Gestos (y II)

por Rodrigo de Vivero

La vida en Japón está marcada por gestos: cómo entregar la tarjeta de visita, la posición del vaso al brindar, la manera de envolver una compra o de entregar el paquete, el complejo mundo de las reverencias. Gestos rituales que conducen y facilitan la relación; ése es el sentido original en todas partes de las normas de educación y el protocolo, y en Japón unas y otro son severos y estrictos y comprenden casi todas las cosas de la vida.

Es una gestualidad profundamente vinculada a su lengua. Es cierto que el idioma conforma en todo caso nuestra personalidad ‒nuestra manera de estar en el mundo‒ y parece diferente la mujer que habla inglés con acento neoyorquino que si, ella misma, hablara con el dulce acento del portugués carioca. No es, sin embargo, algo tan profundo lo que varía de una a otra como lo que cambia la «persona» del japonés cuando no habla su lengua. Los japoneses con quienes me entiendo en inglés o en español me parecen de otro sitio. Sólo la lengua japonesa permite sus cortesías y sus gestos, no replicables en otra. La chica que hablaba por teléfono haciendo reverencias asociadas a sus expresiones de agradecimiento no las haría hablando en otro idioma. Acompañadas del inglés o el español, las reverencias no funcionan, la gestualidad japonesa necesita de su lengua y no es traducible o trasplantable.

Gestos y variaciones en el lenguaje son elementos imprescindibles del profundo respeto que el japonés muestra por los demás. En ausencia de religión y de una moral basada, por tanto, en normas superiores, la ética del japonés es «civil»: el respeto al otro convertido en regla suprema, una voluntad profundamente arraigada de no molestar ni inmiscuirse en el espacio ajeno. En el metro no está permitido hablar por teléfono, pero nadie tampoco regañará, o aun mirará con reproche, a quien lo haga. En las escaleras mecánicas en Tokio (en Osaka es al contario) la izquierda es el lado de quien se deja llevar y la derecha el de quienes quieren avanzar más rápido; pero nadie, así tenga prisa, pedirá al intruso inmóvil que se aparte del lado que está invadiendo y esperará paciente a llegar al final para recuperar el paso rápido.

Al tiempo que marcan la vida y las relaciones sociales, gestos y ritos las enmarcan y limitan: esa manera cortés y educada es, también, un marco de referencia estricto. Insoslayable. El gesto con la mano extendida y la palma hacia fuera es la manera amable de señalar en una dirección, pero también el modo de indicar que hay que tomar por esa dirección. Y por ninguna otra. En Japón todo es como debe ser, insisto, y de esa sola manera. Si tengo cita en el médico a las doce, a las doce y diez me están llamando a ver por qué no he llegado y me preguntan cuánto tiempo me falta. Si me asomo a la puerta de un restaurante a mirar simplemente el ambiente o comprobar si ha llegado la persona a quien espero, un camarero se lanzará de inmediato a decirme, nervioso, que no debo entrar hasta que me avisen. La recepcionista del banco me dirá exactamente qué tengo que poner en el impreso y me indicará, si hace falta, cómo escribir algo en un japonés que no domino, pero tendré que ser yo quien rellene las casillas una a una. Todo tiene que estar escrito de puño y letra del cliente y el nombre registrado que yo escriba al abrir la cuenta tendrá que coincidir exactamente con el que rellene cada vez que quiera utilizarla. Mi primer sueldo no llegaba, y al cabo de unos días seguía sin llegar, porque el banco de mi empresa en Europa lo mandaba a nombre de Rodrigo Vivero y mi «nombre registrado» en el banco japonés es Rodrigo de Vivero. Les rogué, expliqué que tenía que pagar el colegio de mi hijo, que los de la tarjeta de crédito querían demandarme por impago, pero no sirvió de nada durante días y días hasta que el banco de origen rectificó y les aclaró que el Rodrigo Vivero de su transferencia y el Rodrigo de Vivero de mi firma registrada éramos una misma persona.

* * *

¿Cómo encaja entonces en esa gestualidad tan delicada y cortés un gesto tan tajante y duro, y tan característico, al tiempo, de la cultura japonesa, como el de Dame (駄目), cruzar los dedos índices o, peor aún, los brazos frente a uno para indicar que no se puede? El primer kanji, 駄, significa malo y el segundo, 目, ojo, visión. La combinación deviene en No se puede. Suele escribirse, sin embargo, en katakana, el alfabeto de la palabras extranjeras, ダメ, por su frecuente utilización en el mundo del manga. 駄目, Dame, ダメ, la negativa absoluta.

Los japoneses sonríen y le hacen a uno reverencias en la medida en que no cuestione los procedimientos ‒los «protocolos», se los llama hoy en día‒. Si el interlocutor pone en cuestión alguna cosa, en cambio, quiere saltarse una norma o pretende algo que no se espera o no se puede, se bloquean. No saben cómo afrontar la imposibilidad de permitirlo, no está previsto aceptar nada imprevisto, no se les da bien estudiar alternativas, hacer una excepción o explicarte de buena manera, en fin, que no hay nada que hacer porque tu petición no está en el menú de opciones. Pero tampoco quieren decir que no. Hacerlo ofende su ética de respeto y por eso prácticamente no pronuncian la sílaba: prefieren decir chotto, un poco, y el interlocutor sabe que un poco quiere decir que no, o no contestar, directamente, conscientes de que sabrá entenderlo quien hizo la consulta y lleva días sin respuesta.

Cogidos en esa pinza entre tener que decir que no y no querer o no saber cómo decirlo, los japoneses se bloquean y se les salta el resorte, de los dedos o brazos cruzados frente al interlocutor. Dame es a la vez indicación de negativa (¿no tendría usted una manera más suave de decirme que no? ‒nos preguntamos los demás‒), talismán contra algo indeseado y medida de protección propia: los brazos cruzados frente al rostro es el gesto que nosotros haríamos instintivamente al sentir un peligro, algo que nos viene en contra. He ahí la clave del Dame japonés, una forma de protegerse de una situación incómoda, una barrera. Dame, no se puede, y ni se te ocurra intentarlo.

Suele acompañar al gesto una mueca de angustia, profundamente japonesa también, parecida a la que pone uno cuando le da un retortijón o un calambre. Como si sufrieran por su respuesta negativa.

Les dolerá en el alma, pero en Japón no es no. Siempre. Sin excepciones. Te pondrán la cara de angustia que tú quieras, pero a las ocho y tres minutos te dirán que la cocina está cerrada, por mucho que insistas en que el restaurante todavía estará abierto hasta las nueve y has venido de lejos a cenar ahí expresamente. La cocina cierra a las ocho, son las ocho y tres y el camarero te cruza los brazos en la cara, te dice, Dame, pone cara de dolor de barriga como si le afectara muchísimo no dejarte entrar y tú entiendes que en Japón cada cosa es como es. Y no es no.

Sólo en el momento en que cedas y te resignes a que las cosas sean como dicen, como deben ser, volverán la sonrisa, las palabras amables y las reverencias como si nada hubiera pasado. La misma sonrisa, las mismas palabras y las mismas reverencias que recibió el cliente anterior y recibirá el siguiente. Idénticas.

27/04/2018

 
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