La arquitectura japonesa

por Rodrigo de Vivero

El jardín Sankei-en, en Yokohama, es uno de los sitios más bonitos en el área metropolitana de Tokio. Fue mandado construir a principios del siglo XX por Sankei Hara, un rico comerciante de seda que hizo fortuna a finales de la Era Meiji. Él mismo diseñó el terreno, con jardines de varios tipos, lagos, fuentes, linternas de piedra y un buen numero de construcciones, de nueva planta, algunas, y otras mandadas traer de Tokio, Kioto, Kamakura, Wakayama y Gifu. Un sitio maravilloso para pasear a finales de noviembre, cuando los colores de otoño están en su apogeo.

Las dos construcciones más notables son la casa Yanohara, construida durante el período Edo por una familia acomodada de Shirakawa-go en el tradicional estilo gassho-zukuri (tejados muy verticales de paja) de esa región; y la importante pagoda de tres pisos del antiguo templo Tomyo-ji, levantado cerca de Tokio a mediados del siglo XV, durante el período Muromachi. En su emplazamiento actual, es la más antigua pagoda de madera en torno a Tokio.

El conjunto de Sankei-en es una muestra, casi un museo, de construcciones japonesas tradicionales. Todas en madera, por supuesto. La madera, más que ningún otro, es el material de la construcción tradicional japonesa. Ni los ladrillos ni la piedra: la madera no se le cae a uno encima en caso de terremotos. Sea la madera oscura de Shirakawa-go y Sankei-en o la de color claro propia de la estética sukiya con que asociamos hoy a los restaurantes de sushi, la madera es el elemento mítico, reconocible por cualquiera, de la imagen estética de Japón.

De este uso primordial de la madera se derivan dos consecuencias fundamentales: la ausencia de una verdadera tradición arquitectónica en Japón, lo que dejaba abierto el camino para una rápida implantación de la nueva arquitectura que llegó de Occidente a partir de la revolución Meiji, y el carácter perecedero y efímero de sus construcciones. Todavía hoy en Japón se construye para pocos años, pese al uso del hormigón y el acero, herencia de siglos de construcciones que nunca podía esperarse que fuesen a durar demasiado.

Toda sociedad comparte una serie de rasgos propios que la conforman y distinguen su manera de entender y estar en el mundo: arraigo con un territorio, formas determinadas de relación entre las personas, unas maneras de explicar y entender la dimensión sobrenatural, un lenguaje y su sistema de gestos, modos de habitar, de comer, de higiene... La sociedad japonesa ha conservado con ahínco muchos de esos rasgos que la conforman y la distinguen. Lo sigue haciendo: nada más importante para los japoneses que preservar su identidad (su japonesidad) contra mundum y permanecer los mismos pese a incorporar elementos ajenos cuando ha sido necesario. Lo que han asimilado de otras culturas, de China principalmente en el primer mileno de nuestra era y de occidente en los últimos ciento cincuenta años, lo han hecho suyo. Lo han japonizado. Lo han escrito en katakana, digamos. Wakon Yosai, «espíritu japonés / tecnología occidental», fue el lema de la restauración Meiji cuando el país se vio forzado a abrirse al mundo y surgió, de la noche a la mañana, un frenesí inaudito por ponerse al día, adoptar cuanto más mejor de nuestra cultura, adquirir nuestros hábitos, dotarse de una constitución a la europea, vestirse como nosotros. Y, sin embargo, mientras tantas cosas externas cambiaban, la manera japonesa de estar en el mundo no sólo no perdía fuelle, sino que se ha ido fortaleciendo, reafirmando, y los japoneses son hoy tan diferentes a nosotros como durante sus siglos de aislamiento. Wakon Yosai: el empeño consciente de coger lo necesario de Occidente para progresar, pero mantener, sobre todo, intacta el alma japonesa.

Ninguna cultura puede ser estanca, sin embargo, ni la japonesa siquiera, y en el curso de este proceso de modernización han dejado escapar algunos rasgos característicos de su cultura. Las maneras tradicionales de vestirse y de habitar, entre ellos, remplazadas de manera drástica por las nuestras. Los hombres dejaron en pocas décadas de vestirse a la manera tradicional y hoy es difícil toparse con alguno así ataviado. Es bonito verlos cuando ocurre: el atuendo japonés les confiere una dignidad especial. Las mujeres tardaron algo más en cambiar sus kimonos por nuestros trajes y vestidos, sólo después de la Segunda Guerra Mundial se generalizó su uso, y hoy reservan el kimono para ocasiones especiales o ceremonias tradicionales, como la del té. La construcción japonesa ha quedado igualmente limitada a espacios testimoniales o a réplicas para turistas: restaurantes de sushi o de kaiseki, posadas tradicionales (ryokan). Otoño tardío (Akibiyori), de Yasujirō Ozu, transcurre en 1960, cuatro años antes de las Olimpiadas de Tokio, en las que se demostró la fulgurante recuperación de Japón y su consagración como potencia económica. La señora Miwa (la maravillosa Setsuko Hara) viste todavía a la manera japonesa, mientras que su hija Aya solamente ya al modo occidental. Aunque viven en un edificio, su piso es todavía completamente japonés, parecido a las viviendas de Primavera tardía (1949) o Principios de verano (1951). Su hija, en cambio, trabaja en modernas oficinas de estilo occidental. He ahí el momento del cambio definitivo. En pocos años, ya no quedarían señoras Miwa viviendo en casas japonesas de madera o vistiendo con kimono en su vida cotidiana. Ni los descendientes de la familia Yanohara ni los nietos de la señora Miwa viven hoy día en el tipo de casas en que durante siglos han vivido los japoneses. Muchos quizá conserven todavía en sus apartamentos modernos un «cuarto japonés» con tatami o dispongan de fusuma y shōji como elementos distribuidores del espacio, por recordar la tradición, pero la inmensa mayoría vive en casas o pisos que nada tienen que ver con ella.

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La construcción en Japón ha sido, durante siglos, resultado del oficio meticuloso y detallado de carpinteros dueños de una práctica profundamente arraigada en el ethos japonés de hacer las cosas con perfección suprema. Maestros carpinteros capaces de levantar un edificio sin clavos ni argamasa, engarzando piezas de madera con intricados patrones de ensamblaje. Tsugite se llama esa técnica, una de las maravillas de la artesanía japonesa.

Artesanía magistral, sin duda, pero que, como toda artesanía, se acababa en sí misma. La construcción en madera podía dar lugar, en todo caso, a pequeñas variaciones de forma, poco distinguibles a menudo, pero no a una verdadera evolución. Los modelos se repetían. Faltaban la noción de concepto y el sentido de la innovación que caracterizan y distinguen el arte ‒arquitectura‒ de la artesanía ‒carpintería‒. La «arquitectura» tradicional japonesa era algo más propio del ámbito de los oficios que de nuestra idea occidental de arquitectura.

En el furor modernizador (occidentalizador más bien) que se despertó en la época Meiji, la llegada de arquitectos extranjeros (Thomas J. Waters, Josiah Conder, Frank Lloyd Wright, Antonin Raymond) y el regreso de algunos japoneses que venían de trabajar en Occidente dio lugar en poco tiempo a un cambio profundo del paradigma y a una incorporación rápida de la práctica tal como se entiende en nuestra cultura.

¿Coincidió esta llegada de la arquitectura occidental con el agotamiento del modelo tradicional? ¿Lo provocó más bien? Una combinación quizá de ambas cosas, creo yo: la madera no daba para más, constructores y habitantes querían viviendas menos frágiles ‒edificios y casas eran con frecuencia pasto de la llamas‒, de habitación más cómoda, menos frías en invierno y más templadas en verano. La arquitectura, ese fenómeno nuevo, podía ofrecer lo que la carpintería no.

Y como pasó con el güisqui, que llegó poco más o menos a la vez y los japoneses se precian de hacer hoy el mejor del mundo, la arquitectura occidental se asimiló de manera tan completa que, considerada en conjunto, la japonesa es probablemente hoy también la más relevante e influyente. La admiración entre los aficionados y la influencia entre los jóvenes profesionales son enormes, es portada frecuente de Arquitectura Viva y otras revistas de prestigio y ha recibido por ahora siete premios Pritzker: más que ningún otro país, igualado solamente por Estados Unidos.

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Este éxito de su arquitectura no hace, sin embargo, que los japoneses vivan mejor. Más bien lo contrario es cierto: cada vez viven peor, más apelotonados y escuchimizados en menos metros cuadrados. Ni ha servido tampoco para dar lugar a ciudades armónicas y atractivas.

No hay tipología alguna en las ciudades japonesas. Los edificios son cada uno de su padre y de su madre y, la mayoría, feos o muy feos. Los arquitectos japoneses sobresalen en proyectar excelentes edificios singulares. Equipamientos, sobre todo: museos, auditorios, mediatecas, centros comunitarios, algunos edificios corporativos. Casas, incluso: hay una serie de casas de arquitectos japoneses que colegas y aficionados partout admiran con fervor, aunque yo tengo mis dudas sobre su habitabilidad e, incluso, sensatez.

Pero la suma de elementos ‒piezas individuales de buena arquitectura‒ dista mucho de dar como resultado ciudades atractivas en conjunto. No son los arquitectos de renombre quienes aquí construyen las ciudades, en manos de promotores y constructores sin más interés que el crematístico. En España pasa lo mismo, pero el peso, entre nosotros, de una tradición permite al menos contar con tipologías evolucionadas a lo largo de siglos que conforman ciudades algo más armónicas, reconocibles y, en muchos casos, atractivas, pese al daño que han hecho, y hacen, promotores desalmados y mucho arquitecto sin fama ni escrúpulos.

La brecha en Japón es enorme entre una serie pequeña pero muy destacada de edificios «de marca» de arquitectos, y una mayoría enorme de edificios feos y sin mayor atractivo cuyo único aliciente, si acaso, es su buena construcción antisísmica.

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La arquitectura japonesa no llega a lo que es hoy a partir de la evolución de algo anterior, sino que surge, de pronto. Es resultado de una tabula rasa. Excepto algunos arquitectos que buscan construir sobre su tradición (Tadao Andō, Kengo Kuma), la mayoría de los que copan las revistas de arquitectura tienen poco o nada que ver con lo que había antes. No hay contexto histórico ni apenas referencias propias, los antecedentes de la arquitectura japonesa están en Occidente, no en Japón.

Entre la «arquitectura» tradicional japonesa y los modelos de la arquitectura occidental no cabía evolución, sino sustitución: la construcción artesanal, frágil, con poca vocación de permanencia, mal podía encajar con la forma de entender la disciplina entre nosotros. La desaparición de la «casa japonesa» ‒con una distribución y una concepción del uso de los espacios derivadas de una forma de entender la vida y unas costumbres familiares consolidadas a lo largo de los siglos que en nada se parecían a las nuestras‒, y su sustitución repentina y completa por nuestras formas de habitación, ha dado lugar a un corte profundo y drástico en las maneras de construir y de habitar. Una quiebra insoslayable.

La arquitectura japonesa ha ido produciendo en las últimas décadas una serie de casas míticas: la Casa Torre, de Takamitsu Azuma; la Casa Na, de Sou Fujimoto; o la Casa Pequeña, de Kazuyo Sejima, en Tokio; los Apartamentos Okurayama, de SANAA, en Yokohama; la Casa-Cara, de Kazumasa Yamashita, en Kioto. Los arquitectos las estudian y se saben sus nombres de memoria, las fotografían las revistas, yo mismo me he marcado la tarea de ir encontrándolas por la ciudad. Todas son, sin duda, notables experimentos o ejercicios de laboratorio. La falta de raíces permite esa experimentación que, cada vez más, caracteriza a la arquitectura japonesa. Pero son, sin embargo, edificios extraños, a veces con un punto perverso que provoca incluso desasosiego. Parece como si los japoneses no hubieran acabado de congraciarse del todo con nuestro modelo occidental de vivienda y, abandonada la «casa japonesa», lucharan por encontrar un producto intermedio sin lograr todavía algo que, además de a escuelas y revistas de arquitectura, pueda convencer a un usuario «normal».

Salía uno en otoño de 2017 de la exposición The Japanese House. Architecture and Life after 1945, en el Museo Nacional de Arte Moderno de Tokio (comisariada por Atelier Bow-Wow), con una extraña sensación de inquietud. Yo la visité con una cantante de música contemporánea y un arquitecto locales y les pregunté al salir que en cuál de esas casas les gustaría vivir. Se miraron y me dijeron casi a la vez: en ninguna. Muchas de ellas ganarían posiblemente premios de arquitectura, pero, en realidad, uno no querría, en efecto, vivir en ninguna.

Y lo que sucede con las casas y edificios a pequeña escala ocurre de igual manera con las ciudades japonesas a mayor escala. Han surgido de la nada y no, como la mayoría de las europeas, de la evolución mejor o peor entendida de lo que había antes. Apenas queda algo de lo que eran Tokio, Nagoya u Osaka hace cincuenta años. Por causa de los continuos incendios, de los bombardeos atroces durante la Segunda Guerra Mundial y de los terremotos. En los últimos cien años han asolado el país tres de dimensiones catastróficas: el de Kanto (Tokio) en 1923, el de Hanshin Awaji (Kobe) en 1995 y el de Tohoku (Fukushima), causa además de un desastre nuclear, en 2011. Pero también de la voluntad de los japoneses de reemplazar sus viviendas tradicionales de madera por las de estilo occidental y, en general, de la concepción efímera que tienen de la construcción y su voluntad deliberada de permanente reconstrucción ex novo.

La suma de muchos edificios muy feos hace ciudades muy feas. Casi todas las japonesas lo son: Gifu, Hiroshima, la industriosa Nagoya, la emergente y cada vez más de moda Fukuoka, la divertida Osaka. En Kioto se acumulan enclaves maravillosos que el visitante necesitará semanas para cubrir ‒templos, jardines, un castillo, hasta barrios preciosos como Gion‒, pero la ciudad que los hilvana es fea. Tokio aparece en muchas listas (la de Monocle, por ejemplo; la de Condé Nast Traveler) como una de las cinco ciudades más atractivas del mundo para vivir. Y con razón: es enorme la cantidad de fabulosos sitios para comer, de cafés, librerías, bares de película. Tokio no se acaba nunca: ya se lo contaba a ustedes en una crónica anterior que en estos días quiero ampliar; es fácil moverse e ir de un sitio a otro, la gentileza de su gente es memorable, la seguridad casi completa.

Pero la ciudad es fea. Más aún: muy fea. La calidad de vida ‒enorme‒ no proviene de su arquitectura ni, desafortunadamente, tiene que ver con ella.

07/12/2018

 
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