Solo sé que existo
Ismael Belda - LOS PORTADORES DE LINTERNAS

Cuando mi amigo Tomás y yo éramos más jóvenes, nos preguntaban si éramos hermanos, a pesar de que nunca nos hemos parecido mucho. Increíblemente, más de una vez, yendo solo por Madrid, desconocidos me confundieron con él, aunque a él nunca lo confundieron conmigo. «¿Existo?», solía yo preguntarle de broma, «¿o soy solo una especie de sueño tuyo postprandial?». Hace unas semanas que Tomás se ha ido a pasar unos meses a Madrid y le echo de menos. Me doy cuenta de que, poco a poco, empiezo a suplir su ausencia pensado sus pensamientos, sintiendo sus sentimientos, hablando como él. Noto que me voy transformando un poco en Tomás. A Guada no le gusta demasiado.
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Yakushima
Ismael Belda - LOS PORTADORES DE LINTERNAS

Desde hace más de un mes, la playa cercana a mi casa está día y noche llena de pescadores. Algunos pescan para ganar dinero (el pescado «de playa» es muy apreciado), pero la mayoría son ociosos, «deportistas» que, tras la larga prohibición, recuperan el tiempo perdido. Clavan largas pértigas en la arena, a las que acoplan sus cañas equipadas con láser, se sientan en sillas plegables, consultan constantemente sus teléfonos móviles y, de noche, se iluminan con linternas frontales mientras escuchan la radio y beben latas de cerveza. Desde mi casa se escuchan sus risotadas. Algunos dejan basura tirada y otros se preocupan por dejar su lugar limpio. Para pasear por la playa, hay que pasar por debajo de los invisibles sedales, tendidos desde lo alto de las cañas hasta más de veinte metros agua adentro.
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La silla
Ismael Belda - LOS PORTADORES DE LINTERNAS

Hace no mucho, sentí el urgente deseo de deshacerme de mi vieja silla de oficina y de comprarme una silla de verdad. No quería ruedas, ni asiento giratorio, ni palancas para ajustar la altura o la inclinación. Quería una silla de madera con cuatro patas, un respaldo y dos brazos. Por quince euros, encontré una que cumplía mis requisitos en una página web de compraventa entre particulares. Contacté con el vendedor y acordé con él recogerla en su casa, en Alfahuir, cerca de Gandía. Justo cuando Guada y yo salíamos, me llamó mi amigo Tomás para pedirme que lo llevase a la biblioteca de Gandía a devolver unos libros. Quince minutos después estábamos frente a la puerta de su casa y lo vimos salir, tropezando por las prisas y absurdamente vestido con una camisa de manga larga y un sombrero de paja que oculta sus carencias capilares y que, según dice él, le confiere un aire distinguido (se equivoca). No exagero si digo que cuando quedamos solos los dos va vestido como un mendigo, pero Guada, mi mujer, tiene un extraño efecto en él. No es que esté enamorado de ella (al menos eso creo), pero le profesa una veneración que, aunque aprecio y obviamente comparto, considero excesiva. Me bajé del coche para saludarlo y él, de forma sutil, me apartó para sentarse en el asiento delantero junto a Guada, que conducía y estaba de un humor triste (con fundadas razones).
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Montségur
Ismael Belda - LOS PORTADORES DE LINTERNAS

Estas noches del mes de mayo, en los tamariscos y cipreses apretados de la medianería entre dos parcelas de naranjos, cerca de mi casa, canta un ruiseñor, invisible. Yo cruzo en bici el puente sobre el río (ir en bici en la oscuridad es una extraordinaria sensación, y también es quizá estúpido) y me quedo escuchando, convirtiéndome poco a poco en un oído. El ruiseñor canta escondido y es difícil verlo, de día o de noche. Es lo bastante común como para oírlo cada primavera y lo bastante tímido y escaso como para que encontrarse con uno sea un pequeño acontecimiento. Es famoso por cantar de noche, pero, como explica el desdichado poeta John Clare en una carta a los señores Taylor y Hessey, «canta tan comúnmente de día como de noche, aunque no es un hecho generalmente conocido. A ustedes los londinenses les gusta mucho hablar de este pájaro y se piensan que cada pájaro que canta después de la puesta de sol es un ruiseñor. Recuerdo que, la última vez que estuve allí, iba paseando con un amigo por los campos de Shacklewell cuando vimos a un caballero y a una dama que escuchaban con mucha atención junto a unos arbustos y, al acercarnos, les oímos hacer espléndidos elogios del hermoso canto del ruiseñor, que resultó ser un tordo».
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Los niños
Ismael Belda - LOS PORTADORES DE LINTERNAS

A principios de abril, me mudé a una casita a pocos kilómetros del piso donde he vivido durante un año y medio, cerca de Oliva, en Valencia. La nueva casa está en un lugar solitario y, con los efectos añadidos de la cuarentena, la zona parece abandonada.

Cada día saco varias veces a pasear a Estela, mi perra, por un pequeño parque a unos cincuenta metros de casa. El parque lo delimitan un brevísimo paseo de palmeras, por el oeste, un camping deliciosamente anticuado, por el norte, un río verde que discurre envuelto en cañas y juncos, por el sur, y las dunas que dan a la playa, por el oeste. El sistema de dunas, respetado en parte, se extiende a lo largo de kilómetros de litoral entre Oliva y Denia, poblado de hierbas rastreras y de lirios marinos. En el parquecito, medio abandonado y agradablemente ocupado por plantas de las dunas, hay moreras que dan sombra, una glorieta con bancos, unos cipreses desmochados muy románticos que seguramente perviven de una antigua huerta, un árbol caído donde uno puede sentarse y en el que habitan unas delicadas (e inofensivas) avispas de la madera y una cierta cantidad de tamariscos supervivientes de otros tiempos.
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Los muertos
Ismael Belda - LOS PORTADORES DE LINTERNAS

(Hace unos años, publiqué en un blog de la Revista de Libros varias conversaciones con mi gran amigo Tomás, que por entonces era mi vecino en el barrio madrileño de Ciudad Lineal. Habría querido transcribir más, pero él se fue de España y no nos vimos en mucho tiempo. Quizá es ocioso aclarar que Tomás no se llama Tomás. Por otra parte, escribo todo esto con su consentimiento expreso. Como en otras ocasiones, ha leído el borrador y ha precisado las citas y corregido algunas cosas, mejorando de forma caprichosa y un tanto deshonesta sus frases —aunque no demasiado—, e incluso haciendo más interesantes mis intervenciones, así que, en realidad, se trata de un texto a cuatro manos.  Por mi parte, como el estilo de la vida real es ilegible, he cortado, montado y editado para dar una sombra de dirección a un diálogo que, como es natural, tiende a la entropía. También he eliminado las abundantes maldiciones y obscenidades. Desde hace muchos años, escribo un diario meticuloso de mis cada vez más raros encuentros con amistades y otras personas interesantes, así que no tengo necesidad de inventar casi nada).
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