Sumo y resta

por Rodrigo de Vivero

En este año de renovada toma de conciencia por todas partes sobre la situación de la mujer, un incidente en el ámbito del sumo, el deporte nacional de Japón y elemento fundamental de su cultura tradicional, ha venido a poner de manifiesto la complicada, y compleja, realidad a que se enfrentan las mujeres japonesas. La polémica que se ha desatado es especialmente interesante para el observador extranjero.

El alcalde de Maizuru, prefectura de Kioto, pronunciaba su discurso con ocasión de un campeonato de sumo durante la primera semana de abril, cuando cayó de pronto al suelo a causa de un aneurisma cerebral. Dos mujeres se abalanzaron a prestarle primeros auxilios y practicarle resucitación cardiopulmonar, e inmediatamente se oyeron por los altavoces varios avisos del árbitro conminándolas a abandonar el dohyō, el ring donde se desarrolla el combate de sumo, un pequeño círculo preparado a base de arcilla y arena de apenas 4,55 metros de diámetro que se considera espacio sagrado. «Que las mujeres salgan del dohyō», se oyó decir varias veces. Una ambulancia llegaba afortunadamente en ese momento y los paramédicos pudieron llevarse al alcalde a un hospital a tiempo. Si no, es posible que hubiese quedado ahí tendido mientras se obligaba a quienes lo atendían a dejar de hacerlo.

Pocos días después del incidente en Maizuru, la Asociación Japonesa de Sumo hizo público un comunicado pidiendo disculpas y agradeciendo a esas dos mujeres sus intentos de ayuda, pese a lo cual la petición, pocos días después, de la alcaldesa de Takarazuka, prefectura de Hyogo, de que se la autorizara a entrar en el dohyō para un discurso fue de nuevo rechazada.

La indignación que despertó el incidente, que se prefiriera guardar una tradición a salvar una vida humana, fue enorme e inmediata y ha llevado a cuestionar las normas del sumo y, de manera más amplia, el papel de la mujer en la sociedad japonesa. Parece haber un clamor para que se revisen normas tan retrógradas y absurdas como ésta, aunque haya también quien defienda la naturaleza tradicional y ritual del deporte nacional japonés.

El sumo es de esas cosas en Japón que permanecen de la misma manera que siempre. Cuando comenzaban la época Meiji y la modernización ‒la occidentalización‒ de Japón, el poeta Onuma Chinzan escribió: «Everyone has adopted the barbarian way of dress: only Sumo wrestlers and prostitutes still wear the old clothes» («Todos han adoptado la manera de vestir de los bárbaros. Solamente los luchadores de sumo y las prostitutas se visten todavía como antes»). La prostitución fue prohibida en 1956 y, en todo caso, las decenas de miles de jóvenes que se ganan la vida como hostesses, con toda su complicada gama de matices, no se visten ya, desde luego, a la tradicional manera japonesa. El mundo del sumo, en cambio, sigue tal cual, con el único elemento diferente tal vez de que ahora son muchas más las mujeres aficionadas que antes, más quizá incluso que los hombres.

Todo en el sumo es ritual, por su origen vinculado al sintoísmo, una religión casi laica y sin verdadero contenido sacro que se basa sobre todo en gestos rituales: la manera en que viven los luchadores, sus horarios, el modo en que se alimentan para ganar peso y la masa corporal que los identifica; el sistema jerárquico de organizar los establos (部屋, heya, una noción mucho más amplia y compleja que la simple de equipo en nuestros deportes); la rutina con que se desarrolla el combate, varios minutos de ritos que tienen que ver con la purificación previos a un enfrentamiento que, en sí mismo, puede no durar más que algunos segundos. Gana quien haga al oponente tocar el suelo con algo diferente a los pies o lo saque del dohyō. Ni quien gana ni quien pierde se espera que haga gesto alguno de triunfo, de rabia, de alegría, de frustración, nada de nada, más que retirarse imperturbables ambos y dejar paso a la siguiente pareja de contendientes. Lo opuesto al creciente barroquismo delirante de Cristiano Ronaldo y sus compañeros de deporte.

No es la primera vez en los últimos años que se plantea una situación de estas. Las mujeres pueden practicar sumo de manera aficionada pero no profesional, y tienen vetado por completo el acceso al dohyō, porque su menstruación las hace «impuras». En 1978, una niña de diez años llegó a la final de un campeonato infantil, pero no se le permitió competir en el gran estadio de sumo, el Kokugikan de Tokio. En 2000, la Asociación Japonesa de Sumo denegó a la gobernadora de la prefectura de Osaka el permiso que solicitaba para entrar al dohyō a fin de entregar la copa al ganador de un campeonato local. En 2007, una mujer entró a mitad de un torneo en el anillo del Kokugikan y resolvieron desmontarlo y volver a purificarlo de nuevo.

Japón, tan desarrollado en tantos aspectos, no lo está en igualdad entre hombres y mujeres. El Global Gender Gap Index 2017 http://www3.weforum.org/docs/WEF_GGGR_2017.pdf sitúa al país nada menos que en el puesto 114 de 144 en cuanto a igualdad de género. Este informe, que el World Economic Forum publica desde 2006, busca medir esa igualdad en cuatro ámbitos cruciales: salud, educación, economía y política. En la edición de 2017, Islandia ocupa el primer lugar, seguida de Noruega, Finlandia, Ruanda y Suecia. España está en el puesto 24. Y Japón, insisto, ¡en el 114!, tres más abajo que en 2016 y sólo a treinta del último. El número treinta por la cola, por detrás de Burkina Faso, Camboya, Tayikistán o ¡Guatemala!

El papel de la mujer en esta sociedad es uno de los asuntos a los que se enfrenta con mayor sorpresa y desconcierto el extranjero que llega al país. No es fácil de entender, nada lo hace suponer a simple vista, Japón es una sociedad abierta, las mujeres estudian tanto como los hombres y tienen aparentemente los mismos derechos, el índice de participación de mujeres jóvenes en el mercado laboral ha ido creciendo y superado en los últimos años el 75%, cifra por encima de la de Estados Unidos. Pero el sistema va expulsándolas en la práctica del mercado laboral a medida que cumplen años y la pirámide de puestos de responsabilidad va haciéndose progresiva, o regresivamente, masculina. Ellos y ellas entran en igualdad de condiciones en la universidad, y es lógico pensar que saldrán iguales en formación y capacidad. Pero la tradición, y la exigencia social, es casarse jóvenes y tener hijos. En ese momento dejarán sus trabajos para ser simplemente amas de casa. Si no, empieza la presión: ¿por qué sigues trabajando? ¿Quién se ocupa entonces de tu marido? ¿Quién cuida de tus hijos? Una presión y un sistema que acaban echándolas de su seno y recluyéndolas en casa. En Japón se supone que los hombres trabajan y a ellas corresponde encargarse, de manera casi exclusiva, de los niños. Los hombres trabajan muchas horas, hasta muy tarde, y no forma parte la cultura japonesa que se ocupen de los hijos. Apenas hay guarderías y son ellas quienes los cuidan los primeros años, los llevan y recogen del colegio, se preocupan de sus deberes, pasean con ellos. Tampoco hay, por cierto, residencias para ancianos y son también las mujeres quienes se hacen cargo en casa de padres o suegros. Así que, hoy día, para una japonesa es prácticamente ineludible escoger entre ser madre o continuar con su carrera, sin posibilidad práctica de compaginar ambas cosas. Que cada vez más escojan lo segundo debe de ser también un elemento clave en el bajísimo índice de natalidad del país, el menor del mundo.

Apenas hay mujeres en puestos de responsabilidad en el sector privado ‒el mundo de la empresa en Japón es cosa de hombres‒ y están más que infrarrepresentadas en política. Ni siquiera pueden acceder al trono, problema serio en estos momentos para una familia imperial donde escasean los hijos varones y que se ha preferido no abordar al tener que hacer frente al deseo de abdicar del emperador.

El papel de la mujer en su sociedad es asunto que preocupa al gobierno de Shinzō Abe, que ha aumentado en 2018 el gasto social un 1,6% para hacer frente a costes derivados del envejecimiento de la población y ofrecer mayores incentivos a la maternidad y la conciliación familiar que permitan una mayor inserción laboral femenina. Pero el problema es tan estructural que yo veo poco probable que algo cambie a corto o medio plazo. Los esfuerzos del Gobierno por promover el acceso femenino al mercado de trabajo están dando lugar, por ejemplo, a que empresas que antes no lo hacían ofrezcan ahora empleo a mujeres mediante anuncios ¡de color rosa!

En febrero, un periódico publicaba la carta de un hombre quejándose por el hecho de que la guardería en que trabaja su mujer la obligara a disculparse por quedar embarazada antes que sus compañeras mayores, acusada de «romper de manera arrogante las normas de la institución». Uno entiende que se trata de un caso extremo, anecdótico posiblemente, pero llama la atención por lo representativo de las formas de pensar y actuar japonesas.

10/06/2018

 
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