Los deplorables

por Julio Aramberri

Cuando se estrenó en Londres en 1985, la crítica acogió con escepticismo la versión musical de Les Misérables. No por primera vez, la crítica hizo el ridículo. La producción lleva en cartel desde entonces y se ha convertido en el musical de mayor éxito en la historia del West End. No ha conseguido –todavía– superar a The Mousetrap, de Agatha Christie, con representaciones continuadas desde 1952, el año de la coronación de Isabel II, y que parece dispuesta a durar, al menos, un siglo. Como la propia reina.

Personalmente, estoy de acuerdo con el crítico de The Observer que veía en The Miz –la síncopa con la que la obra se ha hecho popular en inglés– «un espectáculo cargante y sintético», aunque no se me alcanza hacia dónde dirigía su segundo dardo. El célebre culebrón romántico de Victor Hugo aúna todas las recetas imaginables para encandilar a los gnósticos del mundo entero cuyo nombre es Legión. El bien triunfa sobre el mal; el amor sobre el odio; la deliberación sobre la acción; la esperanza vale más que la caridad. Y, por si no han caído en la cuenta, Hugo anega a sus lectores con pródigas reflexiones sobre la compostura de esas ecuaciones. Los gnósticos habían creído tradicionalmente en una lucha pertinaz e interminable entre la luz y las tinieblas, pero con el romanticismo evolucionaron hacia una actitud más resuelta, convencidos de que, con sus recetas, la luz acabaría por imponerse. Poco más tarde, cuando pretendieron que la relación entre costes y beneficios fuese una ilusión huera, los románticos devinieron en progresistas.

En la producción musical, la revuelta de miserables y estudiantes parisienses –según la épica marxista, una alianza de las fuerzas del trabajo y la cultura– resulta tan vistosa, tan arrebatadora, tan irresistiblemente bella, que los espectadores se encienden cuando Courfeyrac los arenga («Y si para ser libre he de morir / buscadme en el fragor de la batalla») y se contagian de su fervorín revolucionario, por lo menos hasta que vuelven al confort casero, en Hendon o en Hampstead Heath; o en Bombay, Buenos Aires, o Berlín; que, a diferencia de los proletarios, los progresistas del mundo entero están muy unidos. Al cabo, son gente de posibles y todos ellos se han pasado por Londres, aunque, con la butaca más barata (visión restringida) del Queen’s Theatre a £29,75 (35 €) y la más cara a £127,25 (145 €), y aun teniendo en cuenta la paridad de poder adquisitivo del París de la época, los esforzados héroes que les embelesan sobre el escenario no habrían podido pagar para ver su motín del segundo acto.

Los entusiastas de The Miz y sus colegas progresistas pueden descansar tranquilos, porque saben que el arco del universo moral es alargado, aunque a la postre siempre se vence hacia la justicia, como gustaba de recordar el presidente Obama. Es una conseja tomada de Martin Luther King Jr., quien, a su vez, la había obtenido de Theodore Parker, un ministro y predicador de la Asociación Unitaria de América. Como sus colegas, Parker creía en una fe basada en la unidad de las conciencias y abierta a los cristianos tanto como a los creyentes de cualquier otra religión. Una fe progresista, vaya.

El busilis del arco moral es que nadie acierta a definir su largor, a menudo mucho más amplio de lo que desearían sus entusiastas. Ahí está Trump; en la Casa Blanca. Lleva allí dieciocho meses y los que queden. A los medios globales, a muchas cadenas de televisión y a buena parte de las redes sociales progresistas, ese tropiezo en la perfección del arco justiciero les tiene muy mohínos, aunque evitan preguntarse el porqué. Tan convencidos están de la firmeza de su metáfora.

Poco antes de perder la elección, Hillary Clinton se dio cuenta de que ella también era gnóstica. Entre los seguidores de Trump había una mitad, que «no cree todo lo que [Trump] les cuenta, pero a los que reconforta con la esperanza de que sus vidas sean diferentes». Con esa mitad puede empatizarse. La otra, por el contrario, estaba atiborrada de deplorables: racistas, sexistas, homófobos, xenófobos, islamófobos y demás ófobos, a los que Trump había prestado su altavoz de odio y mezquindad. «Son irredimibles, pero, por fortuna, no son Estados Unidos». Clinton no podía saberlo en aquel momento pero, como el voto final de Trump ascendió a sesenta y tres millones, con esta proclama condenaba al ostracismo a más de treinta millones de estadounidenses.

Esas reflexiones iban dirigidas a una audiencia LGBT neoyorquina. Es decir, a una de las minorías no racistas, no sexistas, etc., a las que ella y sus estrategas del Partido Demócrata habían fiado su suerte. Un cambio notable. Aunque renqueante desde 1968, la coalición del New Deal que había compuesto Franklin Roosevelt en respuesta a la Gran Depresión giraba en torno al grupo mayoritario de la sociedad (los blancos), cuya columna vertebral eran los trabajadores industriales, de todas las etnias, aunque también mayoritariamente blancos. Como todas las coaliciones políticas en Estados Unidos, contaba con otros participantes: granjeros, flecos sureños de la Confederación, burocracias sindicales, voto urbano y suburbano en el nordeste y la costa del Pacífico, pero nadie discutía la primacía de los trabajadores industriales.

La estrategia del Partido Demócrata empezó a cambiar rápidamente con la candidatura de Obama. Que fuera el primer negro que ocupase la Casa Blanca resultaba indudablemente atractivo para la personas de ese color y otros muchos gnósticos. Las tinieblas iban a triunfar sobre la luz. En 2004, el 88% de votantes negros había apoyado a John Kerry, el candidato demócrata. Con Obama, ascendieron al 95% en 2008 y al 93% en 2012. Otros grupos étnicos (hispanos, asiáticos) también lo apoyaron resueltamente en 2008 y aún más en 2012. Pero no fue eso lo que le hizo ganar ambas elecciones. En 2008 se decantaron también por Obama los votantes independientes; las mujeres (su porcentaje entre las no casadas ascendió al 65%); los jóvenes; gente de todos los niveles educativos; y casi todos los grupos de renta (llegó al 73% en el de menos de quince mil dólares anuales). En 2012 mantuvo esos apoyos con dos sorpresas: bajas entre los grupos de renta superiores a los cincuenta mil dólares anuales y entre los hombres blancos (del 45% en 2008 al 39% en 2012). Para el resto de los demócratas, los tiempos fueron a peor. Perdieron la Cámara de Representantes en 2010, en 2012 y en 2014. En ese último año, los republicanos obtuvieron mayoría en el Senado. Las elecciones en los diferentes Estados marcaron también un declive creciente.

La lección para los estrategas del partido fue tan clara como equivocada: limitar pérdidas entre los hombres blancos y concentrar esfuerzos en otros grupos identitarios que ofrecían mejores expectativas de apoyo. Al cabo, pensaban, los blancos, hombres y mujeres, dejarán de ser mayoría en 2045, mientras que negros, hispanos y asiáticos crecerán con fuerza. De hecho, en 2020 los blancos serán ya minoritarios entre los menores de dieciocho años. Por otra parte, seguían, la clase obrera disminuirá aún más su importancia en una sociedad mayoritariamente productora de servicios.

Lo primero era a todas luces una ilusión. En 2015, el 62% de la población de Estados Unidos era blanca, seguida de un 17,3% de hispanos (que pueden ser de cualquier color, muchos de ellos blancos), un 12,6% de negros y un 5,2% de asiáticos. Mucho tienen que crecer esos otros grupos hasta que blancos e hispanos de ese color dejen de ser la mayoría poblacional. Los trabajadores industriales declinan, sí, pero su número sigue siendo considerable.

Pero Clinton hacía otras cuentas. Esperaba un apoyo tan decidido entre las mujeres como Obama lo había tenido entre los negros. Estos, al igual que los hispanos y los asiáticos, mantendrían sus preferencias demócratas y lo mismo podría esperarse de colectivos como el de LGBT ante los que había denunciado a los deplorables. Por su parte, Trump había cometido serios errores (defensa del proteccionismo comercial; cerrada oposición a aceptar de inmigrantes; conducta personal machista) que, unidos a su turbia historia de negocios, lo condenaban al fracaso. ¿Podía alguien tomarse en serio que los trabajadores del cinturón de la chatarra del Medio Oeste fueran a apoyar a un multimillonario fullero que nada tenía que ver con ellos?

Clinton acabó haciendo compañía a los críticos londinenses de The Miz.

David Plouffe, que fue el gestor de la campaña de Obama en 2008, recordaba al poco de la elección que Clinton no había conseguido suscitar entusiasmo entre los electores –menor participación electoral– y que sus modelos de distribución de voto fueron excesivamente optimistas. Millones de votantes potenciales de Clinton no aparecieron en los colegios electorales y su campaña no consiguió entender que había un significativo porcentaje de voto oculto y que era favorable a Trump. Esa hipótesis se ha convertido en la explicación oficiosa de la derrota demócrata.

Es un desatino. La coalición ganadora de Obama –alianza entre los votantes negros de todo el país y los blancos del Norte– quedó pulverizada por otras razones. De hecho, la participación electoral fue superior a la de 2012 (+0,8%), y sólo fue menor entre los votantes negros, que no alcanzaron el porcentaje de Obama, en perjuicio de Clinton. La caída entre los negros jóvenes fue más que regular. Clinton ganó muchos otros votos, pero lo hizo justamente en Estados no competitivos, como Nueva York o California, lo que explica su ventaja en voto popular total. Pero los perdió en Estados como Wisconsin, Pensilvania o Michigan, con un peso decisivo en el Colegio Electoral que elige a los presidentes.

Por su parte, Trump obtuvo en 2016 un amplio apoyo de los trabajadores blancos desdeñados por Clinton y los estrategas demócratas; entre ellos, se ganó de calle a quienes carecían de títulos universitarios. Por primera vez en la historia, un candidato republicano se hizo con los blancos de bajos salarios en todos sus grupos de edad. Obama había conseguido muchos de esos votos con su apoyo a las empresas automovilísticas durante la crisis de 2008-2009; Mitt Romney, su contrincante republicano en 2012, se llevó los de la minería del carbón a la que Obama hubiera preferido liquidar por su enfeudamiento con los lobbies verdes. Trump ganó en ambos grupos. Su MAGA (Make America Great Again) no pasó inadvertida.

¿Qué se hizo de los grupos identitarios? En ninguno de ellos consiguió Clinton igualar los resultados de Obama. Latinos y asiáticos se decantaron por ella, pero no llegaron a la cota que esperaban los consejeros de Clinton. Más frustrante fue el fracaso de la primera candidata presidencial femenina entre las mujeres. Pese a todos sus pecados contra los decálogos feministas, Trump se hizo con los votos de la mayoría de las mujeres blancas (53%) y Obama había sido aún más competitivo que ella entre el resto. Tan solo entre el colectivo LGBT, al que tantos esfuerzos había dedicado, consiguió Clinton sacar dos puntos porcentuales más que Obama en 2012 (78% frente a 76%). Pero, en conjunto, ese grupo no supera el 4% de la población y muchos de sus componentes prefieren no votar.

El único consuelo para la candidata fue un gran triunfo entre los graduados universitarios de nivel superior (maestría y doctorado) y los grupos con rentas anuales superiores a los doscientos cincuenta mil dólares. Tendrá buena compañía si quiere volar a Londres para otra representación de The Miz y emocionarse con sus homéricos personajes. La coalición demócrata, por su parte, seguirá zambullida en la niebla.

10/07/2018

 
COMENTARIOS

Rawandi 14/07/18 20:13
Pese a haber obtenido unos tres millones de votos más que Donald Trump, Hillary Clinton perdió la elección porque no todos los votos valen lo mismo. Los votos más valiosos son los ganados en los Estados decisivos, y esos se los llevó Trump. Obviamente, el error de los demócratas fue no haber concentrado sus esfuerzos en los Estados decisivos.

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