y sentí como si mi cuerpo no tuviera peso. ¿Había muerto Tomás, mi amigo? ¿Ya no existía? No lograba entenderlo. De pronto, durante unos instantes, nada de eso tuvo importancia. Si Tomás había muerto (la parte más mezquina de mi mente lo imaginó colgando del techo de cierto desván de vigas altas: sabía que Tomás había elegido la muerte por ahorcamiento), entonces ya no estaba en ninguna parte. Y eso, gracias a cierto instintivo trampantojo lógico, era equivalente a pensar que estaba en todas partes. Miré el aire tranquilo de la habitación, el sol que entraba y se apoyaba sin peso en el suelo, mi gata Micaela, que me miró y salió en silencio por la puerta. Todo era Tomás. Eran gestos suyos, pensamientos suyos, cosas que él me mostraba. Mira, decía, y mira esto, y esto, mira. Eso es lo que hacían los muertos, pensé, mostrarnos cosas con la vaga esperanza de que comprendamos. Los gestos suyos característicos, su voz, estaban en cada cosa, cada sonido, cada color. En mí mismo también. No había nada que lamentar.

            Después lloré. Me quedé dormido como abrumado por un cansancio terrible, soñé cosas repulsivas, una mezcla de violencia y de actos vagamente sexuales o digestivos. Luego, sin despertarme del todo y sin abrir los ojos, recordé ciertos días de aburrimiento en la universidad, cuando Tomás y yo, con unas amigas, jugábamos al ahorcado en un aula vacía, completando en la pizarra, miembro a miembro, el hombrecillo en la horca. Pensé en mi vida en los últimos tiempos. Tomás llevaba unos meses en Madrid. ¿Qué había hecho yo mientras él experimentaba los dolores de parto que lo habían conducido a aquel horror inexpresable? Se me encogió el corazón al acercarme a la imaginación de los tormentos finales. No de la agonía en sí, eso estaba fuera de mi alcance, sino de los días anteriores, de las noches anteriores. Del mes de abril. No recordaba cuándo había hablado con él por última vez.

            En abril llovió mucho por aquí, recordé. Hacía frío, pero, a veces, tras la lluvia, salía el sol y todo brillaba, como esmaltado. Al pasar en bicicleta entre los naranjales, se oía ya a ruiseñores y zorzales, y veía el suelo cubierto de musgo, verde entredorado en unas zonas y de un rico marrón purpúreo en otras, todo salpicado de pétalos blancos de las flores de los naranjos, triangulares, como diminutos dientes de tiburón. Por las noches, todo se llenaba de un intenso olor a azahar y, al salir a pasear a la perra, era imposible caminar por algunas aceras sin pisar caracoles de distintas formas y tamaños (ciertos caracolitos planos del género Helicella —posiblemente amenazados—; grandes y solitarios caracoles romanos; alargados caracoles degollados, Rumina decollata, que se alimentan de otros caracoles). También salían de sus escondrijos sapos corredores y se quedaban inmóviles en mitad de los caminos de tierra junto al río, indiferentes a todo, y yo tenía que alumbrarme con una linterna para no pisarlos entre la hierba húmeda. Es chocante la cantidad de vida que hay aquí, comparado con Madrid. Y, sin embargo, recuerdo que, de niño, en los descampados del norte de Madrid, cada primavera, cuando llovía, los charcos se llenaban rápidamente de renacuajos.

Tras la lluvia, las aceras se llenan de miriápodos grises que a veces se aglomeran en nudos parecidos a cerebros. Camino y los piso, diez, veinte a cada paso. Cuando puedo, los esquivo, pero no siempre es posible.         

Por esa época, en abril, oí el primer chotacabras cuellirrojo del año. Por aquí se le da un nombre mejor: simoc. El salvaje canto monótono y metálico del simoc es el trasfondo de las noches de verano. Cada año vienen desde Mali, Burkina Faso, Guinea, Sierra Leona y Costa de Marfil para criar aquí, en los campos de Valencia junto al mar, y en septiembre regresan a África. Al mismo tiempo, comenzaron a florecer las enoteras, cuyos florones amarillos fosforescen en las noches de luna. Y, días después, iba un día en bici por un campo apartado y, sobre un talud de tierra de cinco o seis metros, vi por primera vez abejarucos. Los vi planeando sobre ese barranquillo donde tienen sus nidos, con sus colores tropicales y sus colas puntiagudas, emitiendo llamadas líquidas y breves. ¿Qué pensé entonces? Pensé: «Lo perderé todo, pero debería vivir absorbiéndolo todo, como si cada pequeño detalle recordado fuese necesario para crear el mundo de nuevo cuando este se haya destruido». No identificar aves, me dije, sino observar formas, colores, cada gesto, cada silencio, hacer que vivan dentro de mí. Pero yo no vivo así. Y pensé: «Uno nunca tiene los ojos donde cae el rayo. Uno nunca ve directamente dónde salta el pez en el río». Por las noches, iba a dejar pienso en el comedero para los gatos de la colonia felina de la zona, atravesando el solar por un senderito entre las hierbas y las enoteras que mis propios pasos han abierto.

            Pensaba en esos ridículos monjes jainistas de la India, que llevan una especie de mascarilla primitiva en la boca para evitar siquiera tragarse un mosquito y matarlo accidentalmente, que barren el suelo ante ellos para evitar pisar nada vivo, que tienen prohibido comer de noche porque, en la oscuridad, podrían comerse algún bicho sin darse cuenta. Pensé que se trata solo de un rito, de una costumbre social que nada tiene que ver con la compasión o la responsabilidad.

            Yo no tengo el carnet de conducir (nunca he aprendido a conducir), pero, desde hace tiempo, cojo el coche de vez en cuando. Aunque estoy apuntado a una autoescuela, no tengo mucho dinero y las clases son caras, así que apenas veo al profesor y la fecha del examen se va posponiendo. Me siento viejo para ir a clase de cualquier cosa. Al principio, conducía para recados cerca de casa, pero después empecé a salir a la carretera. Iba a Denia, a Jávea, incluso a Alicante. Tras toda la vida sin ir al volante (mi mujer conduce y, cuando vivía en Madrid, iba en autobús y metro a todas partes), coger el coche yo solo era como de pronto haber aprendido a salir por la ventana y volar hasta lejanos destinos. Deslizarse curva tras curva, adelantar, cambiar de marcha y sentir cómo el paisaje se encoje o se dilata. Al principio tenía miedo de que me parase la policía, pero después comencé a sentirme lleno de una curiosa indiferencia. El miedo regresaba al salir de la carretera y entrar en las ciudades, con sus calles estrechas y sus despistados viandantes. Me atenazaba el terror de atropellar a alguien y de que se descubriese que no tenía carnet; el terror de matar a alguien sin permiso.

            Una vez, en Jávea, tuve que dar un frenazo porque un perro cruzó de pronto la calle. Me di cuenta de que no tenía dueño. Salí del coche y lo seguí con indecisión por un pinar en el que había entrado. Era en la carretera que conduce al cabo de la Nao. Tenía la idea de atraerlo de alguna forma al coche y llevarlo a una protectora de animales. Lo vi a lo lejos, entre los pinos. Parecía esperarme. Me resbalé en el lomo de una gran piedra cubierta de líquenes que asomaba del suelo. Lo vi desaparecer tras una esquina de la verja de una propiedad privada. Me acerqué. Ni rastro del perro. Dentro se oían voces. No pude evitar mirar por un hueco entre las arizónicas. Vi a un hombre y una mujer completamente desnudos, de pie al borde de una piscina. Ella era muy joven. Él tenía más de cincuenta años. Cada uno sujetaba en las manos un gran rifle de caza con mira telescópica, del tipo que se usa para matar ciervos u osos. Parecía que el hombre le estaba enseñando a cargar el arma. Los dos estaban muy serios y no hablaban. Él hacía algo y ella le imitaba. Las voces provenían del interior de la casa, que era una de esas construcciones ultramodernas (al menos desde los años cincuenta) con formas elementales y paredes de cristal, de manera que dan la sensación de ser diáfanas, aunque yo no vi a nadie. La voz parecía estar hablando por teléfono. Decía algo incomprensible: «No te olvides del vino, los zapatos y el carnet. Te lo dejo en las escaleras de atrás. No tiene pérdida».

            Por la noche, conducía por un camino asfaltado que pasa entre dos campos sin vallar. Una noche, noté un palo tirado algo más adelante, me desvié un poco para evitarlo y vi con sorpresa que salía volando. Era un simoc. Distinguí claramente su forma grotesca y sus alas esbeltas. Les gusta cantar de noche agazapados en mitad de las carreteras, una costumbre poco saludable. Otra noche, tuve que detenerme: delante, iluminado por los faros del coche, había un erizo que no acababa de decidirse por el rumbo a tomar. Finalmente, dio la vuelta y desapareció de nuevo en las zarzas del borde del camino. Por esa misma carretera, durante varios días, se veían grandes cangrejos de río avanzando con sus patas aracnoides. Muchos quedaban aplastados, azules y rojos contra el gris del asfalto.

            Una de esas noches, soñé que iba por los pueblos a lomos de un burro, vendiendo agua de unas tinajas grandes de barro gris con tapaderas de madera muy suave. Yo tenía manos enormes, con dedos gruesos y secos y gastados por el trabajo de décadas. Unas mujeres venían a por agua. Yo les llenaba unas pieles de animales que traían y, mientras, les hacía bromas que sus maridos no habrían aprobado. La más joven de todas era casi una niña. Me preguntaba si sabía alguna historia y, entonces, yo empezaba a contarles un cuento. Érase una vez un rey, decía yo, que reinaba en un reino con muchos ríos y bosques. Al rey le gustaba mucho el pescado y, cada día, le ponían sobre la mesa los abundantes productos de la pesca fluvial de la comarca: lucios, percas, gobios, sogas (una especie de pez, según entendía yo en el sueño), cangrejos azules de río. Un día, el rey fue con su séquito a la orilla de un río donde sus pescadores se encontraban pescando. Era un lugar muy agradable rodeado de bosques, con árboles muertos caídos de través en el torrente y termiteros altos y rojos (sic). El rey y su séquito plantaron sus tiendas allí, ataron los caballos a unos árboles y el rey se sentó en una silla plegable cerca de la orilla para admirar el trabajo de los pescadores, que faenaban con sus redes y sus nasas. Entonces, se fijó en que, en una rama, había posado un pájaro pequeño, azul y naranja, de pico largo y ojos fieros. Vio que, cada cierto tiempo, el pájaro se zambullía como una flecha en el agua y emergía con un pez ensartado en su pico, que después procedía a engullir entero. El rey llamó a uno de los niños que atendían a los pescadores y le preguntó qué pájaro era aquel. El niño le dijo que era un martín pescador. Y entonces el rey dijo: ¿Así que ese ladrón roba cada día el fruto de mis ríos y no me paga tributo? Y ordenó al niño que buscase el nido del martín pescador y lo destruyese. Y entonces, el niño partió en busca del nido del martín pescador, y mi cuento, el cuento del aguador, seguía largamente, en amplios meandros, con las aventuras del niño, que iban mucho más allá del martín pescador y tenían que ver con la compasión y la búsqueda de la propia alma. Y recuerdo que, en algún momento de la narración, una de las mujeres me interrumpía para preguntarme qué era una nasa, y yo le explicaba que una nasa es una especie de prótesis craneal para impedir que se escapen los pensamientos.

            Estaba solo en casa el día que recibí la llamada de C. Salí con el coche y aceleré estúpidamente por la carretera. Adelanté agresivamente a varios vehículos, me fui hasta el marjal y dejé el coche al borde de la carretera, raspando dolorosamente la pintura de un lado con un pilón de metal que hay allí no sé para qué. Estaba furioso, desesperado. Respiraba muy deprisa, casi jadeando. No veía nada.

            Cuando volví a casa, al abrir la puerta, oí voces en el salón. Mi mujer estaba de pie, hablando tranquilamente con alguien sentado en el sofá. Ese alguien era nada más y nada menos que mi amigo Tomás en carne y hueso.

            Después supe que, enfadado con C por cierta indiscreción, le había pedido a su novia, una chica mexicana con cara de póker y extraños talentos, que si C llamaba a su teléfono, le dijera que estaba muerto. Ella se lo tomó al pie de la letra y cumplió con perfecta eficiencia. Al entrar en casa, yo no sabía nada. Ellos apenas me hicieron caso, a pesar de que hacía meses que no veía a Tomás, y yo me senté en un taburete tras la barra de la cocina y los escuché hablar. ¿Qué decían? Mi mujer le estaba contando algo que las hijas de Tomás le dijeron una vez, una especie de complejo juego de palabras del que no me acuerdo y que me resisto a pedir que me recuerde, algo que solo pueden decir niños felices e inteligentes. 

            Yo los miraba en silencio y, de repente, Tomás se volvió hacia mí y me señaló con el dedo.

            —Anoche te me apareciste en sueños. Se te había muerto alguien.

            Después me dijo que tenía una sorpresa para mí. Salimos a la calle y abrió el maletero de su coche. Dentro había una caja de cartón, y dentro de la caja de cartón había una reproducción en escayola de la máscara mortuoria del poeta John Keats.

            —He pensado que te gustaría tener esto.

            Yo le abracé brevemente y, después, subí a mi cuarto a poner la máscara sobre la mesa, donde espero que se quede para siempre.

11/06/2021

 

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