País del futuro

por Rodrigo de Vivero

Uno viene a Japón con cierta noción de que es el país del futuro. Me lo dijeron varias veces cuando conté que venía: «es la sociedad del futuro», «un laboratorio de cómo van a ser nuestras sociedades desarrolladas», «van por delante en todo».

Es cierto que durante algunas décadas Japón pareció realmente ese país del futuro. Desde la Olimpiada de Tokio en 1964, posiblemente, que consiguieron organizar con eficacia y éxito enormes apenas diecinueve años después de perder la guerra. Todo salió bien, el país consiguió exhibir un admirable y nunca visto tren bala de Tokio a Kioto, se levantaron autopistas elevadas por toda la ciudad y los estadios metabolistas de Kenzo Tange y Kunio Maekawa marcaron un nuevo hito en la historia de la arquitectura.

Durante el último tercio del siglo XX, los años ochenta especialmente, Japón daba la impresión de moverse a otra velocidad y estar a punto de comerse el mundo. Sus productos invadían los mercados y la clase trabajadora norteamericana parecía que iba a arruinarse por la entrada masiva de coches japoneses, los jóvenes comenzaban a fascinarse con el nuevo fenómeno de un manga que cambiaba la manera de entender el cómic en Occidente, las ciudades se llenaban de restaurantes de sushi y palabras hasta entonces desconocidas comenzaban a contaminar nuestros idiomas. La tecnología que usábamos parecía toda de repente japonesa ‒Sony, Toshiba, Panasonic, Nintendo, Sega‒ y el walkman, las consolas y el Game Boy se impusieron como objetos imprescindibles. Hasta esos extraños tamagotchis llegaban a nuestras casas, como antes o después Godzilla, Doraemon y Pokemon. Empresas y particulares japoneses desbordaban los mercados del arte pagando precios nunca vistos por unos Monet o un Van Gogh, el Rockefeller Center, nada menos, se volvió propiedad de Mitsubishi, Sony compró CBS y los discos de Bob Dylan o Bruce Springsteen pasaron a ser de pronto editados por ¡una compañía japonesa! Es cierto que uno de los mejores discos de Dylan es su concierto en el Budokan, con una maravillosa Is Your Love in Vain?, pero de ahí a que sus discos pertenecieran de pronto a una empresa japonesa el salto era descomunal.

Japón se había recuperado rápidamente de la guerra y convertido en pocos años en segunda potencia económica del mundo sobre la base de una combinación de elementos tan peculiares y propios del país que resulta de difícil comprensión. Factor clave son los keiretsus (系列), esos enormes conglomerados empresariales capaces de incorporar a la vez industrias de armamento, navieras, constructoras, su propia marca de fabricación de coches y su cadena de centros comerciales, bancos y entidades de crédito, compañías de seguros, etc. El concepto holding no alcanza para explicar estructuras tan enormes y propias de la idiosincrasia de Japón.

La pirámide surgió del superávit comercial que el país empezó a tener en cuanto se recuperó de la devastación de la Guerra: volcado en la producción industrial y con índices siempre reducidos de consumo local, la economía japonesa exportaba y acumulaba divisas y ahorro. Esos enormes excedentes se utilizaban en la construcción. Pocas cosas marcan tanto el Japón de posguerra como el auge desmedido de construcción ‒inmobiliaria y de infraestructuras‒ financiada de manera autosuficiente por los keiretsus.

El mismo banco que financiaba las obras de las constructoras de su conglomerado tasaba artificialmente al alza los activos inmobiliarios resultantes. El valor de lo construido no dejaba de subir, porque no necesitaba en realidad contrastarse con nada ‒el esquema crediticio se cocinaba internamente- y la masa monetaria del banco y el valor en Bolsa de sus empresas hermanas crecía exponencialmente. Si el mismo banco que ha financiado la construcción de un edificio que puede valer, digamos, un millón de dólares, lo valora en diez, o luego en cuarenta, sus activos inmobiliarios se han multiplicado de pronto por cuarenta. No importa que esa tasación sea artificial y sin base real alguna si el conjunto del sistema la cree y acepta, porque los bancos de los demás conglomeradas hacen lo mismo. El banco tenía de repente cuarenta millones en su masa monetaria que podía utilizar en financiar otros cuarenta edificios de valor real de un millón, que tasaría por otros cuarenta. O por setenta y cinco, dónde va a parar, quién se lo iba a impedir, the sky was the limit.

En apenas tres décadas, el valor del suelo en Japón se multiplicó por 75. El terreno que ocupa el Palacio Imperial en Tokio estaba valorado al final de los años ochenta en más que todo el estado de California y el distrito de Chiyoda en más que Canadá entera. El conjunto metropolitano de Tokio valía más que todo Estados Unidos. Sumados, los edificios del país contaban por un 20% del total de la riqueza mundial. Las acciones de algunos campos de golf se pagaban a un millón de dólares.

Todo ese valor era aparente, ficticio, basado únicamente en convenciones artificiales aceptadas sólo por un sistema económico autorreferente y autosostenible que se regulaba de manera diferente a cualquier otra economía desarrollada seria. Una enorme pirámide financiera basada en la creencia de que se podía crear valor ad æternum en una escalada que no tendría fin y que el dinero invertido por los japoneses siempre valdría más. Y más.

Pero la cosa sí tenía fin, como todo en la vida, y esa burbuja en que vivía Japón estalló, lenta pero inexorablemente, a principios de los años noventa. ¿Cómo pudieron haberla inflado tanto, construir una pirámide especulativa de tamañas proporciones? ¿Cómo un país y una sociedad serias pudieron creer realmente que puede crearse valor de manera infinita sobre una base únicamente especulativa? ¿Cómo no vieron venir el estallido? Esta vez no fue una debacle como la 1945, pero sus consecuencias fueron de relevancia comparable. Lo son todavía, porque el país no ha levantado cabeza.

Japón se ha creído gran potencia mundial dos veces y la sociedad se ha acompasado las dos por completo a esa creencia. Primero de manera política y militar a lo largo de la parte inicial del siglo XX, en esa locura colectiva que los llevó a querer dominar todo el Pacífico y culminó en la gran derrota de 1945 y los bombardeos de Tokio, Hiroshima y Nagasaki. Y, por segunda vez, de manera económica, a medida que iba inflándose esa burbuja y los japoneses creían que iban camino de dominar el mundo. En ambos casos se ha tratado de procesos basados sobre todo en asunciones erróneas: que su poderío político y militar era insuperable, que puede crearse valor de manera infinita.

* * *

Casi treinta años desde el fin de la burbuja y setenta del fin de la Segunda Guerra Mundial, Japón parece estabilizado y tranquilo de nuevo, sin creerse ya líder mundial en nada. Pese al estallido, o tal vez gracias a eso ‒quién sabe si la debacle no habría sido catastrófica de crecer la pirámide unos años más‒, sigue siendo un país riquísimo y con altísimos estándares de vida. Eran segunda potencia económica del mundo y ahora son tercera, que no está mal tampoco. Es un país seguro, organizado, donde las cosas funcionan como un reloj. No en vano su población es la más longeva del mundo. Últimamente, además, está de moda y recibe un turismo creciente al que no estaban acostumbrados, porque no lo necesitaban ni lo querían.

Pero eso de ser el país de futuro es un mito creado tal vez por quienes ven desde lejos un Japón de manga e imágenes de Lost in Translation. Una forma tal vez futurista de orientalismo. El Japón verdadero es otra cosa. Más humano quizá, más del presente, del pasado incluso en algunas cosas. Un país que no crece en términos económicos, e incluso decrece. No hay inflación, los precios no suben desde hace años y el consumo de los japoneses es aún más bajo que antes: al poco espacio que tienen en casa para almacenar cosas ‒apenas les cabe una televisión, no está permitido que compre coche quien no tiene dónde aparcarlo‒ se une la desincentivación del consumo que acarreó el estallido de la burbuja. Casi no viajan tampoco, sus vacaciones son poco más de una semana al año, si acaso; a los españoles nos hace gracia verlos bajarse de un autobús frente a la Sagrada Familia o la Alhambra, tomar unas fotos y seguir camino, y quizá no sepamos que en seis o siete días recorren así otras tantas ciudades europeas. Tienen más días de vacaciones, pero no los cogen: no se espera, no está bien visto, no se les ocurre. Los hombres pasan en su trabajo todas las horas del día y no tienen tiempo de gastar. Su «cultura de trabajo», extrañísima a ojos de quien no sea japonés, sigue primando un número de horas excesivo sobre cualquier forma racional de productividad, da lugar a unas condiciones y una calidad de vida muy por debajo de lo deseable y hasta lleva en algunos casos al karōshi, suicidio por exceso de trabajo.

Los japoneses ganan mucho, gastan poco y el ahorro interno, por tanto, es brutal. Buena parte de esa enorme acumulación de capital, sin embargo, se vierte en la desbordante deuda pública que tiene la Administración, un problema nacional que, sin duda, les parece menos grave porque esa deuda está en manos japonesas.

También la población disminuye, notablemente, año a año, y se prevé que en 2050 haya rebasado hacia abajo la línea simbólica de cien millones y en 2065 pueda llegar incluso a ochenta y ocho. Cuarenta millones menos de los ciento veintisiete que son ahora. Un 30% menos de población. Una sangría demográfica acompañada de un envejecimiento impresionante. En 2050 habrá entre treinta y cinco y cuarenta millones de personas menos en edad laboral. El campo se despuebla y hay cada vez mayores parcelas del territorio dejadas a su suerte: son cientos de miles las casas abandonadas para siempre en pueblos a los que no volverá nadie. En esto ‒reducción y envejecimiento de la población, despoblación del campo y declive rural‒ Japón se parece mucho a España. Ambas sufren de lo que Sergio del Molino llama un desierto demográfico. Escribo y me doy cuenta de que nos parecemos en más cosas de las que uno creería a simple vista.

El tren de la tecnología lo recuperó Estados Unidos hace años y pocas novedades realmente interesantes o importantes parecen venir ahora de estas islas. Hoy son muchas menos que antes las marcas japonesas que pueblan nuestra vida cotidiana. Sony, Toshiba o Panasonic nos suenan al pasado y entre las marcas de teléfonos, el objeto a que más tiempo dedicamos y que en mayor media simboliza nuestra forma de vida, no hay ya ninguna marca japonesa relevante. Hasta Corea y China parecen haber superado a Japón y las suyas son hoy más populares que las niponas. Sólo sus coches siguen quizá compitiendo como antes.

Los japoneses tienen marcas bajísimas en todos los índices de felicidad. Especialmente entre los jóvenes: tienen de todo, viven en una sociedad afluente y perfectamente organizada, pero entre los países desarrollados sólo los coreanos del sur son menos felices. Se habla cada vez más de jóvenes japoneses que no salen de casa de sus padres, literalmente a menudo, ni a la calle siquiera, que no tienen pareja ni quieren tenerla, que no se relacionan con nadie cara a cara. Que haya, al parecer, hasta un millón de estos hikikomoris indica que algo no está bien en esta sociedad.

El Japón del presente es una sociedad posindustrial a la que parece estar costando adaptarse a un mundo en el que la producción industrial ‒fabricación y construcción‒ no lo es todo. Sus estrictas convenciones y complicados formalismos los hacen poco adaptables a un sector servicios que evoluciona de manera constante en tiempos 2.0. El turismo es algo sorprendentemente nuevo y está muy por detrás todavía de lo que uno imaginaría en país tan desarrollado y con tantos elementos atractivos. Sólo en los últimos años los japoneses han aprendido a valorar su patrimonio y cuidarlo: hasta hace poco la norma era destruir y construir de nuevo. También como en España, aunque esto de destruir para construir de nuevo tenga en Japón un significado distinto y sea algo connatural a su cultura, otro rasgo idiosincrásico.

Yo percibo una sensación general de cierta perplejidad y falta de rumbo. Una sociedad que se siente en peligro por el estancamiento económico, el declive demográfico y la amenaza de una China enorme y apabullante a la que ven ahora como el gran enemigo. Eran segunda potencia económica mundial, ya son tercera y es previsible que sigan perdiendo puestos. Un país y una sociedad ensimismados, incapaces de encontrar acicates que les permitan reinventarse, demasiado imbuidos de su japonesidad ‒esa manera estanca de estar en el mundo‒ como para cambiar elementos de su cultura y su forma de vida y adaptarse a un mundo real que sí cambia, les guste o no. Mientras China está empeñada en conquistar el mundo, Japón lo está en proteger «su mundo». De ahí no van a sacarlos.

Es cierto que se trata de estancamiento en un escalón muy alto de nivel de vida y que no está nada mal ser tercera potencia industrial del mundo. El país, ya digo, sigue siendo riquísimo. Preocuparse así es más difícil, no hay duda, y es menos probable, por tanto, que se procure salir de la molicie. Que tengan un problema como sociedad o como país no conlleva, en este caso, que lo perciban de manera individual los ciudadanos. ¿Que desciende la población a ochenta y ocho millones? Esos tiene Alemania y no les va tan mal. Los abenomics parten probablemente de una percepción acertada de la situación, pero no sé si conseguirán impulsar la fuerza intrínseca capaz de revertirla.

20/09/2018

 
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