Montségur
Ismael Belda - LOS PORTADORES DE LINTERNAS

Estas noches del mes de mayo, en los tamariscos y cipreses apretados de la medianería entre dos parcelas de naranjos, cerca de mi casa, canta un ruiseñor, invisible. Yo cruzo en bici el puente sobre el río (ir en bici en la oscuridad es una extraordinaria sensación, y también es quizá estúpido) y me quedo escuchando, convirtiéndome poco a poco en un oído. El ruiseñor canta escondido y es difícil verlo, de día o de noche. Es lo bastante común como para oírlo cada primavera y lo bastante tímido y escaso como para que encontrarse con uno sea un pequeño acontecimiento. Es famoso por cantar de noche, pero, como explica el desdichado poeta John Clare en una carta a los señores Taylor y Hessey, «canta tan comúnmente de día como de noche, aunque no es un hecho generalmente conocido. A ustedes los londinenses les gusta mucho hablar de este pájaro y se piensan que cada pájaro que canta después de la puesta de sol es un ruiseñor. Recuerdo que, la última vez que estuve allí, iba paseando con un amigo por los campos de Shacklewell cuando vimos a un caballero y a una dama que escuchaban con mucha atención junto a unos arbustos y, al acercarnos, les oímos hacer espléndidos elogios del hermoso canto del ruiseñor, que resultó ser un tordo».
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Los niños
Ismael Belda - LOS PORTADORES DE LINTERNAS

A principios de abril, me mudé a una casita a pocos kilómetros del piso donde he vivido durante un año y medio, cerca de Oliva, en Valencia. La nueva casa está en un lugar solitario y, con los efectos añadidos de la cuarentena, la zona parece abandonada.

Cada día saco varias veces a pasear a Estela, mi perra, por un pequeño parque a unos cincuenta metros de casa. El parque lo delimitan un brevísimo paseo de palmeras, por el oeste, un camping deliciosamente anticuado, por el norte, un río verde que discurre envuelto en cañas y juncos, por el sur, y las dunas que dan a la playa, por el oeste. El sistema de dunas, respetado en parte, se extiende a lo largo de kilómetros de litoral entre Oliva y Denia, poblado de hierbas rastreras y de lirios marinos. En el parquecito, medio abandonado y agradablemente ocupado por plantas de las dunas, hay moreras que dan sombra, una glorieta con bancos, unos cipreses desmochados muy románticos que seguramente perviven de una antigua huerta, un árbol caído donde uno puede sentarse y en el que habitan unas delicadas (e inofensivas) avispas de la madera y una cierta cantidad de tamariscos supervivientes de otros tiempos.
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Los muertos
Ismael Belda - LOS PORTADORES DE LINTERNAS

(Hace unos años, publiqué en un blog de la Revista de Libros varias conversaciones con mi gran amigo Tomás, que por entonces era mi vecino en el barrio madrileño de Ciudad Lineal. Habría querido transcribir más, pero él se fue de España y no nos vimos en mucho tiempo. Quizá es ocioso aclarar que Tomás no se llama Tomás. Por otra parte, escribo todo esto con su consentimiento expreso. Como en otras ocasiones, ha leído el borrador y ha precisado las citas y corregido algunas cosas, mejorando de forma caprichosa y un tanto deshonesta sus frases —aunque no demasiado—, e incluso haciendo más interesantes mis intervenciones, así que, en realidad, se trata de un texto a cuatro manos.  Por mi parte, como el estilo de la vida real es ilegible, he cortado, montado y editado para dar una sombra de dirección a un diálogo que, como es natural, tiende a la entropía. También he eliminado las abundantes maldiciones y obscenidades. Desde hace muchos años, escribo un diario meticuloso de mis cada vez más raros encuentros con amistades y otras personas interesantes, así que no tengo necesidad de inventar casi nada).
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