Ser japonés

por Rodrigo de Vivero

Durante la Era Kamakura dejamos de comer carne, me cuenta un amigo japonés. «Dejamos», dice. Nosotros dejamos de comer carne. Han pasado casi setecientos años desde que terminó la Era Kamakura, de 1185 a 1333, pero un japonés de hoy, en pleno siglo XXI, considera que son ellos, él mismo, el grupo a que él pertenece, a quienes hace ocho o nueve siglos les pasó eso que cuenta. Españoles, franceses, italianos… no diríamos: «Hace ocho siglos no comíamos patatas»; nos parecería rara esa pertenencia a un grupo que existió hace tanto tiempo, aunque sean quienes ocupaban el lugar que ocupamos nosotros y fueran nuestros antepasados.

Los japoneses que hoy leen manga disfrutan del sumo o el béisbol, trabajan a destajo y beben en los izakayas con sus compañeros de trabajo, se sienten los mismos que quienes vivían hace casi mil años en la Era Kamakura. La misma gente, la misma composición genética, un grupo de gente ‒un pueblo‒ que lleva miles de años en sus islas y prácticamente no se ha mezclado: ellos, los japoneses, que han vivido una sola historia única y unívoca. El pueblo japonés no es, como los europeos o los americanos, resultado de una larga decantación de gentes ocupando el espacio de los anteriores y mezclándose. En Japón no ha habido invasiones bárbaras, conquistas tártaras, un moro Muza, la caída de Constantinopla, conquistadores españoles, colonización occidental: cuando vieron que con los portugueses y españoles que a finales del siglo XV y principios del XVI empezaban (¿empezábamos?) a asentarse en sus islas y propagar con rápido éxito el cristianismo podía pasarles lo que a los pueblos amerindios, ser conquistados en nombre de sus respectivas Coronas, expulsaron a los cristianos, crucificaron a los recalcitrantes y cerraron el país a cal y canto durante dos siglos y medio.

En 1985 el entonces ministro del Interior, Tarō Asō, calificó Japón como «una nación, una civilización, una lengua, una cultura y una raza». Han llovido las críticas desde entonces por lo supremacista de la frase, que parece dejar fuera a minorías como los ainu, el pueblo originario de Hokkaido y el norte de Honshu, los ryukyuan de Okinawa, los muchos coreanos que quedaron atrapados en el archipiélago tras la guerra y viven agazapados tratando de pasar por japoneses, la casta baja de los bunrakunin o los inmigrantes (una proporción de la población mucho menor que en cualquier otro país de la OCDE). Pero lo cierto es que así es como se ven la mayoría de los 123 millones de japoneses: una nación, una civilización, una lengua, una cultura y una raza.

Japón ha sido siempre un país ensimismado, aislado, en el sentido literal de la palabra, a-isla-do, y con mentalidad insular. Una civilización completa que se basta a sí misma y podría sobrevivir aunque el mar se llevara sus islas lejos de las costas de Asia y quedaran ancladas y aún más aisladas en medio del Pacifico. Los japoneses han sabido construir un mundo estanco autosuficiente y capaz no ya de ser viable, sino de triunfar sin gran necesidad de nada exterior.

El nihonjinron (la japoneidad, digamos) es habitual tema de estudio en las universidades y ha dado lugar a un sinnúmero de libros. No hay algo parecido en nuestro ámbito cultural: españolidad, inglesidad como temas de estudio. Ni quiera en los estudios sobre China, tal vez porque los chinos se consideran ya el centro del mundo ‒Chungkuo significa «el país del centro»‒ y no necesitan elucubrar sobre qué los hace diferentes o superiores. Los japoneses, en cambio, sí necesitan ambas cosas, asegurarse a sí mismos que son distintos y superiores. Persiste en el subconsciente japonés la idea de que su sociedad y su cultura poseen los más altos estándares morales y de conducta y el resto somos «diferentes» y, en definitiva, inferiores. Hablan de Asia, por ejemplo, como de un continente ajeno a ellos, como dicen que durante muchos años hacían los porteños respecto a América Latina.

Tres rasgos fundamentales definen la japoneidad: su singularidad, el carácter excepcional ‒y superior‒ de lo japonés; su unidad como pueblo; y la preponderancia del grupo sobre el individuo.

El sentido de pertenencia japonés es excluyente: sólo es japonés quien es japonés del todo. Sólo es japonés lo que lo es igualmente del todo. De los tres alfabetos de la lengua japonesa, el katakana es para las palabras de origen extranjero. Lo que no es japonés se escribe de manera distinta, con caracteres especiales, de manera que quede claro que esa palabra no es japonesa. No importa que cada vez sean más los términos que se incorporan del inglés al lenguaje cotidiano: si no es palabra japonesa, en katakana.

A sus hijos con padre o madre extranjero los japoneses los llaman hāfu (half, medio; ハーフ, en katakana). No se trata de si el hijo parece o no japonés o de su color o contextura racial, conceptos ya tremendos por sí mismos. Parezca lo que parezca, el simple hecho de que el padre o la madre no sean japoneses hace al hijo hāfu, algo distinto a un japonés verdadero. Aunque la palabra significa medio, mitad, hāfu no quiere decir en realidad «medio japonés»: no se puede serlo a medias, japonés se es o no se es y el hāfu es otra cosa. Alguien más cercano a un gaijin, un extranjero; ni una cosa ni otra, finalmente. En estos últimos años ha habido polémicas porque dos de las últimas Miss Japón (una candidata a Miss World y otra a Miss Universe) eran hāfu ‒Priyanka Yoshikawa indio-japonesa y Ariana Miyamoto norteamericano-japonesa‒ y muchos japoneses no aceptan que una hāfu represente a sus mujeres. La breve página de Yoshikawa en Wikipedia menciona cómo fue acosada por sus compañeros de colegio japoneses por su condición mixta, algo frecuente que suelen contar muchos padres de niños binacionales. Se calcula que nacen unos veinte mil hāfu cada año y su desarraigo es grande. Por eso tal vez surgen proyectos que buscan recuperar el orgullo de serlo: la película Hāfu, de Megumi Nishikura (irlandesa y japonesa) y Lara Takagi (Lara Pérez Takagi, española y japonesa), o la página web Hāfu2Hāfu del fotógrafo belga-japonés Tetsuro Miyazaki, una colección de retratos de ハーフcomo él mismo.

Como tampoco es japonés el nikkei, descendiente de emigrantes japoneses a América Latina, aunque sea puro descendiente de japoneses sin mezcla que han preservado su lenguaje y sus costumbres durante generaciones de vida emigrante. La frustración y el disgusto de muchos es grande al llegar orgullosos a ese Japón idealizado y añorado y ver que no se les trata como compatriotas que regresan, sino como inmigrantes latinos. A ojos de los japoneses, un hāfu o un nikkei no son verdaderos japoneses y lo más probable es que a los niños los acosen en el colegio por diferentes o por no hablar bien el idioma.

La identificación es completa: un pueblo vinculado a un territorio estanco. Una sociedad compuesta únicamente por quienes han nacido aquí, de padres japoneses (ellos a su vez hijos, nietos o bisnietos de japoneses) y siguen viviendo en Japón a la manera japonesa.

A quien se sale del molde que se espera de un japonés se le aplica el término despectivo nihonjin banare (日本人離れ, alguien que vive de manera no japonesa). Quien es más alto que la media o de pelo más claro, quien no se ajusta a los estereotipos físicos de un japonés, quien se viste diferente: 日本人離れ. El periódico contaba hace unos días el caso de una chica de Osaka que ha demandado al colegio por obligarla a teñirse de negro su pelo castaño y presionarla a seguir haciéndolo hasta que lo fuera suficientemente. Igual al de las demás compañeras. Añadía que muchas escuelas tienen normas parecidas, incluso para chicas extranjeras rubias. Niñas y niños en los colegios van igualitos, completamente, vestidos del mismo modo, con el mismo sombrerito. Hasta el pelo, parece ser, tiene que ser del negro habitual de los japoneses, de un mismo tono siempre.

Pero también quien no se comporta como se espera, quien se queja abiertamente en vez de saber aguantarse las críticas, quien antepone sus intereses a los de la empresa en que trabaja, quien se permite criticar la sociedad japonesa o la manera de hacer las cosas en Japón. Ya no digamos el japonés que ha vivido unos años fuera del país y vuelve cambiado, insumiso, rebelde o se resiste a regresar: nihonjin banare.

14/01/2018

 
COMENTARIOS

Elena Alonso 17/01/18 18:19
Durante los dos años que viví en Japón pude observar que un gaijin nunca se integra en la sociedad nipona. Puedes ser tolerado, puedes ser invitado a participar en determinados acontecimientos, pero nunca pertenecerás al "uchi". Conocí a varios Nikkei criados en Japón que no conocían bien los kanji: los profesores no les exigían demasiado.

Percibí en varias ocasiones que directamente no se me explicaban diversos usos sociales, bien porque no se esperaba de una extranjera como yo que los cumpliese, bien porque no se pensaba que pudiese entender el espíritu del que emanaban. Me viene a la cabeza El libro del té de Kakuzo Okakura en el que no cree que los occidentales podamos llegar a alcanzar el ideal del refinamiento. Bárbaros blancos, vaya. La idea de singularidad está muy aceptada, incluso subconscientemente.

Entiendo que la presión de grupo puede ser asfixiante, también para muchos japoneses (aunque he de reconocer que sólo escuche alguna crítica diluida que otra). Cabe preguntarse si su inmutabilidad y rigidez están suponiendo un lastre para su presente y su futuro. Aun así la sociedad y cultura japonesas son fascinantes en muchos sentidos, especialmente en contraposición con la española, ¡podríamos aprender tanto unos de otros!

Sebastián 19/01/18 19:34
¿Y dónde queda entonces la mutua influencia que ambas culturas -española y japonesa- ejercen la una sobre la otra?. No es sólo que los adolescentes españoles hayan quedado marcados por el Manga y el Anime; es que los propios japoneses se han revelado auténticos entusiastas del flamenco o la tauromaquia.
Así pues, ¿son los japoneses verdaderamente impermeables al intercambio cultural?. me consta que el objetivo en la Era Meiji fue adoptar el progreso tecnológico occidental sin renunciar a las esencias patrias. Pero, por otro lado, la "americanización" vivida tras su derrota en la II GM es también innegable, por lo que me resisto a creer que pueda haber trasvase cultural o influencia que no deje "mancha".
¿constituye esta dinámica un debate en el seno de su sociedad con partidarios de la "apertura" frente a sectores más reaccionarios?; de ser así ¿podría tratarse asimismo de una cuestión generacional?
No son preguntas retóricas por mi parte. Mi fascinación por esta cultura es paralela a mi ignorancia.
Un saludo.

Manuel 22/01/18 06:46
El autor parece no haber escuchado nunca en España decir que “conquistamos América” o que “nos invadieron los moros” o, como escuché una vez a unos catalanes decir a un mejicano que atendía en la oficina de correos de Grand Canyon, “nosotros no conquistamos América, fueron los españoles”. Se puede pensar también en la cantidad de españoles que dijeron “hemos ganado” durante el mundial de fútbol, sin haber jugado ningún partido. El de la pertenencia a un grupo, pasado o actual, es un fenómeno universal.

El autor también se define como grupo, por oposición, al hablar de los japoneses como “ellos”, porque implica un “nosotros”. Será porque efectivamente la cultura japonesa es excepcional "contra" las demás, como no lo son las otras entre ellas. La cultura japonesa es fascinante, como dice uno de los comentarios, pero no “a pesar de estas particularidades” sino precisamente por ellas. El tono del artículo parece implicar que sería mejor hacerlas desaparecer.

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